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Ideas de la historiaApril 27, 2007 2:05 am

A medida que las ciencias, las técnicas y el comercio civilizan a Europa el cristiano trata de recobrar su raiz originaria y construir al tiempo una ética acorde con la propia civilización, pues no siendo ya estructuralmente esclavista tampoco puede ser moralmente pobrista.

(…) Atenas era pagana mientras Europa es cristiana, y el proceso que hemos seguido desde la crisis de Roma hasta la sociedad comercial exhibe sucesivas versiones en la interpretación del Nuevo Testamento, tantas como preciso fuere para pasar de una pequeña secta hostil a la propiedad privada y la previsión hasta la clase media más amplia y previsora de los anales.

Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio 

La cursiva es mía.

Ideas de la historia, ConservadoresApril 9, 2007 4:47 pm

Sin duda existía un fuerte componente utópico en la empresa española del "descubrimiento", como lo había en el ambiguo "imperio de la libertad" estadounidense, y lo hay en los planes neoconservadores del siglo XXI para la democratización forzosa de oriente medio. Pero el caso es que, pese a muchas tentativas idealistas fracasadas, la conquista militar, la colonización y la apertura de nuevas rutas comerciales, por iniciativa privada o política, constituyeron el camino objetivo de América y las colonias ultramarinas hacia una nueva civilización.

No todos comparten esta idea, en cambio. Desde el "liberalismo híbrido" (subjetivista y anarquista) se defiende últimamente la idea de que el verdadero soberano de la historia universal no son las organizaciones políticas (imperios y estados) sino el sujeto humano individual. Los orígenes de este rampante "idealismo subjetivo", que cabe rastrear en Kant, son en cambio más remotos; hasta alcanzar la misma época del "descubrimiento" y las disputas que enfrentaron a los clérigos y juristas españoles del siglo XVI. En rigor, se podría considerar a los "jóvenes liberales" como los herederos de aquellos clérigos católicos protestando contra la brutalidad encomendera, y al liberalismo ancap una especie de secularización de la "paz evangélica" (o aquella "paz de la fe" de Nicolás de Cusa).

Pero, ni España ni el imperio anglosajón fueron exclusivamente imperios depredadores ("heriles", en la terminología de Sepúlveda), tal y como hoy coinciden en señalar "liberales" e izquierdistas. Unos y otros no se limitaron simplemente al expolio y la esclavización, sino que desde el principio quedaron comprometidos con un propósito civilizador, aunque de distinto signo en ambos bandos.

Los jóvenes Estados Unidos pretendían llevar a la historia universal aquello en lo que los ingleses habían fracasado: un imperio de la libertad basado en la religión de la propiedad (Jefferson: "Una vez que tengáis propiedad, querréis leyes y magistrados para proteger vuestras personas y propiedades…Encontraréis que nuestras leyes son buenas para este propósito") y los principios del republicanismo liberal.

La monarquía hispánica diseñó su utopía civilizadora en América desde los presupuestos universalistas del catolicismo español y del "imperio civil", como lo llamó Sepúlveda. Los teólogos y juristas castellanos apoyados por la monarquía presumían que era posible crear en América una nueva sociedad sin mercaderes (o al menos, sin mercaderes europeos), pues sería la Casa de la contratación (Sevilla, 1503) la encargada de despachar todos los asuntos. Se trataba también de transformar los indios ágrafos en pobladores alfabetizados y cristiandades de campesinos regidos por el mismo orden jurídico castellano; Juan de Solórzano Pereyra: "los reinos y provincias que se adquieren de nuevo, pero uniéndose e incorporándose accesoriamente a otras atiguas se han de gobernar, regir y juzgar por unas mismas leyes".

Tanto el "Imperio de la libertad" anglosajón como el Imperio católico universal de España tropezaron con graves dificultades prácticas que obligaron a ir rectificando el utopismo inicial. El "destino manifiesto" que un día llamaba a envolver todo el continente americano con los principios del republicanismo jeffersoniano quedó frenado en la frontera mexicana. El Imperio Español encontró la resistencia de los indios, y la belicosidad del vecino estadounidense, junto con el continuo asedio de las potencias europeas, logró terminar con la última aventura colonial en 1898. Pero España dejó un idioma hablado hoy por cuatrocientos millones de hablantes, las Iglesias y las Universidades que permitieron al continente abandonar la barbarie y el salvajismo.

Ni la expansión española ni la anglosajona tuvieron lugar exclusivamente a través de los carriles del individualismo caótico. Sin perjuicio de que fueran individuos los que llevaran adelante la conquista americana, soportando la carga de sus esfuerzos, sacrificios y crueldades personales, estos colonos, emprendedores y conquistadores actuaban dentro de un marco histórico y político mucho más amplio que el determinado por el "finis operantis" de cada actor individual. En el caso de los españoles, sin contar con otras consideraciones mucho más generales sobre la ideología católica o la cultura castellana del honor, el descubrimiento, población o rescate de nuevos territorios debía pasar por las capitulaciones que los colonos y encomenderos firmaban con la Corona. En el caso de los anglosajones, si bien el ritmo de la expansión no podía ser determinado por ningún plan político, las nuevas colonias arrancadas a los nativos debían ser post facto reconocidas por el gobierno federal, a menudo saltándose contratos previos con los indígenas.

La contradicción entre el Hombre y el Ciudadano, o entre los pueblos históricos y el "pueblo de Dios" produjo reacciones críticas en ambos Imperios. La conquista nada pacífica de Norteamérica, así como la esclavitud de los afroamericanos, discutía severamente los presupuestos igualitarios y universalistas de la Declaración de Independencia. Henry Knox, como hiciera Las Casas en la América española, se apresuró muy pronto a defender los "derechos naturales" de los indios, entre los que incluía el derecho a la tierra, a venderla o no venderla. En un informe al congreso de 1787 argumentó que la resistencia india era tan "comprensible" como "legítima".

En España conocimos la controversia especialmente gracias a la disputa en torno a la "guerra justa" y el papel del Imperio que enfrentó a Sepúlveda y Las Casas ante el Consejo de Valladolid (1550). Las Casas, una de las principales fuentes de la "leyenda negra" (junto con los relatos de Antonio Pérez, últimamente resucitados por el bate-historiador Gala) defendió la causa indígena frente a la brutalidad de los encomenderos en una obra incendiaria y exacerbada: La destrucción de las indias. Contra este pacifismo "evangélico", Sepúlveda defendió posturas mucho más realistas que pretendían conciliar la milicia con la cristiandad, y el Imperio con la base de la cristiandad: "Cuando la república es atacada por sus enemigos o la Religión por los impíos, el que, pudiendo, no resiste a la violencia hostil, ese tal no será alavado como tolerante, sino que por timido y desertor se ganará la aversión de las personas sabias religiosas".

Ahora bien, este sublime humanismo de Las Casas, después de escuchar a su "conciencia" en una de esas primeras prédicas de los dominicos contra los abusos de la encomienda, tuvo resultados prácticos algo más que discutibles. Por una parte, las Leyes Nuevas (1543) fueron en buena medida un efecto de su influencia. Pero la experiencia del dominico como obispo de Chiapas (en Guatemala) sólo puede ser calificada como desastrosa. Las normas absurdas y draconianas promulgadas desde su Confesionario sólo lograron provocar disturbios continuos que le obligaron a evacuar el obispado en solo unos meses. Antes, el primer ensayo de "colonización pacífica" diseñada por Las Casas había concluído con el desastre de Cumaná (1521) en el que resultaron asesinados todos los colonos españoles. Pero ni tan siquiera estas crudas experiencias consiguieron enseñar al monje dominicio que ninguna "evangelización" era realmente viable sin algún grado de coacción y cobertura militar. Del mismo modo que la cristiandad sólo pudo extenderse en los primeros tiempos a través de las calzadas romanas, tampoco en América fue posible separar los caminos del Imperio de los de la Iglesia. La misma pregunta que cuestiona los orígenes del "liberalismo europeo" tras la liberación militar llevada a cabo por los generales norteamericanos planeaba en las controversias del siglo XVI: ¿cómo hubiera podido progresar el "imperio de la conciencia" de los clérigos españoles o anglosajones de no ser por la cobertura del Imperio Político? ¿Y cómo podrían permitirse los europeos y jóvenes "liberales" elogiar la virtud superior del acuerdo pacífico y la diplomacia, a no ser porque la flota americana se asegura de preservar una posición de fuerza?

P.S. Todo un hombre de estado ha contestado a los últimos comentarios de Iracundo echando mano, ante todo, de una batería de citas textuales con las que pretende deslegitimar la postura "imperialista", desconectándola urgentemente del "liberalismo pacífico" -y separando la cuestión "miniarquista" del debate sobre el imperio. La táctica empleada por Rallo es, como de costumbre, tan endeble como retóricamente agresiva. Pues, aunque quedase demostrado doxográficamente que Von Mises no fuera ningún partidario del Imperio, este conglomerado de citas y anotaciones típicamente sectarias no constituyen de por sí ninguna demostración auténticamente dialéctica de que Imperio y Liberalismo sean real e históricamente incompatibles. El verdadero debate filosófico es sobre la realidad de las cosas, y no sobre quién dijo qué o qué dijo quién, o si son galgos, podencos o anarcopodencos.

 

John Gast - American progress.

Derechos humanos, Ideas de la historiaApril 2, 2007 5:12 pm

El 25 de marzo se celebró el 200 aniversario de la prohibición del comercio esclavista en el imperio británico. La decisión de acabar legalmente con la esclavitud se fraguó dentro de un proceso complejo en el que las disposiciones morales y religiosas a menudo chocaban con los intereses materiales. Pero fué finalmente una acta parlamentaria (25 de marzo de 1807) la que resolvió prohibir el comercio de esclavos africanos. La historia continuó con una nueva acta que determinaba el fín legal de la esclavitud en todas las colonias británicas con fecha de 28 de agosto de 1833, "una Acta para la Abolición de la esclavitud a través de las Colonias Británicas; para promover la Industria de los Esclavos manumitidos, y para compensar a las personas que hasta entonces disponían del título de tales esclavos".

Pero como se ha hecho costumbre en los últimos tiempos entre las naciones occidentales, la efeméride no ha servido para festejar una empresa moral y política de tanta significación, sino para promocionar lastimosas ceremonias de contricción y furibundo anti-occidentalismo. Ni los arrogantes hijos del Imperio han podido evitar que se abra paso en el discurso público el mismo esquematismo indigenista y nostálgico de la barbarie que tan bien conocemos en España a causa de nuestras relaciones históricas con América.

Sumándose a estas ceremonias de culpabilidad colectiva, Tony Blair declaró que la esclavitud se encontraba entre las "empresas más vergonzosas" de la historia y que la participación de los británicos constitutía un asunto "profundamente triste". La Iglesia anglicana apoya la misma narrativa, solicitando a través del arzobispo de York que el Primer Ministro realizara una declaración formal de perdón por el comercio esclavista.

Se veía venir incluso la interrupción de una ceremonia solemne en Westminster Abbey por parte del activista africanista Toyin Agbetu: "¡Este es un insulto para nosotros!", "¡Ustedes son la desgracia de nuestros ancestros!" Entre los participantes se encontraba el Primer Ministro Blair, el arzobispo de Canterbury Rowan Williams, y la mismísima Reina. Mr Agbetu, tras montar el cirio, volvió a reiterar ante los periodistas que los mandatarios británicos deberían "pedir perdón".

A doscientos años de la abolición formal de la esclavitud, la narrativa del "buen salvaje" goza de excelente salud entre los políticos, los clérigos, los académicos y la gente de la calle. Este relato aún sigue promocionando la visión idealizada de unas "culturas tradicionales" religadas con la naturaleza, pacíficas en esencia, y súbitamente atacadas por las fuerzas de la civilización -a las que ya sólo les resta caer de hinojos para pedir mil perdones por todos los agravios universales.

Éste comentario en Britain & America merece ser resaltado, y puesto en correspondencia con una previa polémica sobre la esclavitud.

There’s a lesson for politicians and clerics alike: Great social evils are not defeated by mere talk. In the case of abolition, new laws demanded not only diplomacy but the threat—and the use—of military power. Without it, the proclamations and legislative victories might have come to nothing.

To this observer, many Britons seem to harbor a deep and nagging guilt—even self-loathing—for their days of empire and the brutalities that sustained it. Americans could probably benefit, at least on occasion, from a stronger sense of shame. But, facing the post-9/11 threat of Islamic fascism, Britain (and America) cannot afford to indulge in self-flagellation. There are too many cheerless voices eager to demean British identity for their own craven reasons.

Aunque muchos políticos, clérigos y activistas aún no se quieren dar por enterados, los males sociales no son derrotados por las meras palabras, el voluntarismo armonioso o las declaraciones de ecumenismo solemne. Las leyes de la libertad necesitan una fuerza coactiva capaz de garantizar un efectivo cumplimiento que la "ética de la libertad" no es capaz de salvagüardar en soledad.
 
 
Esclavos africanos en 1868.
 

Ciencia & Paraciencias, Ideas de la historiaApril 1, 2007 3:07 pm

Entre medias de la polémica sobre el "fundamentalismo ilustrado", la declaración de St. Petersburg, y el siempre difícil camino hacia la laicidad en la Umma o comunidad islámica, cabe preguntarse qué posibilidades tienen los ideales de la Ilustración de abrirse paso en el mundo bajo el área de influencia mahometana.

I 

Estos días hemos vuelto a recibir noticias sobre la subterránea difusión del creacionismo islámico entre algunos profesores de biología en las facultades españolas, tras de que otras miles de copias del así llamado Atlas de la creación fueran gratuitamente distribuidas en escuelas de Francia. Sin embargo, el lujoso tratado del que ya disponen nuestros académicos (se calculan unos 150 euros por unidad) tiene bastante poco de "misterioso". La versión mahometana del creacionismo llevada adelante por el turco Harun Yahya se trata poco más que de un calco del "Diseño Inteligente", típicamente promocionado entre los cristianos evangélicos norteamericanos, sin faltar la tan delirante como habitual asociación entre "evolucionismo, fascismo y comunismo".

Muchos han imaginado la Ilustración como el destino histórico de la humanidad. Darwin mismo entendía que la evolución biológica progresaba más o menos inflexiblemente hacia la reforma de las costumbres y la victoria final de la virtud. Kant entendió la Ilustración como el entusiasmo de la voluntad humana en pugna contra la tradicional "pereza y cobardía" que aún osaban tutelar la razón naturalmente autónoma. Platón también conoció ésta salida de las tinieblas, pero conservando poca confianza en que los prisioneros (ciudadanos) resistieran la vista de la luz, terminó recomendando el retorno del filósofo a la caverna (ciudad). Karl Popper, siglos más tarde, era mucho más optimista y soñaba incluso con una sociedad de naciones en las que pudiera realizarse el ideal remotamente kantiano de la "sociedad abierta". 

Pero, ¿Tiene algo que ver el Islam con la Ilustración? 

II 

Abdelwahab Meddeb trae buenas y malas noticias. En primer lugar, es cierto que un periodo histórico del Islam puede asociarse de algún modo con el espíritu de la Ilustración. Desgraciadamente, este periodo crítico no se prolongó mucho más allá del siglo XII d.C., al menos hasta que una segunda recepción de las ideas científicas y filosóficas independientes tuviera lugar después de la invasión napoleónica de Egipto y posteriormente bajo el imperio otomano.

Coincidiendo con la inicial expansión del Islam, la confrontación de éste con los principales sistemas de creencias de la época (judaísmo, cristianismo, maniqueísmo y zoroastrismo) formó el embrión de una posible "Ilustración islámica" que nunca llegó a materializarse del todo. Ibn al-Muwaffa’ (720-756) fué el creador de la primera prosa literaria en árabe al traducir varios volúmenes de fábulas orientales. Veía al mulhid o ateo ("hombre que se desvía de la línea recta") como alguien que puede llegar a ser virtuoso, ya que concebía la moralidad como una disposición humana independiente de la fe, adelantando así los postulados kantianos de la "razón práctica". Y en la Carta sobre la amistad llegó a sugerir, como después lo harían Spinoza o Dante, que la esfera religiosa debía estar controlada por la esfera política.

Lo que omite Meddeb es que al-Muwaffa fué ejecutado por órdenes del califa abasida Al-Mansur debido a su tentativa herética de importar ideas zoroástricas al Islam.

Más tarde, durante el siglo IX d.C, Bagdad conoce la emergencia de los Mu’tazila ("aquellos que se retiran"), una escuela principalmente preocupada por la recuperación de la absoluta trascedencia de Dios que, al mismo tiempo que reivincidaba la responsabilidad del hombre, suprimía el espíritu de la Ilustración aliándose con el poder del Califato. Sin embargo, durante la misma época otros "librepensadores", como Ibn Ishaq (808-873) y Isa al-Qarraq disfrutarán de una libertad limitada para transmitir en el ambiente árabe la cultura científica griega y extender las dudas sobre la relevación. En particular, será Abu Bakr Al-Razí (conocido en latín como Rhazes) quien lleve más lejos el ácido del racionalismo: para Rhazes no hay necesidad de creer en una revelación particular, que siempre resultan ser motivo de guerras y disputas.

Sin embargo, la tradición de tolerancia y "racionalismo" no duró mucho más allá del siglo XI. A partir de entonces, la corriente mayoritaria estableció la rigidez textual, el ritualismo y la supresión de toda connotación positiva en el concepto de innovación (o bid’a) dentro del Islam. En este viraje hacia la ortopraxis juega un papel central la reivindicación que Abu Hamid Ghazali (1058-1111) hace de las "ciencias religiosas" (Ihya’ ‘ulum ad-Din). Difícilmente la obra de Algazel podrá ponerse en línea con la tradición escéptica occidental de Descartes, Berkeley o Hume. La incoherencia de los filósofos marca, de hecho, un punto de no retorno en la nunca cristalizada del todo "filosofía islámica", al rechazar vehementemente la tradición científica que la escuela Falasifa recicibió, de los siglos octavo al onceavo, a través de Platón o Aristóteles. En esta obra, que será severamente criticada por Averroes (En La incoherencia de la incoherencia), Algazel niega terminantemente la posibilidad de que los filósofos puedan probar la existencia de Dios (cerrando el camino hacia la teología natural islámica, que la escolástica cristiana sí desarrollará) y, ante todo, clausura toda vía hacia la causalidad natural:

Nuestros oponentes afirman que el agente de lo que se quema es el fuego exclusivamente; "esto es algo natural, no está causado por un agente voluntario, y no puede abstraerse de lo que es en su naturaleza cuando se le pone en contacto con un substrato receptivo". Esto lo negamos nosotros diciendo: El agente de lo que se quema es Dios (…) es Dios quien hace arder al algodón y lo lo convierte en cenizas a través de la intermediación de ángeles, o sin intermediación (…) los filósofos no poseen otra prueba que la observación de que está ocurriendo el fuego, cuando hay contacto con el fuego, pero la observación prueba solo una simultaneidad, no una causación, y, en realidad, no hay ninguna otra causa que no sea Dios.

A partir de Algazel el sobrenaturalismo absoluto (la idea de que toda la realidad es, en último análisis, sobrenaturalmente causada) se incorporará de forma definitiva a la ortodoxia islámica. Ibn Taymiyya (muerto en 1328) radicalizará el temor mahometano a toda novedad (bid’a) y cualquier tipo de contaminación filosófica o religiosa procedente de judíos, cristianos, griegos, maniqueos o hindúes.

Después de la victoria de Algazel y Taymiyya sobre Averroes será difícil regresar de nuevo sobre la idea de una Ilustración islámica que libere a la actitud científica del yugo teológico. 

III

De los siglos IX al XII d.C la ciencia astronómica y matemática vivió un periodo de esplendor en el mundo islámico. Ésta es la razón por la que todavía hoy la mayoría de las estrellas más brillantes, y muchos de los cráteres lunares, tengan un nombre árabe.

Ahora bien, por mucho que desde WebIslam se encarguen de recordarnos estos viejos laureles de la ciencia islámica, lo cierto es que la "Ilustración musulmana" resultó gravemente derrotada por las fuerzas del fideísmo, el tribalismo y la sociedad cerrada. El declive de la ciencia en el Islam coincidió con la destrucción del califato abasí por los mongoles, por la llegada sucesiva de los pueblos turcos a oriente medio y, con posterioridad, por los episodios de la colonización anglosajona y el victimismo sistemático que la teoría izquierdista del imperialismo ha alimentado persistentemente entre los islamoárabes desde el final de la Gran Guerra.

Para encontrar una nueva visión positiva de la innovación (bid’a) es necesario remontarse hasta la élite otomana, que también recuperará la noción de la malasha, el principio del público interés como antesala de la libertad política. Los todavía escasos musulmanes que hoy reclaman la compatibilidad entre Islam y laicidad, como la entusiasta Irshad Manji, pueden encontrar inspiración en la obra de Sheikh Ali Abderraziq (1888-1966) que, en L’Islam et les foundaments du pouvoir, ya rechazó la misma idea del "estado islámico" que ha fundado las repúblicas islámicas del siglo XX; empezando por la "espiritualidad política" del régimen de los imanes que cautivó al "posmoderno" Michel Foucault.

Si la primera recepción de la Ilustración tuvo lugar en el mundo islámico desde los siglos VIII a XI, la élite otomana tuvo una breve segunda oportunidad que se esfumó con los nuevos alineamientos geopolíticos tras las guerras mundiales del siglo XX. Hoy, aunque es dudoso pensar en una verdadera "reforma" del Islam, quizás no sea tan aventurado especular sobre una hipótetica transformación futura.

 

صرة الفرس


 
ACTUALIZACIÓN: El artículo de Fatima Agha Al-Hayani Islam and science: contradiction or concordance, aparte de poder analizarse desde una perspectiva mucho más genérica de "contradicción o concordancia" (entre Ciencia y Religión), más que como la muestra de una recepción abierta de la Ilustración, podría interpretarse como un modo de rebajar el sobrenaturalismo absoluto, a la manera de Algazel, hasta un sobrenaturalismo limitado capaz de negociar mejor con el mundo moderno. De hecho, el pie de página en el comentario de WebIslam ya delata su intención: "El Corán invita a los creyentes a razonar sobre los milagros de la vida que les rodea". Vía El Revolucionario.

Ideas de la historia, SocialismoMarch 28, 2007 4:57 pm

La distinción arranca de un comentario de Chema en Freelance corner sobre la vuelta al "núcleo sentimental" compartido por las izquierdas y el fascismo.

A pesar del esfuerzo pedagógico de Freelance para mostrar los vínculos entre fascismo e izquierda política, es fácil predecir que su tentativa no tendrá mucho éxito; al menos en el sentido de conseguir la desconexión "sentimental" entre fascismo y derecha política. Las no tan asombrosas homologias entre fascismo y socialismo han sido subrayadas ya muchas veces, sin que muchos "izquierdistas" se den por enterados: origen socialista de los líderes nazis y del fascio, políticas "intervencionistas" y de nacionalización, cuestionamiento del parlamentarismo "burgués", explotación del descontento generado en Versalles, origen común de la teoría del imperialismo y el antisemitismo, utilización sistemática de la violencia política &c.

El nazi-fascismo fué, según muestran las evidencias, una variedad del socialismo.

Y es una ley biológica bien conocida que las variedades de especies emergentes tienden a ser exterminadas por la especie más extendida. La lucha por la existencia entre estas variedades tiende a ser, por la misma razón, enormemente cruenta -como acreditan la noche de los cuchillos largos o las purgas estalinistas, cuando aplicamos el algoritmo darwiniano a la dialéctica política. Si el nazi-fascismo se comprendió a sí mismo como la culminación positiva del socialismo ("el socialismo más el mito nacional", escribía Paul Johnson), el socialismo soviético lo consideró más bien una degeneración suya, la fase postrera del capitalismo o "dictadura terrorista desembozada de los elementos más reaccionarios, chovinistas e imperialistas del capital financiero" (1931). Tanto Hitler como Lenin se preciaban, en cambio, de haber comprendido a Marx mejor que ningún otro. Pero fué la estrategia ideada por el Komintern para simplificar al adversario enjaretándole el título de "fascista", incluso aunque fuera un socialdemócrata (o "socialfascista"), la que resultó victoriosa…

Este fascismo "flotante" aplicado indiscriminadamente a nazis, mussolinianos o socialistas "burgueses" mostraba que desde los años veinte del siglo pasado la distinción entre Derecha e Izquierda había perdido toda la importancia. El "izquierdismo", para Lenin, era una especie de "enfermedad senil" del comunismo que sólo contribuía a oscurecer el verdadero alineamiento de los partidos en función de la "significación internacional" de la revolución rusa. Como es sabido, Lenin reprochaba a los líderes de la II internacional (Otto Bauer, Federico Adler, el "renegado Kautsky" &c) por su "social-traición" y su falta de realismo político. Aunque, en la práctica, la purga de los "izquierdistas" tenía mucho que ver con la necesidad de mantener rígida la dictadura del partido comunista dirigido por los bolcheviques, y quizás la más profunda intención de conservar el dominio del nuevo imperialismo ruso.

Sea como fuere, el caso es que a partir de la afortunada estrategia del Komintern, "fascismo" dejó de ser una categoría política para convertirse, más o menos igual que "comunismo", en una metáfora sentimental.  

II

La utilización de metáforas o ideas sentimentales en la propaganda política no es, desde luego, nada novedosa. El mismo Aristóteles distinguía muy bien los silogismos científicos, propios de los geómetras, de los entimemas o silogismos retóricos empleados en el ágora. Los marxistas, al igual que Platón, consideraron la mentira, como el cine, una herramienta de primer orden para alcanzar el control político. Lenin conocía que el antisemitismo era algo así como "el socialismo de los tontos", lo que no le impidió integrar los elementos de la teoría antisemita sobre el imperialismo, a la manera de J.A. Hobson, en su propia concepción: El imperialismo, fase superior del capitalismo.

Recientemente, George Lakoff ha insistido en la naturaleza metafórica del discurso político. Las metáforas, a diferencia de las ideas, no se expresan en largas cadenas de razonamientos, sino que se organizan en torno a imágenes y estereotipos fácilmente identificables por el público de partido. De aquí que los debates públicos sean meras contiendas entre la "belleza" de metáforas rivales. Los ciudadanos no prestan atención "racional" a los hechos, sino que los interpretan a través de marcos "fijos en las estructuras neurales de sus cerebros" por medio de la repetición. Un ejemplo, según Lakoff, es el "secuestro" de la idea de "libertad" por parte de los republicanos.

Es evidente que esta visión es algo exagerada. Steven Pinker denunció la caricatura que pinta a los izquierdistas (o "liberales", en los términos norteamericanos) como "progresistas sofisticados" y a los conservadores como "tontos malvados". Además, la psicologia cognitiva no ha mostrado un apoyo decisivo a la noción de que la gente absorbe las ideas y "estereotipos" mentales a través de esquemas meramente reiterativos.

Sin embargo, aunque nuestra arquitectura mental esté preparada para la discusión racional (sobre ideas), el debate político continúa siendo un ámbito humano singularmente resistente al examen de las "metáforas rivales", según su distinta competencia para describir la estructura casual (y real) del mundo.

III

El "núcleo sentimental" de las izquierdas nunca ha estado ausente ni siquiera dentro del marxismo más duro. Bohm-Bawerk, en su temprana crítica del "sistema marxiano", ya se dió cuenta de que gran parte de su importante influencia se debía no a la "mente convencida" de sus seguidores, sino a la fuerza metafórica en "sus corazones, deseos y esperanzas".

Carece de sentido sorprenderse porque las izquierdas del siglo XXI hayan hecho suyos los lemas indigenistas y ecologistas, integrándolos en el esquema histórico de la lucha de clases. Paul Johnson (en Tiempos modernos) trazó así la línea que unía la ideología Volkish con el concepto de "alienación" de Marx:

El movimiento alemán del Volk databa de los tiempos napoelónicos, y ya en 1817 estaba quemando libros "extraños" y "extranjeros", que corrompían la "cultura del Volk". Más aún, Marx extrajo del movimiento del Volk su concepto de "alienación" en el capitalismo industrial. Un Volk tenía un alma, que provenía de su hábitat natural. Como escribió Otto Gemlin, autor de novelas históricas, en un artículo publicado en Die Tat, órgano del movimiento romántico Volk: "La campiña es el paisaje peculiar de cada pueblo y cada raza". Si se destruye el paisaje, o el Volk se separa de él, el alma se muere. Los judíos no eran un Volk porque habían perdido el alma, carecían de arraigo.

Hoy sigue sin ser difícil encontrar rastros de las ideas Volkish en la izquierda de todos los signos, incluso aquella que reclama el monopolio de la racionalidad y del universalismo, frente al secular particularismo de la derecha. En la crítica del mercado sigue latiendo la nostalgia por la identidad perdida desde el "núcleo sentimental" original. Así se expresaban desde Izquierda hispánica:

El mercado pletórico de bienes y servicios, el capitalismo desarrollado, atomiza a los individuos hasta hacerles abandonar su identidad. Los tradicionales roles familiares, de género, de clase, religiosos o nacionales pierden su razón de ser gracias al mercado pletórico. La igualdad que el valor-precio de las mercancías experimentan en el mercado produce dos efectos: 1.- que los individuos giren alrededor del son que le marcan las mercancías y sus comportamientos varíen según las mercancías que sean capaces de adquirir (no es lo mismo un indígena con televisor que sin ella); y 2.- las sociedades se fragmentan cada vez más produciéndose una progresiva atomización de los individuos, dando lugar a una masa de consumidores satisfechos gracias al mercado pletórico. Es entonces cuando las identidades pierden su razón de ser. 

¿Y cuál es esa identidad prístina que los individuos han abandonado con el mercado? No puede ser otra que la "cultura" o nación histórica original donde habitaba el hombre des-enajenado y su sociedad des-fragmentada.

Es imposible no reconocer aquí huellas de "la gran transformación", donde Karl Polanyi también criticaba la "destrucción cultural" que provocaba necesariamente el capitalismo comercial. Más aún, imposible no reconocer los restos del idealismo alemán, la lucha de aquellos "hombres del este" por recuperar el vigor amenazado de la Kultur frente a la Zivilisation capitalista, desarraigada y cosmopolita.

Economía política, Ideas de la historiaMarch 6, 2007 9:34 pm

Al autor de Contra la esclavitud del siglo XXI lo conocíamos ya por su defensa de lo indefendible (incluyendo el comercio de armas o la prostitución sin restricciones) o por su recomendación a los liberales de todos los partidos para que colaborasen con la causa israelí…enviando pizzas a sus soldados…

Contra la esclavitud…forma parte de una sección mal llamada "Los límites del estado" en la página del Instituto Juán de Mariana. A decir verdad, para los fundamentalistas de la "libertad individual" no hay ningún límite para el estado exceptuando aquel que provoca su extinción última. El estado, cualquiera sea su fuerza y alcance, resulta ser idéntico ¡a la esclavitud!:

Ahora estamos en el siglo XXI y la esclavitud aún existe. Esclavitud es la posesión de un ser humano en manos de otra contra la voluntad del primero. Es la explotación del trabajo de una persona contra su voluntad y eso implica el robo también de su propiedad privada, esto es, de su producción. El esclavo no tiene opciones, sólo ha de trabajar para su amo, de no ser así, el amo tiene la capacidad de aplicar la fuerza, la violencia física contra el esclavo pudiéndolo incluso matar. El que trabaja de forma voluntaria jamás puede ser un esclavo, por más mal pagado o explotado que se considere. En el momento que podemos abandonar de forma libre y sin represalias nuestro trabajo, somos hombres libres no esclavos.

Para intentar comprender la oscuridad y confusión de esta definición proporcionada por Valín, y los Non Sequitur que le siguen, deberíamos comenzar por intentar distinguir entre conceptos "flotantes" y conceptos "positivos" de la esclavitud. Los conceptos positivos tienen que ver ante todo con las determinaciones jurídicas concretas del concepto de "esclavitud". Cruzándose con estos términos positivos, se abren paso fórmulas mucho más vagas, inestables, "flotantes", metafóricas o incluso poéticas, pero no necesariamente filosóficas, de la esclavitud.

La esclavitud positiva se define por aquellos contratos en los que unos seres humanos son propiedad de otros seres humanos, según el derecho romano. Es el individuo como sujeto moral el que pertence al señor, que posee completa jurisdicción no sólo sobre sus bienes o los frutos de su trabajo, sino sobre su entera voluntad y personalidad moral.

En Roma se distinguía el esclavo no sólo del hombre libre, propietario, sino del cliente, aunque en la práctica la esclavitud era frecuentemente una evolución agonística del clientelazgo. La consideración jurídica de la esclavitud no impedía, no obstante, el desarrollo de un cierto "humanismo" esclavista; como explicaba Antonio Escohotado:

Se les consideraba "herramientas vivas" salvaguardadas por el interés del dueño, ya que sólo un insensato trataría mal a sus aperos. Eran parte de la familia en sentido amplio y no faltaban esclavos que conseguían comprar su libertad, e incluso tan bien avenidos con los amos que llegaron a ser prósperos sin necesidad de emanciparse. El genio científico y artístico de Grecia implicaba un grado superior de humanismo, manifiesto en una actitud más compasiva de lo habitual hacia el siervo.

A mi parecer, la principal objeción que cabría dirigir contra el criterio "flotante" que utilizan los anarcocapitalistas, es que su concepto de "esclavitud" apenas tiene en cuenta la tradición histórica y los distintos despliegues positivos de esclavitud. Dicho rápidamente, es difícil imaginar que los hombres del siglo V o del siglo XIX hubieran considerado "esclavista" a la relación entre el estado y los ciudadanos; unas relaciones que, lo mismo entonces que hoy, no pueden dejar de incluir cierta coerción violenta contra los infractores de la ley común. 

Bastaría, para señalar este carácter vago y flotante, con recordar que la "guerra contra la esclavitud" del siglo XIX poco tenía que ver con esa guerra imaginaria librada por el "capitalismo". Por el contrario, la guerra real enfrentó a estados reales, como los estados americanos del Norte y del Sur, de 1860 a 1865.

Otro comentarista del artículo, Antistipo, consideraba que recurrir a un ejemplo histórico como el de la Guerra Civil norteamericana es "poco acertado", porque la progresión geométrica de los recursos económicos mundiales nos sitúa, al parecer, en una situación radicalmente nueva. No puedo evitar recordar aquí el historicismo marxista, que contemplaba un horizonte próximo donde la "liberación de las fuerzas productivas" nos permitiera ingresar en el "reino de la libertad" y pasar de la Prehistoria a la verdadera Historia del hombre. La diferencia principal es que esta labor no la habría desempeñado el socialismo, en este sueño libertario, sino el mismo capitalismo "burgués" sin trabas.

Pero lo cierto es que el propio Valín había recurrido a la historia, a la que había convertido en un escenario moral de la lucha "capitalista" contra la esclavitud y el estado:

Es la obligación de cualquier hombre libre luchar contra la esclavitud, no importa que fuese en el siglo XVIII o en el XXI.

Luchar, sí, pero ¿en qué bando? Hagamos algo de historia.

Después del conflicto contra Inglaterra de 1812 (según narra Robert Kagan) las políticas hamiltonianas recibieron un nuevo impulso con la presidencia de James Monroe, antiguo oponenete del federalismo. Entonces comenzó a hablarse de un "nacionalismo progresista" compatible con los principios del Big Government. John Quincy Adams llegó a afirmar que el "deber" del gobierno no era solo construir canales y caminos, sino promover el "crecimiento moral, político e intelectual de la sociedad". El fín del gobierno era conseguir la "mejor progresiva de la condición de los gobernados".

Tras un periodo de estancamiento, los EE UU inician una nueva fase de expansionismo a partir de 1840. Comienza a hablarse entonces de un "Destino Manifiesto" que prometía extender los principios del republicanismo y del gobierno liberal a todo el continente americano. Pero, el principal inconveniente para alcanzar el ideal de una república auténticamente liberal continuaba siendo la "sociedad de propietarios" de esclavos en el sur. Este "despotismo racial" que en la práctica soportaba la Constitución, contrastaba con el compromiso del derecho natural en la Declaración de Independencia.

Y, en efecto, no fueron los "propietarios" antifederalistas del sur, sino los liberales realistas del capitalismo del norte, liderados por Abraham Lincoln (claro está que se trata de otro burdo "intervencionista"), quienes sostuvieron la lucha moral y política contra el esclavismo, invocando la "libertad positiva del liberalismo reformado, ejercido a través del poder del ejército y del estado".

Desde la antigüedad, la esclavitud ha sido un problema político. Por mencionar sólo algunos jalones, en 1588, un daimyō de la Era Sengoku que unificó Japón, ordena la abolición de la esclavitud, cuya prohibición ratificará su sucesor Tokugawa leyasu. El congreso de Chile aprueba la abolición completa de la esclavitud en 1823 El Reino unido decide abolir el comercio de esclavos en 1807, decisión que se extiende a todo el imperio en 1834. La república francesa suprime legalmente la esclavitud en 1794 y posteriormente en 1848. La guerra de secesión americana concluye en 1865 con la enmienda decimotercera a la Constitución Americana. La abolición legal de la esclavitud en la España peninsular llegó en 1837 (su abolición progresiva en las colonias de ultramar culmina en 1873). 

Según Karl Popper, aunque el Imperio ateniense aún era esclavista, paradójicamente suponía la única esperanza real para erradicar la esclavitud, frente al despotismo espartano o de los imperios orientales, cuya ideología compartía el partido oligárquico ateniense que contó con las simpatías en distinto grado de Platón, Aristóteles o Tucídides. El imperio comercial de Atenas contrastaba con el "patriotismo" espartano (partidarios del "estado paterno") y pretendía convertirse en un "Imperio Universal del Hombre".

Por supuesto, con esta historia del abolicionismo no quiero decir que toda forma de servidumbre o explotación fuera suprimida, o incluso que las condiciones de existencia reales de los hombres hubiera superado a la de los esclavos. Podemos recordar que los marxistas llamaban "esclavos del salario" a los obreros que se veían conminados a vender su fuerza de trabajo en el mercado capitalista a cambio de "sueldos de hambre".

En cierto modo, el anarcocapitalismo elabora también hoy un concepto flotante de "esclavitud" para proyectarlo en su concepción de la vida económica, no tan alejada de la visión marxista en la que apenas cuentan las decisiones políticas o la tecnología social –en comparación a la fuerza de las leyes históricas del movimiento económico.

Los fundamentalistas de la libertad individual han convertido el estado en una entidad "antisocial e incivilizada". Pero no costaría mucho trabajo probar que, en realidad, es la distopía ancap la que termina por conducir a una nueva forma de salvajismo. De lo contrario, no habría manera de entender la defensa "liberal" del estado salvaje:

En Nueva Zelanda creo, donde indígenas que ni sabían que significaba la palabra "estado", han sido juzgados por crímenes supuestamente cometidos en su poblado. Las leyes del poblado no los consideraban crímenes, pero los políticos de Nueva Zelanda sí.

Me pregunto qué clase de "derecho natural" defienden quienes están dispuestos a considerar ciertas excepciones criminales, con tal de que tengan lugar en un marco de "acuerdos voluntarios" y de resistencia al poder político organizado; es decir, a lo que comunmente hemos llamado "Civilización".

 

Abraham Lincoln, el salvaje intervencionista 

España, Ideas de la historia, Brights, Conservadores, FilosofíaFebruary 28, 2007 3:53 am

Seguiré luchando porque obtengáis vuestros derechos. Y si alguien intenta impedirme realizar lo que es vuestra voluntad, le destruiré. Le destruiré con mis propias manos, porque tengo en mí la fuerza de muchos.

El político (Robert Rossen, 1949) 

En el último artículo de su bitácora, y con la claridad que le caracteriza, Larry Arnhart analiza el principio liberal-conservador del "balance de poder" político asentándolo sobre una firme base doble, naturalista y etológica. Naturalista, porque no se busca el origen del poder político en un contrato divino. Y específicamente etológica ("Ciencia política de los chimpancés"), puesto que se da por supuesta una analogía fundamental entre la "naturaleza humana" y la naturaleza política de otros primates políticos, en particular los grandes simios.

Esta analogía naturalista, por cierto, no debiera confundirse con la afirmación crudamente etologista de que la política humana es enteramente reducible al tipo de organización "política" que observamos entre otros "animales políticos" –en los términos de Aristóteles, como las abejas o las hormigas, o incluso entre los grandes simios más cercanos biogenéticamente a nosotros. Sería una obvia ingenuidad intentar explicar la rivalidad entre Carlos I de España y Francisco I de Francia en su intento histórico de conseguir el dominio europeo únicamente en claves etológicas, como si la lucha por Milán (Francisco I: "Mi primo Carlos y yo estamos perfectamente de acuerdo: los dos queremos Milán") fuera de algún modo reducible a los mecanismos de rivalidad entre jóvenes chimpancés pugnando por alcanzar el status de "macho alfa".

Pero mantener la "excepcionalidad humana", para decirlo con John Dupré, no apoya la tesis de la discontinuidad entre etología animal y política humana. No dice que la etología o las hipótesis darwinianas dejen de interesar, y mucho, a la politología o la filosofía política.

Semejante excepcionalidad no es, por otro lado, un fenómeno extraño en las demás especies de seres vivos. El castor es un mamífero "excepcional" con respecto a comer madera. El ornitorrinco es un mamífero "excepcional" con respecto a ser un animal venenoso; y el hombre, last but not least lo es con respecto a la competencia lingüística. Lo que intento decir es que, cuando hablamos de organización política, la "excepcionalidad" humana debiera entenderse en términos más precisos de "especificidad" no discontinuísta.

Una especificidad no tan singular, por consiguiente, como para dejar de poseer hondas raíces naturales. Tal como acreditan los trabajos de Jane Goodall o Frans de Waal, la organización política entre los primates no humanos no está determinada por el uso de la fuerza bruta y el combate, sino que también implica un dominio bastante amplio del tipo de destrezas sociales que requiere la búsqueda de alianzas entre los machos políticamente dominantes, así como entre estos y los grupos de mujeres y niños.

El institucionalismo de Arnhart, derivado de esta hipótesis "darwiniana" sobre el origen y constitución del poder político, parte de dos supuestos fundamentales. El primero, como ya quedó dicho, supone que el hombre es un animal organizado políticamente, y que este faktum posee profundas raíces evolutivas. En segundo, que la finalidad de la organización política es primariamente la búsqueda de consensos pacíficos que aseguren cierta estabilidad y armonía entre los grupos y los individuos. No es la guerra, sino la paz social y política, la que en verdad puede considerarse "padre de todas las cosas", como pensaba Ludwig Von Mises contra Heráclito:

La asunción fundamental del constitucionalismo conservador supone que, dado que la búsqueda de poder está enraízada en la naturaleza humana, el poder de una persona o grupo sólo puede ser controlado por el poder de otro. Los conservadores rechazan el principio de soberanía, la idea de que en cualquier orden social debe existir algún poder supremo. En su lugar, los conservadores defienden el principio de balance (contervailance), la idea de que el orden social puede surgir de una red de entidades independientes que se vigilan y equilibran (check and balance) unas a otras. Para asegurar la libertad no es suficiente que el pueblo sea soberano, porque se abusará de cualquier poder que sea soberano. Esta es la lección de la Revolución Francesa, que terminó con la elección popular de Napoleón como Emperador Imperial. La libertad requiere un sistema de gobierno limitado basado en el balance de poderes.

Es en este punto, el rechazar de plano toda la teoría de la soberanía y enfrentarla con una teoría constitucionalista del balance de poderes donde Arnhart, según argumentaré, está cayendo en una trampa idealista. Eso sí, se trata de una trampa muy útil, porque conocer su localización ayudará a encontrar un lugar mucho más seguro para la teoría del poder político.

En primer lugar, la distinción de Arnhart es idealista porque es excesiva su interpretación de la soberanía como un tipo de poder que sólo puede ser supremo, o que resulta incompatible absolutamente con el constitucionalismo.

Y como contrajemplo de la tesis sobre el "suprematismo" de la soberanía propongo mirar a la misma historia de España. Alrededor del siglo XVI está muy desarrollada en España una idea proto-soberanista según la cual el reino no es del rey, sino de la comunidad. El reino se considera superior al rey que, en teoría, debe colaborar con las cortes. Solamente con la llegada de Carlos I y del ceremonial borgoñón (pasando el rey del tratamiento de "alteza" al de "majestad") el papel de estas cortes pasará a un lugar secundario, iniciándose la controversia sobre el Imperio. Este "liberalismo español" histórico será retomado por las cortes gaditanas que, en 1812, establecen que "La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona" (Artículo II). En cualquier caso, la soberanía española no sólo no era incompatible con el constitucionalismo y el estado de ley, sino que era –y nos arriesgamos a decir que continúa siendo, el principal fundamento de la Libertad.

En segundo lugar, y lo que me parece más importante, la idea de Arnhart es idealista porque la división entre Soberanía y Balance se da sólo en el plano de la representación, de la ideología, de la razón pura.

Sencillamente, porque el estado despótico, totalitario o el "poder supremo" no pueden existir de un modo absoluto. La realidad histórica difícilmente puede ser compatible con la teoría de la soberanía o de la "voluntad general" al modo de Rousseau. El "estado absoluto" que intentaba justificar el "absolutista" Jean Bodin, frente a las objeciones liberales y conservadoras de Francisco Suárez, era en buena medida quimérico –lo que no significa que las críticas de Suárez fueran absurdas o menos cargadas de fuerza moral. Pero, y esto es lo importante, en ningún lugar y en ninguna época ha existido un "estado absoluto", donde fuera siquiera expresable una voluntad popular indivisa, o donde el poder supremo fuera detentado realmente por un único déspota soberano.

El sueño de la soberanía absoluta pertenece más a la ciencia ficción que a la historiografía.

Ni tan siquiera en la Unión Soviética se alcanzó una "sociedad sin clases" donde el pueblo hubiera conquistado realmente la soberanía. Tampoco puede considerarse a la dictadura comunista, en sentido contrario, un estado "totalitario" sensu stricto. Evidentemente, el poder que lograron alcanzar Lenin o Stalin resultó ser enorme, despótico y criminal, pero nunca hasta el punto de que no tuviera que equilibrarse forzosamente con otros contrapoderes internos y externos al partido comunista. Tampoco el régimen de Franco, por acercar de nuevo los ejemplos históricos, fué un estado donde el poder supremo fuera detentado por una sola instancia, "movimiento" o persona carismática. Aunque las interpretaciones dramatizadas y populares de esta parte de la historia de España tienden a colocar todo el poder en las manos del "generalísimo", todos los analistas coinciden en que el poder político durante el periodo conocido como "franquismo" estaba realmente distribuído entre al menos cuatro "familias": monárquicos, iglesia, ejército y falangistas entre las cuales Francisco Franco ejercía una función esencialmente arbitral.

Ahora bien, desestimar en cuanto idealista la distinción entre Soberanía y Balance, o entre Soberanía y Libertad, no significa en absoluto que las críticas al despotismo, o al totalitarismo carezcan completamente de sentido, tanto politológico como, ante todo, moral. No significa que el franquismo dejara de ser un sistema autoritario, o que no exista ninguna diferencia entre dictaduras y democracias. Lo que estamos negando es que la soberanía puedan realmente darse en un sentido suprematista, no que existan regímenes políticos moralmente deficientes y "balances de poder" injustos, despóticos e inmorales de suyo.

La distinción más real, por tanto, no es aquella que media entre Estados Soberanos y Estados Libres, los primeros caracterizados por la presencia de un poder político supremo, y los segundos por una situación de balance de poderes armómica, sino entre distintos Balances de Poder gradualmente consecuentes con los ideales de libertad y justicia.

 

Francisco de Goya: Alegoría de la constitución de 1812 

España, Hispanoamérica, Ideas de la historiaFebruary 15, 2007 11:24 pm

Arturo Schopenhauer caracterizó la época del idealismo alemán como "la edad de la deshonestidad", y K. Heiden tildó a la época posliberal del totalitarismo como la "edad de la irresponsabilidad".

Quizás podríamos conocer nuestro presente como la "edad de la estupidez".

Los efectos devastadores de la estupidez humana se han dejado notar con fuerza en el libro de memorias de Jacques Chirac (recopilando unas entrevistas con la periodista Pierre Péan), el presidente de una de las naciones más detestables del mundo.

Sus declaraciones públicas sobre el descubrimiento de América no son sólo un perfecto ejemplo de mala fe política, suministrando un episodio más de la ancestral antipatía de Españoles y Franceses, sino un monumento a la Ignorancia histórica y la falta de rigor filosófico, al que por otra parte nos tienen tan acostumbrados los habitantes de la nación vecina.

Para el gabacho, el "descubrimiento de América" no es algo que pueda ser colocado en el haber de los españoles, porque ¡los vikingos! llegaron antes. Además, añade el indocto, estos devotos de Odin, a diferencia de las "hordas" hispánicas, "no montaron tanto alboroto y tuvieron la elegancia de destruirse ellos mismos". Éste apunte necrológico, por cierto, no debiera pasar desapercibido. Quizás el inconsciente nacional traicionó en el último momento al premier francés, dada la familiaridad histórica de los franceses con la "cultura de la muerte". Alberto Camus, Juan Pablo Sartre, Miguel Foucault, Juán Genet, por mencionar sólo unos pocos, todos se han significado por un gusto inequívoco por la necrología y la autodestrucción. Tampoco haría falta recordar la horrible muerte que han sufrido una parte considerable de los filósofos franceses.

A unos dos siglos de la Revolución más sangrienta de la época moderna, no hay que sorprenderse de que una cultura que apenas ha sido capaz de producir algo más que toneles de vino y Gilles Deleuze…aún continúe obsesionada con el mito de Sísifo.

Pero, ¿realmente descubrieron los españoles "América"? Luis Gámez nos recuerda que los siberianos llegaron antes, atravesando el estrecho de Bering, pero de este evento prehistórico saca la no del todo correcta conclusión de que "Ni Colón ni los vikingos descubrieron América".

Existen, desde luego, distintos tipos de descubrimiento y, al menos de modo inmediato, también es obvio que Cristobal Colón no pudo "descubrir" ni política ni geográficamente (supuesto que pueda existir alguna geografía "no política") un continente al que no creía haber llegado. Pero la presencia de Colón, y de la empresa de la corona española, en Santo Domingo (o Guanahani, en idioma nativo) el 12 de octubre de 1492, marcó de hecho el camino objetivo hacia la posterior conquista y descubrimiento político-histórico del continente llamado injustamente "americano". Las bandas siberianas no descubrieron "América", sino un ámbito muy limitado geográfica y culturalmente. Si hoy podemos fingir que los siberianos, o los vikingos, o los chinos…"descubrieron" aquel continente, es precisamente porque partimos del descubrimiento y la justificación histórica que sólo proporcionaron los españoles, en primer lugar, y más tarde las demás naciones europeas.

Ni Cristobal Colón ni la corona española tenían por qué ser filosófica o políticamente conscientes, en aquellos primeros momentos, de que se trataba realmente de un descubrimiento  genuino, por el que las culturas precolombinas iban a ser absorbidas por la civilización histórica de los españoles, a los que después siguieron portugueses, ingleses y, por supuesto, franceses. Aquel "choque de civilizaciones" no iba a ser meramente militar ni llevado a cabo por "hordas" de conquistadores, tal y como ladra el canalla francés, puesto que la drástica entrada del nuevo continente en la Historia Universal traía también, junto con la indispensable milicia, toda clase de comerciantes, misioneros, así como los primeros académicos e historiadores propiamente "americanos".

Frente a la traumática pero inevitable penetración de las ideas, personas e instituciones hispánicas, la presencia de las primeras bandas de cazadores-recolectores siberianos en América del norte, o la episódica presencia de los vikingos en el siglo X, no pasan de ser meras anécdotas para la antropología cultural, pero jamás verdaderos capítulos de la Historia Universal. 

¿Cuántas Iglesias y universidades fundaron los vikingos en América? ¿Dónde podemos encontrar los restos de la influencia de los lenguajes siberianos en el nuevo continente? ¿Qué vestigios quedan del culto a Odín entre los mexicanos, los argentinos, o los chilenos?

Acaso las confusiones del presidente francés, y de quienes participan de una visión de la historia tan ingenua y fantasiosa, pueden ser aclaradas recordando, por analogía, la distinción entre el "contexto de justificación" y el "contexto de descubrimiento" en los hallazgos científicos. Según Reichenbach no es lo mismo descubrir que justificar. El "descubrimiento" interesa sobre todo al análisis psicológico y sociológico, atañe a las circunstancias especiales en las que tiene lugar el nuevo hallazgo, mientras que la "justificación" interesa sobre todo al científico y al filósofo (por extensión, al historiador), pues trata de comprender la estructura lógica del descubrimiento. Ahora bien, como ha argumentado Gustavo Bueno, cabe matizar que las verdades de la ciencia son "descubiertas" en el proceso de ser "justificadas". Sin justificación no hay, propiamente hablando, ningún descubrimiento. Llevado al terreno de la historia, sin la justificación política, jurídica y cultural que proporcionaron los españoles (y vicariamente los ingleses, franceses y portugueses) no podría ni tan siquiera hablarse de ningún "descubrimiento" americano. Una "América descubierta" en primer lugar como parte formal de la monarquía hispánica y, posteriormente, en función de las nuevas oleadas de colonizadores europeos, como partes del Imperio Francés o de los Estados Unidos de América -que un día soñaron con recubrir todo el continente bajo el dominio de un "destino manifiesto" angloprotestante.

Es decir, tanto el "manifest destiny" como la idea de la Monarquía Hispánica Universal permanecen en el plano de la "justificación" histórica que envuelve necesariamente a la idea de descubrimiento. Y este es el procedimiento frecuente tanto en la historia de las sociedades políticas como en el análisis de los descubrimientos científicos. En efecto. Si permaneciéramos atados a la perspectiva del "contexto de descubrimiento", acaso el mismo Darwin no podría ser considerado sensu stricto el "descubridor" de la teoría de la evolución. No únicamente porque existían antecedentes bastante elaborados de la idea de evolución, y no sólo en la Filosofía zoológica de Lamarck, sino en otros naturalistas que Darwin no se olvida de mencionar en su "noticia histórica" que abre El origen de las especies: Herbert, Grant, Von Buch, Haldeman, d’Omalius, Powel &c, sino porque el mismo Darwin no utilizó nunca la expresión "Teoría de la evolución", prefiriendo los términos de "transformismo" o "teoría de la derivación" (Derivative theory, de Candolle).

En definitiva, la afirmación de que los españoles no descubrieron política o históricamente el continente americano, no sería muy distinta a suponer que Darwin no fué el "descubridor" de la teoría de la evolución moderna (y ello sin perjuicio de que su "contexto de justificación" debiera de ser completado por las leyes de la herencia genética de Mendel y por la biología molecular, arribando a la "teoría sintética" ya en el siglo XX) únicamente porque no expresó el término "evolución" en sus escritos, o porque Lamarck ya había prefigurado, en un cierto sentido, la idea del transformismo de las especies.

En la misma lógica infantilista del presidente francés, podríamos concluir que los méritos de la evolución no deberían apuntarse en la cuenta de Carlos Darwin, sino en la de Hesiodo, por ejemplo, que siglos antes de la estirpe darwiniana ya hablaba de ciertas "transformaciones" en las sociedades de los seres humanos vivos.

En fín, una estupidez.

 
Pieza de folklore francés.
 

Religión, Ideas de la historiaFebruary 7, 2007 4:15 pm

Según ReligiousTolerance.org la población musulmana podría oscilar entre 700 y 1200 millones de individuos. Hoy es la segunda religión mundial, tras las distintas variantes de cristianismo que agrupan a 2100 millones (el tercer grupo consta de agnósticos, ateos y no alineados, con más de 1000 millones). Daniel Pipes estimaba recientemente que el número de musulmanes comprometidos con la causa islamista podría ser tan amplio como 200 millones. No son pocos, pero ¿son suficientes?

A pesar del último crecimiento del Islam, ¿estaría el credo de Muhammad próximo a alcanzar su "techo malthusiano"? Esto es lo que opinaba hace poco un optimista pero bien informado Daniel Dennett: el progreso del Islam se debería más a su demografía exitosa (y a los mecanismos de control que prohiben la apostasía) que a la capacidad para lograr atraerse nuevos conversos. Las conversiones de occidentales al Islam son, en realidad, sucesos bastante extravagantes, aunque nunca falta un Cat Stevens, un Blas Infante o un Mansur Escudero. La mayoría de los musulmanes europeos, a pesar de las preocupantes noticias de Eurabia, son también emigrantes o hijos de emigrantes.

Sin perjuicio de la ideología imperialista expansionista del Islam (según la ex-nazi Sigrid Hunke el "Sol de Alá" está destinado a brillar tarde o temprano sobre todo occidente) su área de influencia histórica parece limitada por los territorios que van desde Damasco a la "península de Mahoma" (Al-Andalus). El islamismo, o al menos la ideología yihadista, parece marcado por esta impronta trágica que separa al mundo en dos mitades, según se encuentre o no dominado por la Sharia: el Dar al-Harb y Dar al-Islam; y así de amenazante se mostraba Osama Bin Laden en su mensaje tras el 11 S.

Les digo a todos esos que estos acontecimientos han dividido el mundo en dos frentes, el frente de los creyentes y el frente de los infieles. Que Alá nos proteja a nosotros y a vosotros de ellos. Cada musulmán debe levantarse para defender su religión. El viento de la fe está soplando y el viento del cambio está soplando para expulsar al demonio de la Península de Mahoma, ¡que la paz sea con él!

Ibn Warraq, autor de Por qué no soy musulmán, desarrollaba una interesante línea de argumentación sobre el islamismo, presentándolo no ya como vanguardia de una civilización verdaderamente universal, genérica, sino como un trasunto de las culturas árabes específicas. El Islam caería, según esto, del lado de la Kultur, más que de la Zivilisation; por utilizar un binomio muy familiar en la historia europea. No decimos que en el Islam falten elementos universalistas (¿es que alguna otra religión, algún estado o imperio puede realmente arrogarse la representación del género humano?), sino que estos se encuentran recortados sobre un fondo fuertemente particularista. De hecho, el concepto de barbarie (la "era de barbarie e ignorancia" o jahiliyya) que pretenden superar los seguidores de Mahoma se refería antes al tribalismo árabe y hoy señala al "paganismo" y la impiedad de los occidentales. El Islamismo habría de convertirse, según esto, en una especie de "arabismo extendido", y esto sin negar las diferencias con otros "panarabismos" de raíz política, como el movimiento que lideró Abdel Nasser, o incluso el panturanismo de los otomanos turcos.

A diferencia del arabismo islámico, la religión cristiana no estuvo confinada, desde el principio, al particularismo de una sola cultura, etnia o lenguaje. En la formación del cristianismo habrían comparecido dos tendencias contradictorias. En primer lugar, la que postulaba continuidad con la "vieja alianza" del Antiguo Testamento establecida entre Yavé y los judíos, en cuanto "pueblo escogido". Esto explica el esfuerzo de los evangelistas para asegurarse de que Jesús es el mesías esperado por los hebreos. Jesús nace de una virgen (Mateo 1 y Lucas 1), tal y como profetiza Isaías (7:14), en Belén (Mateo 2:15 y Miqueas 5:2). Además, se añade el probable mito de la matanza de los inocentes (Jeremías 31:15 y Mateo 2:17-18) o la huída hacia Egipto (Oseas 11:1 y Mateo 2:15). Se comprende así, por ejemplo, que la traducción al griego del hebreo almah (mujer joven) a parthenos (virgen), no sea algo así como una mutación misteriosa o una equivocación casual. En segundo lugar, otra tendencia aseguraba la discontinuidad con esta misma tradición judía y sus expectativas mesiánicas históricas. Tal y como explicaba Robert Gillooly, las historias que conciernen a la estrella de Belén, el nacimiento virginal, la veneración del niño por los reyes, los milagros, la ejecución, o la ascensión al cielo y resurrección de Jesucristo tienen raíces profundas en las narrativas heroicas y en las mitologías paganas conocidas en la antigüedad. En una edición de Free Enquiry de 2004 (citado por Richard Dawkins), Tom Flynn documentaba la tensión que existe entre los deseos de Mateo por hacer cumplir las expectativas mesiánicas judías, y el plan de Mateo (y no digamos el de Pablo de Tarso) para adaptar el cristianismo a los gentiles, recogiendo todo el "potencial semántico" de las religiones helenísticas. En efecto, si Jesús es el Cristo, y este ha nacido de una virgen, su linaje real que lo conecta con David (por la vía paterna de José) pierde mucha de su vieja relevancia.

Pero quizás la fuente principal de diferencias entre los "universalismos" cristiano e islámico sea el lenguaje escogido por Dios para comunicar su texto sagrado. Mientras que Alá habla -a través de su amanuense terrenal- en árabe, el Dios cristiano lo hace simultáneamente en hebreo, arameo, griego, latín…y a partir de la reforma, en todas las demás lenguas nacionales. El q’ran es la principal fuente de legitimidad de la práctica religiosa arabo-islámica, ello sin perjuicio de que existan otras tradiciones orales y escritas (sunna, hadith) en un sentido mucho más fuerte en que la Biblia es la fuente de legitimidad de los credos cristianos.

La naturaleza literalista específicamente árabe del Islam explica por qué, desde su origen, se convierte en un Imperio esclavista, extendido gracias a la espada y a los mecanismos de "cerrojo teológico" (sin que por ello suscribamos la tesis naif sobre el "pacifismo" de las otras "religiones del libro"). En efecto, aunque el Islam pudiera llegar a "tolerar" otras religiones y culturas en sus dominios, como es sabido el estatuto jurídico y político de los "cafres" (infieles) era parecido al de los esclavos o, a lo sumo, el de los clientes romanos. En buena medida la idea de una convivencia pacífica de las "tres religiones", por decirlo al modo de Américo Castro, es un mito (y Serafín Fanjul tiene un volumen indispensable sobre este tema). Finalmente, y proyectando esta historia de siglos en el porvenir inmediato, "un imperio universal islámico sin infieles sometidos es difícilmente concebible, e imposible en la práctica". Es difícilmente concebible, teniendo en cuenta la estructura teológica e histórica del credo islamista (que, entre otras cosas, produce hoy una literatura jurídica universal diferenciada, a través, por ejemplo, de la Declaración de los Derechos humanos en el Islam de 1990, o la Carta árabe de derechos humanos de 1994) y quizás imposible en la práctica, puesto que implicaría la eliminación física de una población millonaria de "cafres" impíos. Tal y como sentenció el imán Jomeini:

El islamismo dice: matad a todos los no creyentes tal como ellos os matarían a vosotros.

*** 

Este artículo procede de una discusión en Neoconomicón sobre agravios y la lucha entre Cultura y Civilización.

España, Ideas de la historiaFebruary 1, 2007 2:57 pm

La llegada de los españoles hizo que unos pueblos que vivían en una atmósfera de muerte y decadencia hallaran un nuevo comienzo en un grado superior de civilización.

Mel Gibson. Vía DENAES