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Religión, Ciencia & ParacienciasApril 26, 2007 4:51 pm

No confiamos solamente en la razón y en la ciencia, porque estos son factores necesarios más que suficientes, pero desconfiamos de cualquier cosa que contradiga a la ciencia e indigne a la razón.

- Christopher Hitchens 

 

Uno de los defectos más notables que afectan el desarrollo normal de esta "discusión" sobre los límites de la ciencia viene siendo la escasa claridad y distinción con la que están tratándose los principales términos polémicos. Aunque parte de culpa debería también ser cargado en mi cuenta, lo cierto es que la deuda más cuantiosa cae en el lado, digamos, anticiencista, fervorosamente defendido por don Pío Moa.

I

Difícilmente podremos alcanzar el "fondo del asunto", en efecto, antes de haber resuelto problemas que pertenecen al prólogo, y casi al título de la cuestión.

Pues ocurre no solamente que el antiguo camarada cree saber de qué está hablando, sino que se permite aplicar semejante sabiduría confusionista a determinados periodos históricos; en particular a los "regímenes ateos" nazi-socialistas. Para don Pío, tales ocasiones ("hechos indiscutibles") se nos presentan como experimentos realizados en el laboratorio histórico que corrroboran ya la nefasta moralidad ocasionada por el "ciencismo". Curiosamente, Moa ha insistido bastantes veces en que, sin perjuicio del fracaso humanitario del ateísmo, el avance de la ciencia no sólo no se detuvo, sino que amplió sus horizontes hacia nuevos y quizás asombrosos logros.

Por mi parte, he argumentado en sentido contrario que 1) el periodo nazi-socialista no se caracterizó porque la ciencia tomara posesión de la vida humana, precisamente, como presupone la interpretación "ciencista", sino a la inversa, por la invasión de los valores nacional-socialistas del programa científico esencialmente liberal, 2) propiciando la decadencia general de la ciencia y la filosofía; "ciencia que es una especie de imitación de la ciencia, filosofía que es una especie de imitación de la filosofía" (M.A. Rozov).

II

Pero, ¿qué es entonces esa cosa llamada "ciencismo ateo"? Centrándonos en la experiencia soviética, dado que los nazis jamás pretendieron ser "ateos" y puede discutirse ampliamente en qué sentido eran en realidad anti-cristianos, hay que empezar por admitir que la escolástica soviética no intentó cultivar tanto el "ciencismo ateo", cuanto que un ateísmo científico en línea con el "socialismo científico" (materialismo histórico + diamat).

El diccionario soviético de filosofía culminaba así su entrada dedicada al "ateísmo".

La experiencia de la U.R.S.S., donde el ateísmo ha adquirido un carácter de masas, constituye una confirmación práctica de que estos principios son justos. Al construirse el comunismo, se va formando un nuevo hombre, libre de supervivencias religiosas y de otro tipo, un hombre armado con una concepción atea y científica del mundo.

Pese a este triunfalismo oficial, estamos forzados a reconocer que siete décadas de "ateísmo científico" en la Unión Soviética apenas consiguieron desactivar las supersticiones populares o la base eminentemente religiosa de la sociedad, sustituyéndola por un nuevo hombre "armado" con una visión auténticamente científica del mundo. No es momento de penetrar en honduras, pero el mismo Paul Johson, no precisamente inclinado hacia el ateísmo, explicó de qué modo el nuevo socialismo soviético pudo arraigar en la larga tradición colectivista cristiana-ortodoxa.

Otras experiencias socialistas, como la cubana, acreditan también que las supercherías populares no sólo no pudieron ser suprimidas, sino que proliferaron visiblemente. La "concepción atea y científica del mundo" nunca logró adquirir en realidad un carácter masivo, del mismo modo que las clases no consiguieron ser abolidas, y ello por mucho que Stalin así lo estableciera en la constititución redactada por él para la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Por supuesto, la insistente supervivencia del "hecho religioso" siempre puede interpretarse en el contexto del fracaso socialista para proporcionar sustitutos seculares al misticismo espontáneo de los hombres, pero también pone en solfa la genuina "cientificidad" del ateísmo y de la racionalidad materialista tal como fue sostenida por los marxistas.

El hecho, sin embargo, es que la escolástica pseudocientífica de la URSS tenía ciertamente un marco filosófico militante, aunque ahora estemos en disposición de poder detectar sus fallos, desde el que interpretar e intentar corregir los principales hechos del mundo relativos a la ciencia y la religión. Pero don Pío no nos ha ofrecido ningún marco filosófico explícito alternativo desde el que poder coordinar su postura. En su lugar, se ha limitado a dar por supuesto (¿será esto un ejemplo de la filosofía del "sentido común" a la Chesterton?) que ya sabíamos de qué hablábamos, dejando acá y acullá algunas escuetas definiciones con las que ir saliendo al paso:

El ciencismo consiste en sacar conclusiones excesivas de la ciencia, sobre todo en relación con la creencia religiosa.

Claro está, que semejante definición de sentido común no aclara gran cosa, y hasta se diría que enturbia más la cuestión. Pues, ¿qué es una "conclusión excesiva"?, ¿cómo sabemos cuando una conclusión es "excesiva"? ¿y por qué sobre todo en relación con la creencia religiosa? ¿por qué no también en relación con las creencias sobre agronomía, teatro de títeres o lingüística estructural? La verdad es que desconocemos la respuesta, aunque podemos maliciar los presupuestos implícitos de la pregunta. Como he argumentado ya hasta el cansancio, no se trata de cuestionar la crítica legítima del "cientificismo" (Gustavo Bueno, por ejemplo, al distinguir muy bien entre Ideas y Categorías, puede salvar esta dificultad: el cientificismo será un delito de lesa filosofía, precipitado por la confusión de Ideas y Conceptos), sino los presupuestos irracionalistas y espiritualistas de una versión particular del anticiencismo.

III 

¿Dónde se encuentran entonces los "límites de la ciencia" y cuándo sabemos que los hemos sobrepasado? Uno no puede evitar pensar en que (la denuncia de) semejantes "extralimitaciones" normalmente no ha ocultado mucho más que la lucha por salvaguardar el monopolio teológico (que resumía la divisa medieval: philosophia ancilla theologiae). Si don Pío pretende encontrar "muros bizantinos", deberá buscarlos mejor entre los teólogos que entre los científicos o los filósofos secularistas a los que no siempre se les ha dejado vía libre para investigar. Pues es lo cierto que no pocas ideas y prácticas se han puesto cuidadosamente a salvo del escrutinio científico o filosófico racional ante todo cuando éste ponía en cuestión ciertos supuestos dogmáticos o visión religiosa del mundo.

En caso contrario, cuando la ciencia parece apoyar la verdad de la religión, se diría que ¡no hay ningún problema en absoluto!

Empezando por los escolásticos, que no tenían inconviente en hacer uso de la razón, en el contexto de los preamubla fidei, para defender la verdad (es decir, la "cientificidad") de la teología natural. Aún hoy la teología católica mantiene como un dogma la posibilidad de conocer a Dios con la sola luz de la razón natural, declarando el Concilio Vaticano anatema, la posición contraria (Dz- 1806). Y el mismo Benedicto XVI, en el célebre discurso de Ratisbona, volvió a señalar hace poco que "actuar contra la razón es contrario a la naturaleza de Dios". En consecuencia, los católicos siguen sin creer que la ciencia se "extralimite", en principio, al probar la existencia de Dios mediante argumentos naturales, y ello aunque todas las vías hayan recibido críticas triturantes -destacando aquí por encima de todas la refutación darwiniana del argumento del diseño. También podemos mencionar el caso de la investigación arqueológica de los "santos lugares", que es fervorsamente apoyada por la curia siempre y cuando apoye la "verdad histórica" del cristianismo católico, o incluso la búsqueda de determinados testimonios "científicos" cuando se trata de acreditar la veracidad de ciertos milagros.

Hay, además, otro sentido importante en que se considera legítimo el escrutinio científico-religioso, y es cuando este ayuda a respaldar, no ya la verdad, sino la bondad de la religión. Sobre todo desde EE.UU recibimos últimamente toda clase de estudios pretendidamente "científicos" que vienen a respaldar los grandes beneficios morales y comuntarios de la religión: la religión es buena para los niños, la oración a través de internet ayuda a los pacientes de cáncer, los asistentes a la Iglesia viven más, etcétera, etcétera. ¿Habrá que considerar tales estudios casos ejemplares de "ciencismo"? ¿Ciencismo religioso tal vez?

Sin embargo, cuando el escrutinio científico tiene la mala pata de romper el conjuro de la bondad, para decirlo a la manera de Daniel Dennett, mostrando pongamos por caso que la religión alimenta la violencia, que las naciones mayoritariamente agnósticas son más solidarias con el tercer mundo, que existe una relación positiva entre laicidad y expectativa de vida, o incluso que los ateos se divorcian menos que los creyentes, entonces ¿comenzaremos a sospechar que nos las habemos con una intolerable extralimitación "ciencista" y atea?

Y esto por lo que se refiere a la bondad de la religión. Puesto que franjas de su verdad, sin perjuicio de la célebre fórmula de Stephen Jay Gould tantas veces recitada para ahorrarse mayores inconvenientes, han sido puestas en evidencia ya en múltiples ocasiones. Por ejemplo, la peligrosa aplicación galileana del atomismo a la teoría de la transubstanciación, parece que empezó también por considerarse una molesta "extralimitación" merecedora de condena -y nótese que el atomismo de Galileo sólo podría considerare "extralimitado" desde el punto de vista de la física aristotélica tal como fué recibida por la teología cristiana. Por no mencionar la vigorosa refutación darwiniana de la quinta vía tomista, cuyo límite vencido nunca ha dejado de reconocerse del todo, ni siquiera en el momento de mayor cercanía a la verdad de la evolución (cuando Juan Pablo II, ante la academia pontificia, tuvo el parcial valor de admitir que el algoritmo darwiniano era algo "más que una hipótesis"…si bien debía circunscribirse a la "evolución material" so pena de apostasía).

IV

Dejando por un momento de lado el "laboratorio" de la historia y los presuntos efectos políticos o humanitarios del ateísmo, creo que las críticas dirigidas por don Pío Moa en contra el "ciencismo", que reflejan a su modo el espiritualismo católico ambiental y quizás un cierto clima de opinión entre la "derecha chestertoniana" en España, han descansado en un presupuesto implícito: la ciencia no sólo limita con otras ciencias u otros saberes comunes, aunque mundanos, sino acaso con el "espíritu" o la sapientia humana, para decirlo también al modo de Chesterton, que solía reprochar a los antropólogos de su época por limitar la ciencia al estudio del hombre como un mero simius o insipiens. En este sentido, sigue siendo corriente que la religión de la bienvenida a la "buena ciencia" que corrobore sus expectativas, mientras que despache normalmente con cajas destempladas a la "mala ciencia" (¿ateísmo ciencista?) que viene a romper el conjuro.

ACTUALIZACIÓN: Como siempre, en su nueva "réplica", Moa repite de nuevo las mismas ideas, sin justificarlas, sin añadir ningún apoyo documental, y sin darse por enterado de las críticas o preguntas a las que alegremente despacha como ejemplos de "bizantinismo". También me reprocha por hablar "en nombre de la ciencia" y por declarar "en dos patadas los más complicados asuntos". Esto realmente tiene su gracia, viniendo de un converso marxista, que hasta hace no tanto practicaba la "lucha armada" en nombre del proletariado y ahora le ha dado por ejercitar un creacionismo de bolsillo más o menos camuflado. La cosa no da más de sí.

Ciencia & Paraciencias, ConservadoresApril 23, 2007 3:32 pm

Uno de los rasgos que caracterizan al sofista es que siempre debe eludir reconstruir el pensamiento del oponente, conformándose con hacerse un "muñeco de la imaginación", como comentaba Engels refiriéndose a Dühring, contra el que dirigir los golpes según una agenda casi del todo predeterminada. 

El procedimiento seguido por Pío Moa, a lo largo de este "debate", ha sido eminentemente "sofístico" en este sentido. Nuestro pundit fervoroso (¿el fervor contra el ciencismo convierte a su vez en pío?) ha eludido siempre el engorroso esfuerzo de reconstruir el pensamiento de su interlocutor y ha continuado en todo momento propinando el mismo género de golpes a su muñeco imaginado; por ejemplo, en la fantasiosa consideración "ciencista" del hombre como una máquina, una peligrosa metáfora en la que según la peculiar erudición humorística del blogger gallego, confluyen nada menos que La Mettrie, Nietzsche, Weinberg y Pinker, entre otros (¡¡??).

En lugar de esforzarse en comprender, Moa el sofista ha escogido sustituir los argumentos por la presentación insistente de ideas e hipótesis sin justificar, así como por descalificaciones y alguna que otra salida de tono. Ésta táctica con la que alimenta a su parroquia don Pío, a la vez que le ayuda a desentenderse del meollo dialéctico (considerando "bizantino", pongamos por caso, cualquier curso de argumentos que se desvíe del plan original), ya era perceptible en los anteriores mensajes, pero en el último se ha encarnizado. Así, don Pío me acusa ahora de acumular citas sin sentido y emplear constantemente "argumentos de autoridad" compatibles con una "actitud infantil". Además, identifica semejante actitud con una especie de plasma intelectual español al que el blogger gallego pretende enfrentarse, casi como un héroe solitario. De este modo, Moa cree distinguirse de la inercia ambiental elevándose hasta riscos de la verdad y la piedad que los intelectuales a la moda desconocemos. Y no hay que dudar, en efecto, que este espléndido aislamiento, como escribía Freman, "suele reconfortar mucho".

Muy bien, puede que esta mezcla de deshonestidad intelectual, malditismo, originalismo y uso de la fuerza más que de la razón (y no digo que razón y fuerza sean antitéticas) sea relativamente exitosa. Dependerá, en cualquier caso, de las tragaderas del auditorio. Un estudio de Kahneman ya acreditaba hace no mucho que existen docenas de fundamentos favorables al conflicto en los procesos humanos de toma de decisión (ahora es cuando debería pedir disculpas por respaldar mi punto de vista en una opinión científica, aunque, por supuesto, no lo haré).

Pero el caso es que las cuestiones que el columnista pío continúa eludiendo y los temas que continúa desfigurando a su gusto, siguen en el mismo lugar. A saber:

1) Pío Moa no ha hecho el más mínimo esfuerzo por justificar su tesis de que los regímenes nazi socialistas eran, objetivamente (y no sólo siguiendo el enfoque ideológico), civilizaciones basadas en la ciencia. Esto es lo que importa e interesa al debate, y no el dichoso "ciencismo ateo". A pesar de que ya se ha argumentado hasta la saciedad el tipo de terribles daños infringidos al programa científico por marxistas y hitlerianos, Moa se ha limitado a presentar su tesis como un "hecho indiscutible", apresurándose a taparse los oídos ante cualquier argumento en sentido contrario.

2) Pío Moa no ha explicado, significativamente, por qué el principal programa autoritario y "totalitario" del presente no procede precisamente del "ateísmo ciencista", sino del irracionalismo islamista contrario a la actitud científica y al régimen liberal.

3) Pío Moa nunca ha argumentado con un mínimo de poder convictivo por qué los ateos liberales iban a preferir el autoritarismo al régimen liberal (es decir, por qué iban a sentir como "necesidad absoluta" la idea del ciencismo totalitario) que es de hecho el único compatible con el desarrollo de la ciencia, tal como argumentaba Bazhanov.

4) Pío Moa no ha comprendido la auténtica diferencia entre el "ciencismo" y su muñeco de la imaginación. Lo que aquí se ha criticado es el ciencismo como excusa; es decir, la ridícula idea de que la ciencia debe excluir de antemano los temas religiosos, la libertad, la moralidad, etc, dejando estos asuntos al monopolio exclusivo de los humanistas (la "primera cultura" de Snow) y los clérigos. El anticiencismo de Moa sólo se explica cómo modo de proteger estos temas del escrutinio científico y filósofico racional. De hecho, las opiniones de Moa y las del islamista Yahya, cada vez aparecen como más mutuamente consistentes.

5) Pío Moa ha establecido, como un dogma a seguir, que la "ciencia demuestra que la religión es un conjunto de supercherías". Pero con esta caricatura, necesaria para formar su muñeco de la imaginación, sólo demuestra ignorancia de la amplia literatura científica, antigua y moderna, sobre la religión.

En tanto nuestro pío comentarista no haga el menor esfuerzo en adaptar su agenda, con más estudio y menos ira, a las exigencias de la argumentación, este intercambio de mensajes no puede realmente tomarse más que como un pasatiempo de café. Eso sí, seguirá teniendo su interés para desvelar por donde van los tiros en ciertos focos de opinión conservadores.

La "máquina".

ACTUALIZACIÓN. No se pierdan por nada los comentarios de Freman Bregg sobre la nueva "ciencia moeña". 

Ciencia & Paraciencias, SocialismoApril 22, 2007 3:35 pm

Spengler cree que la técnica puede seguir viviendo cuando ha muerto el interés por los principios de la cultura. Yo no puedo resolverme a creer tal cosa. La técnica es consubstancialmente ciencia, y la ciencia no existe si no interesa en su pureza y por ella misma.

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

Comencemos por reconocer que la idea de una ciencia desinteresada es, en rigor, algo exagerada y tal vez utópica. Es improbable que ninguna sabiduría humana haya podido resolverse nunca sin apelar a algún interés práctico, público o personal. Sin embargo, el diagnóstico histórico de Ortega es básicamente correcto y esclarecedor: una civilización basada en la ciencia no podría sobrevivir al monopolio del interés práctico subordinado a un grupo de poder o Iglesia.

El problema de la economía del conocimiento científico resultaría ser análogo al problema de la economía general de la información descubierto por Hayek (traduzco aproximadamente):

El carácter peculiar del problema de un orden económico racional está determinado precisamente por el hecho de que el conocimiento del que debemos hacer uso nunca existe en una forma concentrada o integrada, sino solamente disperso en pedazos de conocimiento frecuentemente contradictorio e incompleto poseido por individuos separados. El problema económico de la sociedad no es, por tanto, meramente un problema sobre como ubicar los recursos "dados" –si suponemos que "dado" se refiere a una mente singular que soluciona deliberadamente el problema establecido por estos "datos". Es más bien un problema sobre cómo asegurar el mejor uso de los recursos conocidos a cualquier miembro de la sociedad, para fines cuya importancia relativa sólo conocen esos individuos. O, para decirlo brevemente, es un problema de la utilización de un conocimiento que no es dado en su totalidad.

Sin perjuicio de que la economía científica posea características propias, que seguramente no puedan reducirse a la metodología individualista, sin embargo la advertencia de Hayek sobre la imposibilidad de un conocimiento centralizado sigue siendo certera. No debería caber ninguna duda de que el desarrollo de las ciencias precisa un marco insitucional lo suficientemente abierto y liberal. El bloqueo del conocimiento que sufrió la "ciencia islámica", una vez de que se impusieran las tesis de Algazel en el siglo XI d.C que devolvían el poder a los clérigos y se lo arrebataba a los filósofos, tuvo lugar también en la Rusia soviética o en la Alemania nazi del siglo XX cuando los valores del Partido nazi o bolchevique invadieron las aulas académicas.

Contra la tesis "ciencista" (o mejor, anticiencista), es preciso reconocer que no fué precisamente la ciencia la que invadió el territorio de la sociedad, la política o la moralidad en ninguno de estos periodos históricos, sino que fueron los valores nazi-socialistas, o los del islamismo, aquellos que tomaron por fuerza la Academia, reduciendo los objetivos de su programa a los intereses de un grupo particular (la raza, la Umma, o el proletariado). Además, tanto la presunta "ciencia socialista" como la negación islamista de la ciencia comparten como premisa epistemológica fundamental una u otra versión del antirrealismo. Si para los partidarios de Algazel la realidad era una especie de construcción imaginaria que dependía últimamente del auxilio divino, para los partidarios de la ciencia socialista (en la que debía coincidir verdad y emancipación) la cosa-en-sí kantiana quedaba transformada en cosa-para-nosotros (es decir, para el Partido, para el proletariado), y esto sin perjuicio de la iracunda protesta realista de Lenin contra el "empirocriticismo" de Mach.

Bazhanov

Valentine A. Bazhanov (1953-) es un profesor de filosofía de la universidad pública de Ulykanosvk, actual Rusia. Poco antes de que colapsara definitivamente la URSS, Bazhanov pudo publicar La ciencia sombría en la Unión Soviética (Shadow science in the Soviet Union), aprovechando el nuevo ambiente de perestroika, un trabajo que describe desde dentro (el profesor fue miembro activo de la Academia de las Ciencias de Moscú) algunas de las peculiaridades y avatares de la ciencia socialista.

El cuadro que pinta el profesor ruso no nos evoca precisamente una ciencia orientada hacia la emancipación de la humanidad, sino un entramado de intereses políticos, burocráticos y académicos que en todo momento predominaban ante la búsqueda de la verdad. Al punto que la ciencia soviética, citando a M.A. Rozov, terminó siendo una "ciencia que es una especie de imitación de la ciencia, una filosofía que es una especie de imitación de la filosofía". Cierto que estas características comúnmente estudiadas por la sociología de la ciencia pueden considerarse bastante genéricas, afectando a cualquier comunidad científica compuesta por seres humanos imperfectibles. La plaga del interés burocrático lo experimentamos también en las academias de las democracias liberales, y la actitud interesada no falta jamás entre los periodistas, intelectuales, o entre los miembros de Think-Tanks, que funcionarían con respecto a la economía del conocimiento de un modo análogo a cómo funcionan las firmas desde el punto de vista de la economía general.

Bazhanov define la "ciencia sombría" como aquella que tiene lugar en "comunidades científicas, representantes o actividades basadas en la violación o deformación de ideales, normas y valores comúnmente cultivados dentro de la comunidad". La situación de esta "ciencia sombría" era singular en la URSS debido a la posición relativamente privilegiada de la que gozaban los académicos soviéticos. Una buena progresión en la carrera académica aseguraba a los individuos mejor posicionados un nivel de vida más acomodado y la posibilidad de acceder a grados de prestigio superiores al trabajador del estado corriente.

La ciencia sombría soviética fué en esencia una creación del estado burocrático basado en lo que Bazhanov llama "superconductividad": el hecho de que todos los subsistemas sociales reciben sin apenas resistencias las órdenes e instrucciones procedentes del centro (es decir, del Partido Comunista de la Unión Soviética). Aunque este monopolio central de poder y conocimiento ya había comenzado a decrecer en la década de los ochenta, sus efectos se dejaron notar con fuerza hasta el último momento. En semejante sistema monopolista los académicos inconformistas recibían un evidente trato marginal y sus investigaciones y publicaciones tenían muy escasas posibilidades de prosperar en ausencia de mercados libres. Se da la paradójica situación de que los académicos soviéticos mejor situados terminaban leyendo casi exclusivamente obras de autores extranjeros, mientras que las obras publicadas tras pasar el filtro oficial apenas recibían atención auténtica más allá de los círculos del neoescolasticismo soviético.

Ciencia suprimida en la URSS

Los logros de la ciencia e incluso de la tecnología socialista han sido generalmente magnificados (en ocasiones por sus propios oponentes de la guerra fría) y durante mucho tiempo fue bastante complicado distinguir la realidad de una propaganda que consumían sin ningún problema muchos militantes e "intelectuales" occidentales. Es cierto que los bolcheviques destacaron en determinadas áreas del saber; sobresaliento ante todo los cuatro premios nobeles en física (Pavel Cherenkov, Ilya Frank y Igor Tamm, Lev Landau, Nikolay Basov y Aleksandr Prokhorov, y Pyotr Kapitsa). Pero el monopolio de la "ciencia sombría" logró suprimir el libre desarrollo de la ciencia en muchos otros campos de importancia vital.

En biología, los valores "socialistas" invadieron la investigación científica durante 30 años de "lysenkismo", una tentativa fantasiosa por adaptar las premisas lamarkistas a los intereses de la agronomía socialista. A pesar de que la teoría sintética de la evolución se había establecido como un sólido paradigma alternativo al lamarckismo, abrazado inicialmente por el mismo Darwin, la "ciencia sombría" combatió con dureza cualquier desviación del dogma oficial. Muchos biólogos resistentes fueron ejecutados o enviados a campos de trabajo, y la genética auténticamente científica era generalmente conocida como "la puta del capitalismo" (продажная девка капитализма) y fue degradada como "pseudociencia burguesa".

Otras áreas declaradas "pseudociencias burguesas" fueron la cibernética, la semiótica o la lingüística estructural, por no mencionar la paralización de la filosofía en el marco de la neoescolástica del diamat, o los fallidos intentos de formar una "química orgánica" compatible con los principios lysenkistas.

El delirio bolchevique-socialista llegó tan lejos como para que Stalin concibiera la idea de ciertos "superguerreros" híbridos de monos y humanos. 

Bajo el imperio de semejante monopolio, no es de extrañar que ni la ciencia teórica ni la tecnología aplicada soviética estuviera en reales condiciones de competir con la ciencia-tecnología de las naciones liberales o capitalistas. Como ya se apuntó, no es una mera anécdota que la revolución microelectrónica tuviera lugar en California, y no en Moscú o Norilsk, o que la misma bomba atómica no consiguiera desarrollarse en Rusia, sino en el laboratorio nacional de los Álamos. Incluso cuando se trataba de ordenar y planificar, los gestores capitalistas resultaron ser mucho más hábiles que los soviéticos.

 

P.S. En otro momento trataremos, si es posible, el modo completamente desenfocado con el que el fervoroso anticiencista Moa trata hoy las ideas de Steven Pinker, y elude enfrentar otras cuestiones planteadas.

Ciencia & Paraciencias, ConservadoresApril 19, 2007 2:37 pm
 
A Pío Moa le parece mal el título de mi penúltima entrada, Ciencia, moral y civilización, y le parece además que se despacha con exceso de pompa y brevedad el asunto. Podría ser, pero el caso es que idénticos temas son tratados por él mismo con una premura, retórica y aún dogmatismo muy superiores, y esto, por mucho que presente sus especulaciones como modestas hipótesis necesitadas de contrastación.

También presume Moa que muchos marxistas podrían considerarme un "ateo de pacotilla". Esto sin duda se lo concedo, aunque ocurre que no pocos marxistas en la historia tienen esa manía de considerar "pacotilla" cualquier doctrina que se aleje un ápice de sus principios. ¿No se da cuenta don Pío, por otra parte, de que el mismo iracundo materialista seguramente le consideraría a él un "espiritualista de pacotilla"?

El blogger gallego también me acusa de producir unas peculiares "figuraciones":
A fin de que la discusión sea más fructífera, también aconsejaría a mi amable contradictor que no cambiara mis palabras. Yo no he dicho, por ejemplo, que "los esoterismos florezcan hoy más en los naciones liberales que en las comunistas o ex-comunistas". Tampoco es cierto que "Moa considera de suyo "autoritario y dogmático" el mero hecho de que la ciencia aborde temas tradicionalmente sustraídos a su examen". Eso son solo figuraciones suyas, quizá porque su fervor le lleva a fijarse poco o a no entender lo que yo digo.
 
Lo que dijo literalemente don Pío fué que "los esoterismos y demás florecen también notablemente en los países occidentales de hoy, que no son nazis ni comunistas." En efecto, no dijo que florecieran más, aunque es el caso que las supercherías en las naciones comunistas o ex comunistas no sólo no han disminuído sino que han proliferado notablemente. En cuanto a la segunda parte, nuestro interlocutor se ha quejado en muchas ocasiones, paradójicamente, de que la ciencia excluya y a la vez rechace la hipótesis del alma, la libertad o la "dignidad". Con respecto a la libertad, escribía esto hace muy poco:
La base del problema está en que la ciencia excluye nociones como las de libertad o dignidad. Un científico no se preocupa de ello, porque no es su asunto (en cuanto científico; lo es en cuanto persona y ciudadano); pero un ciencista sí.
 
Es decir, que ocuparse de la libertad o de los temas morales es, de suyo, un ejemplo de ciencismo sospechoso. Pero, si se "excluyen" estos temas, se trataría entonces de un ejemplo de indiferentismo no menos culpable. ¿En qué quedamos? Sin embargo, da la casualidad de que estos temas forman parte de las tareas corrientes de los neurocientíficos, filósofos y etólogos "liberales" que tanto parece despreciar nuestro modesto hacedor de hipótesis.

También cuestiona don Pío las tesis de Ortega y Hayek sobre el liberalismo científico y pone como contraejemplo el florecimiento de las artes bajo el zarismo o la inquisición española. Y será verdad que el arte prosperó bajo la monarquía hispánica, o que la música lo hizo bajo el patronazgo de Luis II de Baviera. Sin duda así es. Ayer tuve la ocasión de comprobarlo yo mismo en una espléndida exposición itinerante sobre el retrato español que alojaba un museo bilbaíno. Pero lamento recordar que aquí no se estaba tratando ni de Wagner, ni de Velázquez, sino de ciencia y libertad. Una ciencia que no cabe confundir ni identificar con la técnica. De hecho, ya conocerá don Pío que la técnica puede prosperar vicariamente bastante después de que todo empeño en la ciencia teórica o en la filosofía se haya desvanecido. Incluso determinada tecnología puede dar buenos frutos sin que sean respaldados necesariamente por una ciencia teórica de altos vuelos; tal era la enseñanza que puede sacarse a raíz del clásico estudio de Needham sobre la ciencia china. Permita, entonces, que ponga de nuevo en cuestión los grandes "avances" de la ciencia china: ¿Se refiere a la presa de las tres gargantas o la Gran Muralla de censura en Internet? ¿No será, más bien, que si la ciencia avanza hoy en China es porque también lo hace, lentamente, el liberalismo en contra de la tradición socialista y autoritaria?

Realmente, resulta más que singular este desmedido afán del blogger gallego en resaltar las grandes empresas científicas o tecnológicas de las naciones socialistas, y en denostar la idea de que la libertad favorece, de hecho, la empresa científica.
Religión, Ciencia & Paraciencias, Brights, ConservadoresApril 18, 2007 3:27 pm

Don Pío Moa continúa atrincherado en su posición original, que no ha movido un ápice a pesar de los argumentos presentados, a los que a menudo ha pretendido despachar descalificándolos en cuanto meras "ramificaciones" bizantinas que no atacaban la verdadera raíz de la discusión. Por regla general, el blogger gallego se ha limitado a repetir una y otra vez las hipótesis centrales (1. La "necesidad absoluta" del totalitarismo ciencista y 2. Las "raíces cristianas" de Europa y la civilización), prácticamente sin añadir ninguna novedad dialéctica o mínima rectificación. Eso sí, como lo cortés no quita la valiente, agradezco que esta vez sí inluya el hipervínculo pertinente.

En cuanto a la primera tesis, a mi juicio, la "experiencia del siglo XX" está lejos de indicar "una relación entre regímenes ciencistas-ateos y totalitarismo". Es falso que el nazismo fuera un "régimen ateo", como Moa repite una y otra vez sin ninguna justificación. Y en cuanto al caso soviético, ya se ha repetido muchas veces que su "ciencismo" era puramente nominal, aparente.

Lo único que acredita la historia es una relación positiva entre autoritarismo masivo y una estirpe nueva de dogmatismo político que muy poco tiene que ver con la actitud científica. Una civilización basada en la ciencia, como explicó F.A. Hayek, no puede avanzar allí donde la libre iniciativa individual es sistemáticamente perseguida o donde la reverencia por la tradición es sustituída por un nuevo sistema de dogmas secularizados; como en cierto modo representaban el materialismo histórico o el diamat. La ciencia, como explicó Ortega, es algo más que técnica o ciencia aplicada experimental, es ante todo una forma total de civilización que presupone amplios grados de libertad.

Y si el régimen soviético o el nazi sucumbieron al totalitarismo (compro, sin problemas, la idea de que lo fueron desde el principio), no fué por ser "demasiado razonables" o por un exceso de "liberalismo científico" precisamente.

En este sentido, que las naciones liberales sean más o menos sociológicamente religiosas, como los EE.UU, es algo que ni siquiera se discute. La cuestión no es que los useños sean particularmente más devotos que los decadentes europeos, sino que su marco institucional (político, jurídico, económico) no resulta hostil al verdadero programa científico –contrariamente a lo que sí acontecía en la Unión Soviética o en la Alemania nazi. Sin perjuicio de la proliferación de doctrinas anticientíficas como el llamado "diseño inteligente", que sobreviven en los EE.UU gracias a la iniciativa sectaria privada, los tribunales no apoyan en general la causa creacionista en el ámbito público. El juez John E. Jones III sentenció en diciembre de 2005, pongamos por caso, que el DI no debía enseñarse en las escuelas puesto que sus promotores no eran "nada más que la progenie del creacionismo".

El "ciencismo" como excusa

Habría que empezar por precisar que no es necesario ser creyente para cuestionar legítimamente el "ciencismo", es decir, la pretensión de reducir toda la realidad a ciencia experimental, sin hacerse cargo de que también hay verdades de "sentido común" y verdades morales que no se confunden de suyo con la naturaleza de las verdades científicas –lo que no significa, por cierto, que las verdades de sentido común o morales no puedan ser examinadas "científicamente". Muchos hombres de ciencia y filósofos "racionalistas" no precisamente devotos han criticado a su manera el reduccionismo ciencista: Mario Bunge, Gustavo Bueno, Hilary Putnam…Pero es una cosa bien diferente parapetarse en el rechazo al "ciencismo" para, de hecho, imponer de soslayo límites arbitrarios al programa científico o incluso para tratar de colarnos un programa irracionalista y anticientífico.

No hace mucho tiempo se consideraba a la ciencia de la sexualidad una especie de interrupción "ciencista" de la experiencia humana; y sin embargo hoy sabemos que el estudio científico del sexo ha ampliado no sólo nuestro conocimiento teórico, sino las prácticas más saludables e incluso más felicitarias. Los críticos del "ciencismo" que se oponen hoy al escrutinio científico de la religión (o de otros temas supuestamente más allá de la ciencia: como la moralidad o la libertad) tocando las trompetas de un nuevo apocalipsis inmoralista, están de hecho levantando muros que, de cualquier modo, comienzan a ser derribados. Algunos ejemplos son: Scott Atran, Pascal Boyer, Daniel Dennett, Richard Dawkins, Sam Harris.

Ninguno de estos "nuevos ateos" y naturalistas proyecta prohibir la libertad religiosa o de pensamiento, lo que se intenta es tratar estos temas de un modo científico y acaso favorecer de este modo la purga de la piedad deletérea, distinta de la piedad saludable. Creo, sinceramente, que el columnista de Libertad Digital debería examinar mucho mejor estos trabajos antes de arrojarse a una piscina vacía. Puede que de este modo, citando de nuevo a Ortega, transforme su prejuicio en un postjuicio mucho más razonable y ajustado a la realidad.

La autoridad en la ciencia

Ahora bien, si Moa considera de suyo "autoritario y dogmático" el mero hecho de que la ciencia aborde temas tradicionalmente sustraídos a su examen, no es de extrañar que incluso llegue a identificarla con el totalitarismo (a la manera de Weikart: de Darwin a Hitler). Es un salto que no resulta nada difícil de dar desde premisas tan forzadas.

En primer lugar, que la ciencia no sea precisamente una institución "democrática" (salvo en el extraño caso de la Asociación Americana de Psiquiatría), puesto que la verdad o falsedad de las teorías no es algo que pueda decidirse asambleariamente, no tiene nada que ver con que la ciencia o los científicos sean de suyo "tiránicos" o "autoritarios". En cualquier debate científico riguroso se reconocen determinadas "autoridades", lo que no significa que sus ideas no puedan ser (como de hecho son) sometidas a permanente discusión. Cualquiera que repase la historia de la ciencia, u ojee una publicación científica cualquiera, puede comprobarlo rápidamente. El criterio de verdad científico consiste en la adecuación de las hipótesis teóricas con la realidad extrasemántica. No cabe confundir "autoridad" con "autoritarismo".

¿O es que confunde Moa auctoritas (autoridad) con imperium (mando)?

En segundo lugar, tampoco cabe mezclar indiscriminadamente certeza científica con dogmatismo. Los dogmas religiosos, a diferencia de las hipótesis científicas, no ofrecen ningún criterio de verificación "extrasemántica", no pueden ser "falsados", para decirlo a la manera de Popper, y por contra deben ser simplemente aceptados o rechazados mediante acto de fe. El "dogmatismo" es justamente el espejo invertido de la verdadera actitud científica. Por ilustrarlo con un ejemplo doble, el dogma de la transubstanciación eucarística no puede corroborarse siguiendo ningún método experimental, en cambio el teorema darwiniano de la evolución (o descendencia con modificación de los seres vivos) ha sido corroborado de hecho por la anatomía comparada, la paleoantropología, el registro fósil y la biología molecular entre otras disciplinas. Y cualquiera que esté dispuesto a "falsar" la evolución, debería también disponerse a ofrecer evidencia corroborable.

Con todo, aún Moa podría objetar que él no está poniendo en cuestión el método científico como tal, sino únicamente el "ciencismo", esto es, algo así como la pretensión de que nos gobiernen comités de científicos. Pero, ocurre que este "gobierno de los científicos", como el utópico gobierno de filósofos platónico, no ha existido nunca, y es imposible que exista. Se basa en un simple malentendido semántico e histórico.

Ateísmo, inmoralismo y totalitarismo

Otra línea argumental que reitera don Pío es el vínculo necesario entre ateísmo, inmoralismo y totalitarismo. Resumiendo: el ateísmo es de suyo una forma de tiranía, aunque tal vez utópica, y si los ateos no terminan por formar una masacre colectiva es, sencillamente, porque no pueden: "El ateísmo no puede ser entonces, simplemente un juego de opiniones, sino una necesidad absoluta, un programa para liberar a la humanidad de tales errores y horrores."

Esta creencia tan fantasiosa se apoya en una sospecha general sobre la incompatibilidad entre increencia y moralidad, que el ensayista gallego afirma o insinúa constantemente, pero nunca ha conseguido, o tratado siquiera, de justificar. En realidad, ningún estudio científico respalda hoy que el civismo de los creyentes sea substancialmente superior, o que el juicio moral difiera en un grado significativo dependiendo de la piedad o falta de piedad individual. Remito aquí a la investigación de Marc Hauser y reto a que se ofrezca alguna evidencia en contra de la naturalidad moral del agnosticismo o el ateísmo: ¿cuándo, cómo y por qué son los ateos o agnósticos menos "morales" que los creyentes?.

Este cuestionamiento del orden moral ateo puede fundarse también, además de en un pretendido defecto de naturaleza, en las fuentes históricas que ha aportado Pío Moa durante esta discusión. Por mi parte, he argumentado en sentido contrario que el régimen nazi alemán no fué, en absoluto, ningún "régimen ateo", y que la Unión Soviética sólo fué vicariamente atea y "ciencista", puesto que en realidad se sustentaba en una concepción dogmática que sólo podía paralizar el verdadero programa liberal de la ciencia. Con respecto a las raíces cristianas de la civilización, no he llegado nunca a posicionarme en contra, y me he limitado a recordar el más profundo suelo romano y griego sobre el que arraiga la "civilización cristiana".

Ciencia & Paraciencias, ConservadoresApril 16, 2007 6:12 pm

Pío Moa me dedica una amable entrada en su bitácora a raíz de las críticas de sus comentarios sobre "ciencismo" y "ateísmo" que ha venido publicando los últimos meses en Libertad Digital.

Moa cita en su artículo el nombre de esta bitácora, Bilbaopundit, aunque significativamente no proporciona el enlace directo a los artículos concretos que han tratado éste asunto. Ya que él no lo hace, vulnerando la lógica y hasta la ética corriente del diálogo en red (todos debiéramos tomar nota del diálogo tranquilo y civilizado entre Sam Harris y Andrew Sulllivan), incluiré yo mismo las referencias:

- Y ahora…Pío Moa (28 de julio de 2006)

- La materialidad del espíritu (29 de septiembre de 2006)

- Pío Moa, o la charlatanería (29 de diciembre de 2006)

- Pío Moa y el ciencismo (18 de febrero de 2007)
 
A su vez en cada artículo pueden encontrarse enlaces directos a los comentarios originales del mismo Moa.
 
En su sintética y apresurada respuesta, Moa me acusa en falso de "dogmatismo", así como de utilizar presuntos "argumentos de autoridad" que en ningún momento explicita. Estas acusaciones muestran una estrategia de retirada de la dialéctica a la retórica, puesto que yo nunca he utilizado "argumento de autoridad" alguno, e ignoro a qué clase de "dogma" puede referirse el historiador gallego. Si las hipótesis de Moa se disuelven, será en todo caso por su menor potencia para explicar el encadenamiento histórico que enlazaba Darwinismo, Ateísmo y Totalitarismo, y no desde luego, por quedar arbitrariamente encerrradas en "dogmatismo" de ninguna clase.
 
Entrando ya en materia, Moa organiza su defensa a través de tres puntos.
 
1. El ateísmo no totalitario es inconsecuente, puesto que se basa en concepciones de "origen cristiano".
 
El tema de las "raíces cristianas de Europa" se ha convertido en un cliché del conservadurismo religioso desde que Benedicto XVI utilizara este argumento contra la exclusión de semejantes "raíces" en el cuerpo de doctrina de la constitución europea.
 
Por mi parte, no niego una parte de verdad a esta crítica de la monarquía vaticana. En efecto, la formación de Europa es incomprensible sin estas "raíces cristianas", aunque también lo sea sin las "raíces romanas" o las "raíces griegas" del continente. Como ya se ha discutido en otros lugares, las ideas cristianas ni siquiera hubieran podido extenderse por Europa a no ser porque circularon a través de las calzadas del Imperio, después de recibir el respaldo de Constantino y la influencia universalista de la filosofía helénica tras el "Concilio de Jerusalén".
 
Además, cuando hablamos del "origen cristiano" de los valores debemos guardar una gran cautela con respecto a la clase de "cristianismo" al que nos referimos. En primer lugar, y de modo muy general, porque la moralidad humana no puede considerarse de ningún modo un producto exclusivamente religioso. Actuar devotamente, como ya explicó Kant, no se identifica con actuar moralmente. En segundo lugar, porque el mismo ateísmo filosófico y el proceso de Ilustración europeo no es algo ajeno a la "cultura cristiana", sino que se desarrolla dentro de ella misma. Como explicaba Jonathan Miller en un documental bastante reciente de la BBC, la mayor parte de los argumentos a favor de la laicidad o el ateísmo se encuentran en los mismos textos de la tradición cristiana. Algunas de las mejores críticas de la religión nos la han dejado los propios filósofos y teólogos cristianos. Como muestra, y por poner solo un ejemplo, la minuciosa demolición crítica del sistema religioso romano llevado adelante por Agustín de Hipona, en La ciudad de Dios.
 
2. El nazismo, implícitamente ateo, así como el comunismo, explícitamente ateo, desarrollaron ciencias notables sin perjuicio de su "totalitarismo".
 
Ciencias muy "notables", eso sí, que sin embargo no pudieron resisitir el empuje de la ciencia y la tecnología desarrollada en las naciones occidentales libres del esoterismo hitleriano o del diamat marxista. Por ejemplo, el desarrollo de la bomba atómica no tuvo lugar precisamente en la Alemania nazi, sino en el laboratorio nacional de los Alamos y en el laboratorio nacional de Oak Ridge, Tennessee, EE.UU. Y la "notable" ciencia soviética asombrosamente no pudo impedir que el lysenkismo infectara las aulas comunistas durante más de ¡30 años!, al menos desde los años treinta hasta mediados de los sesenta (y por cierto, que el propio Darwin fuera lamarckista, no constituye ninguna prueba a favor de que la teoría de la evolución lo sea también, al menos a partir de la fusión de la biología molecular y los principios de la herencia en la "teoría sintética", conocida ya en tiempos soviéticos). Finalmente, por completar este sumario brevísimo, la notable ciencia y tecnología bolchevique tampoco estuvo a la altura de la revolución microelectrónica, que no menos sorprendentemente tampoco se desarrolló en los complejos industriales de Norilsk, sino en Sillicon Valley, California del norte.
 
Aunque a Moa le parece anecdótico que "algunos cayeran en el vegetarianismo o en el esoterismo", la verdad es que el ocultismo y la superchería constituían una parte consubstancial de las doctrinas alemanas. Por otra parte, tampoco es verdad que el esoterismo nazi repugnara a todo "concepto tradicional", puesto que las ideas nacionasocialistas sobre la raza y la cultura arraigaban en una larga tradición Volkish, así como en la filosofía idealista alemana del siglo XIX. Más que una ruptura con la anámnesis histórica, el nacionalsocialismo fué una continuación agónica, pero consistente, de la tradición de la Kultur germánica. La creencia de que la raza aria no descendía de los primates, la confianza en poderes mágicos ocultos o incluso en la "telepatía", como en el caso de Himmler, no eran en absoluto "cantidades despreciables" dentro de la filosofía nazi sino características supersticiosas ampliamente compartidas por los ideólogos y los adeptos comunes del socialismo germánico. Si el nazismo rechazó el cristianismo y abrazó una concepción despótica de la política, no fué desde luego en nombre del racionalismo, del "ciencismo" o de la Zivilisation, sino de Sigfrido, Wotan y el irracionalismo vitalista del Volk.
 
Haría bien don Pío en desarrollar en una próxima oportunidad su idea sobre los "notables" logros derrotados de la ciencia soviética o alemana. ¿Se refiere a logros en ciencia económica, cosmología, tecnología militar, ciencias humanas, biología…?
 
En cualquier caso, queda en pie la cuestión histórica y filosófica general: ¿Desde cuando una sociedad demasiado razonable o "ciencista" puede decirse que haya desarrollado el monstruo del despotismo? Más bien, cabe cargar en la cuenta de la sinrazón, la superchería, el fanatismo a menudo de raíz religioso, y la deshonestidad intelectual, los orígenes del totalitarismo histórico, tanto en su estirpe fascista como socialista.
 
3. El enlace entre las tesis creacionistas islámicas de Harun Yahya y las del propio Moa son meramente "casuales".

Puede ser, pero ciertamente ambos (Yahya y Moa) han partido de una posición compatible con respecto al "ciencismo". Ambos han caminado por el puente imaginario que vincula "totalitarismo" y "ateísmo", siguiendo las tesis de Weikart ampliamente divulgadas por los creacionistas evangélicos, y ambos se han mostrado (y siguen haciéndolo) muy escépticos con la idea de una moralidad no religiosa.

Tendrá que ser el columnista de Libertad Digital quien se libere discretamente del berenjenal en que él mismo se ha metido, o bien razone con mayor enjundia su posición, pero en todo caso sin reprochar "dogmatismo" a quien lo único que ha hecho es señalar la naturaleza del terreno que pisa, que da la infame casualidad que se parece demasiado al fango irracionalista hollado, entre otros, por Yahya.

 ¿Otro "ciencista ateo"?

Ciencia & Paraciencias, ConservadoresApril 11, 2007 3:53 pm
 
Miguel Pedrero forma parte de la ralea de periodistas hispanos dedicados a la misteriología y a otras "cuestiones relacionadas con lo heterodoxo". Es autor de títulos tan enjundiosos como Contacto, El druida de Compostela, o el modestísimo Claves ocultas del poder mundial. Ahora amenaza con publicar La conspiración del mesías, un refrito de teorías conspirativas y especulaciones mesiánicas al que el incansable magufo Bruno Cardeñosa dió la bienvenida en su programa radiofónico del pasado lunes.

Si no fuera porque ya estamos curados de horror y espanto, resultaría realmente asombrosa la ilimitada credulidad con la que Pedrero y Cardeñosa recibían las más fantasiosas hipótesis conspirativas de la "secta straussiana" (Gregorio, ¡manifiéstate!) en Washington. En el relato de la conspiración todo debe encajar: Bush voló las torres gemelas, la fatwa contra Rushdi en realidad la dictó el Weekly Standard y quién sabe si fué Ayan Hirsi Ali la que asesinó a Theo Van Gogh. El relato de un selecto puñado de discípulos maquiavélicos del "filonazi" Leo Strauss diseñando subrepticiamente la agenda para el Nuevo Siglo Americano, se adapta como la mano al guante de esta conspiración silenciosa.

Importa muy poco considerar que, en realidad, Leo Strauss huyera de Alemania precisamente para escapar de los nazis. Recordemos que Strauss pertenecía a la Academia de Estudios Judíos de Berlín y que recaló en los EE.UU en 1937 (ayudado por Harold Laski) después de una estancia de dos años en Gran Bretaña.

El misterioso Spengler se ocupaba hace tiempo de demoler el mito de la "secta straussiana" (muy popularizada en los escritos de Shadia B. Drury) recordando que las preocupaciones teóricas de Strauss poco tenían que ver con los objetivos típicos de la política exterior norteamericana del siglo XXI, concentrada sobre todo en cómo integrar a millones de musulmanes dentro de repúblicas democráticas favorables a los EE.UU. Por contra, lo que a Strauss le quitaba el sueño era el debilitamiento de las democracias occidentales que pudiera convertirse en antesala de un nuevo Hitler o Stalin. Además, frente al mesianismo que Pedrero y los conspiracionistas imputan a los theocon, Strauss veía en la religión poco más que una superstición desacreditada. Sus fuentes de inspiración oscilaban en algún confuso lugar entre el nihilismo heroico de Nietzsche y la racionalidad clásica griega.

Como ya recordaba Gustavo Bueno en 1978, un volumen de Euclides dejado en la vía pública puede considerarse un libro "clandestino" incluso en tiempos de la democracia coronada, al lado del libro rojo de Mao en tiempos de Franco. Al margen de una reducida élite de geómetras, nadie se ocupará realmente de él. Lo mismo pasaría si dejan en un andén de metro Natural right and history, de Leo Strauss.

Ciencia & Paraciencias, Ideas de la historiaApril 1, 2007 3:07 pm

Entre medias de la polémica sobre el "fundamentalismo ilustrado", la declaración de St. Petersburg, y el siempre difícil camino hacia la laicidad en la Umma o comunidad islámica, cabe preguntarse qué posibilidades tienen los ideales de la Ilustración de abrirse paso en el mundo bajo el área de influencia mahometana.

I 

Estos días hemos vuelto a recibir noticias sobre la subterránea difusión del creacionismo islámico entre algunos profesores de biología en las facultades españolas, tras de que otras miles de copias del así llamado Atlas de la creación fueran gratuitamente distribuidas en escuelas de Francia. Sin embargo, el lujoso tratado del que ya disponen nuestros académicos (se calculan unos 150 euros por unidad) tiene bastante poco de "misterioso". La versión mahometana del creacionismo llevada adelante por el turco Harun Yahya se trata poco más que de un calco del "Diseño Inteligente", típicamente promocionado entre los cristianos evangélicos norteamericanos, sin faltar la tan delirante como habitual asociación entre "evolucionismo, fascismo y comunismo".

Muchos han imaginado la Ilustración como el destino histórico de la humanidad. Darwin mismo entendía que la evolución biológica progresaba más o menos inflexiblemente hacia la reforma de las costumbres y la victoria final de la virtud. Kant entendió la Ilustración como el entusiasmo de la voluntad humana en pugna contra la tradicional "pereza y cobardía" que aún osaban tutelar la razón naturalmente autónoma. Platón también conoció ésta salida de las tinieblas, pero conservando poca confianza en que los prisioneros (ciudadanos) resistieran la vista de la luz, terminó recomendando el retorno del filósofo a la caverna (ciudad). Karl Popper, siglos más tarde, era mucho más optimista y soñaba incluso con una sociedad de naciones en las que pudiera realizarse el ideal remotamente kantiano de la "sociedad abierta". 

Pero, ¿Tiene algo que ver el Islam con la Ilustración? 

II 

Abdelwahab Meddeb trae buenas y malas noticias. En primer lugar, es cierto que un periodo histórico del Islam puede asociarse de algún modo con el espíritu de la Ilustración. Desgraciadamente, este periodo crítico no se prolongó mucho más allá del siglo XII d.C., al menos hasta que una segunda recepción de las ideas científicas y filosóficas independientes tuviera lugar después de la invasión napoleónica de Egipto y posteriormente bajo el imperio otomano.

Coincidiendo con la inicial expansión del Islam, la confrontación de éste con los principales sistemas de creencias de la época (judaísmo, cristianismo, maniqueísmo y zoroastrismo) formó el embrión de una posible "Ilustración islámica" que nunca llegó a materializarse del todo. Ibn al-Muwaffa’ (720-756) fué el creador de la primera prosa literaria en árabe al traducir varios volúmenes de fábulas orientales. Veía al mulhid o ateo ("hombre que se desvía de la línea recta") como alguien que puede llegar a ser virtuoso, ya que concebía la moralidad como una disposición humana independiente de la fe, adelantando así los postulados kantianos de la "razón práctica". Y en la Carta sobre la amistad llegó a sugerir, como después lo harían Spinoza o Dante, que la esfera religiosa debía estar controlada por la esfera política.

Lo que omite Meddeb es que al-Muwaffa fué ejecutado por órdenes del califa abasida Al-Mansur debido a su tentativa herética de importar ideas zoroástricas al Islam.

Más tarde, durante el siglo IX d.C, Bagdad conoce la emergencia de los Mu’tazila ("aquellos que se retiran"), una escuela principalmente preocupada por la recuperación de la absoluta trascedencia de Dios que, al mismo tiempo que reivincidaba la responsabilidad del hombre, suprimía el espíritu de la Ilustración aliándose con el poder del Califato. Sin embargo, durante la misma época otros "librepensadores", como Ibn Ishaq (808-873) y Isa al-Qarraq disfrutarán de una libertad limitada para transmitir en el ambiente árabe la cultura científica griega y extender las dudas sobre la relevación. En particular, será Abu Bakr Al-Razí (conocido en latín como Rhazes) quien lleve más lejos el ácido del racionalismo: para Rhazes no hay necesidad de creer en una revelación particular, que siempre resultan ser motivo de guerras y disputas.

Sin embargo, la tradición de tolerancia y "racionalismo" no duró mucho más allá del siglo XI. A partir de entonces, la corriente mayoritaria estableció la rigidez textual, el ritualismo y la supresión de toda connotación positiva en el concepto de innovación (o bid’a) dentro del Islam. En este viraje hacia la ortopraxis juega un papel central la reivindicación que Abu Hamid Ghazali (1058-1111) hace de las "ciencias religiosas" (Ihya’ ‘ulum ad-Din). Difícilmente la obra de Algazel podrá ponerse en línea con la tradición escéptica occidental de Descartes, Berkeley o Hume. La incoherencia de los filósofos marca, de hecho, un punto de no retorno en la nunca cristalizada del todo "filosofía islámica", al rechazar vehementemente la tradición científica que la escuela Falasifa recicibió, de los siglos octavo al onceavo, a través de Platón o Aristóteles. En esta obra, que será severamente criticada por Averroes (En La incoherencia de la incoherencia), Algazel niega terminantemente la posibilidad de que los filósofos puedan probar la existencia de Dios (cerrando el camino hacia la teología natural islámica, que la escolástica cristiana sí desarrollará) y, ante todo, clausura toda vía hacia la causalidad natural:

Nuestros oponentes afirman que el agente de lo que se quema es el fuego exclusivamente; "esto es algo natural, no está causado por un agente voluntario, y no puede abstraerse de lo que es en su naturaleza cuando se le pone en contacto con un substrato receptivo". Esto lo negamos nosotros diciendo: El agente de lo que se quema es Dios (…) es Dios quien hace arder al algodón y lo lo convierte en cenizas a través de la intermediación de ángeles, o sin intermediación (…) los filósofos no poseen otra prueba que la observación de que está ocurriendo el fuego, cuando hay contacto con el fuego, pero la observación prueba solo una simultaneidad, no una causación, y, en realidad, no hay ninguna otra causa que no sea Dios.

A partir de Algazel el sobrenaturalismo absoluto (la idea de que toda la realidad es, en último análisis, sobrenaturalmente causada) se incorporará de forma definitiva a la ortodoxia islámica. Ibn Taymiyya (muerto en 1328) radicalizará el temor mahometano a toda novedad (bid’a) y cualquier tipo de contaminación filosófica o religiosa procedente de judíos, cristianos, griegos, maniqueos o hindúes.

Después de la victoria de Algazel y Taymiyya sobre Averroes será difícil regresar de nuevo sobre la idea de una Ilustración islámica que libere a la actitud científica del yugo teológico. 

III

De los siglos IX al XII d.C la ciencia astronómica y matemática vivió un periodo de esplendor en el mundo islámico. Ésta es la razón por la que todavía hoy la mayoría de las estrellas más brillantes, y muchos de los cráteres lunares, tengan un nombre árabe.

Ahora bien, por mucho que desde WebIslam se encarguen de recordarnos estos viejos laureles de la ciencia islámica, lo cierto es que la "Ilustración musulmana" resultó gravemente derrotada por las fuerzas del fideísmo, el tribalismo y la sociedad cerrada. El declive de la ciencia en el Islam coincidió con la destrucción del califato abasí por los mongoles, por la llegada sucesiva de los pueblos turcos a oriente medio y, con posterioridad, por los episodios de la colonización anglosajona y el victimismo sistemático que la teoría izquierdista del imperialismo ha alimentado persistentemente entre los islamoárabes desde el final de la Gran Guerra.

Para encontrar una nueva visión positiva de la innovación (bid’a) es necesario remontarse hasta la élite otomana, que también recuperará la noción de la malasha, el principio del público interés como antesala de la libertad política. Los todavía escasos musulmanes que hoy reclaman la compatibilidad entre Islam y laicidad, como la entusiasta Irshad Manji, pueden encontrar inspiración en la obra de Sheikh Ali Abderraziq (1888-1966) que, en L’Islam et les foundaments du pouvoir, ya rechazó la misma idea del "estado islámico" que ha fundado las repúblicas islámicas del siglo XX; empezando por la "espiritualidad política" del régimen de los imanes que cautivó al "posmoderno" Michel Foucault.

Si la primera recepción de la Ilustración tuvo lugar en el mundo islámico desde los siglos VIII a XI, la élite otomana tuvo una breve segunda oportunidad que se esfumó con los nuevos alineamientos geopolíticos tras las guerras mundiales del siglo XX. Hoy, aunque es dudoso pensar en una verdadera "reforma" del Islam, quizás no sea tan aventurado especular sobre una hipótetica transformación futura.

 

صرة الفرس


 
ACTUALIZACIÓN: El artículo de Fatima Agha Al-Hayani Islam and science: contradiction or concordance, aparte de poder analizarse desde una perspectiva mucho más genérica de "contradicción o concordancia" (entre Ciencia y Religión), más que como la muestra de una recepción abierta de la Ilustración, podría interpretarse como un modo de rebajar el sobrenaturalismo absoluto, a la manera de Algazel, hasta un sobrenaturalismo limitado capaz de negociar mejor con el mundo moderno. De hecho, el pie de página en el comentario de WebIslam ya delata su intención: "El Corán invita a los creyentes a razonar sobre los milagros de la vida que les rodea". Vía El Revolucionario.
Religión, Ciencia & Paraciencias, BrightsMarch 25, 2007 1:53 pm

Aunque este texto no recoge todas las opiniones de Darwin sobre Dios, lo muestra paradigmáticamente como un amigo de la razón y un enemigo mortal de la superstición; adelantando las teorías evolucionistas de la religión de hoy mismo. A pesar de que Darwin no apoya un atéismo explícito, sino un prudente y tibio teísmo, uno puede comprender fácilmente el escándalo que causaron sus peligrosas analogías naturalistas sobre el origen de la religión entre los teólogos y la mentalidad creacionista omnipresente.

El "Dios de Darwin" es un creador metafísico del universo que conoce, suponemos que por "ciencia media", el origen y el destino del mundo, pero que no interviene milagrosamente en su evolución. Sin embargo, la religión es un fenómeno natural, gradualmente desarrollado desde el animismo al monoteísmo, y en cuya formación no cabe suponer saltos abpruptos o demasiado misteriosos.

No hay prueba de que el hombre desde su origen creyera noblemente en la exitencia de un Dios omnipotente. Por el contrario, sábese muy bien, no por viajeros de paso, sino por hombres que por mucho tiempo han resisido entre salvajes, que han existido y aún existen muchas razas que no tienen idea alguna de uno o muchos dioses y que carecen de palabras en su lenguaje para expresar esta idea. Esta cuestión, como se ve, es muy distinta de aquella más elevada de saber si existe un creador y providencia del universo, lo cual ha sido siempre resuelta afirmativamente por los entendimientos más elevados de todos los tiempos.

Sin embargo, si bajo la palabra religión comprendemos la creencia en agentes invisibles o espirituales, entonces varía mucho la cuestión, porque esta creencia parece casi universal en las razas menos civilizadas. Mas no es en modo alguno difícil de explicar su origen natural. Tan pronto como las facultades importantes de la imaginación, empezaron a desarrollarse parcialmente, el hombre naturalmente trató de explicarse todo lo que le rodeaba y empezó a especular aunque vagamente, sobre su propia existencia. Como dice Lennan, "el hombre, aunque no sea más que obedieciendo a sus propios impulsos, tiene que inventarse alguna explicación de los fenómenos que le rodean; y a juzgar por su universalidad, la hipótesis más simple, la primera que se le presentó, parece que fuera atribuir los fenómenos naturales a la presencia, tanto en los animales, plantas y demás seres, como enl as mismas fuerzas de la naturaleza, de espíritus prontos a obrar, agentes verdaderos y semejantes como el que el hombre mismo cree poseer". También es probable, como lo demuestra Taylor, "que los sueños hayan dado origen a la primera noción de espíritus, porque los salvajes no saben distinguir apenas las impresiones subjetivas de las objetivas. Cuando un salvaje sueña cree que las figuras que se le representan vienen de lejos y que son superiores, o que el alma del soñador parte a un viaje, y regresa después con el recuerdo de lo que vio." Sin embargo, era menester que llegase a su completo desarrollo las facultades de la imaginación, curiosidad, razón, etc., en el espíritu humano, para que los sueños implusaran al hombre a la creencia de los espíritus, porque de otro modo no le producirían mayor efecto que lo que en el perro vemos.

(…) No hay más que dar un paso de la creencia en agentes espirituales a la de existencia de uno o más dioses. En efecto, los salvajes atribuyen naturalmente a los espíritus las mismas pasiones, el mismo amor a la venganza, la forma más simple de la justicia y las mismas afecciones que ellos experimentan. Los fueguinos en esto parecen representar  un estado intermedio, porque, cuando el cirujano del buque Beagle mató algunas anadejas para enriquecer su colección, Yorck Minster pronunció del modo más solemne las siguientes palabras: "¡Oh M. Mynoe, mucha lluvia, mucha nieve, mucho viento!", con lo que daba a entender que tales calamidades habían de ser el castigo de aquel desperdicio de alimentos; después de lo cual relató al cazador que habiendo matadoun hermano suyo en cierta ocasión a un salvaje, sobrevinieron grandes tormentas, muchas lluvias y abundantes nieves. Sin embargo, nunca pudimos averiguar que los fueginos creyeran en algo que pudiéramos llamar Dios, ni practicaron tampoco rito alguno religioso. Jeremy Button sostenía resueltamente y con cierto orgullo que en su país no había diablos. Esta última afirmación es tanto más notable cuanto que es más común entre los salvajes creer en los malos espíritus que en los buenos.

Más complejo es aún el sentimiento religioso de la devoción, que consiste en el amor, en la completa sumisión a un ser misterioso y superior, en un gran sentimiento de dependencia, temor, reverencia, gratitud, esperanza en lo futuro y quizá otros elementos más. Ningún ser puede experimentar emoción tan compleja sin haber dado grandes pasos en el desarrollo de las facultades intelectuales y morales, llegando por lo menos a un nivel considerablemente elevado. Sin embargo, vemos alguna, aunque poca, analogía con esto en el profundo amor que el perro demuestra a su dueño, amor en que va unida también una completa sumisión, algún temor, y quizá otros sentimientos. La conducta del perro cuando de nuevo ve a su amo después  de una ausencia, y añadirá la de un mono con un guarda, a quien idolatra, son muy diferentes de las que estos animales tienen con sus semejantes. En este último caso los transportes de alegría parecen ser menos intensos y en todas las acciones se echa de ver mayor igualdad. Estas reflexiones son las que han hecho aventurar al profesor Braubach que el perro mira a su amo como a un dios. Las mismas elevadas facultades que condujeron al hombre a creer primero en agentes invisibles y espirituales, después al fetichismo, politeísmo y últimamente al monoteísmo, le hubieran infaliblemente arrastrado, mientras sus facultades permanecían escasamente desarrolladas a otras supersticiones y costumbres raras. Da horror sólo pensar en algunas de éstas: los sacrificios humanos hechos a un dios sediento de sangre, la ordalía por medio del veneno o el fuego, los sortilegios u otros abominables artificios. Con todo, bueno es que algunas veces reflexionemos en tales supersticiones, porque así nos muestran cuán mucho debemos a los progresos de la razón, a la ciencia y a nuestros conocimientos acumulados. Según muy bien observa Lubbock "no es mucho decir que el horrible temor del mal desconocido se cierne como espesa nube sobre la vida del salvaje, acibarando todos sus placeres". Estas desventuras e indirectas consecuencias de nuestras facultades superiores pueden compararse con los errores incidentales y ocasionales que cometen los instintos de los animales inferiores.

Creencia en Dios. Religión en El origen del hombre, capítulo III

Ciencia & Paraciencias, BrightsMarch 21, 2007 3:22 am

¡Deber! Maravilloso pensamiento que no obra por insinuación, por lisonja ni por ninguna suerte de amenaza, más tan solo manifestándose al alma en su desnuda autoridad, imponiendo el respeto, cuando no siempre la obediencia; ante tu vista enmudecen los apetitos todos, por tenaces que sean; en secreto, dime, ¿dónde, dónde tienes tu origen?

- Manuel Kant (citado por Darwin)

De acuerdo con la visión clásica, la moralidad humana consistía en una propiedad superior, incluso trascendente, que encontraba su asiento en el alma creada por Dios. Pero desde que Kant criticó la heteronomía religiosa, los filósofos morales se han afanado en encontrar un lugar más seguro para alcanzar una "fundamentación de la moral" no teológica. Apel y Habermas lo intentaron recurriendo a la "razón dialógica" humana. Sin embargo, en buena medida la hermenéutica continuaba apoyando un origen anímico, racionalista, idealista y "clásico" de la moral.

¿Tiene mucho sentido decir que la moralidad procede del alma o algún sucedáneo suyo? Empezando por la "peligrosa" recomendación de Wilson en el célebre último capítulo de Sociobiología ("Ha llegado la hora de que la ética sea temporalmente arrebatada de las manos de los filósofos, y sea biologizada") una generación de etólogos, neurólogos, psicólogos evolutivos y filósofos naturalistas han intentado fundamentar la moralidad humana no tanto en el alma creada, o en el "lenguaje" como trasunto secular, sino en la racionalidad social, característicamente manual, que compartimos en especial con el orden de los primates.

No cabe duda que la competencia ética implica un cerebro sano y bien desarrollado, pues está muy bien documentada la relación positiva entre lesiones cerebrales y empatía moral, pero suele perderse de vista la centralidad que tiene la evolución de la mano en muchos temas típicamente "morales". Gustavo Bueno ha repetido hasta el cansancio, aunque a decir verdad sin encontrar mucho eco en las "cabezas" de la academia o del foro político, que para enfrentar la resolución de conflictos no basta con la razón dialógica; es necesario emplear también la racionalidad operatoria: no siempre hablando se entiende la gente. La moralidad, como la música, o incluso el lenguaje, las matemáticas, etc…se origina en las manos.

La "razón" no se reduce a discurso, y en la imagen encontramos una expresión muy bella de esta misma idea: una chimpancé arrebata una piedra de la mano de otro macho para intentar reprimir una escalada de agresión.

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Las ilustraciones de Edel Rodríguez, basadas en el trabajo de Frans de Waal, las publica New York Times