No confiamos solamente en la razón y en la ciencia, porque estos son factores necesarios más que suficientes, pero desconfiamos de cualquier cosa que contradiga a la ciencia e indigne a la razón.
Uno de los defectos más notables que afectan el desarrollo normal de esta "discusión" sobre los límites de la ciencia viene siendo la escasa claridad y distinción con la que están tratándose los principales términos polémicos. Aunque parte de culpa debería también ser cargado en mi cuenta, lo cierto es que la deuda más cuantiosa cae en el lado, digamos, anticiencista, fervorosamente defendido por don Pío Moa.
I
Difícilmente podremos alcanzar el "fondo del asunto", en efecto, antes de haber resuelto problemas que pertenecen al prólogo, y casi al título de la cuestión.
Pues ocurre no solamente que el antiguo camarada cree saber de qué está hablando, sino que se permite aplicar semejante sabiduría confusionista a determinados periodos históricos; en particular a los "regímenes ateos" nazi-socialistas. Para don Pío, tales ocasiones ("hechos indiscutibles") se nos presentan como experimentos realizados en el laboratorio histórico que corrroboran ya la nefasta moralidad ocasionada por el "ciencismo". Curiosamente, Moa ha insistido bastantes veces en que, sin perjuicio del fracaso humanitario del ateísmo, el avance de la ciencia no sólo no se detuvo, sino que amplió sus horizontes hacia nuevos y quizás asombrosos logros.
Por mi parte, he argumentado en sentido contrario que 1) el periodo nazi-socialista no se caracterizó porque la ciencia tomara posesión de la vida humana, precisamente, como presupone la interpretación "ciencista", sino a la inversa, por la invasión de los valores nacional-socialistas del programa científico esencialmente liberal, 2) propiciando la decadencia general de la ciencia y la filosofía; "ciencia que es una especie de imitación de la ciencia, filosofía que es una especie de imitación de la filosofía" (M.A. Rozov).
II
Pero, ¿qué es entonces esa cosa llamada "ciencismo ateo"? Centrándonos en la experiencia soviética, dado que los nazis jamás pretendieron ser "ateos" y puede discutirse ampliamente en qué sentido eran en realidad anti-cristianos, hay que empezar por admitir que la escolástica soviética no intentó cultivar tanto el "ciencismo ateo", cuanto que un ateísmo científico en línea con el "socialismo científico" (materialismo histórico + diamat).
El diccionario soviético de filosofía culminaba así su entrada dedicada al "ateísmo".
La experiencia de la U.R.S.S., donde el ateísmo ha adquirido un carácter de masas, constituye una confirmación práctica de que estos principios son justos. Al construirse el comunismo, se va formando un nuevo hombre, libre de supervivencias religiosas y de otro tipo, un hombre armado con una concepción atea y científica del mundo.
Pese a este triunfalismo oficial, estamos forzados a reconocer que siete décadas de "ateísmo científico" en la Unión Soviética apenas consiguieron desactivar las supersticiones populares o la base eminentemente religiosa de la sociedad, sustituyéndola por un nuevo hombre "armado" con una visión auténticamente científica del mundo. No es momento de penetrar en honduras, pero el mismo Paul Johson, no precisamente inclinado hacia el ateísmo, explicó de qué modo el nuevo socialismo soviético pudo arraigar en la larga tradición colectivista cristiana-ortodoxa.
Otras experiencias socialistas, como la cubana, acreditan también que las supercherías populares no sólo no pudieron ser suprimidas, sino que proliferaron visiblemente. La "concepción atea y científica del mundo" nunca logró adquirir en realidad un carácter masivo, del mismo modo que las clases no consiguieron ser abolidas, y ello por mucho que Stalin así lo estableciera en la constititución redactada por él para la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Por supuesto, la insistente supervivencia del "hecho religioso" siempre puede interpretarse en el contexto del fracaso socialista para proporcionar sustitutos seculares al misticismo espontáneo de los hombres, pero también pone en solfa la genuina "cientificidad" del ateísmo y de la racionalidad materialista tal como fue sostenida por los marxistas.
El hecho, sin embargo, es que la escolástica pseudocientífica de la URSS tenía ciertamente un marco filosófico militante, aunque ahora estemos en disposición de poder detectar sus fallos, desde el que interpretar e intentar corregir los principales hechos del mundo relativos a la ciencia y la religión. Pero don Pío no nos ha ofrecido ningún marco filosófico explícito alternativo desde el que poder coordinar su postura. En su lugar, se ha limitado a dar por supuesto (¿será esto un ejemplo de la filosofía del "sentido común" a la Chesterton?) que ya sabíamos de qué hablábamos, dejando acá y acullá algunas escuetas definiciones con las que ir saliendo al paso:
El ciencismo consiste en sacar conclusiones excesivas de la ciencia, sobre todo en relación con la creencia religiosa.
Claro está, que semejante definición de sentido común no aclara gran cosa, y hasta se diría que enturbia más la cuestión. Pues, ¿qué es una "conclusión excesiva"?, ¿cómo sabemos cuando una conclusión es "excesiva"? ¿y por qué sobre todo en relación con la creencia religiosa? ¿por qué no también en relación con las creencias sobre agronomía, teatro de títeres o lingüística estructural? La verdad es que desconocemos la respuesta, aunque podemos maliciar los presupuestos implícitos de la pregunta. Como he argumentado ya hasta el cansancio, no se trata de cuestionar la crítica legítima del "cientificismo" (Gustavo Bueno, por ejemplo, al distinguir muy bien entre Ideas y Categorías, puede salvar esta dificultad: el cientificismo será un delito de lesa filosofía, precipitado por la confusión de Ideas y Conceptos), sino los presupuestos irracionalistas y espiritualistas de una versión particular del anticiencismo.
III
¿Dónde se encuentran entonces los "límites de la ciencia" y cuándo sabemos que los hemos sobrepasado? Uno no puede evitar pensar en que (la denuncia de) semejantes "extralimitaciones" normalmente no ha ocultado mucho más que la lucha por salvaguardar el monopolio teológico (que resumía la divisa medieval: philosophia ancilla theologiae). Si don Pío pretende encontrar "muros bizantinos", deberá buscarlos mejor entre los teólogos que entre los científicos o los filósofos secularistas a los que no siempre se les ha dejado vía libre para investigar. Pues es lo cierto que no pocas ideas y prácticas se han puesto cuidadosamente a salvo del escrutinio científico o filosófico racional ante todo cuando éste ponía en cuestión ciertos supuestos dogmáticos o visión religiosa del mundo.
En caso contrario, cuando la ciencia parece apoyar la verdad de la religión, se diría que ¡no hay ningún problema en absoluto!
Empezando por los escolásticos, que no tenían inconviente en hacer uso de la razón, en el contexto de los preamubla fidei, para defender la verdad (es decir, la "cientificidad") de la teología natural. Aún hoy la teología católica mantiene como un dogma la posibilidad de conocer a Dios con la sola luz de la razón natural, declarando el Concilio Vaticano anatema, la posición contraria (Dz- 1806). Y el mismo Benedicto XVI, en el célebre discurso de Ratisbona, volvió a señalar hace poco que "actuar contra la razón es contrario a la naturaleza de Dios". En consecuencia, los católicos siguen sin creer que la ciencia se "extralimite", en principio, al probar la existencia de Dios mediante argumentos naturales, y ello aunque todas las vías hayan recibido críticas triturantes -destacando aquí por encima de todas la refutación darwiniana del argumento del diseño. También podemos mencionar el caso de la investigación arqueológica de los "santos lugares", que es fervorsamente apoyada por la curia siempre y cuando apoye la "verdad histórica" del cristianismo católico, o incluso la búsqueda de determinados testimonios "científicos" cuando se trata de acreditar la veracidad de ciertos milagros.
Hay, además, otro sentido importante en que se considera legítimo el escrutinio científico-religioso, y es cuando este ayuda a respaldar, no ya la verdad, sino la bondad de la religión. Sobre todo desde EE.UU recibimos últimamente toda clase de estudios pretendidamente "científicos" que vienen a respaldar los grandes beneficios morales y comuntarios de la religión: la religión es buena para los niños, la oración a través de internet ayuda a los pacientes de cáncer, los asistentes a la Iglesia viven más, etcétera, etcétera. ¿Habrá que considerar tales estudios casos ejemplares de "ciencismo"? ¿Ciencismo religioso tal vez?
Sin embargo, cuando el escrutinio científico tiene la mala pata de romper el conjuro de la bondad, para decirlo a la manera de Daniel Dennett, mostrando pongamos por caso que la religión alimenta la violencia, que las naciones mayoritariamente agnósticas son más solidarias con el tercer mundo, que existe una relación positiva entre laicidad y expectativa de vida, o incluso que los ateos se divorcian menos que los creyentes, entonces ¿comenzaremos a sospechar que nos las habemos con una intolerable extralimitación "ciencista" y atea?
Y esto por lo que se refiere a la bondad de la religión. Puesto que franjas de su verdad, sin perjuicio de la célebre fórmula de Stephen Jay Gould tantas veces recitada para ahorrarse mayores inconvenientes, han sido puestas en evidencia ya en múltiples ocasiones. Por ejemplo, la peligrosa aplicación galileana del atomismo a la teoría de la transubstanciación, parece que empezó también por considerarse una molesta "extralimitación" merecedora de condena -y nótese que el atomismo de Galileo sólo podría considerare "extralimitado" desde el punto de vista de la física aristotélica tal como fué recibida por la teología cristiana. Por no mencionar la vigorosa refutación darwiniana de la quinta vía tomista, cuyo límite vencido nunca ha dejado de reconocerse del todo, ni siquiera en el momento de mayor cercanía a la verdad de la evolución (cuando Juan Pablo II, ante la academia pontificia, tuvo el parcial valor de admitir que el algoritmo darwiniano era algo "más que una hipótesis"…si bien debía circunscribirse a la "evolución material" so pena de apostasía).
IV
Dejando por un momento de lado el "laboratorio" de la historia y los presuntos efectos políticos o humanitarios del ateísmo, creo que las críticas dirigidas por don Pío Moa en contra el "ciencismo", que reflejan a su modo el espiritualismo católico ambiental y quizás un cierto clima de opinión entre la "derecha chestertoniana" en España, han descansado en un presupuesto implícito: la ciencia no sólo limita con otras ciencias u otros saberes comunes, aunque mundanos, sino acaso con el "espíritu" o la sapientia humana, para decirlo también al modo de Chesterton, que solía reprochar a los antropólogos de su época por limitar la ciencia al estudio del hombre como un mero simius o insipiens. En este sentido, sigue siendo corriente que la religión de la bienvenida a la "buena ciencia" que corrobore sus expectativas, mientras que despache normalmente con cajas destempladas a la "mala ciencia" (¿ateísmo ciencista?) que viene a romper el conjuro.
ACTUALIZACIÓN: Como siempre, en su nueva "réplica", Moa repite de nuevo las mismas ideas, sin justificarlas, sin añadir ningún apoyo documental, y sin darse por enterado de las críticas o preguntas a las que alegremente despacha como ejemplos de "bizantinismo". También me reprocha por hablar "en nombre de la ciencia" y por declarar "en dos patadas los más complicados asuntos". Esto realmente tiene su gracia, viniendo de un converso marxista, que hasta hace no tanto practicaba la "lucha armada" en nombre del proletariado y ahora le ha dado por ejercitar un creacionismo de bolsillo más o menos camuflado. La cosa no da más de sí.

