En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la "Historia Universal": pero, a fin de cuentas, sólo un minuto.

Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral 

I 

Durante décadas el antirrealismo ha sido una actitud intelectual de moda entre los académicos, políticos, ingenieros sociales y "hombres de la calle" bien educados.

De hecho, el antirrealismo fué un requisito previo del relativismo cultural y solía acompañarse de una crítica general al "eurocentrismo" o el "occidentalismo" que aún reconocía la independencia de la naturaleza humana universal, así como una estructura objetiva de las leyes físicas. Por hacer un sumario de este antirrealismo ambiental, la "realidad" relevante para el hombre era tan sólo una construcción históricamente condicionada; el avance de las ciencias humanas sólo había logrado estrechar las cadenas de la sumisión social mediante tecnologías del biopoder cada vez más refinadas (Foucault) e incluso los "hechos científicos" más sólidamente establecidos no eran más que piezas minúsculas seleccionadas dentro de un "metarrelato" en vías de extinción (Lyotard). En el fragor de la contienda, Feyerabend llegó a proponer que las aulas de magia compartieran espacio con las de física o matemática para favorecer así el "anarquismo epistemológico".

Si bien el realismo solía acompañar una visión materialista del mundo (es decir, la idea de que "cada entidad mental está causada por entidades no mentales, y que son enteramente dependientes de éstas para su existencia"), como en la célebre crítica de Lenin al "empirocriticismo" de Mach, o en el entusiasta objetivismo de Ayn Rand, no puede seguirse que todo realismo sea incompatible con el idealismo. De hecho, la misma dialéctica hegeliana fungía como una suerte de hiperrealismo metafísico en el que se daba la coincidencia absoluta del concepto y la realidad, y ello sin perjuicio de su espiritualismo (idealismo objetivo) de base.

No obstante, la mayor parte de los nuevos antirrealismos caen hoy bajo alguna modalidad de idealismo filosófico. Y esto, sin dejar de reconocer que la actitud típicamente antirrealista del posmodernismo deba considerarse una especie de sucedáneo del realismo marxista, una vez colapsada la confianza de muchos intelectuales de lograr una perfecta adecuación entre Verdad y Emancipación.

Lo que los psicólogos evolutivos llaman Modelo Standard de las Ciencias Sociales también se alimentó de alguna que otra versión de antirrealismo. Era necesario preservar la autonomía de las ciencias humanas (como sociología o culturología) del resto de la ciencia, y declarar vano el intento de ampliar la pretensión universalista de verdad propia de las ciencias naturales al territorio acotado de las ciencias históricas, caracterizadas por hacerse cargo de situaciones absolutamente singulares e independientes que sólo hermeuetas adecuadamente adiestrados estaban en disposición de comprender.

II 

Hace poco me pasaba Andrés este artículo publicado por Antonio Dieguez en la revista hispanoamericana Crítica; Realismo y epistemología evolucionista de los mecanismos cognitivos. El texto, de 2002, es interesante aún para comprobar la lenta corrupción académica del antirrealismo. Aunque soy consciente de que la cuestión pide una eloboración mucho más rigurosa, dejo aquí algunas notas críticas.

Dieguez pasa revista a las principales escuelas del realismo (de Putnam a Ruse) con notable rigor doxográfico pero orientándose hacia una hipótesis enteramente discutible, la idea de que "tanto la pretensión realista de la existencia de una realidad independiente, como la pretensión antirrealista de lo que lo que llamamos "realidad" es algo cconstruido socialmente o de algún otro modo".

Casi en las conclusiones, el autor sintetiza así su posición:

Habría que concluir entonces que la epistemología evolucionista apoya un realismo ontológico básico, pero que éste es poco interesante desde el punto de vista del debate actual acerca del realismo. Se trataría de una tesis aceptable para instrumentalistas, neopragmatistas moderados, realistas internos, empiristas constructivos, relativistas, e incluso idealistas trascendentales y constructivistas sociales. En suma, algo que con uno que otro matiz aclaratorio en lo que respecta al término "indepeniente" es compatible con casi todas las formas recientes del antirrealismo.  

Lo primero que asalta la mente al ponerse de nuevo en contacto con esta clase de textos, tan familares en el "debate actual" dentro de la Academia, es la escasa economía conceptual de la que hacen gala los comentaristas. El cuadro de escuelas realistas y antirrealistas resulta ya casi prácticamente irreconocible cuando intentamos hacernos cargo de la cuestión entre categorías tan prolijas: instrumentalistas, neopragmatistas moderados, realistas internos, empiristas constructivos, relativistas, idealistas trascendentales y constructivistas sociales…escuelas que, según Dieguez, no resultarían tocadas por la afirmación realista de la epistemología evolutiva con tal de que seamos lo suficientemente hábiles para introducir algún "matiz aclatororio".

Pero el caso es que, por más hipótesis auxiliares y otras acrobacias académicas que se pongan encima de la mesa, la epistemología evolutiva asesta un golpe prácticamente definitivo a las posturas antirrealistas de uno u otro partido.

En primer lugar, el antirrealismo no puede llevar adelante su programa sin decantarse por una versión del idealismo filosófico radicalmente incompatible con la epistemología evolutiva. Por mucho que los "debates intelectuales" fingan comenzar por un lugar distinto, el realismo no es un punto de llegada sino un punto de salida. Desde el paradigma darwiniano, para el que la mente humana aparece como el producto de un proceso gradual de supervivencia, "el mundo no puede ser un producto de nuestras capacidades cognitivas, puesto que éstas han surgido como resultado de una adaptación al mundo".

En segundo lugar, el antirrealismo distorsiona gravemente la diferencia que media entre ciertos errores evolutivos (mentiras políticas, autoengaño, etc) a la postre adaptativos y la cuestión general de si existe de hecho un conocimiento aproximado de la verdad surgido por selección natural. Precisamente el hecho de que podamos reconocer la mentira de los mitos constituye una refutación del antirrealismo. ¿Desde dónde podríamos declarar falsos ciertos hechos e interpretaciones, salvo desde una posición realista que pueda, para decirlo a la manera de Ortega, "salvarnos en las cosas"? Que la selección natural nos prepare para dejar descendencia en primer lugar, pudiendo ofrecer el paradójico resultado de la "supervivencia de los más mentirosos", no constituye ningún argumento en contra del realismo básico del género humano.

En tercer lugar, el antirrealismo pretende sobrevivir al ataque de la epistemología evolutiva produciendo una especie de espantapájaros conceptual contra el que sea posible redirigir las críticas. Dieguez mismo propone caracterizar el realismo, si no me equivoco, como aquella postura que defiende 1) La independencia de la realidad exterior 2) La cognoscibilidad de la realidad y 3) El criterio adecuacionista, entre los enunciados y el mundo, para establecer la verdad de las teorías. Lo que ocurres es que ni la independencia de la realidad debe identificarse con una realidad nouméntica inalcanzable, ni cabe igualar cognoscibilidad con omnisciencia, como de un modo más o menos solapado presuponen los antirrealistas.

III 

En resolución, la epistemología evolutiva salva la independencia de la realidad sin necesidad de postular ningún "noúmeno" misteriosamente subsistente, o de recurrir a ninguna plétora de conocimiento. Para los psicólogos evolutivos, "la materia del mundo es la misma que la materia de la mente", lo que no significa que se excluyan múltiples errores procesuales que poco nos acercan al ideal regulativo del saber universal -mathesis universalis.

Por mencionar sólo algunos ejemplos: La psicofisiología del ojo humano muestra que es totalmente inconsistente la idea de una percepción que no coincida, al menos en ciertos tramos importantes, con la estructura real de los objetos; los etnobiólogos (Atran, Berlin &c) han demostrado que las categorías mediante las que los seres humanos clasifican los "tipos naturales" del mundo son coherentes y responden últimamente a una estructura objetiva del mundo; La psicología evolutiva infantil ha documentado también que las conductas operatorias (manuales) más corrientes entre los niños presuponen una profunda correspondencia entre la noción psicológica de objeto y los objetos físicos del mundo exterior, e incluso el conocimiento intuitivo (o innato) de ciertos principios "newtonianos" del movimiento.

Por mucho que algunas categorías sí que se encuentran "construídas socialmente", en el sentido de que sólo existen entre medias de un acuerdo cultural entre las personas que forman parte de una sociedad, sin embargo otros modos de categorizar y de crear "estereotipos" son prácticamente universales. No es cierto, por tanto, que no haya nada fuera del texto (Derrida). La doctrina de la hiperrealidad, o la política de las metáforas, no puede dar cuenta del hecho fundamental de que los seres humanos, como "animales inteligentes", sí son capaces de cuestionar y censurar ese mundo imaginal, de identificar las mentiras y, en suma, de distinguir entre ficción y realidad.