Todas las sociedades políticas tienen lo que Ortega llamó "derecho a la continuidad", frente al optimismo alocado de los revolucionarios. La historia no se puede comenzar ex novo, ni acordar voluntariamente, porque el ser humano nunca es un "primer hombre" sobre la tierra. En La rebelión de las masas recordaba éste filósofo un fragmento de La deshumanización del arte:
Esta grave disociación de pretérito y presente es el hecho general de nuestra época y en ella va incluida la sospecha, más o menos confusa, que engendra el azoramiento peculiar de la vida en estos años. Sentimos que de pronto nos hemos quedado solos sobre la tierra los hombres actuales; que los muertos no se murieron de broma, sino completamente; que ya no pueden ayudarnos. El resto de espíritu tradicional se ha evaporado. Los modelos, las normas, las pautas, no nos sirven. Tenemos que resolvernos nuestros problemas sin colaboración activa del pasado, en pleno actualismo -sean de arte, de ciencia o de política. El europeo está solo, sin muertos vivientes a su vera; como Pedro Schlemihl, ha perdido su sombra. Es lo que acontece siempre que llega el mediodía.
Larry Arnhart ha propuesto explicar cómo surge el orden social a través de tres órdenes complementarios: el natural, el de costumbre y el racional. Ninguno de estos tres órdenes (Naturaleza, Historia y Razón) es metafísicamente independiente. El orden de costumbres u orden histórico (ethos) y el orden racional (logos), compuesto por las razones conscientemente deliberadas por los hombres, no funciona sobre una mesa de operaciones en blanco, sino sobre una constitución natural (fisis) e histórica. Cualquier constitución política positiva presupone una constitución histórica (systasis), y la propia historia no debería considerarse una entidad ontológicamente independiente de la arquitectura mental de los seres humanos, o de la ecología ambiental.
Lo que llaman "tercera cultura" busca terminar con el aislamiento recíproco de las disciplinas, proponiendo una comunidad de conocimiento formada por biólogos, historiadores y geómetras. Sólo el engolfamiento de la "cultura humanista" explica todavía que cualquier apelación al "orden natural" entre políticos o académicos, por nimia que sea, produzca el ruido y la furia de los blankslaters, o que la investigación natural del origen de la vida aún se despache como una metodología "estrecha" - ¿comparada con la "amplitud" de qué?: Ségolène y el Papa están mán cerca de lo que sospechaban.
Ortega también escribió (en Historia como sistema) que "El hombre no tiene naturaleza, sino historia". Es evidente que el viejo prejuicio necesita ser invertido: El hombre tiene historia, porque tiene naturaleza.

