Miguel Pedrero forma parte de la ralea de periodistas hispanos dedicados a la misteriología y a otras "cuestiones relacionadas con lo heterodoxo". Es autor de títulos tan enjundiosos como Contacto, El druida de Compostela, o el modestísimo Claves ocultas del poder mundial. Ahora amenaza con publicar La conspiración del mesías, un refrito de teorías conspirativas y especulaciones mesiánicas al que el incansable magufo Bruno Cardeñosa dió la bienvenida en su programa radiofónico del pasado lunes.

Si no fuera porque ya estamos curados de horror y espanto, resultaría realmente asombrosa la ilimitada credulidad con la que Pedrero y Cardeñosa recibían las más fantasiosas hipótesis conspirativas de la "secta straussiana" (Gregorio, ¡manifiéstate!) en Washington. En el relato de la conspiración todo debe encajar: Bush voló las torres gemelas, la fatwa contra Rushdi en realidad la dictó el Weekly Standard y quién sabe si fué Ayan Hirsi Ali la que asesinó a Theo Van Gogh. El relato de un selecto puñado de discípulos maquiavélicos del "filonazi" Leo Strauss diseñando subrepticiamente la agenda para el Nuevo Siglo Americano, se adapta como la mano al guante de esta conspiración silenciosa.

Importa muy poco considerar que, en realidad, Leo Strauss huyera de Alemania precisamente para escapar de los nazis. Recordemos que Strauss pertenecía a la Academia de Estudios Judíos de Berlín y que recaló en los EE.UU en 1937 (ayudado por Harold Laski) después de una estancia de dos años en Gran Bretaña.

El misterioso Spengler se ocupaba hace tiempo de demoler el mito de la "secta straussiana" (muy popularizada en los escritos de Shadia B. Drury) recordando que las preocupaciones teóricas de Strauss poco tenían que ver con los objetivos típicos de la política exterior norteamericana del siglo XXI, concentrada sobre todo en cómo integrar a millones de musulmanes dentro de repúblicas democráticas favorables a los EE.UU. Por contra, lo que a Strauss le quitaba el sueño era el debilitamiento de las democracias occidentales que pudiera convertirse en antesala de un nuevo Hitler o Stalin. Además, frente al mesianismo que Pedrero y los conspiracionistas imputan a los theocon, Strauss veía en la religión poco más que una superstición desacreditada. Sus fuentes de inspiración oscilaban en algún confuso lugar entre el nihilismo heroico de Nietzsche y la racionalidad clásica griega.

Como ya recordaba Gustavo Bueno en 1978, un volumen de Euclides dejado en la vía pública puede considerarse un libro "clandestino" incluso en tiempos de la democracia coronada, al lado del libro rojo de Mao en tiempos de Franco. Al margen de una reducida élite de geómetras, nadie se ocupará realmente de él. Lo mismo pasaría si dejan en un andén de metro Natural right and history, de Leo Strauss.