Sin duda existía un fuerte componente utópico en la empresa española del "descubrimiento", como lo había en el ambiguo "imperio de la libertad" estadounidense, y lo hay en los planes neoconservadores del siglo XXI para la democratización forzosa de oriente medio. Pero el caso es que, pese a muchas tentativas idealistas fracasadas, la conquista militar, la colonización y la apertura de nuevas rutas comerciales, por iniciativa privada o política, constituyeron el camino objetivo de América y las colonias ultramarinas hacia una nueva civilización.
No todos comparten esta idea, en cambio. Desde el "liberalismo híbrido" (subjetivista y anarquista) se defiende últimamente la idea de que el verdadero soberano de la historia universal no son las organizaciones políticas (imperios y estados) sino el sujeto humano individual. Los orígenes de este rampante "idealismo subjetivo", que cabe rastrear en Kant, son en cambio más remotos; hasta alcanzar la misma época del "descubrimiento" y las disputas que enfrentaron a los clérigos y juristas españoles del siglo XVI. En rigor, se podría considerar a los "jóvenes liberales" como los herederos de aquellos clérigos católicos protestando contra la brutalidad encomendera, y al liberalismo ancap una especie de secularización de la "paz evangélica" (o aquella "paz de la fe" de Nicolás de Cusa).
Pero, ni España ni el imperio anglosajón fueron exclusivamente imperios depredadores ("heriles", en la terminología de Sepúlveda), tal y como hoy coinciden en señalar "liberales" e izquierdistas. Unos y otros no se limitaron simplemente al expolio y la esclavización, sino que desde el principio quedaron comprometidos con un propósito civilizador, aunque de distinto signo en ambos bandos.
Los jóvenes Estados Unidos pretendían llevar a la historia universal aquello en lo que los ingleses habían fracasado: un imperio de la libertad basado en la religión de la propiedad (Jefferson: "Una vez que tengáis propiedad, querréis leyes y magistrados para proteger vuestras personas y propiedades…Encontraréis que nuestras leyes son buenas para este propósito") y los principios del republicanismo liberal.
La monarquía hispánica diseñó su utopía civilizadora en América desde los presupuestos universalistas del catolicismo español y del "imperio civil", como lo llamó Sepúlveda. Los teólogos y juristas castellanos apoyados por la monarquía presumían que era posible crear en América una nueva sociedad sin mercaderes (o al menos, sin mercaderes europeos), pues sería la Casa de la contratación (Sevilla, 1503) la encargada de despachar todos los asuntos. Se trataba también de transformar los indios ágrafos en pobladores alfabetizados y cristiandades de campesinos regidos por el mismo orden jurídico castellano; Juan de Solórzano Pereyra: "los reinos y provincias que se adquieren de nuevo, pero uniéndose e incorporándose accesoriamente a otras atiguas se han de gobernar, regir y juzgar por unas mismas leyes".
Tanto el "Imperio de la libertad" anglosajón como el Imperio católico universal de España tropezaron con graves dificultades prácticas que obligaron a ir rectificando el utopismo inicial. El "destino manifiesto" que un día llamaba a envolver todo el continente americano con los principios del republicanismo jeffersoniano quedó frenado en la frontera mexicana. El Imperio Español encontró la resistencia de los indios, y la belicosidad del vecino estadounidense, junto con el continuo asedio de las potencias europeas, logró terminar con la última aventura colonial en 1898. Pero España dejó un idioma hablado hoy por cuatrocientos millones de hablantes, las Iglesias y las Universidades que permitieron al continente abandonar la barbarie y el salvajismo.
Ni la expansión española ni la anglosajona tuvieron lugar exclusivamente a través de los carriles del individualismo caótico. Sin perjuicio de que fueran individuos los que llevaran adelante la conquista americana, soportando la carga de sus esfuerzos, sacrificios y crueldades personales, estos colonos, emprendedores y conquistadores actuaban dentro de un marco histórico y político mucho más amplio que el determinado por el "finis operantis" de cada actor individual. En el caso de los españoles, sin contar con otras consideraciones mucho más generales sobre la ideología católica o la cultura castellana del honor, el descubrimiento, población o rescate de nuevos territorios debía pasar por las capitulaciones que los colonos y encomenderos firmaban con la Corona. En el caso de los anglosajones, si bien el ritmo de la expansión no podía ser determinado por ningún plan político, las nuevas colonias arrancadas a los nativos debían ser post facto reconocidas por el gobierno federal, a menudo saltándose contratos previos con los indígenas.
La contradicción entre el Hombre y el Ciudadano, o entre los pueblos históricos y el "pueblo de Dios" produjo reacciones críticas en ambos Imperios. La conquista nada pacífica de Norteamérica, así como la esclavitud de los afroamericanos, discutía severamente los presupuestos igualitarios y universalistas de la Declaración de Independencia. Henry Knox, como hiciera Las Casas en la América española, se apresuró muy pronto a defender los "derechos naturales" de los indios, entre los que incluía el derecho a la tierra, a venderla o no venderla. En un informe al congreso de 1787 argumentó que la resistencia india era tan "comprensible" como "legítima".
En España conocimos la controversia especialmente gracias a la disputa en torno a la "guerra justa" y el papel del Imperio que enfrentó a Sepúlveda y Las Casas ante el Consejo de Valladolid (1550). Las Casas, una de las principales fuentes de la "leyenda negra" (junto con los relatos de Antonio Pérez, últimamente resucitados por el bate-historiador Gala) defendió la causa indígena frente a la brutalidad de los encomenderos en una obra incendiaria y exacerbada: La destrucción de las indias. Contra este pacifismo "evangélico", Sepúlveda defendió posturas mucho más realistas que pretendían conciliar la milicia con la cristiandad, y el Imperio con la base de la cristiandad: "Cuando la república es atacada por sus enemigos o la Religión por los impíos, el que, pudiendo, no resiste a la violencia hostil, ese tal no será alavado como tolerante, sino que por timido y desertor se ganará la aversión de las personas sabias religiosas".
P.S. Todo un hombre de estado ha contestado a los últimos comentarios de Iracundo echando mano, ante todo, de una batería de citas textuales con las que pretende deslegitimar la postura "imperialista", desconectándola urgentemente del "liberalismo pacífico" -y separando la cuestión "miniarquista" del debate sobre el imperio. La táctica empleada por Rallo es, como de costumbre, tan endeble como retóricamente agresiva. Pues, aunque quedase demostrado doxográficamente que Von Mises no fuera ningún partidario del Imperio, este conglomerado de citas y anotaciones típicamente sectarias no constituyen de por sí ninguna demostración auténticamente dialéctica de que Imperio y Liberalismo sean real e históricamente incompatibles. El verdadero debate filosófico es sobre la realidad de las cosas, y no sobre quién dijo qué o qué dijo quién, o si son galgos, podencos o anarcopodencos.
John Gast - American progress.


Espero sinceramente que tu comprensión lectora no sea la misma en todos los textos o, al menos, que no los leas todos con los mismos prejuicios con que lees los mismos.
¿Dónde he dicho que con mi post pretendo demostrar que liberalismo e imperialismo son incompatibles? Lo único que pretendo con mi post es dos cosas: a) probar que Mises no defendía ni el imperialismo ni lo consideraba compatible con el liberalismo (como sí ha sostenido Iracudo), b) reafirmar que quien defienda semejante incompatibilidad no debe hacerlo necesariamente desde postulados anarquistas (como por ejemplo Mises).
Vamos, que sólo hace falta acudir a las conclusiones de mi post: Pero sugerir que Mises podría ser favorable a un “imperio mundial liberal” sólo denota un profundo desconocimiento de su obra. A lo ya señalado habría que añadir, por ejemplo, que en su opinión todo Estado debería asentarse sobre la nación y que los individuos tienen derecho a la secesión, ambos elementos incompatibles con cualquier imperio.
En cualquier caso, la postura antimilitarista y antiimperialista de Mises deja clara otra cosa: el debate no tiene necesariamente que ver con el debate minarquismo/ anarcocapitalismo. Pero eso sí, hace falta acudir.
Comment by Juan Ramón Rallo — April 9, 2007 @ 5:37 pm
Asombrosa pregunta. Entonces, ¿el “debate” trata sólo de precisiones doxográficas, sobre qué dijo quién o quién dijo qué? Si es así, estupendo…Von Mises no es un entusiasta imperialista. pero comprende que me interese mucho más el meollo dialéctico del asunto, la realidad de las cosas. O dicho en cristiano, si es el caso que Liberalismo e Imperio son incompatibles.
No hace falta ser ningún “lince” para suponer que el propósito profundo de tu artículo era negar esta compatibilidad, mientras que el propósito del mío era afirmarla.
Salud.
Comment by Eduardo — April 9, 2007 @ 6:08 pm
Asombrosa pregunta. Entonces, ¿el “debate” trata sólo de precisiones doxográficas, sobre qué dijo quién o qué dijo quién? Si es así, estupendo…Von Mises no es un entusiasta imperialista. pero comprende que me interese mucho más el meollo dialéctico del asunto, la realidad de las cosas.
Primero, si con “el debate” te refieres a mi anotación, te repito lo que ya te he dicho: Lo único que pretendo con mi post es dos cosas: a) probar que Mises no defendía ni el imperialismo ni lo consideraba compatible con el liberalismo (como sí ha sostenido Iracudo), b) reafirmar que quien defienda semejante incompatibilidad no debe hacerlo necesariamente desde postulados anarquistas (como por ejemplo Mises).
Sí, trata sólo sobre eso. Y sobre nada más. Entre otras cosas porque el post se titula como se titula y porque no concluyo que “liberalismo e imperialismo sean incompatibles porque Mises así lo pensara”. A mí lo que me asombra es que hayas llegado a una idea tan vacua.
Segundo, comprendo perfectamente que a ti te interese mucho más el debate de fondo. A mí también. Pero supongo que también comprenderás que no escriba mis anotaciones pensando en lo que a ti pueda interesarte. De hecho, a la hora de escribir un post, ni siquiera tomo siempre en consideración mis gustos, sino también mi tiempo, mis capacidades o mi desconcierto.
Y si Iracundo trata de travestir a Mises en un convencido imperialista, pues me desconcierto bastante y escribo un post. Lo cual, por cierto, no tiene nada que ver con meterse en el debate de fondo ni con responder a la anotación de Iracundo que enlazas, sino tan sólo con aclarar cuáles son las verdaderas ideas de un autor al que aprecio bastante.
No hace falta ser ningún “lince” para suponer que el propósito profundo de tu artículo era negar esta compatibilidad, mientras que el propósito del mío era afirmarla.
Una cosa es que yo piense que liberalismo e imperialismo son incompatibles; otra muy distinta que pretendiera probarlo con ese post.
No creo que haya que ser un lince para entenderlo; de hecho, puede que convenga despojarse de la desconfianza felina para captarlo. Después de esto comprendo mejor las torcidas interpretaciones que haces sobre las intenciones ocultas del IJM.
Comment by Juan Ramón Rallo — April 9, 2007 @ 6:48 pm
Como he aclarado desde el principio…a los dos objetivos manifiestos del artículo me pareció que había que añadir otro “latente”, pero determinante: la repugnancia general entre Imperio y Liberalismo (el post de Areópaga iba en la misma línea). Al margen de juicios de intenciones, asuntos relativos al tiempo, la vacuidad y el asombro, esta es la cuestión; como tú mismo reconoces.
Nunca he criticado ninguna “intención oculta” del IJM, sino sólo algunas de sus opiniones manifiestas, citando textualmente o proporcionando el enlace cuando ha hecho falta. Bastante material hay con los contenidos manifiestos, como para preocuparse por los ocultos…
Comment by Eduardo — April 9, 2007 @ 7:15 pm
El post de Areópaga sí tenía esa intención. Pero no nos coordinamos, lo siento. Ella critica la relación, yo critico la mala interpretación de Mises.
En efecto, yo reconozco que el tema el tema de fondo es la compatibilidad o no de liberalismo e imperialismo. Pero no reconozco que yo haya escrito sobre ello ni mucho menos que eso justifique tu errónea afirmación de que Todo un hombre de estado ha contestado a los últimos comentarios de Iracundo echando mano, ante todo, de una batería de citas textuales con las que pretende deslegitimar la postura “imperialista”, desconectándola urgentemente del “liberalismo pacífico”. Y éste era precisamente el motivo de comentar aquí.
Nunca he criticado ninguna “intención oculta” del IJM, sino sólo algunas de sus opiniones manifiestas, citando textualmente o proporcionando el enlace cuando ha hecho falta
Pues hombre, entonces es peor de lo que pensaba. Pensaba que suponías que había fantasmas, ahora resulta que realmente crees haberlos visto. De tu anterior post: De neocones y liberales, que firma Alberto Esplugas, forma parte de la lucha llevada adelante por el IJM para “purgar” el liberalismo español de influencias conservadoras y lograr establecer un significado legítimo definitivo, desde su perspectiva ancap, del témino “liberal”.
¿Lucha llevada a cabo por el IJM? ¿Realmente crees que el IJM tiene como objetivo orgánico luchar purgar al liberalismo del conservadurismo? Ya sé que lo ejemplificas con los artículos de algunos colaboradores, pero sería casi tanto como imputarte a ti las opiniones de quienes postean aquí comentarios.
El IJM no tiene ni mucho menos el objetivo de luchar contra el conservadurismo, pero tampoco tiene el objetivo de respaldarlo. De ahí que sea tan compatible pertenecer al IJM y defender el fusionismo como criticarlo. De hecho, encuentras socios y patrocinadores en ambas posturas (y si tuviera que decir cuál prepondera, sería la primera).
Si no crees en agendas ocultas, entonces está claro que eso no entra en ninguna agenda explícita (salvo, en todo caso, en la de algunos colaboradores individuales).
Comment by Juan Ramón Rallo — April 9, 2007 @ 7:44 pm
Has olvidado incluir una tercera opción: que realmente seáis un poco fantasmas.
Cuando he criticado tendencias “antifusionistas” del IJM lo he hecho en todo caso refiriéndome a artículos y comentarios concretos (de Esplugas, Capella, Valín o tuyos), y no aludiendo vagamente a “intenciones” o agendas ocultas. No hay ninguna aberración óptica, sino en todo caso diferencias de interpretación.
Por cierto, que no haría falta añadir que la crítica del fusionismo es intelectualmente muy legítima. De hecho, yo mismo rechazo el fusionismo conservador de carácter estrictamente religioso.
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De cualquier forma, estas son cuestiones bastante accesorias que no deberían impedir que continúe la discusión sobre el centro del debate (”Imperio y Utopía”), aquí o en otro lugar.
Comment by Eduardo — April 9, 2007 @ 8:10 pm
Bien, si se trata de tendencias de articulistas en concreto, tu apreciación es aceptable y en el caso de algunos articulistas totalmente certera. Pero el IJM en cuanto a tal no tiene esos fines.
Y sí, estoy de acuerdo en que se trata de cuestiones accesorias (aunque no por ello irrelevantes), de ahí que haya querido dejar claro el alcance de mi post.
Comment by Juan Ramón Rallo — April 9, 2007 @ 8:22 pm