Es difícil precisar el momento en que los análisis políticos quedaron literalmente engullidos por la perspectiva "eticista". Por mencionar un ejemplo, Murray N. Rothbard caricaturizó la contradicción entre el Hombre y el Ciudadano (dicho de otro modo: entre los pueblos empíricos y el "pueblo de Dios") distinguiendo cuidadosamente el príncipe según Maquiavelo del príncipe cristiano, avalado por los tratados de Castiglione, y que se suponía coincidir con la verdadera personalidad del modelo de Maquiavelo, Fernando de Aragón (y Castilla). Al contrario del maquiavelismo guiado por el propio interés del soberano o de alguna clase particular (Lenin: "El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra") según esta visión eticista la política debía quedar subordinada al derecho natural. La política, como la economía, sería una prolongación ramificada de la ética; eso sí, una rama que acaso pudiera llegar a cortarse en el "fín de la historia", cuando los hombres hubieran alcanzado la auténtica "conciencia" de pertenencia al Género Humano.

Por supuesto, los "príncipes" reales no pueden ser maquiavélicos o cristianos, sino prudentes o imprudentes; puesto que no gobiernan al "pueblo de Dios", sino sólo a su "principado", limitado siempre por otros que, en ocasiones, pueden tomarse la molestia de invadir su territorio, bloquear sus rutas comerciales, tomar prisioneros &c.

Neo-neocon salva muy bien la trampa, con ocasión de los prisioneros británicos liberados y formula la pregunta más sencilla y adecuada, pero asombrosamente "tabú":

Estas son excelentes noticias en términos humanos. En términos políticos, depende de qué coste -si hay alguno- ha sido pagado para su libertad. En otras palabras, ¿ha sido el resultado de un trato, o de una amenaza?