El 25 de marzo se celebró el 200 aniversario de la prohibición del comercio esclavista en el imperio británico. La decisión de acabar legalmente con la esclavitud se fraguó dentro de un proceso complejo en el que las disposiciones morales y religiosas a menudo chocaban con los intereses materiales. Pero fué finalmente una acta parlamentaria (25 de marzo de 1807) la que resolvió prohibir el comercio de esclavos africanos. La historia continuó con una nueva acta que determinaba el fín legal de la esclavitud en todas las colonias británicas con fecha de 28 de agosto de 1833, "una Acta para la Abolición de la esclavitud a través de las Colonias Británicas; para promover la Industria de los Esclavos manumitidos, y para compensar a las personas que hasta entonces disponían del título de tales esclavos".

Pero como se ha hecho costumbre en los últimos tiempos entre las naciones occidentales, la efeméride no ha servido para festejar una empresa moral y política de tanta significación, sino para promocionar lastimosas ceremonias de contricción y furibundo anti-occidentalismo. Ni los arrogantes hijos del Imperio han podido evitar que se abra paso en el discurso público el mismo esquematismo indigenista y nostálgico de la barbarie que tan bien conocemos en España a causa de nuestras relaciones históricas con América.

Sumándose a estas ceremonias de culpabilidad colectiva, Tony Blair declaró que la esclavitud se encontraba entre las "empresas más vergonzosas" de la historia y que la participación de los británicos constitutía un asunto "profundamente triste". La Iglesia anglicana apoya la misma narrativa, solicitando a través del arzobispo de York que el Primer Ministro realizara una declaración formal de perdón por el comercio esclavista.

Se veía venir incluso la interrupción de una ceremonia solemne en Westminster Abbey por parte del activista africanista Toyin Agbetu: "¡Este es un insulto para nosotros!", "¡Ustedes son la desgracia de nuestros ancestros!" Entre los participantes se encontraba el Primer Ministro Blair, el arzobispo de Canterbury Rowan Williams, y la mismísima Reina. Mr Agbetu, tras montar el cirio, volvió a reiterar ante los periodistas que los mandatarios británicos deberían "pedir perdón".

A doscientos años de la abolición formal de la esclavitud, la narrativa del "buen salvaje" goza de excelente salud entre los políticos, los clérigos, los académicos y la gente de la calle. Este relato aún sigue promocionando la visión idealizada de unas "culturas tradicionales" religadas con la naturaleza, pacíficas en esencia, y súbitamente atacadas por las fuerzas de la civilización -a las que ya sólo les resta caer de hinojos para pedir mil perdones por todos los agravios universales.

Éste comentario en Britain & America merece ser resaltado, y puesto en correspondencia con una previa polémica sobre la esclavitud.

There’s a lesson for politicians and clerics alike: Great social evils are not defeated by mere talk. In the case of abolition, new laws demanded not only diplomacy but the threat—and the use—of military power. Without it, the proclamations and legislative victories might have come to nothing.

To this observer, many Britons seem to harbor a deep and nagging guilt—even self-loathing—for their days of empire and the brutalities that sustained it. Americans could probably benefit, at least on occasion, from a stronger sense of shame. But, facing the post-9/11 threat of Islamic fascism, Britain (and America) cannot afford to indulge in self-flagellation. There are too many cheerless voices eager to demean British identity for their own craven reasons.

Aunque muchos políticos, clérigos y activistas aún no se quieren dar por enterados, los males sociales no son derrotados por las meras palabras, el voluntarismo armonioso o las declaraciones de ecumenismo solemne. Las leyes de la libertad necesitan una fuerza coactiva capaz de garantizar un efectivo cumplimiento que la "ética de la libertad" no es capaz de salvagüardar en soledad.
 
 
Esclavos africanos en 1868.