BilbaoPundit

BrightsMarch 29, 2007 3:23 pm

Con exasperación he considerado las impúdicas acusaciones del Sr. Dawkins, debido a su falta de seriedad académica. Al parecer no ha leído los detallados discursos del Conde Rodrigo de Sevilla sobre las exquisitas botas de cuero del Emperador; tampoco ha concedido un sólo momento de consideración a la obra maestra de Belllini, Sobre la luminiscencia del sombrero emplumado del emperador. Tenemos escuelas enteras dedicadas a escribir tratados sobre la belleza de la indumentaria del emperador, y todos los grandes periódicos dedican una sección a la moda imperial; Dawkins los rechaza a todos despreciativamente. Incluso se ríe ante los populares y persuasivos argumentos de su compatriota, Lord D.T. Mawkscribber, quien señaladamente remarcara que el emperador no llevaba algodon común, ni confortable poliester, sino que debía llevar, y digo debía, ropa interior de la más fina seda.

Dawkins ignora arrogantemente todas estas ponderaciones filosóficas para acusar cruelmente al emperador de desnudez.

Personalmente, sospecho que tal vez el emperador no debería estar completamente vestido -como si no explicar la galbana del equipo palaciego de lavandería. Pero, bien, parece que cada cual se ocupa de sus vestidos, y este colega Dawkins es un advenedizo tan rudo que ni siquiera reconoce la elegancia de mis circunloquios, que, si bien inútiles para tratar sobre la substancia de su acusación, deberían al menos servirme para reprenderle por sus malas maneras.

Hasta que Dawkins se haya entrenado en las tiendas de París y Milan, hasta que haya aprendido a describir la diferencia entre un vestido con vuelo y una minifalda, todos debemos suponer que él no ha hablado en realidad contra el gusto del emperador. Su entrenamiento en biología tal vez le proporcione la habilidad para reconocer unos genitales colgando cuando los ve, pero no le proporciona el gusto para apreciar Tejidos Imaginarios.

Texto original de PZ Myers. Recitado por Richard Dawkins.

 

Brights 3:42 am

De Darwin…

Los instintos sociales, que es indudable fueron adquiridos por el hombre y los animales inferiores para el bien de la comunidad, deberion desde el principio infundir en el hombre algún deseo de ayudar a sus semejantes, algún sentimiento de simpatía y le impelieron a contar con la aprobación o desaprobación de sus semejantes. Impulsos de esta clase, desde un principio debieron servirle de forma grosera para distinguir lo bueno de lo malo. Más a medida que el hombre fue perfeccionando su inteligencia; a medida que fue comprendiendo todas las consecuencias de  sus actos, a medida que adquirió conocimiento suficiente para desechar costumbres funestas y vanas supersticiones; a medida que empezó a mirar más y más, no sólo al bienestar, sí que también la felicidad de los prójimos; a medida que el hábito del ejemplo y de una experiencia beneficiosa, producto de la instrucción, fue desarrollando sus simpatías y extendiéndolas a los individuos de todas razas, al imbécil, al lisiado y a todos los miembros inútiles a la sociedad, y finalmente a los mismos animales inferiores, no hay duda que entonces el nivel de su moralidad fue progresivamente elevándose más y más.

en El origen del hombre, Capítulo IV

¿A quién?…