La distinción arranca de un comentario de Chema en Freelance corner sobre la vuelta al "núcleo sentimental" compartido por las izquierdas y el fascismo.

A pesar del esfuerzo pedagógico de Freelance para mostrar los vínculos entre fascismo e izquierda política, es fácil predecir que su tentativa no tendrá mucho éxito; al menos en el sentido de conseguir la desconexión "sentimental" entre fascismo y derecha política. Las no tan asombrosas homologias entre fascismo y socialismo han sido subrayadas ya muchas veces, sin que muchos "izquierdistas" se den por enterados: origen socialista de los líderes nazis y del fascio, políticas "intervencionistas" y de nacionalización, cuestionamiento del parlamentarismo "burgués", explotación del descontento generado en Versalles, origen común de la teoría del imperialismo y el antisemitismo, utilización sistemática de la violencia política &c.

El nazi-fascismo fué, según muestran las evidencias, una variedad del socialismo.

Y es una ley biológica bien conocida que las variedades de especies emergentes tienden a ser exterminadas por la especie más extendida. La lucha por la existencia entre estas variedades tiende a ser, por la misma razón, enormemente cruenta -como acreditan la noche de los cuchillos largos o las purgas estalinistas, cuando aplicamos el algoritmo darwiniano a la dialéctica política. Si el nazi-fascismo se comprendió a sí mismo como la culminación positiva del socialismo ("el socialismo más el mito nacional", escribía Paul Johnson), el socialismo soviético lo consideró más bien una degeneración suya, la fase postrera del capitalismo o "dictadura terrorista desembozada de los elementos más reaccionarios, chovinistas e imperialistas del capital financiero" (1931). Tanto Hitler como Lenin se preciaban, en cambio, de haber comprendido a Marx mejor que ningún otro. Pero fué la estrategia ideada por el Komintern para simplificar al adversario enjaretándole el título de "fascista", incluso aunque fuera un socialdemócrata (o "socialfascista"), la que resultó victoriosa…

Este fascismo "flotante" aplicado indiscriminadamente a nazis, mussolinianos o socialistas "burgueses" mostraba que desde los años veinte del siglo pasado la distinción entre Derecha e Izquierda había perdido toda la importancia. El "izquierdismo", para Lenin, era una especie de "enfermedad senil" del comunismo que sólo contribuía a oscurecer el verdadero alineamiento de los partidos en función de la "significación internacional" de la revolución rusa. Como es sabido, Lenin reprochaba a los líderes de la II internacional (Otto Bauer, Federico Adler, el "renegado Kautsky" &c) por su "social-traición" y su falta de realismo político. Aunque, en la práctica, la purga de los "izquierdistas" tenía mucho que ver con la necesidad de mantener rígida la dictadura del partido comunista dirigido por los bolcheviques, y quizás la más profunda intención de conservar el dominio del nuevo imperialismo ruso.

Sea como fuere, el caso es que a partir de la afortunada estrategia del Komintern, "fascismo" dejó de ser una categoría política para convertirse, más o menos igual que "comunismo", en una metáfora sentimental.  

II

La utilización de metáforas o ideas sentimentales en la propaganda política no es, desde luego, nada novedosa. El mismo Aristóteles distinguía muy bien los silogismos científicos, propios de los geómetras, de los entimemas o silogismos retóricos empleados en el ágora. Los marxistas, al igual que Platón, consideraron la mentira, como el cine, una herramienta de primer orden para alcanzar el control político. Lenin conocía que el antisemitismo era algo así como "el socialismo de los tontos", lo que no le impidió integrar los elementos de la teoría antisemita sobre el imperialismo, a la manera de J.A. Hobson, en su propia concepción: El imperialismo, fase superior del capitalismo.

Recientemente, George Lakoff ha insistido en la naturaleza metafórica del discurso político. Las metáforas, a diferencia de las ideas, no se expresan en largas cadenas de razonamientos, sino que se organizan en torno a imágenes y estereotipos fácilmente identificables por el público de partido. De aquí que los debates públicos sean meras contiendas entre la "belleza" de metáforas rivales. Los ciudadanos no prestan atención "racional" a los hechos, sino que los interpretan a través de marcos "fijos en las estructuras neurales de sus cerebros" por medio de la repetición. Un ejemplo, según Lakoff, es el "secuestro" de la idea de "libertad" por parte de los republicanos.

Es evidente que esta visión es algo exagerada. Steven Pinker denunció la caricatura que pinta a los izquierdistas (o "liberales", en los términos norteamericanos) como "progresistas sofisticados" y a los conservadores como "tontos malvados". Además, la psicologia cognitiva no ha mostrado un apoyo decisivo a la noción de que la gente absorbe las ideas y "estereotipos" mentales a través de esquemas meramente reiterativos.

Sin embargo, aunque nuestra arquitectura mental esté preparada para la discusión racional (sobre ideas), el debate político continúa siendo un ámbito humano singularmente resistente al examen de las "metáforas rivales", según su distinta competencia para describir la estructura casual (y real) del mundo.

III

El "núcleo sentimental" de las izquierdas nunca ha estado ausente ni siquiera dentro del marxismo más duro. Bohm-Bawerk, en su temprana crítica del "sistema marxiano", ya se dió cuenta de que gran parte de su importante influencia se debía no a la "mente convencida" de sus seguidores, sino a la fuerza metafórica en "sus corazones, deseos y esperanzas".

Carece de sentido sorprenderse porque las izquierdas del siglo XXI hayan hecho suyos los lemas indigenistas y ecologistas, integrándolos en el esquema histórico de la lucha de clases. Paul Johnson (en Tiempos modernos) trazó así la línea que unía la ideología Volkish con el concepto de "alienación" de Marx:

El movimiento alemán del Volk databa de los tiempos napoelónicos, y ya en 1817 estaba quemando libros "extraños" y "extranjeros", que corrompían la "cultura del Volk". Más aún, Marx extrajo del movimiento del Volk su concepto de "alienación" en el capitalismo industrial. Un Volk tenía un alma, que provenía de su hábitat natural. Como escribió Otto Gemlin, autor de novelas históricas, en un artículo publicado en Die Tat, órgano del movimiento romántico Volk: "La campiña es el paisaje peculiar de cada pueblo y cada raza". Si se destruye el paisaje, o el Volk se separa de él, el alma se muere. Los judíos no eran un Volk porque habían perdido el alma, carecían de arraigo.

Hoy sigue sin ser difícil encontrar rastros de las ideas Volkish en la izquierda de todos los signos, incluso aquella que reclama el monopolio de la racionalidad y del universalismo, frente al secular particularismo de la derecha. En la crítica del mercado sigue latiendo la nostalgia por la identidad perdida desde el "núcleo sentimental" original. Así se expresaban desde Izquierda hispánica:

El mercado pletórico de bienes y servicios, el capitalismo desarrollado, atomiza a los individuos hasta hacerles abandonar su identidad. Los tradicionales roles familiares, de género, de clase, religiosos o nacionales pierden su razón de ser gracias al mercado pletórico. La igualdad que el valor-precio de las mercancías experimentan en el mercado produce dos efectos: 1.- que los individuos giren alrededor del son que le marcan las mercancías y sus comportamientos varíen según las mercancías que sean capaces de adquirir (no es lo mismo un indígena con televisor que sin ella); y 2.- las sociedades se fragmentan cada vez más produciéndose una progresiva atomización de los individuos, dando lugar a una masa de consumidores satisfechos gracias al mercado pletórico. Es entonces cuando las identidades pierden su razón de ser. 

¿Y cuál es esa identidad prístina que los individuos han abandonado con el mercado? No puede ser otra que la "cultura" o nación histórica original donde habitaba el hombre des-enajenado y su sociedad des-fragmentada.

Es imposible no reconocer aquí huellas de "la gran transformación", donde Karl Polanyi también criticaba la "destrucción cultural" que provocaba necesariamente el capitalismo comercial. Más aún, imposible no reconocer los restos del idealismo alemán, la lucha de aquellos "hombres del este" por recuperar el vigor amenazado de la Kultur frente a la Zivilisation capitalista, desarraigada y cosmopolita.