Cuanto más sabemos sobre aquello que los seres humanos piensan, desean y sienten, y sobre como actúan realmente en el mundo, más difícil es tomarse en serio la teoría social del "género", es decir, esa fantástica ideología según la cual el sexo humano no pasa de ser una "construcción social" (género) muy débilmente relacionado con la "naturaleza humana" y, en consecuencia, casi enteramente maleable desde la ingeniería consciente social, política y judicial.
En su gran obra de síntesis sobre ciencias de la evolución, Steven Pinker alertaba sobre el peligro de que el feminismo de la igualdad fuera secuestrado por una versión mucho más "alocada", ficcional y extremista: el feminismo de la diferencia o teoría social del género que despreciaba la tradición liberal clásica para abrazar un híbrido paradigmático que tomaba del posmodernismo la idea de que la realidad es una especie de simulacro, y del marxismo, con su lucha de clases, la idea de que existe un punto de vista emancipatorio capaz de resolver el drama de la historia si somos capaces de encontrar la ubicación revolucionariamente correcta. Ambas formas teóricas protegen a la teoría de cualquier ataque procedente de la realidad. El mismo Pinker recordaba que hasta el 70% de las mujeres norteamericanas ni tan siquiera se consideraban "feministas"…
El CSIC acaba de presentar un estudio titulado Fecundidad y valores en la España del Siglo XXI, dirigido por la demógrafa Margarita Delgado, que puede servir para ilustrar esta desconexión entre las ideologías de ficción y los valores no tan maleables de la realidad. Todos los titulares de prensa destacan, en primer lugar, que hasta el 58% de las mujeres españolas consideran que los hijos representan un "obstáculo" para desarrollar la vida laboral. El estudio también documenta que existe una tendencia acusada a retrasar la edad para contraer matrimonio, hasta los 31 años en el caso de las mujeres con estudios superiores. Pero sin duda el dato más asombroso, al menos para los que participen de las ilusiones del feminismo ficticio, es que hasta el 25% de las nuevas casadas deciden abandonar su trabajo para convertirse en amas de casa, lo que supone tres puntos porcentuales más que entre las mujeres de los años sesenta, ¡en pleno franquismo falocrático! Para encontrar un porcentaje similar, habría que regresar al promedio habitual entre nuestras abuelas. La constatación de que las mujeres reales se parecen bastante poco al modelo proyectado por el feminismo de ficción es tan llamativa que hasta El País comenta cómo esta encuesta desmonta "el mito de que la mujer alcanza la plenitud a través del trabajo".
Dada la resistencia de las ideologías a hacerse cargo de la realidad, y más cuando hablamos de ideas institucionales tan difundidas, no es probable que estudios como éste sirvan por sí solos para cuestionar la hiperlegitimidad del "feminismo de ficción". Por el contrario, siempre es posible introducir hipótesis auxiliares para salvar la integridad de la teoría. En este caso, la percepción de las mujeres en la encuesta sin duda se intepretará como un efecto secundario de la desigualdad política entre los "géneros" -una consecuencia indeseable, pero transitoria y subsanable una vez que se desarrolle la ley sobre la igualdad recientemente aprobada por el Parlamento español. Que seis de cada de diez mujeres consideren los hijos un obstáculo en su vida laboral responde a un tipo de pregunta que supone la prevalencia de la vida profesional sobre la vida moral y familiar. ¿Por qué no preguntarse de qué modo afecta la vida laboral a la vida familiar de las mujeres? Al fín y al cabo, estos resultados "secundarios" de la encuesta muestran que muchas mujeres prefieren de hecho la "tranquilidad doméstica", por utilizar el título de F. Carolyn Ganglia. Del mismo modo en que el promedio femenino elige estudiar menos ingenierías que el promedio masculino, ¿por qué no suponer que las mujeres también escogen la vida familiar, llana y simplemente porque la prefieren a la laboral?
Por cierto, que estos resultados deberían obligarnos a ser muy prudentes con las pronósticos de Helen Fisher, que veía en la Nueva Economía una oportunidad para que la mujer terminara por ocupar un puesto en la vida laboral incluso más importante que el tradicional masculino. En realidad, la "Nueva economía" podría terminar provocando el efecto contrario, como documenta éste caso español -al fín y al cabo, un país del primer mundo.
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En paralelo, leíamos un artículo del enmascarado del Asian Times, Spengler:
Across ages and cultures, women universally are said to be more libidinous than men. I can find no report to the contrary. Women get most of the pain in the propagation of the species, so they should get most of the pleasure. With the plunging birth rate in the industrial world, one suspects that something has changed in this equation.
A case in point is Joan Sewell’s book I’d Rather Eat Chocolate, a middle-aged woman’s account of sexual ennui. It is customary to find salacious material on the best-seller lists, but this to my knowledge is the first time that the absence of desire has attracted mass attention. Think of it as a companion volume to Sex in the City. American women are purchasing Sewell’s volume, perhaps to leave as a hint on their husband’s pillow.
¿Alguien puede dudar a estas alturas de que feminismo de ficción, sociedad industrial, caída demográfica y asexualidad son fenómenos íntimamente relacionados?

