La estética romántica de Ayn Rand
Este dios, esta sola palabra: "Yo".
- ¡Vivir!, Ayn Rand
A través de los siglos hubo hombres que dieron los primeros pasos por nuevos caminos apoyados solamente en su visión. Los grandes creadores, los pensadores, los artistas, los científicos, los inventores lucharon contra sus contemporáneos. Se oponían a todos los nuevos pensamientos, todos los nuevos inventos eran denunciados y recusados pero los hombres con visión de futuro salieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron por ello, pero vencieron.
- El manantial (King Vidor, 1949)
A The fountainhead (El manantial), la novela que la misma Ayn Rand adaptó para el cine, y que dirigió King Vidor en 1949, puede considerársela uno de los documentos canónicos del objetivismo. La película se encuentra entre los escasos textos cinematográficos, junto con We the living, y la futura Attlas Shrugs, que representan esa vigorosa combinación de "egoísmo racional" naturalista y laissez faire que fundamenta la "filosofía para vivir en la tierra" de Rand.
Concebida en el apogeo histórico del colectivismo fascista y comunista, entonces predominante entre los gobiernos, la opinión pública y las academias, el tema principal de El manantial es la revuelta del individuo contra la colectividad. Aunque Rand describe el conflicto en varios niveles; (propiedad pública frente a propiedad privada; intelectuales independientes frente a opinión pública &c), el tema específicamente estético posee una gran revelancia ética en el conjunto armónico de la obra.
Howard Roark (Gary Cooper), un trasunto ficticio de Frank Lloyd Wright, es un arquitecto-artista insobornable al que Rand pinta con todos los caracteres del genio. La singularidad heroica de su "supremo egoísmo" se enfrenta a los arquitectos-funcionarios (encarnados por Peter Keating -Kent Smith) del mainstream, meros siervos del sistema que sacrifican su individualidad en el altar de las exigencias sociales. Rand lleva incluso a una versión más extrema el tema clásico del héroe; si el genio romántico era una individualidad histórica sólo en el sentido en que era capaz de interpretar con mayor clarividencia el "espíritu de la época", el artista randiano concibe la creación como una actividad estrictamente individual donde la historia y las tradiciones son meros cuadros en blanco o bien lienzos sucios que deben ser limpiados por sublimes héroes.
Hay que reconocer que semejante "heroísmo" estético, asistido en la película por el énfasis melodramático de Vidor, alcanza en el texto de Rand cotas involuntariamente humorísticas, como cuando el "arquitecto-artista" se escandaliza gravemente porque los burócratas hayan conseguido emplazar una serie de balcones en el duro diseño original -una serie de perversas modificaciones que terminarán provocando la voladura final de las obras, por parte de Roark.
La aportación de Rand, por lo que se refiere a las ideas estéticas, consiste en haber logrado formar esta interpretación de la estética romántica del genio según las categorías del capitalismo económico "sin trabas". Un esquema heroico que, en lo esencial, se basa en la antagonía del Individuo y la Sociedad. El objetivismo individualista de Rand aparece como casi la exacta inversión del colectivismo y su "selección de grupo": sólo el individuo racional es capaz de planear, pensar y actuar creativamente; el verdadero proceso creativo (un símbolo del trabajo capitalista) es en sí mismo una forma de praxis revolucionaria dirigido contra las "reglas del arte". Roark es una especie de artista-tirano nietzschano que, a diferencia de la dependencia wagneriana de la generosidad de Luis II, no pretende sostener su obra en la búsqueda de rentas reales, sino en la ética capitalista de la libertad basada en la voluntariedad de los contratos.
Como sintetiza la escena final en que Dominique Francon (Patricia Neal) sube al encuentro de Roark, The fountainhead continúa siendo hoy un símbolo ficticio de aquel liberalismo progresista, heroico y ascensional, joven y emocionante, pero lastrado precisamente por su esquematismo romántico contrario al sentido histórico e inevitablemente limitado de la libertad.
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Por cierto, como ocasional transeúnte bilbaíno, espero que el "arquitecto-artista" Santiago Calatrava no se tome demasiado en serio la ética randiana y decida no volar por los aires su puente sobre la ría.

