Una de las asunciones más comunes del liberalismo "naïf" es esa extraña idea de que los estados nacionales se están retirado, o deben hacerlo a la mayor brevedad, ante las fuerzas irresistibles del mercado, la globalización y el capitalismo financiero. Sin embargo el activismo liberal favorable a la lamocracia tibetana, frente a China, se nos aparece como un perfecto contraejemplo de la opinión convencional. ¿Desde qué principios "liberales" puede defenderse a una infame teocracia como la tibetana? O bien los "liberales" han decidido hacer una extraña excepción en el caso de esta región autónoma china, pretendiendo que lo mejor para los tibetanos es que permanezcan en una especie de medioevo teocrático, o bien (lo que parece mucho más plausible) es que se han dejado contagiar por la propaganda lamaísta y el eco que encuentra gracias al interés geopolítico de los Estados Unidos u otras potencias rivales del "imperio del centro".
Desde 1959, lo que llaman el "gobierno del Tíbet", con el monarca Tenzin Gyatso a la cabeza, se encuentra exiliado en Dharamsala, al norte de la India. Precisamente hace poco nos desayunábamos con la noticia de que el que llaman "Dalai Lama", una especie de canalla sonriente con "kasaya", protestaba desde su lujoso exilio por la decisión del gobierno chino para que la infraestructura de los ferrocarriles alcance por fín a la región autónoma, llegando concretamente hasta la zona de Shigatse, la segunda ciudad "sagrada" del Tibet.
Pese a todas las idealizaciones románticas y supuestamente "pacifistas", lo cierto es que antes de la llegada de los chinos (sí, y encima comunistas) los carros tibetanos no rodaban por los suelos de la región, porque pesaba una prohibición sobre la divinidad del círculo o "mandala"; la población de monjes superaba a la mitad de la población en la capital y otras "ciudades sagradas", lastrando toda la economía productiva del país, y el irracionalismo budista llegaba tan lejos como para imponer otro tabú mortal sobre la carne. Afortunadamente, los tibetanos no secundaban este tabú y la carne del Yak permitió que la economía alimentaria del Tibet no alcanzara el grado de la inanición.
Pese a la evidente mejora en las condiciones de existencia de los tibetanos, después de la liberación china, a los frívolos apologistas del lamaísmo les preocupa mucho más el supuesto deterioro de la ecología tibetana y sus objetos sagrados. La horrible visión de un Tíbet lentamente arrancado de la oscuridad teocrática debe provocar el escándalo de Reina Loo, Penélope Cruz o Richard Gere, pero dudamos que sea tan terrible para los propios tibetanos a los que se les abren oportunidades desconocidas durante siglos, y que quizás merezcan tener la ocasión de dedicarse a cosas distintas que recitar mantras o dibujar mandalas en la arena. En Wikipedia, un autor anónimo escribe que "Desde la década de 1980 ha habido una explotación a gran escala del entorno natural tibetano, con técnicas de caza y pesca que pueden conducir a la extinción de varias especies." También se lamenta de la destrucción de los bosques y de la "biodiversidad de la meseta tibetana". Aunque no se ofrece ninguna prueba concluyente, los lamentos ecologistas contra la sociedad abierta y nostálgicos del buen salvaje suenan a la insoportable ligereza de aquel falsificado jefe indio de Seattle. ¡A quién le importa la prosperidad de los chinotibetanos, cuando lo que está en juego es la "biodiversidad de la meseta tibetana"!
La "libertad" de los tibetanos pasa porque alguna autoridad liberal con los tibetanos mantenga lo más lejos posible a la caterva de panchen lama, dalai lama así como a los demás estetas, gurús y hippys extrafalarios que, desde occidente, aún hoy desean mantener el Tíbet en la edad oscura. Su verdadera libertad pasa por el desarrollo de las comunicaciones con sus vecinos naturales, los chinos, con el levantamiento de las restricciones al comercio y la atenuación o supresión definitiva de los tabúes religiosos.
Por fortuna, parece que el infame sonriente tiene escasas posibilidades de restaurar su monarquía teocrática y regresar a Tibet, si no renuncia antes a sus aspiraciones secesionistas.


Hola.
Como decía alguien de cuyo nombre no quiero acordarme, las ideas que se tejen en las ideologías son como las latas de coca-cola: vienen en packs. Y si uno es liberal, pues tiene, cómo no, por reacción, que apoyar a E.E.U.U., como primer analogado de democracia liberal; pero sin darse cuenta de que al tiempo es un Imperio, y de que para mantener tal condición no para en barras si ha de apoyar a teócratas de todo pelo y jaez. Todo ello vestido, eso sí, de un sublime progresismo, de pacifismo de frases hechas a la medida del consumidor. Lo que demuestra que progresismo e izquierda no son biyectables sin más.
En fin, que tienes mucha razón.
Comment by Ángel — March 15, 2007 @ 5:40 pm
Sí, esa es la clave, pero aún así no se ve por qué, no ya un liberal, sino simplemente una pesona bien educada en España, tenga que ver con simpatía algo tan horrendo como el lamaísmo. Aunque si la gente se ha convencido de que Gandhi era un buen tipo, a pesar de los millones de muertos que provocó…pues se puede esperar prácticamente cualquier cosa.
En general el prestigio de los líderes religiosos, debido a su desproporcionada posición de poder, es algo bastante turbador, incluyendo por supuesto a los monarcas romanos. Pero lo del Lama es aún más escandaloso; al fín y al cabo huyó como un cobarde antes de que llegaran los chinos.
Es todo tan absurdo, que da asco…
Comment by Eduardo — March 15, 2007 @ 8:41 pm
Están también las consideraciones referentes a la realpolitik. Si EEUU quiere colaboración o, al menos, que no le pongan la zancadilla en sus verdaderos problemas, Irán, Iraq, etc, tal vez sea prudente no inmiscuirse en las áreas de influencia de China y Rusia (Cáucaso, Ucrania, Bielorrusia…). Máxime cuando la situación en el Tíbet tampoco parece desesperada -pensemos en Chechenia, sin ir más lejos- y, sobre todo, los beneficios de la independencia bajo el lamaísmo -y, si no, ¿qué?- se antojan discutibles. Esto lo viene repitiendo Spengler, junto con una consideración implacable, tan de su estilo: ¿por qué empantanarse prestando ayuda a naciones en las que ni siquiera ellas mismas creen? Si Ucrania tiene las cifras demográficas más bajas y las tasas de emigración más altas del mundo, ¿vale la pena chinchar a Rusia por ella? Seguramente un Tíbet independiente entraría en esta categoría.
Comment by Chema — March 16, 2007 @ 1:14 am
Quizás también podría ser un tema de imagen, un poco a la manera de las camisetas del Barça pintadas con Unicef. O quizás estas iniciativas “liberales” han perdido asiento geopolítico genuino y ahora continúan por una especie de inercia, entre gentes a las que les sigue pareciendo de “buena nota” apoyar al Dalai Lama frente a los malvados comunistas, centralistas y estatistas chinos, que para colmo consienten la pena capital. El post podría haberse titulado “Los extraños amigos del Dalai Lama”, dada la heterogenidad de ideologías que es capaz de reunir.
En la política exterior useña ha habido siempre una mezcla inestable de realismo e idealismo. Del apoyo -a menudo sólo moral- a las luchas nacionalistas de Grecia del siglo XIX, al programa wilsoniano favorable a la autodeterminación del siglo pasado, pasando incluso por la ideología “democratizadora” de oriente medio promovida últimamente por Bush y los “neocon”. Como es normal, el moralismo político demasiado a menudo termina por estrellarse en los imperativos de la realpolitik.
O simplemente se trata de una mezcla de todo, añadiendo mucha frivolidad y la típica atracción estrafalaria de los occidentales por oriente (al fín y al cabo el Tíbet mágico fué una invención literaria de Lobsang Rampa).
Comment by Eduardo — March 16, 2007 @ 1:31 am
Bueno, a ver si los chinos amortizan todas las lamaserías, se acaba el oscurantismo y salen a la luz todas las reliquias de yeti que tienen guardadas.
Comment by Chema — March 16, 2007 @ 1:42 am
Como ya has comentado, el apoyo al tibetanismo puede justificarse por oposición al imperialismo sinocomunista. No obstante, no debieras de ofuscarte y buscar respuestas dentro de un cuadro lógico de razonamiento dentro de categorias de uso corriente. Habiendo como hay autores “liberales” reiteradamente citados y seguidos que consideran el paso de las monarquías absolutas a la democracia una involución -pues la primera es “ética y económicamente más ventajosas” la defensa del tibetanismo cobra sentido por otros derroteros, pues quien dice monarquía, dice monarquía teocrática, como la tibetana… o como la Santa Sede. Así se explicaría el número sorprendentemente elvado de píos “liberales” austriacos.
Un saludo
Comment by Andrés H. — March 16, 2007 @ 1:51 am
Ah!, me olvidaba del enlace
Comment by Andrés H. — March 16, 2007 @ 1:52 am
Ya, pero incluso desde los presupuestos del liberalismo nostálgico del antiguo régimen, de Hoppe, que considera la “democracia” (o más bien el republicanismo, en general) un proceso de decivilización, no se ve muy bien cómo coordinar el lamaísmo y la libertad. El marco monárquico del antigüo régimen europeo, y específicamente el imperio austro-húngaro, permitía el movimiento de capitales y personas; mientras que el régimen lamaísta se fundamenta en el estancamiento. No todas las monarquías son teocracias, y no todas las monarquías son antiliberales -de hecho nuestro liberalismo de 1812 no fundaba una república a la francesa. No es casualidad que el Dalai Lama haya criticado la iniciativa china en un tema como la comunicación (la construcción de una vía férrea) que se contempla como una mera excusa para el expansionismo chino demográfico y cultural-como si los mismos tibetanos no se beneficiaran de la mejora en las comunicaciones. La cuestión es desde qué parámetros se podría considerar el sinocomunismo un proceso de “decivilización” con respecto al tibetanismo; a mí no se me ocurre ninguna buena razón. Así que lo único que queda es la dialéctica de imperios, y la frivolidad occidental.
Comment by Eduardo — March 16, 2007 @ 2:08 am
“¿Desde qué principios “liberales” puede defenderse a una infame teocracia como la tibetana?”.
La emotividad pública no necesita principios, ni liberales ni de ningún otro tipo, sino objetivos difusos que le permitan desahogar su autocomplacencia. La emotividad pública sólo ama aquello que puede compadecer (desde la distancia, obviamente).
Magnífico texto.
Comment by Gregorio Luri — March 16, 2007 @ 8:02 pm
Al margen de citas y documentación -cuya necesidad es indiscutible- sostengo que el modo más fructífero de comprender ésta y otrás situaciones sociales de los tiempos que corren es desde la idea de que la lucha que se está entablando en la práctica y en la teoría (e ideología) es entre facciones burocráticas (no todas modernas, como se denota el texto y los comentarios.) La existencia de estas luchas y de ese signo significativo de los auténticos contendientes (camarillas o grupos de burócratas organizados piramidalmente) explica la base fundamental de los acuerdos posibles (todos y al margen de las ideologías) y de los enfrentamientos (cualesquiera en tanto hayan puesto la vista en el mismo objetivo, sea territorial, sea de predominio, cultural, etc.) Explicaría también que las ideologías se esgrimen con un rol muy distinto de la identidad conceptual, y que están cada vez más al servicio de la mera diferenciación táctica: distinguirse a la distancia para referencia de las masas, con colores cada vez más simples y llamativos bajo los cuales los contenidos pueden cambiar en función de las necesidades tácticas. Etc. (se puede abundar en detalles, pero el modelo se repite tanto que es sencillo probar aplicarlo sobre el mapa del mundo y constatar su utilidad para orientar y acotar los analisis.) Ahí lo dejo…
Comment by Carlos Suchowolski — March 17, 2007 @ 11:38 am