I

En síntesis, la Visión Convencional del pensamiento liberal establecía que la economía humana se encontraba dominada por un ethos casi heroico en el que los empresarios venían a jugar el papel de nuevos "héroes de la libertad", los consumidores eran completos soberanos, y el sujeto económico se comprendía como un agente racional, maximizador del beneficio, y actuando según criterios básicamente autocentrados ("No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena…" &c).

Una vez vencido el siglo XIX, y como reacción ante la hiperlegitimidad doblemente pública y académica de las teorías socialistas y colectivistas, las escuelas liberales proclamaron la victoria moral de los mercados sobre la planificación estatal centralizada, pronosticaron el final histórico del socialismo, y anunciaron a la Academia la superioridad metodológica del enfoque microeconómico sobre el enfoque macroeconómico –si bien neoclásicos y austríacos diferían en el importante papel de las matemáticas financieras.

Mientras que la crítica de la planificación central ha obtenido un consenso muy amplio entre los economistas desde entonces, en cambio las asunciones radicalmente microeconómicas sobre la función de las organizaciones, tanto entre los neoclásicos como entre los austríacos, y sus secuelas libertarias, son severamente discutidas y discutibles.

II

La teoría neoclásica apenas se había ocupado de la cuestión de las firmas y las organizaciones, que eran contempladas desde lejos como misteriosas "black boxes", prácticamente inaccesibles al análisis económico.

Este enfoque neocolásico descansaba en una serie de asunciones sobre el comportamiento que imaginaba a los hombres como agentes motivados por el autointerés –en la tradición liberal este "egoísmo racional", por cierto, será especialmente enfatizado por Ayn Rand y sus discípulos, frente a la mucho más moderada posición de Adam Smith, que había incluído a la simpatía entre los impulsos morales originarios del ser humano.

El análisis económico de las instituciones y la teoría de las organizaciones sólo comienza con Ronald Coase (Theory of the firm, 1937), que fundamenta una distinción entre Mercados y Jerarquías, y argumenta que ciertas decisiones sobre la asignación de recursos tienen lugar en el marco de organizaciones jerárquicas, debido a la necesidad de economizar los "costes de transacción". Williamson desarrollará, sobre este mismo marco teórico de Coase, una nueva visión de la economía de las organizaciones basada en la "racionalidad limitada" (Bounded Rationality) de los agentes económicos. La limitación en el conocimiento y la gestión humana de la información explicaban por qué las organizaciones jerarquizadas podían obtener ventajas comparativas frente al mercado. Principalmente, era el contrato libre y la sujeción a la autoridad lo que permitía una mayor flexibilidad de ajustes en un marco de incertidumbre sobre los desconocidos estados futuros del mundo.

Pese a que, al fín y al cabo, las instituciones poseen un origen y constitución eminentemente sociohistórico, la teoría inicial de las organizaciones comenzó importando el mismo conjunto de asunciones conductuales sobre el homo economicus propias de la Visión Convencional. El trabajo de Douglass C. North, y de los "neoinstitucionalistas", también incorporará la metodología individualista, pero su insistencia en interpretar el cambio económico a partir del análisis histórico del cambio insititucional, abrirá nuevas perspectivas. En resumen, las organizaciones seguían comprendiéndose como colecciones de individuos que desarrollaban conductas cooperativas y autointeresadas. Un enfoque que venía a servir como el balance opuesto a la teoría sociológica anterior, con su tendencia a entender las organizaciones como organismos en los cuales los planes individuales (proléptica subjetiva) sólo alcanzaban algún grado de existencia en función de sus servicios prestados a los planes colectivos (proléptica institucional). 

Aunque el concepto de jerarquía de Coase implicaba la idea de una unidad de propósito en las firmas, desarrollada por medio de la relación de autoridad, Alchian y Demsetz concibieron la participación de los individuos en las firmas como algo no sustancialmente diferente a la participación de estos en las relaciones de mercado: "Las firmas jerárquicas podían ser comprendidas como un nexo contractual en el cual los individuos aceptaban voluntariamente la autoridad jeráquica". En suma, los mismos presupuestos cognitivo-conductuales sobre las estrategias de optimización racional que caracterizaban el comporamiento de los individuos "heroicos" de la Visión Convencional, funcionaban también ahora en la cooperación dentro de instituciones.

Harvey Leibenstein sintetizó este punto de vista: "Las personas, no las familias, pueden tener objetivos. De la misma manera, los individuos, y no las empresas, pueden tener objetivos. O, por decirlo a la manera de THE: "La génesis de la institución es el plan individual".

La tensión entre el doble principio de competir y colaborar permitió a Jensen y Mecling desarrollar el concepto de "costes de agencia" (agency costs) como un intento de lograr un equilibro de la asimetría de la información entre agentes que eventualmente puede provocar conflictos dentro de la firma, enfrentando a jefes y subordinados, managers y accionistas, etcétera. Este enfoque, como es sabido, se amplió a la teoría de la decisión pública a través del trabajo de Buchanan y Tollison. En esencia, se seguía sintiendo la influencia de la Visión Convencional: los servidores públicos no diferían de otros agentes económicos en el modo como intentaban maximizar su autointerés. Las organizaciones (tanto públicas como privadas) eran comprendidas como agregaciones de individuos que cooperaban socialmente por razón de su interés o "egoísmo racional", para decirlo al modo de Ayn Rand.

Aunque no habría que subestimar el mérito de criticar el organicismo ingenuo o las ilusiones del colectivismo, la proyección de los mismos principios de la Visión Convencional en la política pública terminó subestimando o despreciando casi por completo conceptos básicos como la identidad de grupo, la socialización, el liderazgo, etcétera.

Estos conceptos básicos sólo podrán ser recuperados con una nueva teoría de las organizaciones que asigne un lugar metodológico propio a las corporaciones y lo que aquí hemos llamado "proléptica institucional", sin perjuicio de que no dispongamos de algo así como una ciencia universal de las corporaciones, sino tan sólo un conjunto de saberes históricos de gran sensibilidad al contexto.

Una de las razones más importantes para comprender por qué no existe ningún modo de establecer una única forma óptima de organización económica, según Francis Fukuyama, tiene que ver con la ambigüedad de los fines. Es decir, el hecho de que no podemos conocer de antemano, con cierta exactitud, cuál es el contenido del Finis Operis organizacional. Pero esta razón supone un severo cuestionamiento de la Visión Convencional, según la cual los sujetos económicos (es decir, los individuos) son actores racionales que conocen limpiamente cuál es su propio "auto-interés", y que, en consecuencia, pueden delegar cierta autoridad a otros agentes así como colaborar con otros, para perseguir la felicidad de sus intereses. Empezando por los trabajos centrados en la "satisfactoriedad" (satisficing) de Herbert Simon, una serie de estudios han venido cuetionando el modelo racionalista neoclásico:

Mi objetivo principal es entender la racionalidad humana. Contrariado por la inaplicabilidad de la teoría clásica de la optimización a las realidades de la decisión pública, me orienté hacia una teoría de la decisión basada en la tesis de que la racionalidad humana está acotada (bounded rationality), según la cual debido a limitaciones en sus conocimientos y capacidad de procesamiento de la información, el ser humano busca niveles de conformidad en vez de maximizar.

Según la nueva teoría organizacional, los fines nunca existen de un modo nítido a priori, sino que emergen como el resultado de las interacciones entre diferentes jugadores de organizaciones. Esto es comprensible tanto en las corporaciones públicas, que difícilmente pueden reducirse a criterios de cálculo económico tradicional (como ha documentado Scott Atran), como incluso en muchas corporaciones privadas que desarrollan numerosos mecanismos de resistencia a la "entropía" de los mercados, y que a menudo escogen estrategias que favorezcan la consistencia de su organización con preferencia a la maximización pura del beneficio.

Simultánemante al aprendizaje de los individuos, las organizaciones son capaces de aprender de un modo diferente a la suma agregada de los programas de aprendizaje individuales. Y ello debido a que la mayoría de las organizaciones no actúan sobre una "tabla rasa" racional, sino que poseen su propios mitos, historia y tradiciones que ayudan a moldear las percepciones individuales. Esto es a lo que me refería, - por cierto,  en el artículo anterior, cuando especificaba que los planes individuales a menudo son inteligibles desde los planes y programas institucionales.

La evolución en la teoría económica de las organizaciones ha ayudado a comprender más profundamente la distinción ya señalada por Coase entre Firmas y Mercado, y el modo cualitativamente distinto de interacción entre individuos que ambas formas implicaban. Las organizaciones poseen planes y programas específicos, incalculables desde la microeconomía de la proléptica subjetiva, y a menudo los valores neoclásicos del sujeto económico como agente de su propio auto-interés no están presentes del mismo modo en las organizaciones que en las relaciones de mercado. Si la racionalidad económica (entendida al modo neoclásico) está limitada en el ámbito de mercado, esta tendencia es aún más fuerte dentro de las organizaciones. La cuestión es que el mercado difícilmente puede marcar la identidad de los individuos del modo en que lo hacen las organizaciones. Francis Fukuyama:

La razón por la que el estudio de la administración o la gestión pública no puede ser formalizado al modo de la teoría microeconómica no tiene que ver con la falta de rigor analítico, sino con razones inherentes al sujeto de estudio. Las organizaciones están impregnadas por normas y otras fuentes a-racionales de comportamiento, que poseen importantes consecuencias conductuales. La razón por la que la racionalidad se encuentra limitada dentro de un contexto organizacional tiene que ver con que los miembros de las organizaciones perciben el mundo y calculan los resultados de futuro a través de un filtro social establecido por sus compañeros de trabajo.

III

La nueva teoría de las organizaciones, desde un paradigma institucionalista y de racionalidad limitada, tan respaldado por el premio Nobel a Smith y Kahneman de 2002, debería servir como base para un nuevo liberalismo mucho más consciente con la universal necesidad humana de copertenencia, los sentimientos de lealtad, orgullo profesional e incluso de identidad nacional. ¿Cómo explicar, por ejemplo, el significado profundo de una manifestación en Madrid que reune a cientos de miles de individuos en sus calles? Las distintas prolépticas individuales sólo se nos aparecen como consistentes y significativas, a mi juicio, desde los planes y programas que tienen que ver con eso que llamamos Nación Española, aún cuando su Finis Operis no tenga por qué estar demasiado escrupulosamente especificado.

La verdadera individualidad no emerge del "egoísmo racional", de la razón maximizadora o del cálculo hedonístico, sino de los vínculos mutualistas que los individuos establecen consigo mismos y con las organizaciones, tanto públicas como privadas. Además, ni la economía de los individuos, ni la economía de las instituciones puede explicarse enteramente desde presupuestos "presentistas", sin dejar de valorar la influencia decisiva que sobre el presente económico tiene el pasado –y las previsiones sobre el porvenir. Sin embargo, estos hechos o bien han sido ignorados, o bien no han sido adecuadamente integrados en la teoría económica, al menos en la versión de la Visión Convencional.

Ni la historia ni la antropología humana apoyan una visión de la sociedad que haya convertido al Mercado en el centro absoluto de sus interacciones. "Junto a los bienes, servicios y personas que se intercambian", escribía Marcel Mauss, "se encuentra todo lo que no se dona y no se vende, y que es igualmente objeto de instituciones y de prácticas específicas que constituyen un componente irreductible de la sociedad como totalidad". Semejante conjunto de bienes y símbolos que no se alienan constituye el dominio de lo sagrado, de lo específicamente social humano. Según Alan Page Fiske, la reciprocidad, la autoridad, el reparto comunitario y el precio de mercado son relaciones universales. ¿Alguien se imagina una verdadera ciudad sin espacios comunes? ¿Sin mercado o benevolencia? Ninguna sociedad de personas podría sobrevivir a su propia inhumanidad mucho tiempo si llegara a neutralizar o menospreciar sólo una de estas formas de relación.