Al autor de Contra la esclavitud del siglo XXI lo conocíamos ya por su defensa de lo indefendible (incluyendo el comercio de armas o la prostitución sin restricciones) o por su recomendación a los liberales de todos los partidos para que colaborasen con la causa israelí…enviando pizzas a sus soldados…
Contra la esclavitud…forma parte de una sección mal llamada "Los límites del estado" en la página del Instituto Juán de Mariana. A decir verdad, para los fundamentalistas de la "libertad individual" no hay ningún límite para el estado exceptuando aquel que provoca su extinción última. El estado, cualquiera sea su fuerza y alcance, resulta ser idéntico ¡a la esclavitud!:
Ahora estamos en el siglo XXI y la esclavitud aún existe. Esclavitud es la posesión de un ser humano en manos de otra contra la voluntad del primero. Es la explotación del trabajo de una persona contra su voluntad y eso implica el robo también de su propiedad privada, esto es, de su producción. El esclavo no tiene opciones, sólo ha de trabajar para su amo, de no ser así, el amo tiene la capacidad de aplicar la fuerza, la violencia física contra el esclavo pudiéndolo incluso matar. El que trabaja de forma voluntaria jamás puede ser un esclavo, por más mal pagado o explotado que se considere. En el momento que podemos abandonar de forma libre y sin represalias nuestro trabajo, somos hombres libres no esclavos.
Para intentar comprender la oscuridad y confusión de esta definición proporcionada por Valín, y los Non Sequitur que le siguen, deberíamos comenzar por intentar distinguir entre conceptos "flotantes" y conceptos "positivos" de la esclavitud. Los conceptos positivos tienen que ver ante todo con las determinaciones jurídicas concretas del concepto de "esclavitud". Cruzándose con estos términos positivos, se abren paso fórmulas mucho más vagas, inestables, "flotantes", metafóricas o incluso poéticas, pero no necesariamente filosóficas, de la esclavitud.
La esclavitud positiva se define por aquellos contratos en los que unos seres humanos son propiedad de otros seres humanos, según el derecho romano. Es el individuo como sujeto moral el que pertence al señor, que posee completa jurisdicción no sólo sobre sus bienes o los frutos de su trabajo, sino sobre su entera voluntad y personalidad moral.
En Roma se distinguía el esclavo no sólo del hombre libre, propietario, sino del cliente, aunque en la práctica la esclavitud era frecuentemente una evolución agonística del clientelazgo. La consideración jurídica de la esclavitud no impedía, no obstante, el desarrollo de un cierto "humanismo" esclavista; como explicaba Antonio Escohotado:
Se les consideraba "herramientas vivas" salvaguardadas por el interés del dueño, ya que sólo un insensato trataría mal a sus aperos. Eran parte de la familia en sentido amplio y no faltaban esclavos que conseguían comprar su libertad, e incluso tan bien avenidos con los amos que llegaron a ser prósperos sin necesidad de emanciparse. El genio científico y artístico de Grecia implicaba un grado superior de humanismo, manifiesto en una actitud más compasiva de lo habitual hacia el siervo.
A mi parecer, la principal objeción que cabría dirigir contra el criterio "flotante" que utilizan los anarcocapitalistas, es que su concepto de "esclavitud" apenas tiene en cuenta la tradición histórica y los distintos despliegues positivos de esclavitud. Dicho rápidamente, es difícil imaginar que los hombres del siglo V o del siglo XIX hubieran considerado "esclavista" a la relación entre el estado y los ciudadanos; unas relaciones que, lo mismo entonces que hoy, no pueden dejar de incluir cierta coerción violenta contra los infractores de la ley común.
Bastaría, para señalar este carácter vago y flotante, con recordar que la "guerra contra la esclavitud" del siglo XIX poco tenía que ver con esa guerra imaginaria librada por el "capitalismo". Por el contrario, la guerra real enfrentó a estados reales, como los estados americanos del Norte y del Sur, de 1860 a 1865.
Otro comentarista del artículo, Antistipo, consideraba que recurrir a un ejemplo histórico como el de la Guerra Civil norteamericana es "poco acertado", porque la progresión geométrica de los recursos económicos mundiales nos sitúa, al parecer, en una situación radicalmente nueva. No puedo evitar recordar aquí el historicismo marxista, que contemplaba un horizonte próximo donde la "liberación de las fuerzas productivas" nos permitiera ingresar en el "reino de la libertad" y pasar de la Prehistoria a la verdadera Historia del hombre. La diferencia principal es que esta labor no la habría desempeñado el socialismo, en este sueño libertario, sino el mismo capitalismo "burgués" sin trabas.
Pero lo cierto es que el propio Valín había recurrido a la historia, a la que había convertido en un escenario moral de la lucha "capitalista" contra la esclavitud y el estado:
Es la obligación de cualquier hombre libre luchar contra la esclavitud, no importa que fuese en el siglo XVIII o en el XXI.
Luchar, sí, pero ¿en qué bando? Hagamos algo de historia.
Después del conflicto contra Inglaterra de 1812 (según narra Robert Kagan) las políticas hamiltonianas recibieron un nuevo impulso con la presidencia de James Monroe, antiguo oponenete del federalismo. Entonces comenzó a hablarse de un "nacionalismo progresista" compatible con los principios del Big Government. John Quincy Adams llegó a afirmar que el "deber" del gobierno no era solo construir canales y caminos, sino promover el "crecimiento moral, político e intelectual de la sociedad". El fín del gobierno era conseguir la "mejor progresiva de la condición de los gobernados".
Tras un periodo de estancamiento, los EE UU inician una nueva fase de expansionismo a partir de 1840. Comienza a hablarse entonces de un "Destino Manifiesto" que prometía extender los principios del republicanismo y del gobierno liberal a todo el continente americano. Pero, el principal inconveniente para alcanzar el ideal de una república auténticamente liberal continuaba siendo la "sociedad de propietarios" de esclavos en el sur. Este "despotismo racial" que en la práctica soportaba la Constitución, contrastaba con el compromiso del derecho natural en la Declaración de Independencia.
Y, en efecto, no fueron los "propietarios" antifederalistas del sur, sino los liberales realistas del capitalismo del norte, liderados por Abraham Lincoln (claro está que se trata de otro burdo "intervencionista"), quienes sostuvieron la lucha moral y política contra el esclavismo, invocando la "libertad positiva del liberalismo reformado, ejercido a través del poder del ejército y del estado".
Desde la antigüedad, la esclavitud ha sido un problema político. Por mencionar sólo algunos jalones, en 1588, un daimyō de la Era Sengoku que unificó Japón, ordena la abolición de la esclavitud, cuya prohibición ratificará su sucesor Tokugawa leyasu. El congreso de Chile aprueba la abolición completa de la esclavitud en 1823 El Reino unido decide abolir el comercio de esclavos en 1807, decisión que se extiende a todo el imperio en 1834. La república francesa suprime legalmente la esclavitud en 1794 y posteriormente en 1848. La guerra de secesión americana concluye en 1865 con la enmienda decimotercera a la Constitución Americana. La abolición legal de la esclavitud en la España peninsular llegó en 1837 (su abolición progresiva en las colonias de ultramar culmina en 1873).
Según Karl Popper, aunque el Imperio ateniense aún era esclavista, paradójicamente suponía la única esperanza real para erradicar la esclavitud, frente al despotismo espartano o de los imperios orientales, cuya ideología compartía el partido oligárquico ateniense que contó con las simpatías en distinto grado de Platón, Aristóteles o Tucídides. El imperio comercial de Atenas contrastaba con el "patriotismo" espartano (partidarios del "estado paterno") y pretendía convertirse en un "Imperio Universal del Hombre".
Por supuesto, con esta historia del abolicionismo no quiero decir que toda forma de servidumbre o explotación fuera suprimida, o incluso que las condiciones de existencia reales de los hombres hubiera superado a la de los esclavos. Podemos recordar que los marxistas llamaban "esclavos del salario" a los obreros que se veían conminados a vender su fuerza de trabajo en el mercado capitalista a cambio de "sueldos de hambre".
En cierto modo, el anarcocapitalismo elabora también hoy un concepto flotante de "esclavitud" para proyectarlo en su concepción de la vida económica, no tan alejada de la visión marxista en la que apenas cuentan las decisiones políticas o la tecnología social –en comparación a la fuerza de las leyes históricas del movimiento económico.
Los fundamentalistas de la libertad individual han convertido el estado en una entidad "antisocial e incivilizada". Pero no costaría mucho trabajo probar que, en realidad, es la distopía ancap la que termina por conducir a una nueva forma de salvajismo. De lo contrario, no habría manera de entender la defensa "liberal" del estado salvaje:
En Nueva Zelanda creo, donde indígenas que ni sabían que significaba la palabra "estado", han sido juzgados por crímenes supuestamente cometidos en su poblado. Las leyes del poblado no los consideraban crímenes, pero los políticos de Nueva Zelanda sí.
Me pregunto qué clase de "derecho natural" defienden quienes están dispuestos a considerar ciertas excepciones criminales, con tal de que tengan lugar en un marco de "acuerdos voluntarios" y de resistencia al poder político organizado; es decir, a lo que comunmente hemos llamado "Civilización".
Abraham Lincoln, el salvaje intervencionista

