BilbaoPundit

BrightsMarch 29, 2007 3:23 pm

Con exasperación he considerado las impúdicas acusaciones del Sr. Dawkins, debido a su falta de seriedad académica. Al parecer no ha leído los detallados discursos del Conde Rodrigo de Sevilla sobre las exquisitas botas de cuero del Emperador; tampoco ha concedido un sólo momento de consideración a la obra maestra de Belllini, Sobre la luminiscencia del sombrero emplumado del emperador. Tenemos escuelas enteras dedicadas a escribir tratados sobre la belleza de la indumentaria del emperador, y todos los grandes periódicos dedican una sección a la moda imperial; Dawkins los rechaza a todos despreciativamente. Incluso se ríe ante los populares y persuasivos argumentos de su compatriota, Lord D.T. Mawkscribber, quien señaladamente remarcara que el emperador no llevaba algodon común, ni confortable poliester, sino que debía llevar, y digo debía, ropa interior de la más fina seda.

Dawkins ignora arrogantemente todas estas ponderaciones filosóficas para acusar cruelmente al emperador de desnudez.

Personalmente, sospecho que tal vez el emperador no debería estar completamente vestido -como si no explicar la galbana del equipo palaciego de lavandería. Pero, bien, parece que cada cual se ocupa de sus vestidos, y este colega Dawkins es un advenedizo tan rudo que ni siquiera reconoce la elegancia de mis circunloquios, que, si bien inútiles para tratar sobre la substancia de su acusación, deberían al menos servirme para reprenderle por sus malas maneras.

Hasta que Dawkins se haya entrenado en las tiendas de París y Milan, hasta que haya aprendido a describir la diferencia entre un vestido con vuelo y una minifalda, todos debemos suponer que él no ha hablado en realidad contra el gusto del emperador. Su entrenamiento en biología tal vez le proporcione la habilidad para reconocer unos genitales colgando cuando los ve, pero no le proporciona el gusto para apreciar Tejidos Imaginarios.

Texto original de PZ Myers. Recitado por Richard Dawkins.

 

Brights 3:42 am

De Darwin…

Los instintos sociales, que es indudable fueron adquiridos por el hombre y los animales inferiores para el bien de la comunidad, deberion desde el principio infundir en el hombre algún deseo de ayudar a sus semejantes, algún sentimiento de simpatía y le impelieron a contar con la aprobación o desaprobación de sus semejantes. Impulsos de esta clase, desde un principio debieron servirle de forma grosera para distinguir lo bueno de lo malo. Más a medida que el hombre fue perfeccionando su inteligencia; a medida que fue comprendiendo todas las consecuencias de  sus actos, a medida que adquirió conocimiento suficiente para desechar costumbres funestas y vanas supersticiones; a medida que empezó a mirar más y más, no sólo al bienestar, sí que también la felicidad de los prójimos; a medida que el hábito del ejemplo y de una experiencia beneficiosa, producto de la instrucción, fue desarrollando sus simpatías y extendiéndolas a los individuos de todas razas, al imbécil, al lisiado y a todos los miembros inútiles a la sociedad, y finalmente a los mismos animales inferiores, no hay duda que entonces el nivel de su moralidad fue progresivamente elevándose más y más.

en El origen del hombre, Capítulo IV

¿A quién?…

Ideas de la historia, SocialismoMarch 28, 2007 4:57 pm

La distinción arranca de un comentario de Chema en Freelance corner sobre la vuelta al "núcleo sentimental" compartido por las izquierdas y el fascismo.

A pesar del esfuerzo pedagógico de Freelance para mostrar los vínculos entre fascismo e izquierda política, es fácil predecir que su tentativa no tendrá mucho éxito; al menos en el sentido de conseguir la desconexión "sentimental" entre fascismo y derecha política. Las no tan asombrosas homologias entre fascismo y socialismo han sido subrayadas ya muchas veces, sin que muchos "izquierdistas" se den por enterados: origen socialista de los líderes nazis y del fascio, políticas "intervencionistas" y de nacionalización, cuestionamiento del parlamentarismo "burgués", explotación del descontento generado en Versalles, origen común de la teoría del imperialismo y el antisemitismo, utilización sistemática de la violencia política &c.

El nazi-fascismo fué, según muestran las evidencias, una variedad del socialismo.

Y es una ley biológica bien conocida que las variedades de especies emergentes tienden a ser exterminadas por la especie más extendida. La lucha por la existencia entre estas variedades tiende a ser, por la misma razón, enormemente cruenta -como acreditan la noche de los cuchillos largos o las purgas estalinistas, cuando aplicamos el algoritmo darwiniano a la dialéctica política. Si el nazi-fascismo se comprendió a sí mismo como la culminación positiva del socialismo ("el socialismo más el mito nacional", escribía Paul Johnson), el socialismo soviético lo consideró más bien una degeneración suya, la fase postrera del capitalismo o "dictadura terrorista desembozada de los elementos más reaccionarios, chovinistas e imperialistas del capital financiero" (1931). Tanto Hitler como Lenin se preciaban, en cambio, de haber comprendido a Marx mejor que ningún otro. Pero fué la estrategia ideada por el Komintern para simplificar al adversario enjaretándole el título de "fascista", incluso aunque fuera un socialdemócrata (o "socialfascista"), la que resultó victoriosa…

Este fascismo "flotante" aplicado indiscriminadamente a nazis, mussolinianos o socialistas "burgueses" mostraba que desde los años veinte del siglo pasado la distinción entre Derecha e Izquierda había perdido toda la importancia. El "izquierdismo", para Lenin, era una especie de "enfermedad senil" del comunismo que sólo contribuía a oscurecer el verdadero alineamiento de los partidos en función de la "significación internacional" de la revolución rusa. Como es sabido, Lenin reprochaba a los líderes de la II internacional (Otto Bauer, Federico Adler, el "renegado Kautsky" &c) por su "social-traición" y su falta de realismo político. Aunque, en la práctica, la purga de los "izquierdistas" tenía mucho que ver con la necesidad de mantener rígida la dictadura del partido comunista dirigido por los bolcheviques, y quizás la más profunda intención de conservar el dominio del nuevo imperialismo ruso.

Sea como fuere, el caso es que a partir de la afortunada estrategia del Komintern, "fascismo" dejó de ser una categoría política para convertirse, más o menos igual que "comunismo", en una metáfora sentimental.  

II

La utilización de metáforas o ideas sentimentales en la propaganda política no es, desde luego, nada novedosa. El mismo Aristóteles distinguía muy bien los silogismos científicos, propios de los geómetras, de los entimemas o silogismos retóricos empleados en el ágora. Los marxistas, al igual que Platón, consideraron la mentira, como el cine, una herramienta de primer orden para alcanzar el control político. Lenin conocía que el antisemitismo era algo así como "el socialismo de los tontos", lo que no le impidió integrar los elementos de la teoría antisemita sobre el imperialismo, a la manera de J.A. Hobson, en su propia concepción: El imperialismo, fase superior del capitalismo.

Recientemente, George Lakoff ha insistido en la naturaleza metafórica del discurso político. Las metáforas, a diferencia de las ideas, no se expresan en largas cadenas de razonamientos, sino que se organizan en torno a imágenes y estereotipos fácilmente identificables por el público de partido. De aquí que los debates públicos sean meras contiendas entre la "belleza" de metáforas rivales. Los ciudadanos no prestan atención "racional" a los hechos, sino que los interpretan a través de marcos "fijos en las estructuras neurales de sus cerebros" por medio de la repetición. Un ejemplo, según Lakoff, es el "secuestro" de la idea de "libertad" por parte de los republicanos.

Es evidente que esta visión es algo exagerada. Steven Pinker denunció la caricatura que pinta a los izquierdistas (o "liberales", en los términos norteamericanos) como "progresistas sofisticados" y a los conservadores como "tontos malvados". Además, la psicologia cognitiva no ha mostrado un apoyo decisivo a la noción de que la gente absorbe las ideas y "estereotipos" mentales a través de esquemas meramente reiterativos.

Sin embargo, aunque nuestra arquitectura mental esté preparada para la discusión racional (sobre ideas), el debate político continúa siendo un ámbito humano singularmente resistente al examen de las "metáforas rivales", según su distinta competencia para describir la estructura casual (y real) del mundo.

III

El "núcleo sentimental" de las izquierdas nunca ha estado ausente ni siquiera dentro del marxismo más duro. Bohm-Bawerk, en su temprana crítica del "sistema marxiano", ya se dió cuenta de que gran parte de su importante influencia se debía no a la "mente convencida" de sus seguidores, sino a la fuerza metafórica en "sus corazones, deseos y esperanzas".

Carece de sentido sorprenderse porque las izquierdas del siglo XXI hayan hecho suyos los lemas indigenistas y ecologistas, integrándolos en el esquema histórico de la lucha de clases. Paul Johnson (en Tiempos modernos) trazó así la línea que unía la ideología Volkish con el concepto de "alienación" de Marx:

El movimiento alemán del Volk databa de los tiempos napoelónicos, y ya en 1817 estaba quemando libros "extraños" y "extranjeros", que corrompían la "cultura del Volk". Más aún, Marx extrajo del movimiento del Volk su concepto de "alienación" en el capitalismo industrial. Un Volk tenía un alma, que provenía de su hábitat natural. Como escribió Otto Gemlin, autor de novelas históricas, en un artículo publicado en Die Tat, órgano del movimiento romántico Volk: "La campiña es el paisaje peculiar de cada pueblo y cada raza". Si se destruye el paisaje, o el Volk se separa de él, el alma se muere. Los judíos no eran un Volk porque habían perdido el alma, carecían de arraigo.

Hoy sigue sin ser difícil encontrar rastros de las ideas Volkish en la izquierda de todos los signos, incluso aquella que reclama el monopolio de la racionalidad y del universalismo, frente al secular particularismo de la derecha. En la crítica del mercado sigue latiendo la nostalgia por la identidad perdida desde el "núcleo sentimental" original. Así se expresaban desde Izquierda hispánica:

El mercado pletórico de bienes y servicios, el capitalismo desarrollado, atomiza a los individuos hasta hacerles abandonar su identidad. Los tradicionales roles familiares, de género, de clase, religiosos o nacionales pierden su razón de ser gracias al mercado pletórico. La igualdad que el valor-precio de las mercancías experimentan en el mercado produce dos efectos: 1.- que los individuos giren alrededor del son que le marcan las mercancías y sus comportamientos varíen según las mercancías que sean capaces de adquirir (no es lo mismo un indígena con televisor que sin ella); y 2.- las sociedades se fragmentan cada vez más produciéndose una progresiva atomización de los individuos, dando lugar a una masa de consumidores satisfechos gracias al mercado pletórico. Es entonces cuando las identidades pierden su razón de ser. 

¿Y cuál es esa identidad prístina que los individuos han abandonado con el mercado? No puede ser otra que la "cultura" o nación histórica original donde habitaba el hombre des-enajenado y su sociedad des-fragmentada.

Es imposible no reconocer aquí huellas de "la gran transformación", donde Karl Polanyi también criticaba la "destrucción cultural" que provocaba necesariamente el capitalismo comercial. Más aún, imposible no reconocer los restos del idealismo alemán, la lucha de aquellos "hombres del este" por recuperar el vigor amenazado de la Kultur frente a la Zivilisation capitalista, desarraigada y cosmopolita.

ConservadoresMarch 27, 2007 3:33 pm

Whitard se lamentaba hace poco, y con razón, del escaso eco crítico que la polémica sobre la sociedad multicultural y el pluralismo religioso estaba encontrando en España. Aunque, teniendo en cuenta algunos de los últimos episodios, uno estaría tentado a preferir nuestra "espléndida ignorancia"…

Un ejemplo lo tenemos en la evolución del pensamiento conservador norteamericano, según Dinesh D’Souza, que en su último libro no se limita a criticar el "terrorismo de estado" israelí -concitando el justificado horror de Daniel Pipes, un terror de algún modo equidistante a los ataques islamistas (chechenos o palestinos) contra civiles, sino que llega a emplazar nítidamente a una próxima alianza entre el Islam y el Occidente conservador.

Es solo en apariencia paradójico que los conservadores religiosos estén alcanzando posiciones homólogas al izquierdismo extrañamente híbrido de la "Alianza de civilizaciones". Esta alianza de conservadurismos, en contra de lo que escribe Larry Arnhart, no tiene en realidad nada de "extraño".

En el fondo del pensamiento conservador, tal y como advertía Andrew Sullivan, se viene abriendo paso desde hace tiempo una poderosa marea crítica (de la que ni siquiera en España nos libramos) que está conmoviendo lentamente las ideas clásicas vinculadas con la Ilustración y la tradición liberal.

D’Souza, en esta línea de protesta contra el "laicismo" y el "ciencismo", argumenta ahora que los argumentos de los islamistas conservadores son básicamente correctos cuando alertan sobre el grave peligro que la moralidad "liberal" y la política de la laicidad representan para la visión religiosa del mundo. Los conservadores americanos deberían, consecuentemente, aliarse con los fundamentalistas islámicos para luchar contra la moralidad secular. El enemigo, para este nuevo "fusionismo" conservador y su inevitable relativismo moral religioso, ha dejado de ser la Sharia o el literalismo coránico; los theocon aúnan fuerzas hoy en contra del "fundamentalismo ilustrado". Según D’Souza, la izquierda cultural y "secularista" es culpable del terrorismo no por haberse mostrado blanda, sino demasiado "dura" con las políticas de secularización.

La izquierda es responsable del 11-S en los siguientes modos. Primero, la izquierda cultural ha fomentado la decadencia cultural americana que disgusta y repulsa a las sociedades tradicionales, especialmente las del mundo islámico, que están siendo superadas por estas cultura. Además, la izquierda está apoyando una campaña agresiva global para minar la familia tradicional patriarcal y para promover los valores seculares en las culturas no occidentales. Esta campaña ha provocado una violenta reacción entre los musulmanes que consideran que están siendo asediadas sus más queridas instituciones y creencias.

Si la izquierda "posmoderna" había internalizado el modelo relativista precisamente tras cuestionar el concepto de razón y de "progreso" científico, un cuestionamiento no tan distinto de la ciencia por parte de los conservadores está provocando resultados homólogos. Conservadurismo religioso y progresismo relativista poseen un mismo antepasado común: el rechazo de la Ilustración y de la naturaleza humana universal. Quizás llegará un momento en que, como ha advertido también Sam Harris, alguien deberá ganar la discusión; la Ira o la Ciencia, Cultura o Civilización.

Eso sí, en algo tiene razón D’Souza: tenemos a los enemigos de la sociedad abierta en nuestra propia casa.

EspañaMarch 26, 2007 2:59 pm
 
 
Arnhart tenía razón:
"soberanía sin límites" es incompatible con la libertad. 
 
Religión, Ciencia & Paraciencias, BrightsMarch 25, 2007 1:53 pm

Aunque este texto no recoge todas las opiniones de Darwin sobre Dios, lo muestra paradigmáticamente como un amigo de la razón y un enemigo mortal de la superstición; adelantando las teorías evolucionistas de la religión de hoy mismo. A pesar de que Darwin no apoya un atéismo explícito, sino un prudente y tibio teísmo, uno puede comprender fácilmente el escándalo que causaron sus peligrosas analogías naturalistas sobre el origen de la religión entre los teólogos y la mentalidad creacionista omnipresente.

El "Dios de Darwin" es un creador metafísico del universo que conoce, suponemos que por "ciencia media", el origen y el destino del mundo, pero que no interviene milagrosamente en su evolución. Sin embargo, la religión es un fenómeno natural, gradualmente desarrollado desde el animismo al monoteísmo, y en cuya formación no cabe suponer saltos abpruptos o demasiado misteriosos.

No hay prueba de que el hombre desde su origen creyera noblemente en la exitencia de un Dios omnipotente. Por el contrario, sábese muy bien, no por viajeros de paso, sino por hombres que por mucho tiempo han resisido entre salvajes, que han existido y aún existen muchas razas que no tienen idea alguna de uno o muchos dioses y que carecen de palabras en su lenguaje para expresar esta idea. Esta cuestión, como se ve, es muy distinta de aquella más elevada de saber si existe un creador y providencia del universo, lo cual ha sido siempre resuelta afirmativamente por los entendimientos más elevados de todos los tiempos.

Sin embargo, si bajo la palabra religión comprendemos la creencia en agentes invisibles o espirituales, entonces varía mucho la cuestión, porque esta creencia parece casi universal en las razas menos civilizadas. Mas no es en modo alguno difícil de explicar su origen natural. Tan pronto como las facultades importantes de la imaginación, empezaron a desarrollarse parcialmente, el hombre naturalmente trató de explicarse todo lo que le rodeaba y empezó a especular aunque vagamente, sobre su propia existencia. Como dice Lennan, "el hombre, aunque no sea más que obedieciendo a sus propios impulsos, tiene que inventarse alguna explicación de los fenómenos que le rodean; y a juzgar por su universalidad, la hipótesis más simple, la primera que se le presentó, parece que fuera atribuir los fenómenos naturales a la presencia, tanto en los animales, plantas y demás seres, como enl as mismas fuerzas de la naturaleza, de espíritus prontos a obrar, agentes verdaderos y semejantes como el que el hombre mismo cree poseer". También es probable, como lo demuestra Taylor, "que los sueños hayan dado origen a la primera noción de espíritus, porque los salvajes no saben distinguir apenas las impresiones subjetivas de las objetivas. Cuando un salvaje sueña cree que las figuras que se le representan vienen de lejos y que son superiores, o que el alma del soñador parte a un viaje, y regresa después con el recuerdo de lo que vio." Sin embargo, era menester que llegase a su completo desarrollo las facultades de la imaginación, curiosidad, razón, etc., en el espíritu humano, para que los sueños implusaran al hombre a la creencia de los espíritus, porque de otro modo no le producirían mayor efecto que lo que en el perro vemos.

(…) No hay más que dar un paso de la creencia en agentes espirituales a la de existencia de uno o más dioses. En efecto, los salvajes atribuyen naturalmente a los espíritus las mismas pasiones, el mismo amor a la venganza, la forma más simple de la justicia y las mismas afecciones que ellos experimentan. Los fueguinos en esto parecen representar  un estado intermedio, porque, cuando el cirujano del buque Beagle mató algunas anadejas para enriquecer su colección, Yorck Minster pronunció del modo más solemne las siguientes palabras: "¡Oh M. Mynoe, mucha lluvia, mucha nieve, mucho viento!", con lo que daba a entender que tales calamidades habían de ser el castigo de aquel desperdicio de alimentos; después de lo cual relató al cazador que habiendo matadoun hermano suyo en cierta ocasión a un salvaje, sobrevinieron grandes tormentas, muchas lluvias y abundantes nieves. Sin embargo, nunca pudimos averiguar que los fueginos creyeran en algo que pudiéramos llamar Dios, ni practicaron tampoco rito alguno religioso. Jeremy Button sostenía resueltamente y con cierto orgullo que en su país no había diablos. Esta última afirmación es tanto más notable cuanto que es más común entre los salvajes creer en los malos espíritus que en los buenos.

Más complejo es aún el sentimiento religioso de la devoción, que consiste en el amor, en la completa sumisión a un ser misterioso y superior, en un gran sentimiento de dependencia, temor, reverencia, gratitud, esperanza en lo futuro y quizá otros elementos más. Ningún ser puede experimentar emoción tan compleja sin haber dado grandes pasos en el desarrollo de las facultades intelectuales y morales, llegando por lo menos a un nivel considerablemente elevado. Sin embargo, vemos alguna, aunque poca, analogía con esto en el profundo amor que el perro demuestra a su dueño, amor en que va unida también una completa sumisión, algún temor, y quizá otros sentimientos. La conducta del perro cuando de nuevo ve a su amo después  de una ausencia, y añadirá la de un mono con un guarda, a quien idolatra, son muy diferentes de las que estos animales tienen con sus semejantes. En este último caso los transportes de alegría parecen ser menos intensos y en todas las acciones se echa de ver mayor igualdad. Estas reflexiones son las que han hecho aventurar al profesor Braubach que el perro mira a su amo como a un dios. Las mismas elevadas facultades que condujeron al hombre a creer primero en agentes invisibles y espirituales, después al fetichismo, politeísmo y últimamente al monoteísmo, le hubieran infaliblemente arrastrado, mientras sus facultades permanecían escasamente desarrolladas a otras supersticiones y costumbres raras. Da horror sólo pensar en algunas de éstas: los sacrificios humanos hechos a un dios sediento de sangre, la ordalía por medio del veneno o el fuego, los sortilegios u otros abominables artificios. Con todo, bueno es que algunas veces reflexionemos en tales supersticiones, porque así nos muestran cuán mucho debemos a los progresos de la razón, a la ciencia y a nuestros conocimientos acumulados. Según muy bien observa Lubbock "no es mucho decir que el horrible temor del mal desconocido se cierne como espesa nube sobre la vida del salvaje, acibarando todos sus placeres". Estas desventuras e indirectas consecuencias de nuestras facultades superiores pueden compararse con los errores incidentales y ocasionales que cometen los instintos de los animales inferiores.

Creencia en Dios. Religión en El origen del hombre, capítulo III

OffTopicMarch 24, 2007 3:13 pm


Brights, FilosofíaMarch 23, 2007 6:39 pm

Estoy teniendo unos días inesperadamente "randianos". He visto por primera vez The fountainhead, la adaptación cinematográfica que llevó adelante King Vidor, junto con el documental biográfico Ayn Rand, a sense of life. Habría podido ver también We the living, de no ser porque la copia que me proporcionaron estaba por debajo de la calidad mínima que incluso yo -no siendo ningún gourmet del audiovisual, soy capaz de tolerar.

Hay algo espontáneamente cautivador en el independentismo filosófico y vital de Rand. Es difícil no simpatizar con su pasión por la verdad, su ateísmo nítido y la lucidez mental que mantuvo hasta el último momento. Por supuesto, la tentación del entusiasmo se diluye una vez que descubrimos el casi inevitable "totalitarismo" de escuela que infecta a muchos movimientos filosóficos. Murray N. Rothbard escribió un artículo bastante minucioso analizando la "sociología del culto randiano". Una especie de "leninismo" inverso que convirtió a Rand en gurú libertaria y a Atlas shrugs en una Biblia objetivista a la que los adeptos rendían pleitesía incondicional -las parejas de "randianos" llegaban incluso a leer fragmentos al azar de la novela durante la ceremonia matrimonial…

Pese al poco discutible sectarismo randiano, que terminó desarrollando un sistema jerárquico en el que no faltaban excomuniones, purgas y hasta un índice de libros prohibidos, hay al menos un tema muy interesante que la obra de Rand supo captar y representar: el conflicto entre el Instinto y la Razón. Esta dialéctica estaba muy subrayada en el romance entre Dominique Francon y Howard Roark en The fountainhead, que singularmente no comenzaba por ninguna "decisión" o cálculo racional de la protagonista, sino por una irresistible intuición romántica. Y precisamente éste era uno de los reproches más importantes que Rothbard dirigía contra el "randismo": la aparente incongruencia que suponía levantar una filosofía "racional" sobre una base poético-literaria.

Pero, ¿de qué modo puede sostenerse que la Razón se opone al Instinto?

Hoy existe un consenso progresivo entre los etólogos, neurocientíficos y psicólogos evolutivos en torno a la naturaleza limitada de la razón moral. La nueva imagen darwiniana que inauguraba el capítulo III (Comparación entre las facultades mentales del hombre y las de los animales inferiores) de El origen del hombre, dinamita prácticamente el discontinuísmo esencialista entre Naturaleza y Cultura (o entre Gracia y Naturaleza): el juicio moral humano ya no puede actuar, y no actúa de hecho, sobre una pizarra en blanco, sino sobre un material sentimental compuesto por muchos marcadores biológicos que orientan y estimulan nuestras decisiones. En aquel célebre tercer capítulo, Darwin comenzaba recogiendo la opinión de Cuvier, que sostenía la relación inversamente proporcional entre Instinto e Inteligencia. Sin embargo, otros estudiosos de la ciencia animal habían documentado muy bien, ya en tiempos del naturalista inglés, la opinión contraria:

Pouchet, oponiéndose a todas las anteriores tesis, ha demostrado en un interesante ensayo que en realidad no existe un ápice de verdad en la opinión de Cuvier, puesto que los insectos que demuestran más inteligencia son preciamente los que poseen instintos más maravillosos, y en la serie de vertebrados, los individuos menos inteligentes, como peces y anfibios, no poseen instintos muy complejos, siendo también cierto que el animal entre los mamíferos más notable por sus instintos, a saber, el castor, es al mismo tiempo en alto grado inteligente, como no titubeará en admitir quien quiera que haya leído el excelente trabajo de Morgan.

Desde luego, los hombres son animales algo más complejos que los castores. Pero nuestros antepasados antropomorfos no habrían podido desarrollar los conceptos más "abstractos", desde la idea de propiedad a los sentimientos altruístas más sagrados, a no ser sobre una base concretamente instintiva; una gran plataforma natural que abarca incluso la facultad del lenguaje humano, como enseñó el propio Darwin y ha desarrollado en detalle Steven Pinker. Lo que entendemos por "decisiones morales" no son cálculos racionales puros, o heroicos esfuerzos para domesticar la naturaleza, sino a menudo modestas racionalizaciones post hoc que, sin embargo, no llegan a neutralizar la responsabilidad o el libre albedrío -como argumenta Larry Arnhart al cuestionar ciertas falacias de la neuroeconomia y la nueva "neuroley".

La cultura no se opone a la naturaleza, como el hombre no se opone al animal, la razón al instinto, o el juicio a la voluntad.

La razón humana es afectiva, imperfectible y limitada. Normalmente no accedemos al saber científico o filosófico a través de manuales o libros de instrucciones, sino por medio del intercambio personal, incluso aunque no tengamos conocimiento presencial de los interlocutores. Las temidas transferencias no faltan ni entre los tratados escritos rigurosamente more geometrico -quizás por esto Unamuno veía en la ética de Spinoza una secreta elegía trágica. Los grandes libros de ciencia y filosofía generan vínculos afectivos que a menudo son más fuertes, más duraderos y más determinantes que los vínculos puramente cognitivos. Haría falta ser una especie de monstruo para no "enamorarse" en algún grado de Isaac Newton o Charles Darwin, tras leer de principio a fín la Philosophia Naturalis Principia Matematica o El origen del hombre.

Por impecable que sea la axiomática de una ciencia, en ausencia de carisma personal y del sello de la verdadera individualidad, es muy difícil que las ideas lleguen a prosperar en una sociedad de personas cuya racionalidad es necesariamente limitada y emocional.

OffTopicMarch 22, 2007 9:13 pm

 

¡Y qué libro! 

Sí, había primera y segunda parte. La culpa es de Trampa22.

Ciencia & Paraciencias, BrightsMarch 21, 2007 3:22 am

¡Deber! Maravilloso pensamiento que no obra por insinuación, por lisonja ni por ninguna suerte de amenaza, más tan solo manifestándose al alma en su desnuda autoridad, imponiendo el respeto, cuando no siempre la obediencia; ante tu vista enmudecen los apetitos todos, por tenaces que sean; en secreto, dime, ¿dónde, dónde tienes tu origen?

- Manuel Kant (citado por Darwin)

De acuerdo con la visión clásica, la moralidad humana consistía en una propiedad superior, incluso trascendente, que encontraba su asiento en el alma creada por Dios. Pero desde que Kant criticó la heteronomía religiosa, los filósofos morales se han afanado en encontrar un lugar más seguro para alcanzar una "fundamentación de la moral" no teológica. Apel y Habermas lo intentaron recurriendo a la "razón dialógica" humana. Sin embargo, en buena medida la hermenéutica continuaba apoyando un origen anímico, racionalista, idealista y "clásico" de la moral.

¿Tiene mucho sentido decir que la moralidad procede del alma o algún sucedáneo suyo? Empezando por la "peligrosa" recomendación de Wilson en el célebre último capítulo de Sociobiología ("Ha llegado la hora de que la ética sea temporalmente arrebatada de las manos de los filósofos, y sea biologizada") una generación de etólogos, neurólogos, psicólogos evolutivos y filósofos naturalistas han intentado fundamentar la moralidad humana no tanto en el alma creada, o en el "lenguaje" como trasunto secular, sino en la racionalidad social, característicamente manual, que compartimos en especial con el orden de los primates.

No cabe duda que la competencia ética implica un cerebro sano y bien desarrollado, pues está muy bien documentada la relación positiva entre lesiones cerebrales y empatía moral, pero suele perderse de vista la centralidad que tiene la evolución de la mano en muchos temas típicamente "morales". Gustavo Bueno ha repetido hasta el cansancio, aunque a decir verdad sin encontrar mucho eco en las "cabezas" de la academia o del foro político, que para enfrentar la resolución de conflictos no basta con la razón dialógica; es necesario emplear también la racionalidad operatoria: no siempre hablando se entiende la gente. La moralidad, como la música, o incluso el lenguaje, las matemáticas, etc…se origina en las manos.

La "razón" no se reduce a discurso, y en la imagen encontramos una expresión muy bella de esta misma idea: una chimpancé arrebata una piedra de la mano de otro macho para intentar reprimir una escalada de agresión.

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Las ilustraciones de Edel Rodríguez, basadas en el trabajo de Frans de Waal, las publica New York Times