No sólo me refiero al hecho, quizás más humorístico que escandaloso, de que estos payasos sean tomados en serio y de que se los convierta en objetos de reverencia y de solemnes -aunque frecuentemente aburridos- estudios; no sólo me refiero al hecho fabuloso de que el retórico Fichte y el charlatán Hegel sean colocados en un mismo plano que hombres como Demócrito, Pascal, Descartes, Spinoza, Hume, Kant, J.S. Mill y Bertrand Russell, y de que sus enseñanzas morales sean consideradas seriamente y, tal vez, reputadas superiores a las de estos otros maestros, sino también al hecho de que muchos de estos lisonjeros historiadores de la filosofía, incapaces de discriminar entre el pensamiento y la fantasía -por no decir nada del bien y el mal- se atreven a declarar que su historia es nuestro juez, o que su historia de la filosofía constituye una crítica implícita de los diferentes "sistemas de pensamiento". En efecto, es evidente, creo yo, que su adulación sólo puede ser una crítica implícita de su historia de la filosofía y de esa vana pompa y ruido con que se trata de glorificar a la filosofía. Parece ser ley de lo que a esta gente le gusta denominar "naturaleza humana", que la fatuidad se desarrolle en razón directamente proporcional con la deficiencia del pensamiento e inversamente proporcional al valor de los servicios prestados al bienestar humano.

La sociedad abierta y sus enemigos, Capítulo XII - III 

¿Qué pensaría Popper de la historia parcial de las "mentalidades"?