Dicen que las fiestas son ocasiones para la transgresión, para "burlarse de uno mismo", un paréntesis de tiempo sagrado en medio del tiempo profano. El momento poético del Kairós, frente al Cronos que devora la prosa de la vida. Esto por lo que hace a la teoría. En la práctica, las fiestas populares son las mejores ocasiones para el fascismo colectivo.
Según refería José Manuel Naredo, cuando la "razón económica" aún no había sido configurada en la cristiandad, el calendario de la Europa central podría contar con hasta ¡182 días festivos! En comparación con la ociosidad medieval, nuestro calendario festivo resulta ser bastante más modesto: aproximadamente unos 126 días feriados.
Quizás podría distinguirse a las sociedades civilizadas de las meras agregaciones de salvajes por el hecho de que, en la "civilización", el derecho al silencio de un solo individuo prevalece sobre el derecho al ruido de una colectividad. Media un abismo entre la ciudad cuya constitución (politeia) garantiza que los individuos persigan individualmente su propia felicidad, sin provocar disturbios en la felicidad de sus vecinos, de aquella otra ciudad cuya constitución establece un concepto de felicidad "colectiva". De la milicia popular obligatoria o las comidas comunes que Platón admiraba del severo holismo espartano, a la idea de una fiesta popular, vigilada y garantizada por los poderes públicos, sólo hay un pequeño paso.
Pero para asegurar los derechos individuales frente al bulle-bulle de los hombres-masa, no basta apelar a principios éticos abstractos, hacen falta tribunales concretos que observen éstos principios de justicia…y un estado capaz de ejecutar las sentencias. Dado el enorme déficit del poder político en España, más dispuesto a intervenir arbitrariamente según la conveniencia de sus gobernantes que a hacer cumplir la ley, es muy probable que la justa sentencia del juzgado de Santa Cruz de Tenerife sea ignorada o bien "negociada" para no alterar los ánimos del populacho y de aquellos grupos cuyos intereses desean seguir siendo privilegiados.
¿El "derecho al silencio" como un signo de civilización, de progreso del género humano? Lejos de reconocer esto, nuestros políticos empiezan a considerar la sentencia de Tenerife un "peligrosísimo precedente" que podría precipitar la suspensión de eventos similares "en todas las fiestas de España".
Resulta llamativo que los entusiastas del fascismo colectivo recuerden que esto no pasaba ¡ni con Franco! Como si la permisividad del estado franquista con la barbarie fuera un ejemplo de "tolerancia" en contraste con la "intolerancia" de la justicia democrática, y no más bien una prueba más de la impotencia del anterior jefe del estado para reformar las malas costumbres y reprimir el mal gusto popular.
Aunque no en el caso concreto de los carnavales, otra justificación del fascismo festivo procede del supuesto origen "católico" de las fiestas callejeras y populares. Se diría que cuando se trata de esgrimir el "derecho al ruido" y dar literalmente "la murga", todos los "progresistas" súbitamente se convierten en ultraconservadores, y los ateos más "laicistas", en defensores del "espíritu del catolicismo". Los que apelan a esta razón católica, huelga decir, jamás han abierto un libro de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino o Juán de Mariana.
La mera persistencia del carnaval callejero, con su derecho irrestricto a molestar a los ciudadanos privados pacíficos, demuestra que apenas hemos dado dos pasos desde que las ménades aullaban por los cruces de los caminos. Será verdad que es difícil romper el encanto de la suciedad, pero lo que llaman "fiestas populares" no son más que vestigios de la barbarie. ¿Acaso nuestras fiestas públicas, de los sanfermines a las "semanas grandes", pasando por los carnavales canarios, han conseguido alguna vez algo distinto de ensuciar las ciudades, degradar las costumbres y oprimir la individualidad?
El hombre-masa reclama sus derechos.



¿el hombre como social, o el individuo como parte de una estructura?
¿hablamos de eso?
¿o tan solo son numeritos para hacrse famosos algunos?
Comment by Ignacio — February 10, 2007 @ 5:30 pm
El hombre es un animal social y formamos parte de muchas estructuras, pero de ahí a pretender tener derechos irrestrictos para dar la murga…hay un gran camino.
Comment by Eduardo — February 10, 2007 @ 5:53 pm
Aristóteles escribe en su “Política” que la “polis phýsei”, es decir, que tiene un crecimiento natural (o, quizás mejor, “una esencia natural”) que es la que proporciona los medios para que los ciudadanos vivan bien (eu dsên) . Esto pede interpretarse (y esta es mi alternativa) de la siguiente manera: El hombre es “politikòn zôon” porque su animalidad puede participar de la naturaleza de la “polis”. Pero entonces:
1. La “polis” debería tomarse es serio que su función es hacer a los ciudadanos menos animales y más políticos.
2. El hombre es, en primer lugar, y de manera evidente, animal en acto. Sólo es ciudadano en potencia.
3. Esa potencialidad ciudadana está repartida, por naturaleza, de manera bastante peculiar.
Comment by Gregorio Luri — February 10, 2007 @ 7:41 pm
No obstante el “hecho político” está hoy lo suficientemente extendido como para tener más que fundadas sospechas de que el hombre es, como pensaba Aristóteles, un “animal político”. Las ciudades mismas son hechos biológicos de nuestro planeta a una escala tal que se aprecian fácilmente desde la luna.
Ese “ser” politico, desde luego, puede entenderse en el sentido de la potencia o el acto. Lo mismo ocurre con el lenguaje. El hombre tiene un “instinto del lenguaje” que sólo se desarrolla en un marco social; pero dado que sin este marco el hombre apenas tendría ocasión de sobrevivir, el lenguaje, como la política, puede considerarse un faktum natural. Los hombres sin política son tan raros como los hombres sin lenguaje.
Aristóteles tiene una concepción mucho más “liberal” que Platón; llega a decir que la asociación política tiene por fín también la felicidad de los individuos, y no sólo la vida en común. También critica el despotismo de las costumbres (aunque las leyes basadas en las costumbres son las más poderosas) y en consecuencia la posibilidad de que el hombre pueda combatirlas.
Comment by Eduardo — February 10, 2007 @ 8:09 pm
Igual es que llevo unos días atacado del gusanillo del pesimismo, pero me parece evidente que no hay que minusvalorar la tendencia del hombre a destruir ciudades, a convertir la cultura en selva. Conozco bien el feliz, inocente, subvencionado y patriotero vandalismo sanferminero. Y recuerda lo que los Navarros cantamos en nuestros himnos patrióticos, que no hacen más que traducir al navarro la letra del resto de los himnos patrióticos: “Si s’hunde el mundo, que s’hunda; Navarra siempre p’alante”.
Eduardo, es Platón quien defiende que el papel de los guardianes de la ciudad es garantizar la libertad de los ciudadanos. Es Platón (o al menos en sus textos: el “Protágoras”) donde encontramos la primera justificación teórica de la democracia. Pero, a decir verdad, cuanto más me familiarizo con ambos, más anecdóticas me parecen sus diferencias.
Comment by Gregorio Luri — February 10, 2007 @ 8:50 pm
Evidentemente hay continuidades entre Platón y Aristóteles. Por referirnos al tema del post, ambos están de acuerdo en el poder político de la música y en la necesidad de regular las fiestas y el ocio de la ciudadanía; pero la concepción de Platón es mucho más “holista” -no veo cómo no dar la razón a Popper en esto. Me extraña (aunque no tengo fresco el Protágoras) que por “los ciudadanos” Platón entendiera algo distinto de “la ciudad”. Y, en cualquier caso, los ciudadanos son sólo una minoría privilegiada (en lo que también coincide con Aristóteles. Pero hay párrafos de la política que parecen pensados claramente contra la república o las leyes; en franca discontinuidad, como el citado (Libro III. Capítulo V) donde se habla específicamente de la felicidad de los individuos.
Contra la tendencia a destruir ciudades…la tendencia a reconstruirlas. ¿Cuántas veces se ha construído Troya?
Comment by Eduardo — February 10, 2007 @ 9:36 pm
Cuando puedas echa una mirada a la manera en que Platón cuenta el mito de Prometeo en “Protágoras” 321 c - 323 a. Me parece un texto asombroso.
Sería una discusión interesante: Popper nunca entendió a Platón. En lugar de escribir un ensayo sobre el Platonismo, “La sociedad abierta” es una (muy mala) novela filosófica.
El ejemplo de Troya es perfecto: hay que saber con quién se está, si con los que construyen, con los que destruyen, o con los turistas (intelectuales).
Y ahora voy a ver si contesto el reto del meme.
Comment by Gregorio Luri — February 11, 2007 @ 2:08 am
Estoy bastante de acuerdo con Eduardo, pero no veo ni la mínima posibilidad de que esta sentencia se cumpla o siente jurisprudencia. Y a ver quién es el Penteo de turno que acaba hecho trizas -según he oído, alguien ha dicho que “ese juez no es nadie” para prohibir el Carnaval… por si alguien piensa que lo de “fascismo colectivo” es una exageración.
Tiene bastantes narices que, al tiempo que se reprime la “sobria ebrietas” (o la “ebrietas” a secas) de puertas para adentro de los ciudadanos, se toleren y subsidien estas cosas ruidosas, sucias, gregarias y horteras.
Comment by Chema — February 11, 2007 @ 8:58 am
Ah, yo tampoco, posibilidad de civilizar esto…ninguna. Hay algo peor que un pueblo que produce una fiesta tan atroz como los sanfermines; uno que se enorgullezca de ello.
Comment by Eduardo — February 11, 2007 @ 2:54 pm
La declaraciones son cada vez más siniestramente fascistas: “El carnaval no es negociable”. Y al Derecho, que le peinen.
Comment by Chema — February 12, 2007 @ 11:27 am
Si , estas fiestas que aparecen como manifestaciones fundamentales de sociabilidad y un momento de participación del pueblo …es que el carnaval con su ruido , con su carga de inversión social …es casi como una revuelta que no respeta derechos de otros , las fiestas populares masificadas pueden llegar a ser revolucionarias ….es cultura popular en acción , trasgreden el orden establecido siendo algo subversivas .
Comment by peggy — February 12, 2007 @ 1:22 pm
A mí las fiestas, teniendo cerca la experiencia del País Vasco, me parecen de lo menos subversivas. Las fiestas populares son la ocasión para que se despliegue el discurso dominante y se socialice la normalidad, que en estos casos suele ser idéntica a la “socialización de la suciedad”, suciedad política (haciendo propaganda desvergonzada de ETA, por ejemplo) y suciedad comunitaria y personal (mal gusto, bebidas adulteradas, calles destruídas…).
Y lo más escandaloso es que es de “buena nota” elogiar este vandalismo popular (aunque institucionalizado), como si formaran parte del “carácter nacional” o algo similiar. Lo cual no deja de ser preocupantemente cierto.
Comment by Eduardo — February 12, 2007 @ 2:43 pm
Lo que comentaba Chema me recuerda a algo que ha dicho un comentarista comunista esta mañana en un programa de TV, a propósito de la función de los jueces. El tipo apelaba a que los jueces no pueden ser una especie de “casta sacerdotal” puesto que deberían modificar sus criterios en función de la “sensibilidad popular”. Y todo esto para legitimiar la excarcelación de Juana.
Es la típica mentalidad disparatada progresista, para la cual la ley es una especie de chicle moldeable al gusto supuestamente “popular”; aunque en la práctica semejante “moldeamiento” siga el criterio de ciertos grupos políticos.
Es un auténtico escándalo que exista la denominación “jueces progresistas” (en realidad, fascistas disfrazados con toga); como si la labor de los jueces no debiera ser justamente la opuesta: conservar la ley.
Comment by Eduardo — February 12, 2007 @ 3:31 pm
Sobre el conservadurismo de la fiesta: Totalmente de acuerdo, Eduardo. La fiesta (especialmente la enfatizada como popular) cumple habitualmente un papel conservador, como la comedia. Dime que festejas y qué ridiculizas y te diré en qué valores dominantes crees. La fiesta es la ocasión, periodicamente reglada, de lapidar con completa impunidad al disidente.
Comment by Gregorio Luri — February 12, 2007 @ 10:07 pm