BilbaoPundit

Personal & Blog, OffTopicFebruary 10, 2007 5:51 pm

La "influenza" (además de una enfermedad muy contagiosa) es en origen una palabra mágica; procede del "influjo" que se creía ejercían las estrellas sobre el carácter de las personas. Ignacio me pasa este meme sobre "cinco personas que reconozcas que han influido en tu vida" en tres campos: pensadores, escritores y músicos.

Como no soy capaz de distinguir entre "escritores" y "pensadores" unifico la lista: Aristóteles, Platón, Gustavo Bueno, Charles Darwin, Steven Pinker, G.W.F. Hegel, Richard Dawkins, John Kennedy Toole, Herman Melville y Enrique Jardiel Poncela…y dado que los músicos no me han influido gran cosa, me salto la norma e incluyo otros cinco cineastas: John Ford, Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock, Edgar Neville, Woody Allen.

Por supuesto, me he guardado las influencias negativas o vergonzantes, por sentido del pudor. Quizás sería tema para otro meme.

Se lo paso a Chesk, Whitard, Gregorio, Andrés y Marta.

España 4:11 pm

Dicen que las fiestas son ocasiones para la transgresión, para "burlarse de uno mismo", un paréntesis de tiempo sagrado en medio del tiempo profano. El momento poético del Kairós, frente al Cronos que devora la prosa de la vida. Esto por lo que hace a la teoría. En la práctica, las fiestas populares son las mejores ocasiones para el fascismo colectivo.

Según refería José Manuel Naredo, cuando la "razón económica" aún no había sido configurada en la cristiandad, el calendario de la Europa central podría contar con hasta ¡182 días festivos! En comparación con la ociosidad medieval, nuestro calendario festivo resulta ser bastante más modesto: aproximadamente unos 126 días feriados.

Quizás podría distinguirse a las sociedades civilizadas de las meras agregaciones de salvajes por el hecho de que, en la "civilización", el derecho al silencio de un solo individuo prevalece sobre el derecho al ruido de una colectividad. Media un abismo entre la ciudad cuya constitución (politeia) garantiza que los individuos persigan individualmente su propia felicidad, sin provocar disturbios en la felicidad de sus vecinos, de aquella otra ciudad cuya constitución establece un concepto de felicidad "colectiva". De la milicia popular obligatoria o las comidas comunes que Platón admiraba del severo holismo espartano, a la idea de una fiesta popular, vigilada y garantizada por los poderes públicos, sólo hay un pequeño paso.

Pero para asegurar los derechos individuales frente al bulle-bulle de los hombres-masa, no basta apelar a principios éticos abstractos, hacen falta tribunales concretos que observen éstos principios de justicia…y un estado capaz de ejecutar las sentencias. Dado el enorme déficit del poder político en España, más dispuesto a intervenir arbitrariamente según la conveniencia de sus gobernantes que a hacer cumplir la ley, es muy probable que la justa sentencia del juzgado de Santa Cruz de Tenerife sea ignorada o bien "negociada" para no alterar los ánimos del populacho y de aquellos grupos cuyos intereses desean seguir siendo privilegiados.

¿El "derecho al silencio" como un signo de civilización, de progreso del género humano? Lejos de reconocer esto, nuestros políticos empiezan a considerar la sentencia de Tenerife un "peligrosísimo precedente" que podría precipitar la suspensión de eventos similares "en todas las fiestas de España".

Resulta llamativo que los entusiastas del fascismo colectivo recuerden que esto no pasaba ¡ni con Franco! Como si la permisividad del estado franquista con la barbarie fuera un ejemplo de "tolerancia" en contraste con la "intolerancia" de la justicia democrática, y no más bien una prueba más de la impotencia del anterior jefe del estado para reformar las malas costumbres y reprimir el mal gusto popular.

Aunque no en el caso concreto de los carnavales, otra justificación del fascismo festivo procede del supuesto origen "católico" de las fiestas callejeras y populares. Se diría que cuando se trata de esgrimir el "derecho al ruido" y dar literalmente "la murga", todos los "progresistas" súbitamente se convierten en ultraconservadores, y los ateos más "laicistas", en defensores del "espíritu del catolicismo". Los que apelan a esta razón católica, huelga decir, jamás han abierto un libro de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino o Juán de Mariana.

La mera persistencia del carnaval callejero, con su derecho irrestricto a molestar a los ciudadanos privados pacíficos, demuestra que apenas hemos dado dos pasos desde que las ménades aullaban por los cruces de los caminos. Será verdad que es difícil romper el encanto de la suciedad, pero lo que llaman "fiestas populares" no son más que vestigios de la barbarie. ¿Acaso nuestras fiestas públicas, de los sanfermines a las "semanas grandes", pasando por los carnavales canarios, han conseguido alguna vez algo distinto de ensuciar las ciudades, degradar las costumbres y oprimir la individualidad?

 

El hombre-masa reclama sus derechos.