Pedro Insua publica en El Catoblepas un magnífico pequeño ensayo sobre las ideas de "paz" y "guerra" en El Quijote, pensado sobre todo contra las interpretaciones erasmistas de Cervantes:
En efecto, según Erasmo, la desviación que se ha ejercido en este sentido sobre la filosofía de Cristo ha sido tal que, prácticamente, ésta ha desaparecido del «siglo», encontrándose en todas partes vapuleada, mancillada y paradójicamente aborrecida. La guerra, las armas con las que se defiende la República Cristiana (especialmente el «Papa guerrero», Julio II, será blanco de las críticas de Erasmo) no hacen sino canalizar esta desviación en sentido opuesto al buen mensaje cristiano, de manera que, cuanto más se insiste en la defensa armada de la fe cristiana, con los ejércitos de los príncipes cristianos (incluyendo al Papa), menos sitio queda (utopía, es la expresión de Moro para concebir esta idea) para la sabiduría cristiana y sus verdaderas «armas»: el enchiridion (el manual literario, no el arma) es el «arma» verdaderamente cristiana destinada a hacer la «guerra» al auténtico enemigo del cristiano, esto es, al vicio. Con la depuración del espíritu del Evangelio por la vía de las buenas letras es como el caballero cristiano se pertrecha contra el vicio, su verdadero enemigo: son sus «armas», sin más, la oración y la ciencia. Mediante la oración «el espíritu se eleva hacia el cielo, ciudadela inaccesible a nuestros enemigos»; mediante la ciencia (filológico-teológica) es depurada la oración de modo adecuado: «La oración pide, pero la ciencia sugiere lo que hay que pedir». Son estas, y no otras, las armas del cristiano en su singular «guerra» contra el vicio que asedia el espíritu cristiano, y sólo venciendo los propios vicios es posible llegar a la Paz –paz evangélica, poética– como fin de la «Guerra».
Es el mismo problema que enfrentaba Ginés de Sepúlveda, también delante del pensamiento "pacifista" de las Casas o Erasmo. En realidad, el "pacifismo" cristiano nunca fué del todo incompatible en su ortodoxia con la milicia y siempre reservó, aún en sus elementos más "anarquistas" (por ejemplo, san Agustín) algún lugar para la guerra justa. Rothbard, otro pacifista, defendía en su historia de la economía el emblema del "príncipe cristiano" a la manera de Castiglione, frente al príncipe de la guerra, maquiavélico. La misma controversia vuelve a aparecer en el discurso de Ratisbona, donde Ratzinger pretendía desconectar violencia y fe, o en las interpretaciones del Islam "moderado" sobre la Yihad entendida también como esfuerzo contra los propios vicios.
Sloterdijk y el poeta Jean Paul, recogiendo esta idea del enchiridion, ofrecieron la que quizás sigue siendo la mejor definición del humanismo: "voluminosas cartas dirigidas a los amigos".


