Las traducciones son, han sido y serán, sin la menor duda, trámites indispensables en la difusión del conocimiento. ¿Qué hubiera sido de la cultura clásica en Europa a no ser por nuestra Escuela de traductores de Toledo? ¿Y de las grandiosas sumas tomistas sin la ayuda de silenciosos traductores del griego? Hoy se traducen al español libros escritos en decenas de lenguas e incluso existen especializaciones académicas para mejorar la calidad de estas traducciones. No cabe estancarse en la mística del lenguaje "original": traducir no sólo es necesario sino que es posible: no pensamos en imágenes, ni siquiera en palabras, sino en ideas. Los límites de nuestro lenguaje no son los límites de nuestro mundo intelectual.

Pero la multiplicación de publicaciones puede mermar demasiado la calidad de las traducciones, sobre todo si los lectores carecen de capacidad crítica y no denuncian los malos trabajos.

Hay pocos libros cuya lectura me haya resultado tan sumamente irritante como la traducción de La peligrosa idea de Darwin (editado por Galaxia Gutenberg - Círculo de lectores, Barcelona, 1999) de Daniel C. Dennett. El requisito básico de cualquier traducción al español es que lo traducido no sea sólo ortográfica y gramaticalmente correcto, además de transmitir fielmente las ideas originales, sino que además suene a español. Es más, se diría que la obligación de cualquier traductor es conocer mejor el lenguaje al que traduce que aquel del que traduce. Y esto es exactamente lo que Cristóbal Pera Blanco Morales no demuestra. No hay una sóla frase en el libro de la que pueda decirse que esté correctamente redactada en español, así que podríamos escoger ejemplos oportunos prácticamente al azar:

Ahora, si desea razonar acerca de la fe y ofrecer una razonable defensa (que responda a la razón) como una creencia de categoría extraordinaria, merecedora de una especial consideración, estoy deseando jugar.

La réplica de Darwin al teórico que clamaría a Dios para dar el salto que inicie el proceso de la evolución es una refutación irrebatible, tan devastadora hoy como cuando Philo la utilizó dos siglos antes para vapulear a Cleantes en los Diálogos de Hume.

Pág. 244-245 

Y esto son sólo dos pequeños botones, inmersos en una botonería de barbarismos y fárragos de lenguaje parecidos. ¿Está seguro el señor Cristóbal de que esto es castellano? ¿Por quién nos toma? Es más, ¿por quién nos toma la editorial Círculo de lectores? Voy por la página 250 y, pese a lo mucho que me interesa el libro, dudo que pueda seguir adelante sin poner seriamente en peligro mi equilibrio mental.