Unos zapatos viejos y confortables
I believe that one ought to have only as much market efficiency as one needs, because everything that we value in human life is within the realm of inefficiency, love, family, attachment, community, culture, old habits, comfortable old shoes.
Edward Luttwak
Corey Robin es profesor de ciencia política en Nueva York y autor de Fear: The history of a political idea. En 2001 escribió un interesantísimo artículo (me lo pasa Chema) titulado The Ex-Cons: Right-Wing thinkers go left (Los ex-conservadores: Los pensadores de la derecha se pasan a la izquierda). El artículo centra su atención en dos casos conspicuos: el británico John C. Gray, profesor de la London School of Economics y antiguo abogado del thatcherismo, y Edward Luttwak, un experto en estrategia militar que asesoró el rearme de la administración Reagan como método más expeditivo para terminar de una vez con la guerra fría.
John Gray creyó ver en la era Thatcher una especie de bolchevismo invertido con la suficiente energía y vitalidad como para liberar a Gran Bretaña de una democracia social rutinaria. Como muchos otros thatcherianos se consideraba en línea con los revolucionarios del mercado libre, optimistas y resistentes a cualquier desaliento (Margaret Thatcher: "The lady’s not for turning") o vuelta atrás en el camino de salida de la planificación estatal. Autor de Hayek on liberty, fué uno de los principales publicistas de la nueva "percepción empresarial" que sustituía al burócrata por el emprendedor, y el defensor de una casi revolucionaria ciencia económica que no creía ya en el valor objetivo del trabajo, sino en el libre juego de las preferencias humanas individuales. Al menos, este era el estado del saber convencional en el pensamiento conservador…antes de 1991.
En efecto, aunque suele interpretarse el colapso de la URSS como el canto de cisne del socialismo, no se insiste tanto en las consecuencias prácticas y teóricas que la era pos-soviética ha tenido para la autoconcepción de la ciencia económica liberal -tal y como Francis Fukuyama ha puesto de manifiesto, e incluso Milton Friedman.
El colapso de la Unión Soviética también forzó a Gray a cuestionarse su fé en el libre mercado. Hasta 1989, dice Gray, "tenía sentido pensar en el estado como "el principal enemigo del bienestar", que era la actitud que alimentaba la atmósfera de los think tank de derechas". Pero tras la caída del imperio soviético, Yugoslavia cayó en una espiral hacia la guerra civil y los partidarios occidentales del mercado libre suministraron terapias de shock a los países ex comunistas con resultados desastrosos. Gray llegó a pensar que el estado era un mal necesario, quizás un bien positivo. Era la única fuerza que podría prevenir que las sociedades se deslizaran al caos total, la extrema desigualdad y la pobreza.
Pero existe una razón más profunda para el cambio de Gray. Sin la Unión Soviética y el estado del bienestar como símbolos desviados del racionalismo de la Ilustración, Gray no podía seguir creyendo en el mercado como antes. El mercado, tal como ahora admitía, patrocina un "culto a la razón y la eficiencia". Solía pensar que el mercado libre surgía espontáneamente y que el control estatal de la economía era antinatural. Pero observando a Jeffrey Sachs y al Fondo Monetario Internacional en Rusia, no podía evitar ver el mercado libre como "el producto del artificio, el diseño y la coacción política". Tenía que ser creado, a menudo con la ayuda del poder bruto del estado.
Edward Luttwak, por su parte, terminó también en el desencanto del turbocapitalismo, después de lamentar como la metodología empresarial había minado a la clase militar norteamericana hasta el punto de provocar últimamente el desastre de Vietnam, donde los oficiales llegaron a ser meros "managers en uniforme". En línea con la tradición clásica (Sun Tzu, Platón, Aristóteles…) Luttwak denunciaba que la élite guerrera norteamericana había perdido su "gusto por la sangre", y los mismos valores empresariales que debilitaron el "arte de la guerra" amenazaban ahora con cuestionar toda la existencia social:
"El mercado, dice (Luttwak) invade cada esfera de la vida, produciendo una "sociedad infernal". En el mismo sentido en que un día los valores del mercado amenazaron la seguridad nacional, ahora amenazan el bienestar económico y espiritual de la sociedad. "Un sistema óptimo de producción es un sistema de producción complétamente inhumano", explica, "porque…estás cambiando constantemente el número de gente que empleas, los mueves de un lado a otro, haces que hagan cosas distintas, y esto no es compatible con alguien capaz de organizar la existencia para sí mismo".
Todo apuntaba entonces hacia un cuestionamiento de los presupuestos "libertarios" comunes entre los conservadores antes del desplome soviético y del fracaso relativo del "Consenso de Washington" durante los años noventa. A pesar de que el artículo de Robin tiene ya seis años, su diagnóstico sobre la débil alianza entre conservadores y liberales no puede ser más actual:
Cada vez resulta más claro que la frágil coalición que una vez aunó libertarios, tradicionalistas y entusiastas del mercado libre, no perdurará. "El fín de la Unión Soviética nos ha privado de un enemigo", dijo Irving Kristol, el abuelo intelectual del neoconservadurismo.
Cualquiera que sea la nueva alineación de las ideologías, en el siglo XXI, ¿acaso puede permitirse que la idea de Estado sea secuestrada por esa cosa llamada izquierda? A partir de un enfoque pragmático, recuperar la idea de estado, y de economía política, debería ser una tarea urgente para cualquier crítica realista del presente. No se trata tanto de que los conservadores se pasen a la izquierda (como sugería Robin), sino de que muchos están (felizmente) regresando de vuelta a la realidad.

