Tampoco podemos pasar por alto la probabilidad de que la inculcación constante de una creencia en Dios en la mente de los niños produzca un efecto tan fuerte, y quizás heredado, en sus cerebros no totalmente desarrollados, que les resulte tan difícil librarse de su creencia en Dios, como a un mono de su miedo y aversión instintivos a una serpiente.
Lo cuenta En El País José Manuel Sánchez Ron (Vía Paleofreak).
A Dawkins le encantará esta cita censurada de Darwin. Hace tiempo había escrito esto:
(…) Mi hipótesis específica trata de los niños. Más que ninguna otra especie, sobrevivimos por la experiencia acumulada de las generaciones previas. Teóricamente, los niños debieran aprender de la experiencia a no nadar en aguas infestadas de cocodrilos. Sin embargo, por mencionar sólo algo, en seguir esta norma práctica habrá una ventaja selectiva para los cerebros infantiles: Cree cualquier cosa que tus mayores te cuenten. Obedece a tus padres; obedece a los ancianos de la tribu, especialmente cuando adoptan un tono solemne y admonitorio. Obedece sin preguntar.

