Sam Harris y Andrew Sullivan están cruzando cartas sobre asuntos religiosos. En una de sus últimas entradas, Sullivan cita un fragmento dejado por un lector de su bitácora:

Los libros religiosos no son solo libros. Son libros que intentan guiar a los seres humanos y su conducta, a través del misterio que es la vida humana. Y cuando digo "misterio" no me refiero al sentido de: "¡Oh, qué guay!". Me refiero al sentido de que sabemos de donde venimos, o hacia donde vamos, o como, de una parte, podemos tener un sentido profundo del yo, o, de otra parte, como debemos vivir con el inconveniente de que todo el sentido de nuestro yo -sin religión- algún día dejará de existir. 

Un fenomenólogo de la religión está obligado a reconocer, en efecto, que muchas personas en este planeta afirman que Dios ha escrito, "inspirado" o dictado al menos un libro, y que éste es considerado por los creyentes como algo más que un libro; la Biblia, el Bagavad Gita, los Upanishads, el Corán, el Dammapada &c. Más recientemente, en 1830 un tal Joseph Smith afirmó ser el traductor de "El libro de Mormón" -aunque, misteriosamente, no se conserva el original. Ya en el siglo XX, Ronald Hubbard escribe Dianética: la ciencia moderna de la salud, una especie de vademecum espiritual para los adeptos de la cienciología.

No siempre la religión se basó en los libros, sin perjuicio de que existieran textos sagrados, o textos que trataban sobre las cosas sagradas. La religión antigua griega y romana, por ejemplo, no se organizaba en torno a ningún libro canónico. Los trabajos y los días, de Hesíodo, o la Ilíada y la Odisea, de Homero, no proporcionaban un canon para el culto, ni el poeta se presentaba como un intermediario de los dioses. Como es sabido, esta "libertad poética" fué explícitamente criticada por Platón, que decretó la expulsión de los poetas de su república perfecta.

A partir de varias tradiciones, los judíos sí llegaron a organizar sus materiales religiosos en un conjunto de libros sagrados: la Torah. Esta "metodología rabínica", basada en la lectura comunitaria -pero supervisada por expertos o rabís, marca no sólo el carácter típico del culto hebreo, sino de las demás "religiones del libro". El Islam, que no sólo se obliga a interpretar El Corán, sino también los textos tradicionales o Hadith, y por supuesto, el cristianismo, cuyo "libro" unificado sólo aparece en un largo periodo de crítica textual que culmina el credo nicénico. Este proceso de criba, que filtra un "canon" a partir de varios libros conocidos por la tradición será interpretado por la comunidad religiosa (emic) como el despliegue de una Idea inspirada por el mismo Dios, a través del Espíritu Santo.

Para el Homo Religiosus, su libro es siempre más que un libro. Pero el hombre no es simplemente un "hombre religioso", sino un cristiano, un musulmán, un budista, un animista, un hinduísta. En consecuencia, Dios no ha escrito un único libro, sino muchos. Y estos libros afirman cosas diferentes a cerca de la naturaleza divina, del hombre y del cosmos. Según la Teogonía de Hesíodo, el mundo se origina a partir del caos original. Según el Génesis, Dios no crea el mundo desde el caos, sino de la nada. Según la interpretación nicénica de los evangelios, Jesús es el Cristo, una perfecta unión de naturalezas humana y divina que vence absolutamente a la muerte y recapitula toda la historia humana. Según la interpretación arriana, rechazada en Nicea, Jesús no tiene una verdadera naturaleza divina. De la misma forma, según El Corán, Jesús es un profeta venerable (junto con Manes, Abraham y Moisés) pero no es un Dios. Según los hinduístas, Dios no es una entidad personal, sino el impersonal Brahma, que últimamente coincide con el Atman o "yo" espiritual. Según la religión antigua griega y romana, el destino del hombre consistía en el oscuro Hades -con la excepción de los campos Elíseos reservado a los héroes. El Islam promete un cielo habitado por huríes. El cristianismo afirma la resurrección de los cuerpos en el día del juicio final. Los budistas insisten en la rueda de reencarnaciones o Samsara que sólo interrumpe el Nirvana.

El fenomenólogo de la religión se ve obligado a reconocer una dialéctica de religiones, de libros e incluso de Dioses. ¿Acaso Agustín no llamaba "demonios" a las deidades romanas y griegas? ¿No luchó Neptuno contra los troyanos y Apolo a favor de ellos? ¿No lucharon los dioses mismos en la llanura de Campania? ¿Cómo interpretar las "guerras de religión" a partir de la reforma? ¿Y la Yihad?

Más aún. Al menos para el fenomenólogo religioso, Dios no ha dejado nunca de "escribir libros". El siglo XX ha presenciado la edición del Libro de Urantia, de la Dianética y literalmente cientos de otros "textos sagrados" inspirados a místicos, "contactados" y lunáticos de todo tipo. La diferencia con los antigüos libros no es sólo de tiempo, sino de Ilustración. Nadie se toma hoy realmente en serio la autoría divina o inspirada del libro de Urantia y sólo algunos fanáticos ignorantes siguen los consejos de los cienciólogos. Sin embargo, muchos aún hacen una excepción cuando se trata de libros como la Biblia y El Corán. La historia de la Ilustración coincide, en cambio, con el repliegue progresivo de estas "excepciones". El propio Agustín, obispo de Hipona, hacía el siguiente juicio sumario de la religión romana en el libro II (Capítulo IV) de La ciudad de Dios:

Alguien me va a decir: ¿pero tú no crees todo esto? No; yo esto no me lo creo. El mismo Varrón, un romano lleno de sabiduría, aunque le falta audacia y firmeza, llega casi a confesar que todo esto es una patraña. Sin embargo, afirma que resulta útil a las ciudades, aun siendo falso, el que sus hombres más significados se crean engendrados por dioses.

Quizás necesitemos una "audacia y firmeza" más allá de nuestro alcance para resolver vivir en un mundo sin libros que sean "más que un libro". Pero las demás opciones no son muy prometedoras. ¿Por qué no admitir honestamente, con Sam Harris, que los libros religiosos son simplemente libros escritos por hombres imperfectos como nosotros?