En otras ocasiones ya nos esforzamos en entender el socialismo como un concepto esencialmente político, algo que tiene que ver con la organización de la vida humana en el estado y que por tanto concierne a la filosofía política y la politología. Este criterio, en primer lugar, nos permite desconectar el socialismo de la antropología cultural: el "socialismo primitivo", a la manera de Morgan y tal como será después tratado por Engels y Marx. El socialismo comienza con la época histórica (que Marx llamaba, sin embargo, "prehistoria" de la humanidad) y aún careciendo de autonomía en el mundo clásico, se diría que los estados de Esparta y Creta tenían ya algo de "socialistas", por cuanto sus constituciones pretendieron extender la mancomunidad a una buena parte de los hombres libres o ciudadanos. Platón mismo propondrá un socialismo parcial (comunidad de mujeres y bienes para la casta guerrera) que recibirá potentes críticas de Aristóteles. En segundo lugar, el socialismo político se diferencia del "socialismo filosófico" y de otras concepciones metafísicas que tratan sobre la solidaridad o "simpatía de todas las cosas", al modo estoico, desbordando incluso el ámbito de la socialidad humana -que nunca debe confundirse con el socialismo.
Una vez delimitado políticamente el socialismo, tampoco cabrá identificarlo con la izquierda. ¿Es que el fascismo o el nacionalsocialismo alemán, o la misma Falange española, no tenían importantes elementos "socialistas"? Sin embargo, normalmente se asocia al fascismo con la derecha política. Quizás por esto Hayek pudo dedicar su libro Camino de servidumbre a los "socialistas de todos los partidos", o dicho en otros términos, a los "socialistas de izquierdas y derechas".
Tampoco debe identificarse el socialismo con el ateísmo o con el materialismo. Al contrario, la mayoría de los socialismos han profesado con entusiasmo algún tipo de espiritualismo. Por eso no hay que sorprenderse de que Hugo Chávez jure solemente su cargo delante de Dios y de la patria (¡de nuevo la justificación divina del Rey!) o de que el dirigente bolivariano considere a Jesucristo "el más grande socialista de la historia". Sin duda, el indigenismo, el espiritualismo y el cristianismo, por la vía de la teología de la liberación, forman parte esencial del socialismo del siglo XXI. No se trata de meras "adherencias" añadidas a un conglomerado caótico, y que una vez "limpiadas" permitan mantener intacta la estructura del todo. Las arengas cristológicas de Chávez no son concesiones al "opio popular" ni astucias de la razón maquiavélica, sino partes formales de su doctrina. Más que atrincherarnos en un marxismo prístino, el Marx de los doctores en filosofía (distinto al Marx de los políticos o al Marx de los militantes de a pie), es preferible emplear una metodología inversa: investigar cómo a partir de un "núcleo marxista", entre otros (núcleos de "socialismo ricardiano", de "socialismo cristiano medieval" &c) han podido generarse versiones socialistas espiritualistas, indigenistas, católicas…
La "cultura cristiana", por otra parte, configura una especie de materia prima para todas las ideologías de la América hispana. Los mismos liberales venezolanos de Zulia tampoco prescinden del cristianismo, sino que han intentado coordinar hermenéutica cristiana y liberalismo económico. Una interpretación, por cierto, acaso aún más forzada que el "Cristo socialista" de Chávez. Aunque la tradición marxista pretendió desconectar el socialismo científico del llamado socialismo utópico y de toda adherencia religiosa, pues la "emancipación humana" dependía esencialmente de la emancipación humana de la religión, los lazos históricos entre socialismo y cristianismo son muy difíciles de ocultar. Es mucho más difícil entender cómo de una doctrina esencialmente ebionita y pobrista (como ha explicado magníficamente Antonio Escohotado -¡Nunca nos cansaremos de recomendarlo!) ha podido desarrollarse una ética del capitalismo liberal y no precisamente alguna clase de "ética socialista".
Viñeta vía Neoconomicón.