Señor, hay un punto en el que pienso que esta carrera debería detenerse.
Son notables, aunque nada soprendentes, las reacciones de protesta desencadenadas con ocasión del ahorcamiento de Sadam Husein. Entre nosotros, tanto altos representantes de la Unión Europa como el presidente del gobierno de España, además de una larga lista de "artistas e intelectuales", aprovecharon la ocasión para recordar su oposición a la pena capital. Incluso desde el Vaticano se lamentaban porque la soga terminara con la vida del tirano y genocida iraquí, despreciando o pasando por alto una larga tradición cristiana de justificación del tiranicidio, de Tomás de Aquino a Juán de Mariana. Como nota curiosa, aunque no exenta de interés, Richard Dawkins se quejaba no tanto ya por la "vandálica" ejecución, sino porque el cerebro de Sadam quedase definitivamente sustraído al análisis científico, dejando así un hueco más difícil de rellenar para la psicohistoria.
La negación de la pena capital procede de varias fuentes, pero hay dos especialmente pregnantes. En primer lugar, la negación progresista, secular, que pone por delante el valor absoluto del pacifismo y se sustenta en una concepción "reinsercionista" del derecho. Según esta visión, la finalidad de las penas nunca puede consistir en arrebatarle la vida al reo, por horrendos que nos resulten sus crímenes, ya que siempre se contempla la posibilidad de reinsertarlo en la sociedad de personas. Además, y lo que es aún más importante, la negación de la pena capital se hace aquí en nombre de la ética de los derechos humanos, que en su tercer artículo establece el "derecho a la vida" de todo hombre. Las reacciones ante la ejecución de Stanley "Tookie" Williams, un condenado a muerte en los Estados Unidos que se había significado por su activismo pacifista una vez capturado y hecho preso, pueden servir aquí como ilustración. Desde luego, si el pacifismo fundamentalista deriva del mandamiento "No matarás", la idea de reinserción dentro de la doctrina jurídica del "estado de derecho" puede considerarse una secularización del arrepentimiento. En la visión cristiana Dios es un tribunal superior al de los hombres, capaz de reparar y disculpar cualquier clase de ofensas con tal de que se reconozca su autoridad suprema. La gracia santificante puede llegar incluso a convertir (¿por qué no?) los criminales en santos. Desde esta perspectiva, la justicia humana aparece enteramente subalternada a la divina, al igual que el poder político se fundamentó durante tiempo en el origen divino del gobierno. Roger Bartra, en El salvaje en el espejo, narraba enjundiosas historias a cerca de "santos salvajes" a los que Dios otorgaba personalmente el perdón por sus pecados después del ostracismo voluntario de los pecadores. En la antigüedad también era habitual que la pena capital fuera conmutada por el ostracismo – como atestigua el proceso a Sócrates en Atenas.
Sin embargo, y pese a afirmar la superioridad de la justicia divina sobre la terrena, La iglesia no ha condenado nunca explícitamente la pena capital (aunque sí ha rechazado en al menos dos ocasiones su negación: en la la herejía Valdense -Denzinger, 425- y en la herejía luterana -Denzinger, 773-). La negación cristiana de la pena capital puede fundamentarse, en cambio, en una cierto dualismo hipócrita: a la Iglesia no le concierne el gobierno de los cuerpos políticos, sino el de las almas de los creyentes ("A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César"). Por ello los tribunales de la Inquisición no podían ejecutar directamente las penas de herejía, sino que eran relajados al "brazo secular" –al igual que ocurrió en el mismo proceso a Jesús por la justicia romana. Dicho en términos más claros: los herejes eran entregados a los verdugos del rey tanto para satisfacer las demandas de ortodoxia religiosa como para sostener un orden político fundado en la misma unidad política-religiosa.
Frente a esta doble negación de la pena capital, progresista y "sagrada", no faltan buenos argumentos a su favor. Richard Posner y Gary Becker han recalcado los efectos disuasorios que, sin duda, acarrea la pena capital. La posibilidad de permanecer en prisión de por vida es, como afirma el sentido común y confirman los trabajos empíricos de Isaac Ehrlich, mucho menos disuasoria que la posibilidad de morir ajusticiado –pese a que esta posibilidad es, en la práctica, bastante escasa (los 59 ajusticiados en EE.UU contrastaban con los 100.000 fallecidos en accidentes de tráfico en 2004). Estos mismos autores recuerdan que la posibilidad de que un inocente sea ajusticiado es casi nula en los Estados Unidos. Como promedio, los reos pasan una década antes de que su pena sea cumplida, lo que prácticamente hace imposible la ejecución de inocentes.
Pero los argumentos favorables a la pena capital no proceden tanto de la fría economía estadística sino de una razón más profunda que compromete los fundamentos morales de una sociedad política. ¿Puede permitirse una sociedad política dejar impunes crímenes horrendos que no admiten reparación, como el asesinato de seres humanos inocentes? Gustavo Bueno propuso incluso denominar "eutanasia procesual" a la llamada "pena capital", puesto que en un contexto materialista y naturalista carece de sentido suponer que la muerte pueda ser considerada realmente una "pena". Las "penas" se aplican sobre los cuerpos de los hombres, y no sobre sus almas. Pero solo el espíritu del condenado, una vez ajusticiado, podría realmente sufrir una "pena de muerte". Como dijo Epicuro en el siglo III a.C:
La muerte no es nada para nosotros. Cuando se presenta nosotros ya no somos.


Creo que no faltan argumentos en contra y, por supuesto, a favor de la pena de muerte. Lo que me molesta es la asunción por parte de sus detractores de que se trata de un asunto zanjado donde no hay posibilidad de debate, un episodio histórico acabado. Además, se ignora -o se miente descaradamente- el efecto disuasor de la pena. Como en tantas otras instancias, el pacifismo progresista se sube a la atalaya moral y no admite réplicas.
Comment by Chema — January 7, 2007 @ 10:35 pm
Y otra cuestión es la de las “excepciones” que salieron en el blog de Andrés. Por ejemplo, algunos defienden el tiranicidio, pero no la pena de muerte, en general. Otros justifican la pena capital, pero sólo en caso de guerra. Lo cual recuerda a aquello del “socialismo de guerra”. Pero, lo que es bueno para tiempos de guerra, o aquello que es malo, ¿por qué iba a ser muy distinto en tiempos de paz?
Comment by Eduardo — January 7, 2007 @ 11:24 pm
Ya que mencionas a Tookie Williams, he recordado el tratamiento en los medios españoles -en esto, como en casi todo, son indistinguibles-; parecía que le hubiesen condenado a muerte por escribir cuentos infantiles y no por un asesinato múltiple del que nunca se arrepintió.
Comment by Chema — January 8, 2007 @ 9:34 am
Primero, los caramelitos:
Discursos sobre la pena de muerte I
Discursos sobre la pena de muerte II
Por qué no. Mi opinión, infinitamente mejor expresada por Gracia Martín, “Lecciones de consecuencias jurídicas del delito”, Tirant Lo Blanch.
Comment by Entropía — January 8, 2007 @ 6:09 pm
(Gracia Martín sin lenguaje -buff- html).
La pena de muerte, se dice, es imprescindible para la defensa de la sociedad, pues es la única temida por los delincuentes por su elevada eficacia intimidante. Este argumento es radicalmente falso. La eficacia de prevención general de la pena no está demostrada en absoluto; en cambio, existen investigaciones empíricas que, aun sin valor absoluto, constantan que en aquellos paises en que se ha abolido la pena de muerte también ha disminuido, e incluso de modo apreciable, la comisión de los delitos graves que se castigaban con ella. Como observa además Terradillos “los delitos más graves -asesinato, parricidio- se cometen en situaciones anímicas en las que la posibilidad de una condena a pena de muerte no entra en los cálculos del autor”.
Desde el punto de vista de la prevención especial no hay duda alguna sobre la eficacia de la pena de muerte, pues evidentemente impide ya a ese sujeto la realización de un nuevo delito. Sin embargo, como ha destacado Serrano Gómez, también “el largo período de privación de libertad a que suele someterse a quienes cometen homicidios agravados u otros delitos que llevan aparejada la pena de muerte, de por sí les priva de muchas posibilidades de reinicidencia”. Por otro lado, como destaca Mir Puig, “en un Estado democrático la función de prevención especial no sólo debe proseguir la protección del conjunto de la sociedad, sino también facilitar la participación del delincuente en la vida social y ello se opone a las normas de prevención especial que anulan total (pena de muerte) o parcialmente (penas corporales, manipulación del cerebro) la participación social del delincuente. Frente a quienes estiman que la pena de muerte es necesaria ante el temor de que delincuentes muy peligrosos vuelvan a cometer delitos graves cuando sean liberados por haber cumplido la pena privativa de libertad, hay que recordar que existen investigaciones empíricas que revelan que los delincuentes de sangre que han sido indultados presentan el menor índice de reincidencia a la salida del establecimiento y que su peligrosidad es notablemente inferior a la de otros condenados.
Frente al argumento de que sólo la pena de muerte es la justa contra quienes han cometido determinados crímenes atroces, y que sólo así se puede compensar el mal causado con tales delitos, hay que responder ante todo que, de acuerdo con la moderna teoría de la retribución, no es posible ni racional buscar una compensación del mal causado con el delito mediante la aplicación de otro mal al delincuente, y esto debe adquirir especial fuerza en el caso de que el mal fuera la muerte del sujeto.
Los argumentos a favor de la pena de muerte no son racionalmente sostenibles. Por el contrario, y además de la fuerza de convicción que ya de por sí tienen los contraargumentos desarrollados, que demuestran por sí solos la irracionalidad que prende al discurso favorable a la pena capital, existen otros argumentos decisivos en contra. Hay que rechazar con la mayor contundencia las afirmaciones de Rodríguez Devesa en el sentido de que “la justicia de una pena, para comenzar por el que sin duda es el argumento más importante, depende considerablemente de las concepciones sociales vigentes en una época determinada, pues es un problema de proporción” y en el sentido de que “el problema de la legitimidad de la pena de muerte no se pueda plantear en términos absolutos”. A lo primero hay que responder que las concepciones sociales vigentes en una época determinada en numerosas ocasiones son precisamente irracionales y están alejadas de elementales sentimientos de justicia, aparte de que, como ha descrito Gimbernat, en relación con la atmósfera social que propició el genocidio nazi, las concepciones sociales se forman en ocasiones bajo el influjo de la propaganda de las ideas más irracionales por quienes tienen el poder de difundirlas. Frente a lo segundo hay que decir que el problema de la legitimidad de la pena de muerte sí puede y debe plantearse en términos más absolutos. Que la pena de muerte es inadmisible es algo que debe pronunciarse con la contundencia más absoluta, de modo que ya el mismo debate sobre su posible legitimidad debería ser rechazado. La pena de muerte es una pena inhumana y, por ello, irracional. Como dice Torío, “la pena de muerte, la tortura y las penas corporales comprometen estructuras valorativas profundas y contra tales hechos se reacciona con una actitud absoluta, pura, que consiste y se agota en la convicción de que no-deben-ser, y concretamente la pena capital se revela como la forma suprema de la inhumanidad.
Comment by Entropía — January 8, 2007 @ 6:13 pm
Gracias, ¡Magnífico discurso de Stuart Mill!
Comment by Eduardo — January 8, 2007 @ 6:16 pm
…Y Falange “auténtica” también dice no a la pena capital:
Lo dicho, un mundo sin substancia.
Comment by Eduardo — January 9, 2007 @ 5:10 pm
“Los argumentos a favor de la pena de muerte no son racionalmente sostenibles.”
Pues nada, será que la inmensa mayoría de los pensadores, políticos, etc, desde Platón y Aristóteles hasta Bueno, pasando por Hobbes, los framers americanos, el aquí citado Stuart Mill, etc, etc, son unos irracionales. Menos mal que detrás de todos ellos venía Gracia Martín a enmendarles la plana.
Estas cosas me recuerdan siempre la frase de Maupassant: “Os creéis más modernos sólo porque estáis vivos”.
Comment by Chema — January 10, 2007 @ 2:02 am
No convencen, señores, al menos a quien lee, afirmaciones automáticas del estilo de “es indefendible si mi enemigo político lo defiende” o “es racional si seres racionales lo defienden”, pues además de embarcarme a “contralistas de autoridad” que a poco llevarían, sin contraargumentos ni refutaciones a las ideas de Gracia Martín, la pena (que stricto sensu ni lo es) de muerte sigue siendo irracional, inmoral, inhumana e injusta. Eppur si muove.
Comment by Entropía — January 10, 2007 @ 9:42 am
Lo que es una verdadera “inmoralidad”, y un ejemplo de irracionalidad de nuestro sistema penal, es que los criminales horrendos sobrevivan a sus actos. Si un criminal no se suicida después de cometer un crimen horrendo, el estado tiene pleno derecho a aliviarle la pena insoportable de su conciencia quitándole de en medio después de un juicio justo.
Los conceptos que maneja Gracia Martín sobre “humanidad”, “justicia” o “racionalidad” son francamente infantiles. Aunque tienen el mérito, eso sí, de recoger el zeitgeist dominante en Europa.
Comment by Eduardo — January 10, 2007 @ 2:49 pm
He dicho, aquí y en otros lugares, que encuentro argumentos a favor y en contra. Ahora bien, decir una machada como “Los argumentos a favor de la pena de muerte no son racionalmente sostenibles” y quedarse tan ancha…
¿Irracional? ¿Son irracionales los argumentos de Stuart Mill? ¿Lo son los de Posner? ¿Los de Bueno?
¿Inmoral? ¿Según qué criterio moral?
¿Inhumana? ¿Conoce alguien, aunque sea Gracia Martín, alguna especie animal que la practique aparte del hombre?
¿Injusta? La verdadera injusticia es la lenidad con los criminales.
Comment by Chema — January 10, 2007 @ 2:50 pm
…De modo que ya el mismo debate sobre su posible legitimidad debería ser rechazado…
O sea, que como yo creo lo contrario, nadie tiene derecho a discutirme. Puro espiritu democratico, si señor.
No se si estoy a favor de la pena de muerte(sin duda si en algunos casos, y posiblemente, mas aun si me afectara personalmente el asunto, egoista sin duda, pero humano), pero existe mil argumentos a favor, empezando porque si la vida humana es considerada lo mas sagrado, cualquiera que cometa la osadia de atentar contra ella esta cometiendo el mas grave delito, con lo que, ¿a que le condenas?
Para mi la carcel y la justicia no estan tanto para, como dicen algunos, reinsentar al delincuente(algo que solo es posible con determinados delitos, un genocida no puede ser reinsertado, puede que si uno es Cristo o un santo, yo admito que no tengo tales capacidades de perdon) sino por un lado para evitar que la gente se tome la justicia por su mano, y por otro para proteger a la sociedad de los criminales presos. Si la justicia no es justa, si el castigo no se adapta al delito, no existe, y existe el peligro de que la sociedad decida obviarla.
Por otro lado, es de coña ver como para rechazar argumentos, se usan teorias, y se les da el valor de verdades absolutas, como ese comentario sobre la teoria de la retribucion. Por dios, preguntele a la familia de una chica a la que han violado y asesinado posteriormente, que opina que se debe hacer con quien cometio tal delito, y veamos si es posible y racional aliviar su pena con la eliminacion del criminal.
Quien la hace, la paga, o al menos deberia pagarla.
En serio, leyendo los argumentos de Gracia Martin, casi casi me ha convencido de justo lo contrario de lo que queria, de que tal vez no sea tan mala la pena de muerte, una mezcla de banalidades, frases hechas, verdades sagradas progres(que no tienen por que ser verdad, ni reconocidas como tales por los demas, por mucho que si fuera por ellos nos las impondrian), ausencia de espiritu critico y de deseo de contrastar ideas (esa frase inicial que he puesto resume toda su argumentacion). Es alucinante que quienes defienden a muerte el dialogo con quien sea, sean asesinos, genocidas, o cualquier otro ser, nieguen ese derecho a dialogar, a llegar a acuerdos, o simplemente a disentir. No se puede intervenir en un debate, o no se deberia, o no es desde luego democratico ni demuestra ningun tipo de espiritu de tolerancia o respeto, dejando caer que no se tiene derecho a debatir tal cosa. Porque yo lo valgo.
Si se quiere convencer de la bondad de una postura, use datos, estadisticas, razonamientos logicos, incluso si quiere haga llamamientos a la fe, a los sentimientos, a lo que desee, pero use algo, porque habla mucho de racionalidad, y no la vi usar en ninguna parte de sus argumentos, solo palabreria, paja y censura.
Comment by martin — January 10, 2007 @ 9:23 pm
Eduardo, Chema, Martin: como ya no tengo tiempo de más, un beso.
Andrés: ser liberal para delegar en el Estado el poder de decisión sobre la vida y la muerte.
Comment by Entropía — January 11, 2007 @ 12:54 am
Enigmático comentario. No obstante, conviene no confundir liberalismo con anarquismo. Y no es metafísicamente el “Estado” el que decide sobre la muerte de criminales horrendos, sino las leyes y los tribunales.
Comment by Eduardo — January 11, 2007 @ 1:00 am
La cadena perpetua, o una condena de tres años y un día, ¿no es acaso decidir sobre la vida del reo? Llevada al extremo, esta postura invalida cualquier pretensión de impartir justicia o de dotarse de leyes.
Como siempre, los maximalismos se tocan: progresismo, an-caps, religión…
Otro beso, en todo caso.
Comment by Chema — January 11, 2007 @ 3:19 am
Sobre lo que propone Gustavo Bueno sobre la eutanasia procesal aquí está el link.
http://www.fgbueno.es/gbm/gb1995di.htm#05
Comment by Cornell — January 11, 2007 @ 11:07 am
Es evidente que Sadam Husein debía ser condenado a muerte ya que él mandó gasear a los kurdos con las armas químicas que les vendieron los EEUU, y además recordemos que tenía armas de destrucción masiva. Evidente también es que Bush no debe de ser condenado a muerte junto a otros “estadistas” por todos los muertos que se producen en Iraq debido a unos informes falsos, ¡qué barbaridad que les condenasen a muerte a los buenos!
La pena de muerte sería algo así como educar a un perro para peleas y luego hacer una ley que permita asesinarlo por violento, si es que la culpa siempre es del perro, nunca del amo…
Comment by David — May 2, 2007 @ 6:50 pm