Cuando el fundador del judaísmo jasídico, el gran rabino Israel Shem Tov, veía que el infortunio amenazaba a los judíos, era su costumbre acudir a una cierta parte del bosque para meditar. Allí encendía un fuego, decía una oración especial, se hacía el milagro y el infortunio se evitaba. Más tarde, cuando su discípulo, el celebrado Maggid de Mezertich, tuvo ocasión, por la misma razón, de interceder con el cielo, iba al mismo lugar del bosque para decir: "¡Maestro del universo, escucha! Yo no sé como encender el fuego, pero aún soy capaz de decir la oración", y de nuevo se hacía el milagro. Más tarde aún, el rabí Moshe-leib de Sasov, para salvar a su pueblo una vez más, iba al mismo bosque para decir, "Yo no sé cómo enceder el fuego. Yo no sé la oración, pero conozco el lugar, y eso debe ser suficiente." Fué suficiente, y el milagro se hizo. Entonces le tocó al rabí Israel de Rizhin superar el infortunio. Sentado en su silla, con la cabeza en sus manos, le habló a Dios: "Soy incapaz de encender el fuego, no conozco la oración, y ni siquiera puedo encontrar el lugar en el bosque. Todo lo que puedo hacer es contar la historia, y esto debe ser suficiente." Y fue suficiente. Dado que Dios hizo al hombre porque Él ama las historias.

de Elie Wiesel, citado por Daniel Dennett
(Breaking the spell, Pág 252-253)