Ningún asentamiento podría haber sido peor organizado que aquellos de los españoles en México, Peru y Quito. La tiranía, la superstición y los vicios de la madre patria fueron introducidos en grandes cantidades entre sus hijos. Impuestos exorbitantes fueron extraídos por la corona. Las restricciones más arbitrarias fueron impuestas sobre el comercio. Y los gobernadores no estuvieron detrás en rapacidad y extorsión tanto para sí mismos como para su superior.
A pesar de tan desastrosa colonización, Malthus reconoce que la población continuó aumentando. Según los informes de Francisco de Ulloa, Lima y Quito podrían contener 50.000 habitantes sólo 50 años después de su fundación. En México, la población excedía de 100.000, cinco veces más que en tiempos de Moctezuma. Y ni siquiera la tiranía portuguesa había logardo impedir un aumento bastante espectacular en Brasil.
Frente a la crueldad de españoles, portugueses u holandeses, a los ojos del economista inglés brillaba la colonización emprendida por los EE.UU:
(…) las colonias norteamericanas, ahora el poderoso pueblo de los Estados Unidos de América, hizo de largo el progreso más rápido. A la plenitud de buenas tierras que poseían en común con los españoles y los portugueses, añadieron un grado mayor de libertad e igualdad. Aunque no sin algunas restricciones sobre su comercio exterior, les fue permitida una perfecta libertad de organizar sus propios asuntos internos. Las instituciones políticas que prevalecieron fueron favorables a la alienación y división de la propiedad. Las tierras que no fueron cultivadas por un propietario dentro de un tiempo limitado fueron garantizadas a cualquier otra persona.
Pero el cuadro malthusiano distaba mucho de ser realista o neutral. La llegada de los europeos al nuevo continente causó, sin la menor duda, una enorme convulsión en el proceso de la civilización americana. Pero ni la "tiranía" ni la "destrucción de las indias" fueron un patrimonio de los españoles o los portugueses. De hecho, la campeona de los genocidios indígenas fue América del Norte. En la América del Sur aún hoy quedan no pocos descendientes de los pobladores nativos capaces de sostener resentimientos reales o imaginarios contra España, pero en los EE.UU y Canadá apenas restan unos pocos representantes indios siquiera para "fabular" sobre una leyenda negra de cuño angloprotestante. Los nativos del norte fueron sencillamente borrados del mapa de la historia a medida que el "destino manifiesto" de los nuevos colonos europeos introducía en el nuevo continente su poderosa y superior "civilización". El "Imperio de la libertad" norteamericano se fraguó entre medias de dos dolorosas contradicciones: la institución de la esclavitud, que sólo pudo resolver una de las más cruentas guerras civiles de la memoria histórica, y el exterminio de los nativos norteamericanos, a quienes en la práctica no pudo reducirse a la nueva civilización liberal y el universalismo implícito de sus "derechos naturales" inviolables.
Pocos nativos americanos pudieron convertirse en "hombres lockeanos". Y, en cualquier caso, las "libertades" cantadas por Malthus no fueron disfrutadas por los esclavos negros o los indígenas del norte.
El gobierno de los EE.UU y la misma nación no pueden fingir inocencia sobre este genocidio. Knox mismo advirtió en 1793 que "Si nuestros modos de población y guerra destruyen a las tribus (…) la parte no interesada de la humanidad podrá clasificar los efectos de nuestra conducta del mismo modo que la de los españoles en México y Perú juntos". Ningún antiamericano rabioso, sino Robert Kagan (en Dangerous nation), reconce que la "conquista pacífica" norteamericana implicaba un alto grado de hipocresía, en la medida en que los propios Knox y Jefferson no dudaron en declarar la guerra a los indios cuando estos rechazaban ceder sus tierras de modo voluntario.
Contra un liberalismo infantilista y naif, tan en boga últimamente, es necesario recordar que los gobernantes y los colonos europeos fueron, en no pocas ocasiones, "verdugos voluntarios" de los americanos nativos. Cierto es que la expansión americana no obedeció siempre a un plan político consciente. A menudo el estado intentó ejercer un papel de árbitro y de límite a las incesantes aspiraciones para apropiarse de nuevos territorios. Pero una vez que se vencían los lindes, y cada vez que se traicionaba algún acuerdo territorial, el gobierno se veía conminado a prestar apoyo material a los colonos, ratificando las nuevas conquistas en una política de hechos consumados que no rectificó hasta alcanzar el eclipse total de la población nativa.
Las impresiones de Malthus son muy discutibles en otros dos aspectos de su apresurada interpretación: el papel jugado por la Corona española y la situación del comercio.
Fueron precisamente las nuevas leyes de Burgos de 1512, promulgadas por la Corona, las que permitieron reorganizar la colonización americana para intentar limitar los abusos de los encomenderos y sus "empresas privadas". Por otro lado, la polémica de Salamanca, entre Las Casas y Sepúlveda mostraba que las preocupaciones morales del Imperio Español no eran en absoluto inferiores a planteamientos similares surgidos en el ámbito angloprotestante.
Y, en cuanto al comercio, la noción de "libre comercio" era en la práctica muy extraña también en la nación norteamericana. Así lo expresa también Robert Kagan, en unos párrafos que convendría tener muy presentes en adelante:
Muchos americanos no podrían creer que el comercio entre las naciones llevara necesariamente a la armonia y la paz global. Sabían que la competición por el comercio produjo guerras tan frecuentes como las que previno el "dulce comercio". En esto Hamilton y Jefferson estaban de acuerdo. Hamilton preguntó: "¿Hasta ahora ha hecho el comercio algo más que cambiar los objetivos de guerra?".
(…) Los americanos sabían que cualesquiera que fueran sus propias preferencias, el mundo en el que vivían no era hospitalario a ninguna noción de libre comercio. Las restricciones comerciales eran un hecho de la vida. Adams acaso había esperado que "la creciente liberalidad de sentimientos entre los filósofos y los hombres de letras, en varias naciones" podría conducir a una "reforma, una clase de protestantismo en el sistema comercial del mundo". Pero no se sorprendió de que los gobiernos no siguieran los consejos de los filósofos, insistiendo en su lugar en un auto-engrandecimiento a corto plazo.
(…) El comercio, lejos de ser la respuesta americana a los problemas del mundo, a menudo parecía una carga pesada para aquellos que intentaban preservar el bienestar de la joven nación.
Dangerous nation, Pág. 60
La civilización cristiana europea, en su versión católica y protestante, se extendió por el nuevo continente siguiendo leyes históricas prácticamente inexorables, por lo que no cabe caer en la tentación de la inocencia. Ni los colonos y conquistadores eran ingenuos misioneros de la libertad, ni todos los indígenas eran "buenos salvajes" expropiados. En un balance entre ilustración y exterminio, libertad y servidumbre, América no tenía otra alternativa que ingresar en la historia universal. Pero hoy aún es muy injusto situar la carga del exterminio o de la tiranía únicamente en las espaldas de los españoles, ignorando que nuestros "conquistadores" también fundaron nuevas ciudades y universidades, que abrieron nuevas rutas comerciales y que libraron a muchos pueblos americanos de alguna de las más crueles tiranías conocidas.
Vía Pista Norte.



