¡Malditos seáis los ricos, que disfrutasteis ya de vuestra felicidad!
Lucas 6.24
Hay una larga tradición que une la economía con las tinieblas. El desprecio por los asuntos contables lo compatieron, mutatis mutandi, romanos, cristianos y leninistas. Siguiendo los pesimistas designios de Malthus, en 1849 Carlyle concebía así la ciencia económica:
a dreary, desolate, and indeed quite abject and distressing one; what we might call, by way of eminence, the dismal science.
Tal como recuerdan en The Economist, muchos pretendieron fundamentar el pujante liberalismo en el "cálculo felicitario" ideado por Bentham y los utilitaristas, que soñaron incluso con un "hedonómetro" capaz de medir el balance de placer y dolor en las personas. Lo que el nobel en ecomomía Daniel Kahneman ha demostrado es que semejante "felicidad" no es, al fín y al cabo, tan misteriosa como sospechábamos.
Los hombres en busca de felicidad no son exactamente maestros soberanos benthamianos, no están determinados por un cálculo perfecto de placer y dolor, sino más bien por "memorias falibles del placer y del dolor". Experimentos con pacientes sometidos al examen de un "colonoscopio" (en el que una sonda es introducida vía rectal) muestran que las experiencias de los pacientes están muy condicionadas por la apreciación del último momento. Esto es, pacientes sometidos a esta freudiana experiencia durante más tiempo, pero "disfrutando" de un desenlace más benévolo, calificaban mejor su experiencia en comparación con aquellos que sufrían finales peores y un tiempo total significativamente menor.
La "felicidad" es hoy una variable del comportamiento humano susceptible de ser relativamente evaluada y controlada; al igual que otras áreas históricas sutraídas del examen científico; como la inteligencia o incluso el sentido moral y religioso. Esta "ciencia de la felicidad" consolida afirmaciones típicas del sentido común, mientras que amplía o relativiza otras. Los individuos mejor posicionados en el espacio social tienden a disfrutar un grado de felicidad superior a aquellos situados en posiciones inferiores. Los países económicamente más avanzados muestran índices de felicidad mayor que los pobres, pero el progreso económico dentro de los países ricos no asegura un progreso felicitario paralelo. También conocemos mejor la función del status y las ansiedades que genera: tener muchas cosas no es suficiente cuando los demás poseen más, o poseen lo mismo.
Esta "ansiedad por el status" permite moderar, suavizar o contextualizar el dogma útil del "laissez faire". La competición inherente a la economía libre genera una "carrera hacia el abismo" que constantemente obliga a interferir en los asuntos ajenos. De aquí que el crecimiento posea ciertos "límites sociales" (por decirlo al modo de Fred Hirsch): muchas cosas buenas de la vida son "posicionales" en el sentido de que uno no puede disfrutarlas del todo si los demás también lo hacen.
Ni siquiera el "nuevo hombre" socialista pudo nunca sustraerse del todo a esta lucha por el status. Pero, al igual que Marx o Lenin, el reproche de Carlyle hacia la economía liberal no tenía nada que ver con el augurio o la celebración de una alternativa "civilización del ocio":
The only happiness a brave man ever troubled himself with asking much about was, happiness enough to get this work done.
Como recordaba otro premio nobel, Edmund Phelps, los deseos de felicidad y realización social no pueden cumplirse enteramente en el ocio. Es más, las economías dinámicas "angloamericanas" parecen ser, en general, mucho más propicias para el cálculo felicitario que el "capitalismo social" europeo. Al menos, así lo documentaba un estudio de World Values Survey.
¿Una economía y un trabajo siempre lúgubres? Las experiencias que el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi llama "fluir" (flow) parecen ser marcas muy comunes del trabajo humano, incluso aquel tradicionalmente más "enajenado" –con la significada excepción social del periodismo. En esta realista convicción de que no es posible segregar el negocio del ocio, o la economía de la felicidad, trabaja el proyecto Good Work, intentando construir justamente una economía no tan lúgubre.