En conversaciones electrónicas he recibido algunas críticas al "naturalismo filosófico" de ésta bitácora. Los "teóricos de la naturaleza humana", según estas críticas, habrían alcanzado una concepción metafísica y susbtancialista de la "naturaleza" escasamente consistente. La "Naturaleza humana" sería una substancia poco menos que eterna modificada sólo accidentalmente por cambios sociales, políticos y tecnológicos.

Pero ésta interpretación mitologizada, substancialista y metafísica pierde completamente de vista el significado auténtico de las nuevas ciencias de la naturaleza humana.

La "naturaleza humana" no es una substancia eterna que existe en sí y para sí. Fue precisamente Charles Darwin quien trastocó para siempre la idea clásica de naturaleza en general, y de naturaleza humana en particular, al introducir una lógica evolutiva en la vida de las especies.

Pese a la ciencia de la evolución darwiniana, la posición más común en buena parte del siglo XX fue la negación explícita de la naturaleza humana (Ortega y Gasset: "El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia"). Este historicismo y sociologismo que determinó el extrañamiento de las ciencias de la mente y las ciencias de la naturaleza se filtró tanto en la idea "científica" de Hombre, como en las ingenierías políticas de la modernidad, fundadas en una casi infinita plasticidad y perfectibilidad del género humano. En especial la "lucha de clases" se consideraba como el motor del progreso histórico – "científicamente" orientado hacia la sociedad comunista en su estadio final o, mejor dicho, inicial, puesto que la historia para Marx empezaba propiamente con el socialismo.

ADN dibujado por Francis Creek 

Pero la negación de la naturaleza humana, en evolución –no substancialista o metafísica- ha ido quedando progresivamente en evidencia:

- La ciencia cognitiva ha mostrado que deben existir mecanismos innatos muy complejos antes de que reciban una forma cultural. Por ejemplo, en la formación de los lenguajes naturales.

- La psicología evolutiva demostró que existen literamente cientos de hechos psicológicos universales, atravesando todas las culturas (gusto por las grasas y el azucar, búsqueda de status &c)

- La genética conductual mostró que el carácter emerge en estadios iniciales de la vida humana y que permanece razonablemente constante en su desarrollo. Junto con mecanismos de plasticidad y varianza, muchos caracteres humanos son demostrablemente dependientes de los genes, no de la cultura.

Frente a la idea de perfectibilidad virtualmente infinita del ser humano, que acompañaba a las mismas ideas marxistas y "progresistas", las nuevas ciencias naturales apoyan en general una visión realista basada en la imperfectibilidad de la naturaleza humana -tal como ha propuesto Larry Arnhart en su revisión evolucionista de las ideas conservadoras. Desde aquí se entendería un nuevo interés por la obra de Leo Strauss o de Edmund Burke: "(la política) no ha de ajustarse a los razonamientos humanos sino a la naturaleza humana, de la cual la razón es sólo una parte, y de ningún modo la parte principal". Baruch de Spinoza escribió también hace siglos que "el hombre es libre en cuanto tiene poder para existir y ejercer una acción de acuerdo con las leyes de la naturaleza". Sólo es una aparente paradoja que esta legalidad natural (en principio, inconsciente y "free-floating") sea paulatinamente desvelada precisamente a través del esfuerzo racional y consciente de las ciencias; un desvelamiento que viene cuestionando tanto el liberalismo individualista naïf, como las concepciones substancialistas y metafísicas sobre la "naturaleza humana creada".

Por citar sólo tres ámbitos clave en los que ha avanzado mucho nuestra comprensión científica de la naturaleza humana, mencionaremos el caso de la moralidad, la religión y la economía.

- En el campo de la moralidad, cada vez resulta más evidente que existen ciertas tendencias morales universales no reducibles a lo que clásicamente se entendió como "moral formal" -contradistinta a la moral material. Estudios empíricos (Green, Haidt, Hauser &c) sobre los llamados "problemas del tren" (trolley problems) muestran inequívocamente que existen respuestas emocionales innatas en los seres humanos que desbordan una comprensión de la moralidad basada en el cálculo racional. Otras investigaciones acreditan que la mayoría de los razonamientos morales tienen lugar en realidad post hoc, de un modo cuasi "natural" y automático, e involucrando áreas cerebrales muy primitivas –no identificadas con el "neocortex".

- En el campo de la religión, distintos estudios (Dennett, Stark, Kaufmann) han mostrado que las teorías sociológicas o políticas de la religión son insuficientes para determinar los elementos del fenómeno religioso. Las teorías de la selección sexual, en particular, proporcionarían claves importantes para entender la reproducción diferencial de las religiones. Rodney Stark, por ejemplo, explicó en The Rise of Christianity que el dramático incremento del cristianismo en sus primeros siglos (de 40 conversos en el año 30 d.C a convertirse en la religión del imperio en el año 300) no podía comprenderse sólo políticamente, dejando de lado el papel de las presiones demográficas y las nuevas respuestas morales cristianas, frente a las alternativas paganas (énfasis en el matrimonio y la fidelidad, cuidado de los enfermos o las viudas &c).

- En el campo de la economía, los frentes también se multiplican y avanzan en contra de los modelos "sociologistas" e "historicistas". La neuroeconomía y la economía cognitiva, por ejemplo, en los trabajos de los recientes premio Nobel Smith y Kahneman, desarrollan una visión muy crítica tanto contra el racionalismo económico neoclásico como contra el sociologismo marxista. No creo que sea nada precipitado suponer que nuestra comprensión de la economía interna, cognitiva, y el estudio de la economía en evolución, aumentará también el conocimiento sobre la economía externa y el análisis de sus instituciones. Como ya se ha dicho, el modelo de la tercera cultura no tiende a abolir el análisis cultural sino a conectarlo con otras áreas del saber natural humano.

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La idea de "naturaleza humana" en evolución, no metafísica, y basada en la imperfectibilidad, continúa siendo el antídoto más potente contra el historicismo o el sociologismo substancialista, que dominó el paradigma de las ciencias sociales y proporcionó la coartada "científica" para todas las ingenierías políticas "progresistas" del siglo XX -incluyendo, por supuesto, al fascismo. Hoy, las nuevas ciencias de la naturaleza son la mejor y quizás la única oportunidad para escapar del fanatismo religioso y de la división mortal entre fundamentalismos o credos políticos egoístas.