Dado que no veo mucho la televisión, aún resulta más alarmante que últimamente sea difícil encender el aparato sin que en la cadena pública se escuche alguna "voz contra la globalización", contra el comercio internacional o, pura y simplemente, contra la economía de mercado. Ayer, en Redes, los responsables de un establecimiento del llamado "comercio justo" (o ¿mercaderes de la justicia?) volvían a presentar sus iniciativas "bioeconómicas" (por usar el rótulo de Mansour Mohmmadian) contra el comercio internacional. En esencia, se apoyaba la producción local, frente a los "irracionales" costos de transporte de mercancías desde un continente a otro, así como la producción "ecológica", frente a los métodos agresivos de la agricultura industrial corporativa. Como empieza a ser tópicamente habitual, su portavoz no se privó de citar un célebre dictum de Miguel de Unamuno (¿o era Machado?):
Solo los necios confunden valor y precio.
Y es el caso que Valor y Precio no se confunden -salvo justamente en la fantasiosa economía política socialista. Todos los bienes y servicios poseen algún valor de uso, que se transforma en valor de cambio y, consecuentemente, en precio, cuando entran a formar parte del mercado. Si el mercado no se encuentra intervenido por autoridades extraeconómicas, el valor de cambio coincidirá con el valor de uso del producto, en este sentido: los consumidores valorarán pagar (cambiar determinadas unidades monetarias) un precio por la satisfacción de alguna necesidad de uso. Los bienes económicos carecen de "valor objetivo" más allá de estas estimaciones subjetivas y comunitarias que determinan, en último análisis, el ajuste de demanda y oferta; y esto frente a todas las tentativas de fijar científicamente un valor económico objetivo, de Adam Smith a Marx. El valor económico no puede proceder del trabajo mismo (teoría del valor-trabajo) ni del "tiempo socialmente necesario", sino del sencillo equilibrio entre demandantes y oferentes. Quienes, en la órbita del socialismo, tienden a confundir Valor y Precio quizás lo hacen dejándose llevar por leyes psicológicas y etológicas bien conocidas, relacionadas con la disonancia cognitiva, y que se han verificado no sólo entre los animales humanos; Alex Kacelnick, por ejemplo, ha estudiado cómo los pájaros estorninos tienden a valorar más aquello en lo que han invertido un esfuerzo superior.
Pero la valoración subjetiva del productor no dice nada sobre el valor económico de intercambio. No hay más "precio justo" que aquel que se forma líbremente en el mercado, como ya conocían nuestros doctores de Salamanca, en el preciso momento en que debían enfrentarse con la ciencia práctica del comercio imperial:
El precio justo surge de la abundancia o escasez de los bienes, mercaderes y dinero, como se ha dicho, y no de los costes, trabajo y riesgo. Si hubiéramos de considerar el trabajo y el riesgo para calcular el precio justo, entonces ningún mercader sufriría jamás pérdidas, ni recibirían atención la abundancia o escasez de bienes y dinero.
Luis Saravia
Pero no hay modo de que lo entiendan. ¿Quién es aquí el necio?