Los niños pequeños son demasiado jóvenes para conocer sus visiones sobre la vida, la ética y el cosmos. No deberíamos hablar más de un niño cristiano, de la misma forma que no hablamos de un niño keynesiano, un niño monetarista o un niño marxista. La marca automática de los niños con la religión de sus padres no es sólo presuntuoso. Es una forma de abuso infantil.
(Vía Dangerous Intersection) Sin embargo, esto es exactamente lo que ocurre cuando nacemos y crecemos en una "cultura católica". El bautismo es la "marca espiritual" que se impone en el niño mucho antes de que haya podido formarse una visión parcial de su lugar en el cosmos, de la ética o de cualquier otro aspecto de su propia vida que no esté directamente relacionado con funciones fisiológicas primarias. Estamos tan habituados a que el bautismo cristiano forme parte de los ritos de iniciación a la comunidad, que hemos llegado a aceptarlo con la misma normalidad acrítica que el uso del tenedor entre comensales civilizados. Por eso siguen resultándonos tan extravagantes unas "navidades laicas" -por eso y porque, quizás, sospechamos que la prohibición de los villancicos sea el trasunto de nuevas y más banales sacralidades.
Quizás ha llegado el momento, no obstante, de tomarse en serio la objeción de Richard Dawkins al proceso de "marcado" en la educación religiosa que, en efecto, opera siguiendo más la metodología de la autoridad y el "contagio" que la forma de una verdadera persuasión racional.
Nuestra época postula una realidad en la que no tiene cabida el espíritu, lo trascendente. Sin darnos cuenta, estamos favoreciendo una degeneración cultural en la que la visión del mundo se reduce a lo puramente material. En esta actitud degenerativa subyace un afán suicida por volver la espalda a nuestra propia historia, por abolir nuestro propio pasado, del que absurdamente nos avergonzamos, del que insensatamente queremos privar a las nuevas generaciones. Parece como si, al evitarles el contagio de lo religioso, deseáramos devolverlas a una especie de idílico estado natural, previo a toda contaminación; pero lo que en realidad estamos haciendo es despojarlas de un elemento medular de la naturaleza humana, las estamos condenando a la intemperie espiritual, a la inanidad histórica. Hoy quizá parezca que la negación del espíritu puede suplirse con la promesa de paraísos terrenales de consumismo y hedonismo a granel; pero esa negación terminará acarreándonos consecuencias funestas. Quienes la promueven saben perfectamente que la estación final es el suicidio, la disolución en la pura nada; pero su apetito autodestructivo es mucho más fuerte que el miedo a ese futuro abocado al vacío.
La verdad es que éste texto (de Juan Manuel de Prada, en ABC, el periódico que continúa sin citar sus fuentes digitales) resulta indistinguible del que podría firmar cualquier teólogo asustado por la actual "fuerte oleada de laicismo". No es de extrañar que alguien que se significa por subalternar el impulso estético a la verdad, comience dando por sentada la dictomía espiritualismo-materialismo, y a partir de ahí, los Non Sequitur sucesivos y conocidos: o bien comulgamos con el espiritualismo religioso, y su "apertura a lo trascendente", o bien nos enfangamos en el consumismo vil y el más chato "progresismo" deudor de la "tabla rasa". O beatos -con canas al aire ocasionales, eso sí-, o buenos salvajes. Cristianismo o paganismo. Comulgantes o socialistas revolucionarios con "apetito autodestructivo".
Lejos, en cambio, de habitar un occidente laico y desencantado, nuestra época se caracteriza por la proliferación de espiritualismos, metarrelatos y trascendencias sin cuento. Desde católicos hedonistas a paganos descreídos. Cada recinto sagrado alberga un dios diferente; cada iglesia puede criticarse entre sí por adorar al Dios equivocado (ordo ad deum), pero resulta inerme para cuestionar la idea misma de sacralidad (ordo ad sanctum). "Lo santo", como lo llamaba Rudolf Otto, siempre queda a resguardo.
Al partir de ésta nunca vista santidad, ni siquiera el más moderado talante religioso podrá afirmarse como pilar de la ciudadanía -en lo doméstico y en lo exterior-, aunque la piedad menos deletérea deba ser tolerada políticamente como mal menor. La pluralidad de cultos siempre será un problema para entenderse realmente. Y una ilustración muy reciente sobre el terreno la tenemos en el periplo turco del sumo pontífice. Tal y como predecía Sam Harris, los religiosos moderados, sin perjuicio de que les alumbren las más bellas intenciones, terminan siempre por proporcionar alguna coartada a los fundamentalistas. El "laicismo", no la credulidad o el fanatismo, parece ser el principal blanco de la crítica religiosa. Tratándose de un pensamiento aprisionado en su propia autocontradicción con la razón natural, quizás no deberíamos esperar otra cosa:
El Islam es la religión de paz y tolerancia, una religión de amor.
Benedicto XVI, en Estambul, noviembre de 2006.

