No sé cuándo empezó a hablarse por primera vez de "cientificismo". Es probable que debamos remontarnos a la década de los sesenta, cuando las doctrinas del Modelo Standard de las Ciencias Sociales comienzan a obtener popularidad, filtrándose incluso en el supuesto "páramo cultural" de nuestro propio país. Así se expresaba José Barrio Gutierrez, en la Enciclopedia de la Cultura Española (1965):

El cientificismo es aquella doctrina que hipervalora el valor de la ciencia despreciando la validez de la filosofía. La característica fundamental de este modo de pensar no radica en lo que afirma, el que la ciencia positiva sea fuente de conocimientos válidos, sino en lo que niega, el que lo sea la filosofía.

En cualquier caso, la idea parece ya incoada en los principios del positivismo, peculiarmente en el esquema "progresista" de Auguste Comte que prometía una futura sociedad donde las casullas habrían sido sustituídas por las batas blancas. Después de una potente reacción espiritualista y vitalista, el positivismo volvió a renacer en los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando los miembros del Círculo de Viena anunciaron la muerte de la filosofía, o su definitivo ostracismo como "metalenguaje de la ciencia". Wittgenstein mismo llegó a abandonar el oficio de filósofo cuando creyó haber desvelado el fín de la filosofía en su Tractatus:

De lo que no se puede hablar hay que callar.

Sin duda, rechazar el "cientificismo" sería saludable si con ello rescatásemos el valor genuino de la filosofía, un saber racional que no se reduce a la implantación conceptual de las ciencias, pero que no puede fingir conocimiento de espaldas a ellas. "Cientificismo", en cambio, ha pasado a ser un espantajo antiprometeico que se agita a la vista de los avances en la ciencia pública. Al igual que "fascista", éste epíteto ya no describe ninguna doctrina objetiva, sino que alude vagamente a ciertas características psicológicas negativas: arrogancia, esnobismo, cosificación, reduccionismo, materialismo &c.

En el portal Lorem Ipsum se presentaba así el asunto:

La exaltación de la Ciencia como proveedora de verdades últimas se suele llamar Cientifismo. Todo lo envuelto en los ritos de la Ciencia o lo que se reclame a si mismo como científico es absorbido como por el Cientifista como materia de fe. El cientifismo tiene todas las características de una cosmovisión, algo parecido a un religión. Una consecuencia del Cientifismo es la simplificación y cosificación de nuestras percepciones morales. 

Ésta parece una definición calcada a la que Ann Coulter proponía en su "ensayo", por llamarlo de alguna manera, Godless. The church of liberalism. En realidad, la presencia masiva de términos del lenguaje religioso ya denuncia la proyección de éste mismo lenguaje sobre un objeto muy extraño a él (la ciencia, el escepticismo, el racionalismo crítico) y la lucha de viejos y quizás obsoletos saberes por conservar su legitimidad. Por el contrario, la ciencia y el escepticismo representan la actitud opuesta al retrato cientificista: no acepta "verdades últimas", rechaza toda materia de fé y se opone a la "cosificación" de la realidad -aunque ésta actitud "cosificadora" proceda de la metafísica o de la religión.

El mismo autor denuncia posteriormente la "cientifización" del sexo a través del programa de la "ciencia radical" en los años cincuenta y sesenta, que Steven Pinker radiografió con gran clarividencia al analizar el colapso del Modelo Standard de las Ciencias Sociales: 

La derrota de Alemania y la visión de los horrores del Nazismo y su eugenesia extrema dieron vía libre a la segunda tendencia. Antes de ello Franz Boas y su discípula Margaret Mead habían fabricado sus pruebas de que en los mares del Sur la naturaleza humana se desarrollaba en toda su pureza. Como profetizaba el reduccionismo cultural, los Samoanos solo se dedicaban a la satisfacción de unos pocos impulsos primarios: el sexo, comer, que sí, concedían, eran parte de la naturaleza humana. Las demás pasiones (los celos, el amor, la venganza, la búsqueda de status etc.) no existían y eso probaba que no eran mas que construcciones sociales de la cultura y la religión como en Occidente lo son , por ejemplo, el capitalismo y el cristianismo. Por supuesto todo esto era falso, como demostró Derek Freeman. 

Lo que parece ocultar el autor es que las críticas de Derek Freeman a Margaret Mead no provenían precisamente de la especulación filosófica, de alguna fuente revelada, y ni tan siquiera del "sentido común", sino precisamente de la investigación científica rigurosa y del "escepticismo" de los verdaderos científicos sociales. El programa de la "ciencia radical" no ha sido desactivado desde algún lugar revelado o filosofía en babia, sino desde las mismas ciencias. La imagen de la naturaleza humana universal de la que hoy disponemos no procede primariamente de la teología, o de la filosofíla, sino de las ciencias naturales: genoma humano, nuevas ciencias del lenguaje, neurociencias, psicología cognitiva &c.

Sería muy ingenuo pretender que las ciencias puedan haber agotado ya la realidad, o que el comportamiento práctico de los hombres, social y político, pudiera ser dirigido desde las "políticas del libro" -incluyendo, ante todo, los libros religiosos-, por decirlo al modo de Oakeshott. Sin embargo, la agitación del "cientificismo" encubre hoy una especie de miedo subterraneo a las ciencias. Un temor a que la ciencia abandone el recinto callado de sus investigaciones solitarias para invadir prometeicamente el territorio de la vida corriente y de la vida "espiritual" pública. En resolución, un miedo a que haya más razón y menos fé.