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Economía política, Derechos humanosNovember 23, 2006 10:19 pm

 

Circula por las redes un Manifiesto a favor de la paz y la justicia firmado, entre otras "personalidades", por Adolfo Pérez Esquivel, Mario Soares, Federico Mayor Zaragoza o Betty Williams.

El documento se encuentra alojado en la Fundación Cultura de Paz junto con un exuberante catálogo de manifiestos angelistas (Carta de la tierra, Declaración y plan de acción para una cultura de paz, Declaración de Madrid &c). Ésta verdadera obra maestra de la mala fe humana realiza el siguiente diagnóstico sobre la situación mundial:

Los gobernantes abdicaron de sus responsabilidades políticas, sustituyendo valores universales por las leyes del mercado. El resultado ha sido la concentración de la riqueza en unas cuantas manos y la ampliación de las brechas sociales y económicas.

Estremece pensar que los ideólogos de las más altas esferas internacionales poseen una capacidad de análisis económico y filosófico a la altura de una clase de párvulos. ¿Cuál se diría que es el camino para regresar a la "universalidad" extraviada? ¿Cuáles son esas "leyes del mercado" y de qué modo se relacionan con la "responsabilidad política"?

En cuanto documento propio de la izquierda indefinida, que ha perdido definitivamente la fé en las leyes de la historia o en el método revolucionario, los promotores de éste manifiesto no nos dan la más mínima pista sobre cómo convertir el erial en paraíso. Se trata sólo de coger el megáfono, albergar en el corazón las más bellas intenciones y gritar ¡No a la guerra!:

¡NO A LA POBREZA!  Hay que exigir a los gobernantes, a través de un auténtico clamor a escala mundial, que den prioridad al cumplimiento de los Objetivos del Milenio. Ha llegado el momento de la no resignación, de la implicación personal.  

Finalmente, los firmantes amenazan con movilizarse voz en grito los próximos 10 y 11 de diciembre, en conmemoración de los "derechos humanos" y exhortando a la liberación de "los pueblos". En efecto, "ha llegado el momento de la no resignación" e interrogarse :¿Cómo es posible que hayamos llegado a ésto? ¿Cómo es posible que esta caterva de burócratas forrados manipulen y monopolicen el sufrimiento humano y pretendan convertir la ciencia económica y política en poco más que piezas de literatura infantil? ¿Dónde se encuentran los límites del infantilismo?

En cierto modo, la noticia de éste manifiesto a favor de que nazcan cien flores, parafraseando a Mao, apenas se distingue un ápice de la iniciativa pos-hippy de dos jubilados californianos, que recogían en Magonia:

Donna Sheehan, de 76 años, y Paul Reffell, de 55, son una pareja de pacifistas californianos que han convocado "un orgasmo global por la paz" para el 22 de diciembre. El fin es "efectuar un cambio en el campo de energía de la Tierra mediante la inserción de la mayor carga posible de energía humana" precisamente ahora, "cuando dos flotas más de Estados Unidos se dirigen hacia el golfo Pérsico con armamento antisubmarino que sólo puede usarse contra Irán", dicen en su web. Para alcanzar su objetivo, Sheehan y Reffell, que viven felices en una casa flotante en Marshall (California), invitan a la gente a "concentrar sus pensamientos en la paz, durante y después del orgasmo". Y la explicación que dan de los efectos es de lo más divertida: "La combinación de alta energía orgásmica con la intención mental puede tener un efecto mucho más grande que las meditaciones y las oraciones en masa intentadas anteriormente"

¿Es qué se diferencia algo la iniciativa de Mayor y los suyos de éste orgasmo colectivo a favor de la "energía humana"? Frente a aquellos que pretenden desprender la voluntad de cualquier conexión con la racionalidad, de nuevo: más razón y menos fe

 

También en Disculpen las molestias

ACTUALIZACIÓN: La "Alianza de civilizaciones" ya tiene página web (Vía Doce Doce), por si no se sabía, aunque aquí ya habíamos descubierto su referente cinematográfico directo.

Ciencia & Paraciencias 4:28 pm

 

No sé cuándo empezó a hablarse por primera vez de "cientificismo". Es probable que debamos remontarnos a la década de los sesenta, cuando las doctrinas del Modelo Standard de las Ciencias Sociales comienzan a obtener popularidad, filtrándose incluso en el supuesto "páramo cultural" de nuestro propio país. Así se expresaba José Barrio Gutierrez, en la Enciclopedia de la Cultura Española (1965):

El cientificismo es aquella doctrina que hipervalora el valor de la ciencia despreciando la validez de la filosofía. La característica fundamental de este modo de pensar no radica en lo que afirma, el que la ciencia positiva sea fuente de conocimientos válidos, sino en lo que niega, el que lo sea la filosofía.

En cualquier caso, la idea parece ya incoada en los principios del positivismo, peculiarmente en el esquema "progresista" de Auguste Comte que prometía una futura sociedad donde las casullas habrían sido sustituídas por las batas blancas. Después de una potente reacción espiritualista y vitalista, el positivismo volvió a renacer en los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando los miembros del Círculo de Viena anunciaron la muerte de la filosofía, o su definitivo ostracismo como "metalenguaje de la ciencia". Wittgenstein mismo llegó a abandonar el oficio de filósofo cuando creyó haber desvelado el fín de la filosofía en su Tractatus:

De lo que no se puede hablar hay que callar.

Sin duda, rechazar el "cientificismo" sería saludable si con ello rescatásemos el valor genuino de la filosofía, un saber racional que no se reduce a la implantación conceptual de las ciencias, pero que no puede fingir conocimiento de espaldas a ellas. "Cientificismo", en cambio, ha pasado a ser un espantajo antiprometeico que se agita a la vista de los avances en la ciencia pública. Al igual que "fascista", éste epíteto ya no describe ninguna doctrina objetiva, sino que alude vagamente a ciertas características psicológicas negativas: arrogancia, esnobismo, cosificación, reduccionismo, materialismo &c.

En el portal Lorem Ipsum se presentaba así el asunto:

La exaltación de la Ciencia como proveedora de verdades últimas se suele llamar Cientifismo. Todo lo envuelto en los ritos de la Ciencia o lo que se reclame a si mismo como científico es absorbido como por el Cientifista como materia de fe. El cientifismo tiene todas las características de una cosmovisión, algo parecido a un religión. Una consecuencia del Cientifismo es la simplificación y cosificación de nuestras percepciones morales. 

Ésta parece una definición calcada a la que Ann Coulter proponía en su "ensayo", por llamarlo de alguna manera, Godless. The church of liberalism. En realidad, la presencia masiva de términos del lenguaje religioso ya denuncia la proyección de éste mismo lenguaje sobre un objeto muy extraño a él (la ciencia, el escepticismo, el racionalismo crítico) y la lucha de viejos y quizás obsoletos saberes por conservar su legitimidad. Por el contrario, la ciencia y el escepticismo representan la actitud opuesta al retrato cientificista: no acepta "verdades últimas", rechaza toda materia de fé y se opone a la "cosificación" de la realidad -aunque ésta actitud "cosificadora" proceda de la metafísica o de la religión.

El mismo autor denuncia posteriormente la "cientifización" del sexo a través del programa de la "ciencia radical" en los años cincuenta y sesenta, que Steven Pinker radiografió con gran clarividencia al analizar el colapso del Modelo Standard de las Ciencias Sociales: 

La derrota de Alemania y la visión de los horrores del Nazismo y su eugenesia extrema dieron vía libre a la segunda tendencia. Antes de ello Franz Boas y su discípula Margaret Mead habían fabricado sus pruebas de que en los mares del Sur la naturaleza humana se desarrollaba en toda su pureza. Como profetizaba el reduccionismo cultural, los Samoanos solo se dedicaban a la satisfacción de unos pocos impulsos primarios: el sexo, comer, que sí, concedían, eran parte de la naturaleza humana. Las demás pasiones (los celos, el amor, la venganza, la búsqueda de status etc.) no existían y eso probaba que no eran mas que construcciones sociales de la cultura y la religión como en Occidente lo son , por ejemplo, el capitalismo y el cristianismo. Por supuesto todo esto era falso, como demostró Derek Freeman. 

Lo que parece ocultar el autor es que las críticas de Derek Freeman a Margaret Mead no provenían precisamente de la especulación filosófica, de alguna fuente revelada, y ni tan siquiera del "sentido común", sino precisamente de la investigación científica rigurosa y del "escepticismo" de los verdaderos científicos sociales. El programa de la "ciencia radical" no ha sido desactivado desde algún lugar revelado o filosofía en babia, sino desde las mismas ciencias. La imagen de la naturaleza humana universal de la que hoy disponemos no procede primariamente de la teología, o de la filosofíla, sino de las ciencias naturales: genoma humano, nuevas ciencias del lenguaje, neurociencias, psicología cognitiva &c.

Sería muy ingenuo pretender que las ciencias puedan haber agotado ya la realidad, o que el comportamiento práctico de los hombres, social y político, pudiera ser dirigido desde las "políticas del libro" -incluyendo, ante todo, los libros religiosos-, por decirlo al modo de Oakeshott. Sin embargo, la agitación del "cientificismo" encubre hoy una especie de miedo subterraneo a las ciencias. Un temor a que la ciencia abandone el recinto callado de sus investigaciones solitarias para invadir prometeicamente el territorio de la vida corriente y de la vida "espiritual" pública. En resolución, un miedo a que haya más razón y menos fé.