Todos somos hijos de Marx y Adam Smith (…) Soy favorable al liberalismo clásico, no del liberalismo económico.

Éste comentario del "ciudadano" Albert Rivera reseñado en UDE ha desencadenado un pequeño debate en el que nos hemos obligado a regresar sobre los conceptos de "socialismo" y "liberalismo". Es evidente que la cuestión merece un tratamiento mucho más ordenado, pero he aquí algunas notas.

Empezaré por referirme a un reciente trabajo de Gustavo Bueno, donde se distingue entre un socialismo genérico y un socialismo específico. No creo que distorsionemos el pensamiento del sabio de Niembro si identificamos el primer socialismo con el socialismo filosófico (SF) y el segundo con los socialismos políticos (SP). En cuanto al socialismo genérico o filosófico, su doctrina se identificaría, ante todo, con la crítica del "subjetivismo individualista" y del "subjetivismo de grupo". De aquí la vocación "universalista" del SF, enfrentado primero con el particularismo filosófico (gnosticismo, misticismo) y más tarde con las doctrinas políticas particularistas (esto es, la derecha política). SP, por su parte, consistiría en los socialismos implantados políticamente, a través de sus distintos géneros o "generaciones": socialismo ricardiano, marxismo-leninismo, socialismo "de rostro humano", socialdemocracia, socialismo del siglo XXI, etc –arrinconaremos, por el momento, la cuestión de si estos rótulos son conceptos realmente descriptivos, o bien, mera fenomenología, autoconcepciones e ideologías internas a los grupos y sectas llamadas "socialistas". La doctrina "buenista" termina por convertirse en un "fundamentalismo socialista" según el cual éste socialismo (genérico, filosófico) se convierte en el fundamento de cualquier sociedad política, y donde el propio capitalismo se interpretará como un instrumento expansivo del socialismo:

Desde nuestro punto de vista, el capitalismo se nos revela también como un socialismo genérico, es decir, como un gigantesco proyecto de socialización de las sociedades feudales del Antiguo Régimen a las que llegó a destruir. El capitalismo logró establecer el contacto social entre los pueblos más diversos y alejados, universalizando el mercado, socializando el comercio y universalizando los idiomas y la democracia. Socializando el comercio: por ejemplo a través de las compañías de Honduras, de Ostende, o de Barcelona, como canales para el comercio de España con América posterior a la Guerra de Sucesión.

¿Cómo negar, por cierto, que el capitalismo socializó el comercio y extendió las "bendiciones de la civilización" y de la democracia en todo el mundo? Sólo que esta extensión de las libertades (para vender y comprar) no se hizo en un marco específico socialista (SP) precisamente, sino por medio de un sistema mixto de propiedad privada y gestión estatal; a través de  emprendedores individuales, sí, pero actuando envueltos por monopolios político-mercantiles, tratados comerciales entre estados, flotas armadas que aseguraban las rutas comerciales &c. Lo que hizo posible el desarrollo del capitalismo fué, en esencia, la emancipación de la propiedad (Locke: "emancipation of acquisitiveness"), un proceso que tuvo lugar frente a medios "socialistas" de producción y propiedad. El propio concepto de socialismo, fundamentalmente económico-político, cobra sentido dialéctico en cuanto negación de la sociedad burguesa, del capitalismo comercial y de la propiedad privada de los medios productivos. Ésto no significa que semejante negación se completara alguna vez en la práctica. Incluso la Unión Soviética, la "patria del socialismo", no pudo nunca desentenderse de la propiedad privada de los medios productivos, como atestigüa la política de cesión a los campesinos propietarios tras la revolución, o la Nueva Política Económica de Lenin. La inviabilidad política y económica del socialismo era algo bien sabido, no sólo por los críticos "austríacos", sino por los mismos mandatarios bolcheviques que parcheaban el cálculo económico echando mano de las sociedades capitalistas-monetaristas que les circundaban.

El "socialismo fundamentalista" no es sólo incalculable como sistema económico, sino últimamente utópico, ya que descansa en la visión de una sociedad mundial futura sin clases ni estados: la "globalización del comunismo". Así lo expresó Lenin en Sobre el Estado:

cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos estan saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existirá Estado ni explotación.

Al otro lado del espejo del "fundamentalismo socialista" situaríamos el liberalismo económico como anarcocapitalismo: "fundamentalismo del mercado", una doctrina no menos utópica, finalizando en una sociedad mundial de comerciantes líbremente asociados, con clases, pero sin estados: la "globalización liberal". Ya Von Mises –aunque él mismo un explícito crítico del anarquismo- dió muestras de escasa pericia teórica al pretender determinar el socialismo, psicológicamente, a través de lo que llamó "Complejo de Fourier" –una especie de derivación de la doctrina Nietzschana del "resentimiento". Los liberales, al estilo austríaco, niegan el socialismo filosófico, pero a costa de "anegar la especie en el género"; siendo la especie el socialismo, y el género, la política.

Socialismo, entendido al modo austríaco, terminará por identificarse con cualquier sistema en el que la economía siga siendo eminentemente política, es decir, allí donde exista aún Estado y Gobierno. La mera existencia de un ministerio de economía, o de un Banco Central, descartaría que nos encontráramos delante de una verdadera sociedad liberal. Por ello Huerta de Soto definirá -siguiendo a Hayek o Von Mises- el socialismo como "toda interferencia centralizada en el ejercicio de la función empresarial de los individuos". Lo opuesto al socialismo (SP) se concebirá como el liberalismo auténtico: la sociedad de propietarios sin Estado.

El problema con esta definición de "socialismo" es que abarca demasiado. Cualquier sociedad política realmente existente "interfiere", en mayor o menor grado, en la "función empresarial" desempeñada por los individuos y los grupos. En consecuencia, semejante concepto (o intensión) de socialismo obligaría a ampliar su extensión mucho más allá del paradigma de la economía centralizada al estilo soviético. De hecho, el socialismo se ampliaría hasta alcanzar el radio de cualquier sociedad política del presente, pasado y futuro. Nos obligaría a considerar tan "socialistas" a Abraham Lincoln, John Quincy Adams o George Washington como Lenin, Stalin o Pol Pot.

A modo de resumen. Los socialistas fundamentalistas (no hace falta decir que aquí no se utiliza "fundamentalismo" en sentido peyorativo, sino como un intento de descripción) fracasan al no reconocer la función social de la propiedad individual privada, y al tender a confundir los procesos de socialización y socialidad humanas (conceptos sociológicos y antropológicos muy generales) con el "socialismo", un concepto esencial y específicamente político y económico (es decir, SP). Pero el liberalismo prístino, como anarco-capitalismo, yerra al no comprender las funciones del estado, y del mal indispensable del gobierno, como garante último del estado de derecho, sin el cual (gobierno) no ha existido, no existe, y es muy improbable que exista nunca "libertad" económica y ciudadana alguna. Del inconveniente de no ser un ángel, por cierto, sabía algo el no siempre bien tratado Thomas Hobbes, uno de los padres del liberalismo moderno.

Están en su derecho los miembros de Ciutadans de Catalunya de considerarse "liberales", en la amplia tradición del "liberalismo clásico". ¿Es que la única especie legítima de liberalismo es el anarquismo de mercado? Además, no parece una mala idea intentar trascender el esquematismo del par izquierda-derecha. Quizás sea preferible desplegar hoy un pragmatismo líquido, aunque con inevitables fisuras e inconsistencias, a sostenerse en un dogmatismo nítido de escuela.

Al fín y el cabo, si nunca fué una buena idea que los filósofos gobernaran, tampoco lo será que inciten ahora al desgobierno sistemático.