Es sorprendente el porcentaje de muertes violentas, horribles y dolorosas entre los philosophes de la posmodernidad, empezando por la enloquecida agonía de su primer mentor, Nietzsche. ¿No se suponía que la sabiduría tranquilizaba el trance de la muerte, tal y como enseñaba el sereno infortunio de Sócrates?  Si la filosofía depende del tipo de hombre que se es, como aseguraba Fichte, entonces tal vez deberíamos tomarnos algo más en serio el tanatorio filosófico.

Lyotard, el profeta de la muerte de los metarrelatos, falleció de cancer. Derrida, el hombre que confundió la realidad con un texto, pasó sus últimos días combatiendo contra el más doloroso cáncer, el de garganta (sombrío símbolo de su obsesión por el lenguaje). Uno de los artífices de la pegajosa revolución de 1968, Guy Debord, terminó su vida descerrajándose un tiro. Roland Barthes, otro filósofo extravíado en los misterios del lenguaje, murió atropellado por una camioneta de lavandería. Foucault murió de SIDA. Gilles Deleuze, uno de los posmodernos más oscuros y populares, decidió arrojarse por la ventana. Tras este carrusel de agonías, la muerte de Descartes (arruinado físicamente por los madrugones y el frío en la corte sueca de la reina Cristina), parece menor.

Los lectores podrán añadir más ejemplos, y algún contraejemplo. 

 

Descartes, antes de conocer a la reina