ATENIENSE.-¿Es un dios o algún hombre, oh, huéspedes, el reputado como ordenador de vuestras leyes?
CLINIAS: Un dios, huesped, un dios, si hemos de hablar con enetra justicia entre nosotros, Zeus; entre los lacedemonios, e donde éste procede, creo que ellos mismos dicen que fue Apolo. ¿No es así?
El nomos (norma, ley) griego se oponía a la physis (naturaleza). Mientras la physis pertenecía al mundo de la naturaleza que encuentra su razón en sí misma, el fundamento de la vida política parece residir en otro lugar. Leo Strauss descubrió esta tensión en la función del filósofo como un hombre que "dialoga sobre la naturaleza", algo esencialmente distinto al amante de los mitos (philomytos) que "dialoga sobre los dioses". La physis se distinguiría del nomos, en tanto se distingue de la costumbre, de las normas o leyes civiles. En este caso, ¿no sería la política, como ha sugerido Gregorio Luri, un arte destinado a olvidar la naturaleza?
A partir de Aristóteles se desarrolla una noción que llamaremos "tradicional" de ciencia en la que quedaba contenida la teología. La misma teología, de la cual depende una noción teleológica de la física, se concibe como fundamento de las demás ciencias: philosophia (et scientia) ancilla theologiae. La ciencia (por entonces equivalente a la filosofía) se encuentra subalternada a la teología del mismo modo que ésta se encuentra subalternada a la "ciencia de los bienaventurados" (dixit Tomás de Aquino).
Semejante noción "tradicional" de ciencia es rebasada por la ciencia moderna, por lo que los historiadores de la ciencia habitualmente conocen como "revolución copernicana" y que culmina con la mecánica newtoniana: el edificio moderno de la ciencia cuya arquitectura es descubierta por Kant. La crítica de la razón pura fundamenta la ciencia moderna en el sujeto trascendental que segrega juicios sintéticos a priori en la matemática y la física. La metafísica, en cambio, no es posible como ciencia. Pero si la metafísica es, en el fondo, ignorancia y la ciencia newtoniana es realmente la ciencia que buscaba (setoumene episteme) Aristóteles, entonces la ciencia no puede descansar en la metafísica. La ciencia no se concibe ya como ancilla metaphysicae.
Joaquín rescató en su bitácora el siguiente comentario de Stephen Hawking, uno de los promotores más conocidos de la "unificación" de la ciencia:
Even if there is only one possible unified theory, it is just a set of rules and equations. What is it that breathes fire into the equations and makes a universe for them to describe?
No dudamos de que Hawking se plantea una cuestión importante, pero la formulación de la propia pregunta contribuye más a oscurecer su resolución que a aclararla. De hecho, la reflexión del físico de Oxford parece regresar sobre una concepción de la ciencia que estaba vigente en el siglo XIV.
Si las ecuaciones y normas del universo no se fundamentan en sí mismas, ¿habría que echar mano de un "saber superior", es decir, de un regreso al "risco de la verdad" de la metafísica? No necesariamente. El saber que trata de la naturaleza de la ciencia se llama filosofía de la ciencia. El saber que trata de los límites y mecanismos del conocimiento se llama epistemología. El saber que trata sobre la unidad y la distinción de las ciencias se llama gnoseología. El saber que trata sobre la naturaleza del conocimiento se llama teoría del conocimiento. Pero ninguno de estos saberes tiene por qué descansar en presupuestos metafísicos o sobrenaturalistas. No son "superiores", sino distintos a las ciencias: saberes de segundo grado que presuponen in fieri a las ciencias; al modo como la crítica de la razón pura suponía la mecánica de Newton, la física de Aristóteles presuponía los Elementos de Euclides, o –por poner un ejemplo moderno-, la filosofía de la religión de Daniel Dennett presupone en marcha la teoría biológica de la evolución.
Gustavo Bueno ha insistido en la diferencia que media entre la Ciencia, que trata de categorías o conceptos organizados en campos categoriales, y la Filosofía, que trata de Ideas atravesando estas categorías, pero sin quedar agotadas en sus recorridos:
Es decir, para respoder a la pregunta por la naturaleza de la realidad, por la esencia y distinción de las ciencias, o por los límites del conocimiento, es necesario "mancharse las manos", construir un modelo explicativo con suficiente capacidad dialéctica para envolver a los sistemas o modelos filosóficos alternativos. Quienes consideran que las ciencias, en el sentido moderno, no pueden fundamentarse en sí mismas, sino que deben depender de algún "saber superior", suscribirán un modelo supernaturalista.(…) Pero estas diferentes ciencias no pueden dar cuenta de la naturaleza profunda de las religiones, o de los Estados, o de las Culturas, sencillamente porque tales “naturalezas” no pueden ser “encerradas” en círculos categoriales, desbordan todo círculo y, por tanto, nop ueden ser tratadas sin “mancharnos las manos”, es decir, sin comprometernos con determinados prespupuestos (o con otros alternativos) que ya no pueden considerarse como científicos, puesto que o bien son metafísicos o ideológicos, o, en el mejor caso, filosóficos, racionales (pero con una racionalidad que no puede pretender una capacidad convictiva similar a la que corresponde, en general, a las ciencias.
Teoría del cierre categorial, Volúmen I, Pág 27-28
Las "leyes naturales", se dirá, presuponen un legislador sobrenatural que "insufle fuego" sobre las ecuaciones. Así se "mancha las manos" el metafísico supernaturalista. Esta concepción, que en realidad regresa a una idea de ciencia y filosofía propia del siglo XIV, presenta dos grandes dificultades. En primer lugar, las dificultades inherentes a la noción de "legislador divino". En segundo lugar, la cuestión del "reduccionismo".
Una objeción naturalista a este legislador divino podría dividirse en dos argumentos principales:
En segundo lugar, la idea de un "legislador divino" no despeja en absoluto la incógnita sobre quién o qué "legisla" a su vez sobre el legislador. Impone un freno arbitrario en el progreso del saber: un "cerrojo teológico", un "trágala". Por expresarlo al modo del mecanicismo del siglo XVIII, si Dios es un relojero universal, ¿quién creó al relojero? Este es el tipo de aporía al que se enfrentan hoy los modelos basados en el Diseño Inteligente que se defiende explícitamente desde el Discovery Institute, y más tímidamente desde la propia teología católica. Por si esto fuera poco, la teología del diseño, lejos de "fundamentar" a la ciencia, la sitúa en un territorio mucho más movedizo. Si suponemos que Dios es un ser omnipotente, entonces no hay ningún modo de saber si las "leyes naturales" son meras apariencias producidas por un demiurgo cartesiano. La ciencia bien podría ser un "velo de Maya", y todas sus "leyes", una mera representación.

El fuego sagrado de Vesta.



plas plas plas
Comment by maty — November 7, 2006 @ 9:01 pm
Verdaderamente ilustrativo, aunque llevaría muy lejos discutir, como a tí te gusta decir, algunos “non sequitur” (o conclusiones que no se siguen de las premisas). Algo, sin embargo, hemos ganado, y es reconocer la existencia de saberes humanos que se diferencian de la ciencia. Ni el hombre es la medida de todas las cosas (el Universo ha prescindido de la mente humana durante millones de años) ni la ciencia la medida de todo conocimiento.
Estoy también de acuerdo que los fenómenos mentales son experiencias “intracósmicas”, pero no reducibles a la materia. Y queda por discutir por qué esta peculiar especie animal (el “humán”, como le gusta llamarla el profesor Mosterín) es capaz de concebir preguntas, problemas y existencias antieconómicas o negadoras de la evidencia física.
Por cierto, cuando hablamos de “legislador cósmico” empleamos la expresión en un sentido figurado o metáfórico, que no pretende aludir a la dialéctica nomos / physis. Ahora caigo en la cuenta de que la raiz de la reflexión filosófica más pura siempre han sido las imágenes y metáforas.
Comment by Joaquín — November 7, 2006 @ 11:19 pm
Tres cuestiones:
1) La realidad de saberes “no científicos” nunca estuvo en discusión. Es claro que existen saberes mundanos, técnicos, artes y demás, que no podemos considerar “científicos”. Ahora bien, esto no da “carta blanca” a cualquier tipo de “saber” especulativo. En cierto modo se diría que la filosofía por excelencia es filosofía de la ciencia. Son las ciencias las que abren el camino de la filosofía, y no a la inversa. Yo por lo menos suscribo al idea de Gustavo Bueno: la filosofía es hija de las ciencias, no su padre.
2) Para una ontología naturalista o materialista no hay ningún problema en admitir a los fenómenos mentales no sólo como “intracósmicos” sino también como “naturales” y “materiales”. Materia es una idea trascendental que incluye cuerpos, ideas y pensamientos. Los pensamientos sólo podrían constituir un orden separado en el caso de que se demostrara que son susbtancias independientes, cartesianas, pero no parece ser así: pensamos porque tenemos un cerebro, y el cerebro es un dispositivo físico compuesto por axones, neurotransmisores…
3) No acepto la figura de “legislador cósmico” ni como metáfora. Esto sólo complica las cosas. ¿De qué es metáfora el “legislador cósmico”? Con eso de la analogia entis hay que andar con mucho tiento porque vele lo mismo para un roto que para un descosido.
Por otra parte la filosofía no trata meramente de “imágenes” y “metáforas”; esto es el “pensiero debole”, la filosofía como hermenéutica (como “textos de textos”, a la manera de Derrida). En cierto modo, desde Parménides y Platón hasta Hegel existe una idea de filosofía precisamente como crítica de las imágenes; frente a otra tradición “imaginal” (Heráclito, Nietzsche). Desde luego yo estoy del lado platónico: la filosofía trata de verdades, o de “realidades”, más que de imágenes.
Comment by Eduardo — November 7, 2006 @ 11:43 pm
No entiendo mucho ni se mucho de pensamiento, historia, … Pero creo que hay dos formas de ciencia por ahora dificilmente reconciliables. Esas dos formas de ciencia se basan en dos formas de experiencia humana.
Una sería la ciencia objetiva basada en la materia y en la reproducción de los hechos más allá de los experimentadores.
La otra es una ciencia subjetiva basada en el sentido de la experiencia individual. Supongo que de aquí pudo nacer la filosofía, la religión, los símbolos, …
Creo que negar alguna de ellas es negar algo que nos pertenece.
Recuerdo a mi abuela que se creia lo que ponía en la Biblia a pies juntillas. Como una verdad real y no simbólica.
Mi padre supongo que nunca acabó de entender porque despreciaba lo que era o a lo que pertenecía. Pensaba que el conocimiento estaba en los libros y en los hombres de ciencia. Sin embargo el fue educado en una sociedad religiosa con valores religiosos.
Mi educación también fué dispar. Cómo creer en algo que aunque te digan, ves que está muerto? Crees en la razón. En la ciencia y en la materia. Lo demás es un juego de manipulación social.
Cuando empiezas a perder pelo y te salen las primeras canas piensas que quizás la vida no sea tan sencilla. Ves morir a gente conocida. La gente no vive como si fuese sólo materia. De echo eso no tiene el menor sentido cuando te dicen que te vas a morir en 2 meses. O cuando ves nacer a tu hijo,… Quizás se deba sólo a una degeneración neuronal debido a la edad. Pero tiene sentido en cuanto es real. Experimentable.
Comment by manuel — November 8, 2006 @ 2:24 pm
Habría que ver qué parte de esas experiencias privadas están, de hecho, moldeadas por el condicionamiento social. Desde luego, nadie niega que exista el conocimiento práctico o el “sentido común”, que no puede ser sustituído por el método.
Someter la religión al escrutinio filosófico y científico no tiene por qué anular ese conocimiento práctico. No todas las personas responden igual ante las dificultades y yo no daría por hecho que la religión, como tal, es capaz de dar sentido a las experiencias, proporcionar un sentido de la vida o darnos un consuelo extra al inconveniente de ser débiles y corpóreos.
Comment by Eduardo — November 8, 2006 @ 2:49 pm
Chapeau¡, además del contenido tu último comentario.
Desde el sentido común
saludos
Comment by avanti — November 8, 2006 @ 4:40 pm
El condicionamiento social existe. Pero la experiencia es anterior a él. Desde que el primero hominido se mancho una mano y pinto con ella una cueva hasta que el hombre mató a Dios, todas las sociedades han sido guiadas por la religión. No hay ninguna sociedad primitiva o tradicional hasta la modernidad en la que la religión -más o menos evolucionada- no haya marcado la vida individual y social.
La religión nace de la experiencia humana. Es parida por hombres: chamanes, brujos, profetas, … No es la religión la que da sentido a la experiencia. Es la experiencia la que forma la religión. Otra cosa es que luego se identifique con una moral o se profesionalice.
Podemos acercarnos al hecho religioso desde la ciencia y la filosofia, como podemos acercarnos a los sentimientos desde la quimica. Pero sólo podemos comprender la religión, los símbolos, las razones del hombre premoderno si tomamos como ciertas sus verdades. Nos ponemos en su piel.
Hace pocos días me comentaba una persona, que un amigo estaba escribiendo un libro sobre el papel de la mujer en diferentes tiempos pasados. La idea era mostrar como ha evolucionado su papel hasta alcanzar los derechos que tiene ahora. Yo me preguntaba que sentido tiene mirar con los ojos de hoy el pasado. Qué nos aporta, además de los claros tintes propagandistas? Que sentido tiene decir a una mujer que viva ahora en alguna tribú perdida en el almazonas (o del siglo X) que está discriminada. Que tiene derechos.
No podemos comprender lo que despreciamos o acernandonos a ello utilizando herramientas inadecuadas.
Comment by manu — November 8, 2006 @ 6:19 pm
Niego la mayor: no hay tal experiencia “prístina” y originante en el hombre. Existe una experiencia ya socializada, y sólo dentro de estos marcos sociales concretos puede que exista algo que llamamos “religión”. Pero “religión” es una idea muy equívoca. Podemos introducir en la batidora el animismo, el kandomblé, el budismo, el cristianismo trinitario y el espiritualismo New Age, darle unas vueltecitas y decir que el compuesto resultante es “religión”, pero con esta operación de triturado teórico quizás hayamos destruído precisamente las diferencias esenciales de las “experiencias” humanas.
“Experiencia”, por cierto, es también otra idea muy problemática. Fué William James quien pretendió entender la religión desde la “experiencia”, aunque sin ninguna conexión con la función pública. Para James el hombre religioso se enfrentaba directamente con la “experiencia” de lo sagrado, en privado, “prístinamente”, sin mediación social; y el estudio de la religión consistía en el análisis de esa experiencia personal.
Tampoco concedo que la religión tenga que entenderse mejor desde dentro. Por otra parte, si empieza por reconocerse que todas la sociedades son religiosas, no se ve como sea posible escapar de la “experiencia religiosa”. Pike distinguía entre el plano “emic”, de la experiencia de los agentes culturales, y el “etic”, que tenía que ver con el punto de vista del observador. Una teoría de la religión debe contemplar tanto la fenomenología (emic) de las experiencias como aquello que sólo puede entenderse precisamente cuando tomamos un punto de vista externo. Por poner un ejemplo clásico, los nativos polinésicos que practican el “kula” son completamente inconscientes respecto al significado social de esa institución. Nosotros mismos practicamos a diario hábitos culturales y sociales sobre los que no tenemos una idea consciente muy clara. Ser capaces de traer a la consciencia contenidos ocultos y deslocalizar nuestras creencias privadas y comunitarias es la tarea de la ciencia, y la única oportunidad para conocer una razón universal.
Al menos yo no suscribo ni el relativismo epistemológico, ni el cultural ni el ético: no tenemos por qué “respetar” los hábitos culturales caníbales, las mutilaciones genitales contra las mujeres, la costumbre que induce a la automutilación de las falanges de las mujeres entre algunas tribus africanas, el tabú tibetano lamaísta que pesaba sobre la carne de Yak, o sobre la prohibición de la rueda. Frente a estas costumbres salvajes, bárbaras y degradantes que aún permanecen en nuestros tiempos, en el Amazonas o en cualquier otro lugar, (y no en el siglo X) nuestra posición debería ser de completo desprecio y rechazo.
El relativismo es la herramienta más inadecuada de todas.
Comment by Eduardo — November 8, 2006 @ 6:56 pm
Efectivamente, al ley tiene como función hacernos olvidar la naturaleza (a Darwin); por eso la naturalización completa de la ley (es decir la instauración del deseo como ley) supondría el fin de la ciudad. De ahí que, en el fondo, la filosofía política sea un ejercicio piadoso para con una humanidad que, para vivir en común, necesita tener poco memoria.
Comment by Gregorio Luri — November 9, 2006 @ 8:08 pm
Aunque éste fuera el caso de la política platónica, no se ve cómo hoy podríamos sobrevivir “olvidándonos” de Darwin. Aunque sólo fuera para hacer frente a las nuevas epidemias biológicas, que pueden constituir amenazas muy serias para la supervivencia de las sociedades políticas, la biología evolutiva (darwiniana, no hay otra) debe ser políticamente implantada.
Desde luego, la ley no es “natural” en el mismo sentido que las fresas salvajes. La ley es “natural” en un sentido análogo al de los cultivos seleccionados (por la acción humana) de maiz o trigo. Es un error identificar lo “natural” con el deseo ciego, con el “alma irascible”, la voluptuosidad. La la ley y la moralidad son sistemas que han evolucionado “free floating”, no siguiendo siempre el diseño consciente o el “cinismo” de los legisladores “platónicos”.
La filosofía política de hoy podría ayudar a escudriñar dentro de esa piedad civil necesaria, ayudándonos a discriminar la piedad tóxica de la piedad saludable, del mismo modo que hemos aprendido a combatir a los virus y los parásitos deletéreos no “olvidándonos” de la naturaleza, sino descubriéndola -por a-letheia, que decían los griegos.
Comment by Eduardo — November 9, 2006 @ 8:24 pm
Sería estúpido olvidarse de Darwin. En eso estoy totalmente de acuerdo. Especialmente sería estúpido olvidarse del Darwin que tan sensatamente marca distancias con Aveling. Pero, me parece, Eduardo, que siempre habrá que contar en la ciudad con quien -por los motivos que sean- necesite soportar su vida en convicciones metafísicas, de la misma manera que la democracia necesita sustentarse en la convicción metafísica de que “todos somos iguales” (¿es posible tener esta afirmación por una verdad autoevidente?). Y, sin ella, no hay democracia. La ciudad es la caverna precisamente porque lo que cuenta en ella no son los hechos por muy científicos y probados que estén- sino sus interpretaciones divergentes. Por muy sesgadas o absurdas que sean estas interpretaciones son las que un ciudadano lleva consigo legítimamente a la hora de votar. Creo que ya conoces mi posición y no es cuestión de estar reiterándola continuamente, pero la ciudad democrática, como entidad necesariamente sofística, sólo puede creer en sí misma autoengañándose.
Comment by Gregorio Luri — November 9, 2006 @ 9:26 pm
Pues sí, la ciudad es la caverna. Pero hay muchas clases de cavernas, Gregorio -cavernas enfrentadas entre sí, cavernas dependientes unas de otras. Las cavernas del área griega y romana de influencia han desarrollado esa cosa llamada filosofía, y esa cosa llamada ciencia, y han sometido las propias cavernas al escrutinio de esta -en cierto modo, exótica racionalidad.
El escrutinio de la metafísica podría ayudar a resolver la cuestión de por qué consideramos unas “metafísicas” nocivas (como las que llevan al sacrificio y la inmolación) mientras que otras resultan tener efectos mucho más saludables.
Comment by Eduardo — November 9, 2006 @ 9:50 pm
Aquí, totalmente de acuerdo. Y puestos a ser rupestres, mejor vivir en las cavernas que te permiten una cierta autonomía.
Comment by Gregorio Luri — November 9, 2006 @ 10:02 pm
Una cosa más (y, por cierto, imprescindible): precisamente por todo lo que acabamos de decir debemos preservar la autonomía absoluta de la filosofía como ejercicio potencialmente parricida. La filosofía debe ser siempre potencialmente peligrosa. Y por ello mismo el filósofo debe ser siempre prudente en acto.
Comment by Gregorio Luri — November 9, 2006 @ 10:08 pm
Lo que me recuerda al libro de Daniel Dennett sobre la religión (Breaking the spell), el mejor que se ha escrito sobre este tema, en mi opinión. Dennett dedica un gran espacio a justificar este escrutinio científico de la religion, precisamente en pro de la prudencia -cómo evitar el parricidio evitando el auto-engaño y los perniciosos efectos de la orfandad. O como, al menos, avanzar hacia formas más sutiles y beneficiosas de encanto y auto-engaño.
Comment by Eduardo — November 9, 2006 @ 10:21 pm