(Vista desde Europa). Eolo Perfido
La expansión de la tercera cultura
Una traducción libre de un artículo de John Brockman.
¿Por qué la sociedad se beneficia de una representación adecuada del pensamiento?
Mucha gente, incluso muchos científicos, poseen una estrecha visión de la ciencia como experimentos replicados realizados en el laboratorio –y consistente quintaesencialmente en la física, la química y la biología molecular.
La etimología latina comunica la esencia de la ciencia: scientia, que significa conocimiento. El método científico es tan solo aquel cuerpo de prácticas que resulta más adecuado para obtener conocimiento fiable. La práctica varía en muchos campos: los experimentos controlados en laboratorio son posibles en la biología molecular, la física, la química, pero es tan imposible como inmoral e ilegal en muchos otros campos tradicionalmente considerados científicos, incluídos todos los de las ciencias sociales: astronomía, epidemiología, biología evolucionista, la mayoría de las ciencias de la tierra y la paleontología. Si el método científico puede definirse como aquellas prácticas más adecuadas para obtener conocimiento en un determinado campo, entonces la ciencia misma es simplemente el cuerpo de conocimiento obtenido a través de esas prácticas.
Así como la ciencia, esto es, los métodos fiables para obtener conocimiento, se ha apropiado de areas que anteriormente se consideraba que pertenecían a las humanidades (como la psicología), la ciencia también está apropiándose de las ciencias sociales, especialmente de la economía, la geografía, la historia y la ciencia política. No solamente la observación amplia, basada en métodos estadísticos de las ciencias históricas, sino también las técnicas detalladas de las ciencias convencionales (como la genética, la biología molecular y el comportamiento animal) están acreditando ser esenciales para afrontar los problemas de las ciencias sociales. La ciencia es el modo más adecuado de alcanzar conocimiento sobre cualquier cosa, ya sea el espíritu humano, el papel de los grandes hombres en la historia o la estructura del ADN. Los académicos de las humanidades e historiadores que rechazan la ciencia se condenan a sí mismos a un estatuto de segundo grado y a producir resultados no fiables.
Pero no tiene por qué ser así. Como escribí en 1991 (“The Emerging Third Culture”):
La tercera cultura consiste en aquellos científicos y otros pensadores del mundo empírico que, a través de su trabajo y sus escritos, están sustituyendo al intelectual tradicional en la tarea de aclarar los significados más profundos de nuestras vidas, redefiniendo quienes y qué somos.
Hay signos optimistas sobre la inclusión de los académicos de las humanidades dentro de la tercera cultura, académicos que piensan del mismo modo que los científicos. Piensan que existe un mundo real y que su tarea es comprenderlo y explicarlo. Somenten sus ideas a prueba en términos de coherencia lógica, poder explicativo y conformidad con los hechos empíricos. No difieren de las autoridades intelectuales: las ideas de cualquiera pueden ser desafiadas y los progresos del entendimiento y del conocimiento se acumulan a través de tales desafíos. No reducen las humanidades a los principios físicos y biológicos, pero piensan que el arte, la literatura, la historia o la política –una completa panoplia de temas humanistas- necesitan tener en cuenta a las ciencias.
Las conexiones realmente existen: nuestras artes, nuestras filosofías, nuestra literatura, el producto de las mentes humanas interactuando unas con otras, y y la mente humana son un producto del cerebro humano, que se encuentra organizado en parte por el genoma humano y evoluciona por los procesos físicos de evolución. Al igual que los científicos, los académicos de humanidades basados en la ciencia son intelectualmente eclécticos, buscan ideas en una gran variedad de fuentes y adoptan aquellas que prueban ser útiles, más que aquellas que operan dentro de “sistemas” o “escuelas”.
No son académicos maxistas, freudianos, o católicos. Piensan como los científicos, conocen la ciencia y se comunican fácilmente con los científicos; la principal diferencia con los científicos es el tema del que escriben, no su estilo intelectual. La ciencia y el pensamiento basado en la ciencia entre las humanidades ilustradas forman parte ahora de la cultura pública.
Y este no es el camino de una sola dirección. Así como los académicos de las humanidades basadas en la ciencia están aprendiendo de la ciencia, y están influídos por la ciencia, los científicos están alcanzando una comprensión más amplia sobre el origen de su propio trabajo a través de las interacciones con los artistas.
Algo radicalmente nuevo está en el aire: nuevos modos de entender los sistemas físicos, nuevos modos de pensar sobre el pensamiento que ponen en cuestión muchas de nuestra asunciones básicas. Una biología realista de la mente, avances en físicas, electricidad, genética, neurbiología, enginiería, la química de la materia – todas ellas están desafiando nuestras asunciones básicas sobre qué y quienes somos, y sobre lo que significa ser humano.
Pero, evidentenemente, esta información aún no ha llegado a los editores de los periódicos y las revistas más prestigiosas. Más que confiar en que los científicos reseñen los libros de científicos, las mejores y a menudo las más brillantes publicaciones de élite a menudo se vuelven a los críticos literatios. Utilizando ideas superadas de Freud, Marx y el modernismo, enfrentan tímidamente la responsabilidad de presentar al público una represetanción adecuada del conocimiento. ¿Por qué aprender sobre el genoma humana cuando uno ya ha leído a Virgina Woolf? ¿Por qué presentar artículos y reseñas informadas a tus lectores cuando puedes jugar el juego de los “ismos”, en el que uno puede evitar el discurso inteligente por la mera mención de términos en desuso como “cientificismo” o “evolucionismo”?
No todos los intelectuales comparten este modo de pensar. Un distinguido novelista europeo, editor también de novelas y libros de eminentes científicos, abrió sus manos y exclamó: “No saben, simplemente no saben.” A lo que se podría añadir que un estupendo estado de ignorancia se considera un credencial en este mundo. ¿Por qué si no reputadas publicaciones permiten a críticos ignorantes de las ciencias escribir sobre los libros de los científicos?
¿Qué podemos hacer? Podemos comenzar haciendo una pregunta. En 1971, el artista James Lee Byars presentó una pieza conceptual titulada “The World Question Center”, en la que sugería que para llgar a una axiología del conocimiento de las palabras, no era necesario leer los seis millones de la bilbioteca Widener de Harvard. Su aproximación conxistía en buscar las mentes más complejas y sofisticadas, ponerlas juntas en una habitación, y tenerlas ahí respodiéndose a sus propias preguntas.
Esta es mi pregunta, la pregunta que me hago a mí mismo, una pregunta que nos podemos hacer todos:
¿Por qué la sociedad no se beneficia de una adecuada representación del conocimiento?
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Lo primero que me vino a la mente fueron los disparates de Terry Eagleton intentando "criticar" el libro de Richard Dawkins. Su principal reproche consistía en que Dawkins no había leído a Rahner. Y es que habiendo leído a Rahner, ¿por qué tomarse la molestia de aprender algo de cosmología científica o ciencias de la evolución?


