Moby Dick es, entre otras cosas, una novela sobre la tolerancia; de una tolerancia que surge del abrazo del salvaje y el hombre civilizado y del mutuo aprendizaje entre paganos y cristianos. Se han dejado pocos retratos tan bellos del mito del "buen salvaje" como este del arponero Quiqueg:
Yo me senté a mirarle con mucho interés. Aun siendo salvaje, y tan horriblemente deformado en la cara -al menos para mi gusto-, su rostro, sin embargo, tenía algo que no era en absoluto desagradable. No se puede ocultar el alma. A través de toros sus fantasmagóricos tatuajes, yo creía ver las huellas de un corazón sencillo y honrado; y en sus grandes ojos profundos, ferozmente negros y calientes, parecía haber muestras de un espíritu que se atrevería contra mil diablos. Y demás de todo esto, había en ese pagano cierto aire de altanero que no malograba siquiera su torpeza. Tenía aspecto de hombre que nunca se ha rebajado y nunca ha tenido un acreedor. No me atreveré a decidir si también era por el hecho de que, por tener afeitada la cabeza, la frente resaltaba con relieve máslibre y claro y parecía más amplia que de otro modo: lo cierto es que su cabeza era excelente desde el punto de vista frenológico. Quizás parecerá ridículo, pero me recordaba la cabeza del general Washington, tal como se vé en esos bustos populares suyos. Tenía el mismo largo declive, retirándose en grados regulares desde encima de las cejas, que eran asimismo promimentes, como dos amplios promontorios con espesa vegetación por encima. Quiqueg era George Washington desarrollado a lo canibal.
En otro pasaje muy representativo de esta mentalidad marina y universalista, Melville describe la comunión ecuménica entre salvaje y civilizado:
Yo era un buen cristiano, nacido y criado en el sento de la infalible Iglesia Presbiteriana. ¿Cómo, entonces, me podía unir a este salvaje idólatra en la adoración de este trozo de madera? Pero, ¿qué es adoración? -pensé-. ¿Vas ahora a suponer, Ismael, que el magnánimo Dios del cielo y la tierra -incluidos todos los paganos- puede estar celoso de un insignificante trozo de madera negra? ¡Imposible! Pero ¿qué es adoración? ¿Hacer la voluntad de Dios? Eso es adoración. ¿Y cual es la voluntad de Dios? Hacer con mi prójimo lo que yo quisiera que mi prójimo hiciera conmigo: ésa es la voluntad de Dios. Ahora, Quibeg es mi prójimo. ¿Y qué deseo yo que Quibeg haga conmigo? Pues unirse a mí en mi particular forma presbiteriana de adoración. En consecuencia, debo unirme a él en la suya: ergo, debo volverme idólatra. De este modo que encendí las virutas, ayudé a enderezar el inocente idolillo, le ofrecí galleta quemada con Quiqueg, hice dos o tres zalemas ante él, le besé la nariz con nuestras propias conciencias y con todo el mundo. Pero no nos dormimos sin un poco de conversación.
No sé como es eso, pero no hay sitio como una cama para las comunicaciones confidenciales entre amigos. Marido y mujer, según dicen, se abren allí mutuamente el fondo de las almas, y algunos matrimonios viejos muchas veces se tienden a charlar sobre los tiempos viejos hasta que casi amanece. Así, pues, en nuestra luna de miel de corazones, yacíamos yo y Quibeg -pareja a gusto y cariñosa.
Ismael deja de lado lo específicamente presbiteriano ante la regla de oro universal que es capaz de descubrir utilizando la razón natural. El salvaje y el cristiano se encuentran "cariñosamente" en la religión natural. Pero la "religión natural" sólo se alcanza cuando se han eliminado -u ocultado, por un velo de ignorancia- las diferencias de las religiones positivas. Los cristianos (al menos, los católicos) y los herejes no pueden compartir "unidad de fe" (Satis cogitum, encíclica de Leon XIII).
Me ha sorprendido encontrar que Neo-neocon ya se había ocupado del tema: ¿Una metáfora del hombre blanco? ¿De la gran obsesión americana?


Esa novela la he leído varias veces. Recuerdo ambos pasajes. Sin embargo, cuando fue publicada la novela tuvo una mala recepción. En la novela hasta aparece un chileno. La novela refleja a Estados Unidos, donde todas las etnias son guíados por una protestante que Ahab. ¿Has visto la nueva versión?
Yo me quedo con el Quibeg de la película antigua. Además, en la nueva versión el actor que personifica Ahab en la primera, aquí personifica al sacerdote prebisteriano.
Comment by Javier Bazán Aguirre — October 22, 2006 @ 10:45 pm
Hola, Javier. No he visto la película nueva, sólo la de John Huston.
Es cierto que la novela refleja el espíritu de los EE.UU. Es un símbolo del imperio anglosajón (frente al español); espero escribir sobre ello pronto.
Comment by Eduardo — October 22, 2006 @ 10:57 pm
Siempre he visto Moby Dick, y Melville es una de mis debilidades, como la contraposición entre el Mal humano -Ahab, que tiene voluntad, intención- y el Mal “natural” -la ballena, que es la mera fuerza, la ciega posibilidad.
Pero lo del buen salvaje tiene mucho sentido. Seguramente es uno de los primeros retratos complacientes del “hombre natural”.
¡Qué grande -parafrasenado a Garci- es Melville!
Comment by Chema — October 23, 2006 @ 1:03 am
Sí, es grande. La estoy leyendo en paralelo con El Quijote, con sorprendente resultado hermenéutico.
Se aceptan recomendaciones para cuando termine -me refiero a recomendaciones literarias, que no domino mucho.
Comment by Eduardo — October 23, 2006 @ 1:32 am
De acuerdo
Comment by Javier Bazán Aguirre — October 23, 2006 @ 12:51 pm
Yo no veo a Moby Dick como “mera fuerza” o “ciega posibilidad”. La ballena blanca es una especie de numen primogenérico, un animal numinoso de la religión primitiva a la que Ahab se enfrenta porque se siente personalmente implicado en la venganza. Ha reconocido en la ballena una fuerza personal tremens ac fascinans. Negando que las bestias carezcan de alma (Descartes, Gómez Pereira), Ahab no ve en Moby Dick “lo numinoso” (Otto), o una voluntad ciega, sino precisamente una voluntad personal intrigante y poderosa.
Ahab: “Lucharía contra el sol si pudiera insultarme”. Pero sólo es capaz de insultar el ser dotado de voluntad, e incluso, de algún tipo de lenguaje.
Comment by Eduardo — October 23, 2006 @ 10:13 pm