Una referencia ofrecida por Joaquin en un comentario anterior me lleva a plantear la cuestión de la relación entre confianza (o crédito) y religión. Según un estudio de la Universidad de Minnesota, los ateos norteamericanos son el grupo minoritario que goza de menor confianza social, incluso menos que los musulmanes, los inmigrantes recién llegados o los homosexuales. El estudio apunta también que las familias americanas estarían menos dispuestas a aprobar el matrimonio de sus hijos con ateos.

¿Qué tiene que ver el "crédito" con la religión? El fenómeno religioso podría estar relacionado con la "preferencia temporal", concepto desarrollado por la escuela austríaca de economía y pilar fundamental de la acción humana. La ley de la preferencia temporal establece que la satisfacción de una necesidad en un futuro próximo es, ceteris paribus, preferible a la satisfacción de la misma necesidad en un futuro más lejano. Esto explica que, en general, el ocio sea universalmente preferible al trabajo, y que la civilización consista en un proceso de esfuerzo, ahorro, economía y disciplina. No sólo el proceso de civilización humana, sino el mismo proceso de hominización podría relacionarse con el aumento de la preferencia temporal. Los hombres parecen ser los mamíferos más capaces para elaborar planes, visualizar el futuro y diferir sus necesidades de un modo racional y consciente. El hombre, como animal proléptico (animal capaz de actuar de acuerdo con planes), ha desarrollado esta capacidad sobre la base de dos fundamentos: el desarrollo de las relaciones sociales complejas, y el lenguaje.

La religión podría haber evolucionado como respuesta adaptativa a la necesidad humana de actuar con respecto a fines. Podría suponerse que los individuos con creencias religiosas tendrían, como promedio, una mayor tendencia a valorar los bienes futuros con respectos a los bienes presentes. Esto aumentaría, en principio, el "crédito" de las personas religiosas frente a las personas irreligiosas, con una preferencia temporal mayor. Permaneciendo todas las demás condiciones en situación de igualdad, podría suponerse que las personas religiosas tendrían mayor posibilidad de cosechar éxito en sus empresas que las personas no religiosas, por lo que la religión –al proporcionar poder para aumentar el “crédito” de las personas, podría haber evolucionado hasta convertirse en una Estrategia Evolutivamente Estable. Las EEE, tal y como son definidas por Mayr, son estrategias sociales del tipo que cualquier individuo de una especie o grupo encontraría beneficiosas, de tal modo que su negativa a secundarlas le llevaría, como promedio, a una situación de desventaja relativa. El ateo sería un "insensato" anselmiano sólo en el sentido de que su actitud, dadas unas ciertas condiciones sociales, le situaría en posición poco ventajosa con respecto a la "sensatez" social de los creyentes.

Ahora bien, no cualquier “religión” es compatible con el proceso de civilización. De hecho, la religión puede llegar a convertirse en una de las fuerzas más poderosas para neutralizar la preferencia temporal: los terroristas musulmanes que participan de la creencia en la "shahada" (sacrificio) incrementan su "preferencia temporal" de tal modo que prefieren absolutamente los bienes del "más allá" a cualquier bien presente, pasado o futuro de la vida en la tierra. El cristianismo "original" ("Mi reino no es de este mundo"), y las herejías milenaristas medievales, también tendrían un efecto neutralizador parecido: al predicar la inminencia de la escatología, el fín de los tiempos y la llegada del "reino de Dios", los bienes de la tierra quedarían notablemente devaluados frente a los bienes del cielo –sin contar con la amenaza de los males del infierno. De hecho, la historia de la organización política de las religiones normalmente explica la tensión entre misticismo e instituciones religiosas. Las religiones civiles, organizadas, tienden a neutralizar el "misticismo" religioso, de modo que no se ponga en peligro el orden social basado en el crédito (en cierto modo, un trasunto secular de la fe).

Como es sabido, fue Max Weber quien estableció la relación fundamental entre religión, en particular en su versión cristiana protestante-calvinista, y economía de mercado. Según Weber, el desarrollo del capitalismo se debe a una base religiosa que fomenta los valores del ahorro, el crédito, la seriedad y la ética del trabajo. El fracaso de los primeros asentamientos europeos en América del Norte, procedentes de Inglaterra, fueron de hecho percibidos por los colonos posteriores como un efecto de la empresa "secularista" de aquellos primeros pobladores. En este sentido, los colonos puritanos del Mayflower se percibieron como esencialmente distintos a los mucho más "liberales" fundadores de Virginia. La empresa americana se entendió  en clave de "misión" e incluso de "pueblo elegido", y la religión no dejó de jugar nunca un papel central.

Aunque la tesis weberiana ha sido muy contestada en su versión original, aún en las críticas de un Murray N. Rothbard se conserva la importancia de la religión para explicar el desarrollo del capitalismo –que encontraría su origen más bien en las ciudades católicas italianas y en las teorizaciones de la escuela salmantina. Sin embargo, la ampliación del capitalismo más allá de los confines del cristianismo, hasta alcanzar la confuciana China o la shintoísta Japón, supone un duro golpe a la tesis weberiana. Además, la buena salud del capitalismo en sociedades fuertemente secularistas, como los países del norte de Europa, puede servir para cuestionar definitivamente la identidad entre religión, crédito y moralidad. Otra prueba desfavorable a la base religiosa del crédito (cuando nos referimos a su modulación secular por excelencia: el préstamo económico) es la misma historia de los obstáculos colocados por los teólogos cristianos a la justificación y moralidad de la usura. No pocas veces la religión ha permanecido en fuerte contradicción con el estado de las relaciones sociales y de producción "capitalistas" -y aún hoy algunas versiones del cristianismo constituyen fuerzas poderosas de oposición a la globalización y el mercado.

Podría devolverse la falta de confianza de algunas personas religiosas en el crédito de los ateos formulando algunas preguntas que desarrolla Sam Harris: ¿Acaso para tener crédito personal, o para desarrollar una ética del trabajo se necesita pensar que la tierra ha sido creada 2.500 años después de que los babilonios empezaran a elaborar cerveza? ¿No deberían los ateos, en justa correspondencia, desconfiar de quienes enarbolan creencias tan irracionales e incluso pretenden convertirlas en fundamento de la moral o la participación política? ¿Y si somos ateos con respecto a los gnomos, o los unicornios, por qué no serlo igualmente con respecto al Dios trinitario sin necesidad de despojarnos del crédito personal?

 

Lutero, un teólogo más contra la "plaga del interés".