El racionalismo político según Michael Oakeshott
Lo que Michael Oakeshott (Vía Escepticismo y Libertad) entiende por racionalismo (en un vigoroso ensayo disponible online) consiste, ante todo, en la suposición de que el pensamiento humano político puede ser mejor dirigido por la elección consciente y metódica que por la tradición y la costumbre. Como enemigo del conocimiento tradicional, este racionalismo se asienta en un tipo de igualdad que reconoce la esencia unívoca de la razón humana universal, a la vez que encuentra grandes dificultades para admitir la disensión: cualquiera que utilice la razón universal, que actúe como verdadero actor racional, deberá alcanzar las mismas simples verdades autoevidentes, "sacras e innegables".
La política racionalista tiene el mismo carácter de la ingeniería. Puesto que la ideología es superior a la tradición, la sociedad humana también puede ser tratada como una tabla rasa. Voltaire sentenció que el único modo de hacer buenas leyes era quemando las leyes existentes y empezando por completo de nuevo. Y el racionalista político por excelencia, Platón, dejó esta misma idea escrita en La República (501a):
- ¿De qué manera trazarán los filósofos ese plan de que hablas?
- Mirarán al Estado –dije- y el alma de cada ciudadano como una tablilla que es preciso ante todo limpiar, lo cual no es fácil; porque los filósofos, a diferencia de los legisladores ordinarios, no querrán ocuparse de dictar leyes a un Estado o a un individuo si no los han recibido puros y limpios, o si los mismos filósofos no los han hecho tales.
El racionalismo político termina por patrocinar lo que Oakeshott denomina políticas de la necesidad (politics of the felt need), de la perfección y de la uniformidad. Este es el mismo principio de la utopía, que Robert Owen propuso como una suerte de "convención mundial para emancipar la raza humana de la ignorancia, la pobreza, la división, el pecado y la miseria." Al igual que en la república de los filósofos, en la utopía racionalista no hay apenas lugar para la tacha de las circunstancias:
There is no place in his scheme for a ‘best in the circumstances’, only a place for ‘the best’; because the function of reason is precisely to surmount circumstances. Of course, the Rationalist is not always a perfectionist in general, his mind governed in each occasion by a comprehensive Utopia; but invariably he is a perfectionist in detail. And from this politics of perfection springs the politics of uniformity; a scheme which does not recognize circumstance can have no place for variety.
De las dos clases generalísimas de conocimiento, el técnico y el tradicional, el racionalismo sólo reconoce el primero: la soberanía de la técnica. El conocimiento técnico depende de una formulación precisa: principios, axiomas, teoremas y escolios sólidamente encadenados dentro de un sistema de proposiciones. Por contra, el conocimiento práctico es más bien un sistema de actos que un sistema de proposiciones. Sólo tiene lugar en el uso, como en el conocimiento prudencial de Aristóteles, o en la idea de "tacto" que desarrolla Gadamer. El arte de componer una sinfonía, una obra de teatro o pintar un cuadro no sólo descansa en una técnica, sino en el conocimiento de la tradición y la pedagogía del maestro: "El conocimiento práctico no puede ser enseñando o aprendido, sino sólo impartido y adquirido. Sólo existe en la práctica y el único modo de adquirirlo es mediante el aprendizaje con un maestro –no porque el maestro pueda enseñarlo (no puede), sino porque solo puede ser adquirido por el contacto continuo con aquel que lo está practicando perpetuamente”.
La soberanía de la técnica no sólo desprecia el conocimiento histórico y tradicional sino que malinterpreta la verdadera condición de la ciencia, en general. El "oficio del científico", por referirnos al título de Pierre Bourdieu, no proviene tanto de un "método" cartesiano o baconiano, cuanto que de un dominio práctico (connaiseurship) que permita retroalimenar los saberes teóricos y prácticos:
La dificultad de la iniciación en cualquier práctica científica (física cuántica o sociología) procede de que hay que realizar un doble esfuerzo para dominar el saber teóricamente, pero de tal manera que dicho saber pase realmente a las prácticas, en forma de «oficio», de habilidad manual, de "ojo clínico", etcétera, y no quede en el estado de metadiscurso a propósito de las prácticas" (El oficio de científico, Pág. 76)
Michael Oakeshott, en resolución, supo identificar y diagnosticar adecuadamente el peligro de transformar la política en una rama de la ingeniería aplicada a las sociedades de personas. Su crítica del "racionalismo" no neutraliza a la razón, sino que obliga a un replanteamiento de su dominio más allá de la técnica, quizás como razón vital o razón histórica, por utilizar los términos de Ortega –si bien, como sabemos, las ciencias naturales nos vacunan hoy contra el "historicismo". La razón sin historia es superficial tanto como es despótica la historia sin razón, o la razón sin naturaleza.


Efectivamente , no se puede obviar la historia en ninguna rama del saber , y menos en derecho y ciencia politica .Concretamente en el tema del derecho positivo ,los usos sociales y la constumbre , se reconocen como parte de el .Y no digamos en el derecho anglosajon meramente consetudianrio .Abundando en el tema la ciencia politica es inentendible , sin la interpretacion de su desarrollo historico ……..En realidad lo ideal es un mecanismo de retroalimetacion o feede back entre ambos conceptos , tradicion y tecnica ..valga el simil biologico
Comment by peggy — October 11, 2006 @ 11:06 pm
Según leía el texto de Oakeshott, encontraba una tensión entre tradición y razón. Para mí es evidente que ni el derecho, ni la filosofía….ni siquiera la ciencia se puede comprender en profundidad sin el conocimiento histórico. Pero esto es distinto a reconocer en la “tradicion” una especie de fuente indeleble del saber. La tradición no es unánime”. Precisamente Oakeshott, si no lo interpreto mal, insiste en que la tradición es elástica (plástica), frente -paradójicamente, la rigidez de la ideología. Por lo tanto, el racionalismo cartesiano, con su desprecio de la historia y la tradición, sólo puede llevar a la incertidumbre. Incluso el ateísmo implica una posición frente y en la tradición. En este sentido, el naturalismo, el secularismo, o el ateísmo serían tan “tradicionales”, por lo menos, como la fiesta del Pilar.
Comment by Eduardo — October 12, 2006 @ 2:47 am
Leo Strauss llegó a la UNiversidad de Chicago gracias, entre otras, a una recomendació de Oakeshott. Y a partir de aquí comienzan sus divergencias. Creo que elaboraron las dos respuestas más sólidad a la postmodernidad. Pero las diferencias entre ambos son abismales. No es ajena a ellas la lectura que Strauss hace de la República, a la que considera la vacuna más fuerte nunca elaborada contra el racionalismo político.
Hay centenares de straussianos de varias generaciones. ¿existen los oakeshottianos?
En cualquier caso, por diversas razones, me quedo con Strauss.
Comment by Gregorio Luri — October 13, 2006 @ 6:41 am
Gracias, Gregorio. Tendré que examinar los argumentos de Strauss -espero que Amazon no tarde en remitirme los pedidos que he hecho. En principio, la república y las leyes parecen dos ejemplos egregios de racionalismo político, como señala Oakeshott…y la afirmación sobre la vacuna “contra el racionalismo” me sorprende mucho.
El político platónico planifica la embriaguez, las artes, el reparto de riqueza, las viviendas, la distribución de honores públicos, etc. Ni siquiera lo privado, o la educación de los hijos, quedan del todo al margen de la planificación consciente, racional, aunque Platón se muestra más moderado y prudente en esto último. A pesar de que Sócrates es condenado por impiedad, lo que generará un cierto desprecio de la democracia en la Academia, el Platón de Las leyes es un planificador pío, que admite el origen divino de la legislación, limita cualquier innovación en materia religiosa y rinde un culto innegable a las instituciones religiosas griegas más “conservadoras”; si no me equivoco. Tal vez esto se podría interpretar como una limitación del “racionalismo”.
Comment by Eduardo — October 13, 2006 @ 4:47 pm
Pero…
1) ¿Y la cuestión de la “noble mentira” que sustenta todo el edifico de la Rep.?
2)¿Y la imposibilidad de hallar un filósofo rey?
3) ¿Y el fracaso político de Sócrates?
4) ¿Y el hecho de que la ciudad ideal está construida exclusivamente en el logos con la intención de analizar con más precisión el alma?
Comment by Gregorio Luri — October 13, 2006 @ 8:54 pm
Unas anotaciones, antes de conocer los argumentos de Strauss.
Si por “racionalismo político” entendemos la exclusión sistemática del elemento supernaturalista de la vida en la polis, entonces claramente Platón no es un racionalista. Insiste en el origen divino de las leyes (Las leyes, Libro I, 1A:), consagra la tierra misma a los dioses, atribuye una función política a la casta sacerdotal (Las leyes, Libro V, 741c), reconoce la autoridad de Delfos (Las leyes, Libro VI, 759c) y admite la plena consistencia de la verdad y lo divino (”La verdad es para los dioses el primero de todos los bienes”), etcétera. Al menos si nos atenemos a estos pasajes de Las leyes, es muy difícil sostener la doctrina de la “noble mentira” y a la vez, la absoluta consistencia de la verdad y los dioses.
Pero Oakeshott se refiere a otra cosa. El racionalismo político se define por el moldeamiento de los ciudadanos en la virtud política, que permite tratar a estos como “tablillas” sucias que “es necesario limpiar”. El lenguaje del pastoreo o de la medicina también suele apoyar este “racionalismo”. Por ello, el “ingeniero” platónico aspira a “gobernar nuestras moradas y ciudades obedeciendo pública y privadamente a cuanto hay en nosotros de inmortal, dando nombre de ley a lo dispuesto por la razón” (Las leyes, Libro IV 714a). El mito de Cronos juega aquí un papel fundamental, con su idea del “gobierno de los genios”. Como los genios son muy difíciles de encontrar…Platón insiste en que los gobernantes tienen que ser mejor conocidos como “servidores de las leyes” (y las leyes deben tener un origen divino).
El fracaso de Sócrates no derrumbaría tanto el “racionalismo” platónico, cuanto que la confianza en la democracia, que amartillea en especial en La República.
Comment by Eduardo — October 13, 2006 @ 9:43 pm
La discusión me aprece interesantísima, y requeriría, sn duda, más tiempo, pero si afirmas tus dos últimas líneas (”el fracaso de Sócrates no derrumbaría tanto el “racionalismo” platónico, cuanto que la confianza en la democracia, que amartillea en especial en La República”), ¿no habrá que deducir que para sostener la democracia se necesita algo más que raciobalismo político? ¿Y si la ciudad -democrática o no- fuera siempre y de manera tan necesaria como inevitable, la caverna? Lo dispuesto por la razón, en política, es siempre la “phrónesis”, es decir, el pacto; que es exactamente aquello a lo que la azón, si se afirma a sí misma, nunca podrá aceptar. Perodona lo apretado de los argumentos.
Comment by Gregorio Luri — October 13, 2006 @ 11:36 pm
Por la inevitable complejidad del tema, llevo la discusión al foro, donde creo que hay más flexibilidad para ir puliendo las preguntas y posibles ocurrencias..
Comment by Eduardo — October 13, 2006 @ 11:50 pm