Daniel Rodríguez Herrera publicó este comentario en el blog "ancap" El tribunal de Areopaga: "El anarcocapitalismo no necesita de ‘hombres nuevos’ sino de cambios en la opinión pública. Es decir, que ésta sea favorable al anarcocapitalismo como ahora es favorable al estado socialdemócrata." La idea de transformar la forma política de una sociedad -o conservar la existente- mediante una élite directora que influya sobre la "masa crítica" es muy antigua. Sin embargo, en los tiempos modernos encuentra un antecedente muy interesante en el "consenso fabricado" (The manufacturing consent, ensayo de Edward S. Herrman y Noam Chomsky) que Walter Lippmann imaginó como la manera más racional de enfrentar el desconcierto de los individuos ante el enorme caudal de información en las democracias. La guía de esta incertidumbre ciudadana correría a cargo de una clase de expertos que conserva algún paralelismo con el mito del "gobierno de los genios" de Platón (Las leyes, Libro IV - 712d):

This class is composed of experts, specialists and bureaucrats. The experts, who often are refered to as "elites," were to be a machinery of knowledge that circumvents the primary defect of democracy, the impossible ideal of the "omnicompetent citizen" (Lippmann, Public Opinion).

La lucha por la opinión pública es una característica destacada de nuestras democracias o "sociedades en red" (Manuel Castells), donde el dominio de los nodos informacionales, mucho más que el dominio basado en la fuerza bruta, puede resultar clave para orientar la política. La conciencia de esta pugna tomó una fuerza particular en las izquierdas. Lenin mismo, citando a Karl Kautsky, estableció que el verdadero vehículo de la nueva ciencia revolucionaria no era el proletariado, sino la intelectualidad burguesa. De ahí que el partido siguiera siendo "vanguardia del proleteriado" una vez incluso de que la conquista del estado fuera consumada –monopolio centralista del conocimiento que, como es sabido, recibió la crítica de Rosa Luxemburgo. Gramsci también era plenamente consciente de que la lucha contra el capitalismo se desenvolvía en tres frentes diferentes: el económico, el político y el ideológico:

El elemento "espontaneidad" no es suficiente para la lucha revolucionaria, pues nunca lleva a la clase obrera más allá de los límites de la democracia burguesa existente. Es necesario el elemento conciencia, el elemento "ideológico", es decir, la comprensión de las condiciones en que se lucha, de las relaciones sociales en que vive el obrero, de las tendencias fundamentales que operan en el sistema de estas relaciones, del proceso de desarrollo que sufre la sociedad por la existencia en su seno de antagonismos irreductibles, etcétera." (…) "La preparación ideológica de la masa es, por consiguiente, una necesidad de la lucha revolucionaria, es una de las condiciones indispensables para la victoria." - desde un partido fuertemente centralizado y nacional.

Por supuesto, la lucha por la conciencia era compatible con la violencia revolucionaria. La misma doctrina de la conquista del estado de Gramsci suponía que era necesario llegar a destruir las instituciones del estado capitalista. Tras las "experiencias revolucionarias" en Rusia, Hungría o Alemania, quedó claro que el socialismo no podía esperar mucho de las instituciones liberales. Esto suponía un cambio en la posición que Marx y Engels mantuvieron en Las luchas de clases en Francia, cuando aún se veía a las democracias como un posible trampolín hacia el socialismo.

¿Es la lucha por la conciencia y la opinión pública un patrimonio de las izquierdas? Ciertamente, no. Pero los conservadores han aprendido mucho de la izquierda. Micklethwait y Wooldridge (los autores de The right nation) citaban a la socialista fabiana Beatrice Webb: "There is no such thing as spontaneuos public opinion. It all has to be manufactured from a Center of Convictin and Energy". Los fabianos comienzan en 1884. Entre sus miembros contaron con Sidney y Beatrice Webb, George Bernard Shaw y H.G. Wells. Pretendían sustituir la mentalidad egoísta de la sociedad liberal por una nueva comunidad de personas basada en el bienestar común. Su técnica era la permeabilización del socialismo en la sociedad. A diferencia de los marxistas clásicos, y de la táctica leninista, no soñaban con subvertir la sociedad mediante la violencia revolucionaria. A diferencia de los socialistas laboristas, no querían simplemente ganar elecciones. Confiaban en la llegada del socialismo inevitable, pero de un modo gradual. Cambiar el clima de la opinión pública tenía prioridad sobre convencer a los parlamentarios. Para ello surgieron el New Statesman y la London School of Economics. En el momento de mayor entusiasmo llegó a predicarse el fín de la historia, algunas décadas antes de Fukuyama: ¡We’re all socialists now! Pero el fabianismo era algo más que una teoría política, era además una concepción del socialismo como una forma excitante de vida comunitaria. Micklethwait y Wooldridge:

Across Europe groups of intellectuals helped to establish helped to define socialism not just as a body of ideas but also as a community. The result of these efforts was the “socialist movement”: an ideology that was also a fraternity; a set of beliefs that could organize people’s lives from the cradle to the grave.

¡De la cuna a la tumba! En España lo más parecido al fabianismo ha sido, quizás, el krausismo, que al fín y al cabo terminó por dejar una marca indeleble en el progresismo español hasta el siglo XXI.

La  "propiedad común de los medios de producción" pasó a ser la cláusula cuarta de la constitución del partido laborista precisamente por influencia fabiana, y sólo fue eliminada en los años noventa, cuando el flagrante fracaso del socialismo soviético instigó a un profundo cambio intelectual -como es conocido, el socialismo español se "libró" algo antes del marxismo gracias a la prudencia política de Felipe Gonzalez en el congreso de Suresnes (1974). Fué por entonces cuando comenzó a hablarse de "market socialism" en Gran Bretaña, tras los "dos sistemas, un sólo país" del comunismo chino reformado.

En comparación con la tenaz lucha de las izquierdas en Europa, solamente en EE.UU puede decirse que ha existido una contestación semejante, desde medios conservadores y liberales. Los conservadores norteamericanos han destacado por su capacidad para hacer "comunidad". Por citar algunos ejemplos, en Washington D.C. encontramos el American Enterprise Institute for Public Policy Research (Dick Cheney, Paul O’Neill, Glenn Hubbard, Leon Kass) el Weekly standard (Robert Murdoch) y el Project for the new american century (Bill Kristol). No hay que olvidar la potentísima Heritage Foundation y muchos otros organismos, fundaciones y publicaciones que no cabrían en este pequeño artículo.

La batalla por la opinión pública es indispensable para llevar adelante cualquier plan político y económico de largo plazo. En España la hiperlegitimidad de la socialdemocracia comienza a ser contestada desde Libertad Digital, GEES, FAES, el Instituo Juan de Mariana y desde otras iniciativas ciudadanas y particulares. Algunos, no sé cuántos, pensamos que faltan medios conservadores potentes que contesten tanto al "liberalismo auténtico" (identificado con la versión anarcocapitalista) como a la socialdemocracia. Sin embargo, la lucha por la opinión pública es insuficiente por sí misma. No puede esperarse que una ideología incapaz de describir adecuadamente la realidad pueda alcanzar una transformación social profunda. Esta parece ser la historia del socialismo en el siglo XX. Pese al entusiasmo y la excitación esotérica de los fabianos, o la violencia de los marxistas tradicionales, nunca el socialismo politico ha pasado de ser un episodio histórico impuesto como un condicionamiento skinneriano en la conciencia pública. La historia alecciona sobre la inviabilidad de la planificación consciente cuando esta se estrella con la realidad, esa señora tan desagradable (Schopenhauer dixit), por lo que la "lucha por la opinión pública" resulta vacía (y la mentira política termina por ser impotente) siempre que tropieza contra los suficientemente plásticos pero inexcusables límites de la naturaleza humana. Aunque, y esto es lo peor, en ocasiones pueden pasar decenios antes de percatarnos de que "el rey está desnudo".