Al principio creía que era una broma, pero no. Nacho Allende, "Torbe" -creador de PutaLocura.com-, denunciado y retenido en una comisaría por llamar "feas" a las vecinas de Torrelavega. Al trullo, por sátiro. Cuando retiraron en Italia RAIOT, el programa de humor político de Sabina Guzzanti, Darío Fó ya altertaba sobre el peligro de la prohibición de la sátira. Después llegó la crisis de las viñetas de Mahoma, la suspensión de Idomeneo en Alemania, etcétera. Aunque las circunstancias son distintas, ¿deberemos montar una campaña en la blogosfera, similar a la que terminó con el cautiverio del blogger egipcio Alaa Abdel Fatah?
Las categorías, que son modos de pensar respetables cuando se trata de los peces, las sillas y las distintas variedades de cítricos, al parecer permutan en estereotipos deleznables cuando son aplicadas a las personas. Al menos, esta asunción forma parte del saber convencional sobre la psicología de las categorías que penetró en las ciencias sociales por medio de La opinión pública, señero ensayo que Walter Lippmann escribió en 1922. Según Steven Pinker, "Lippmann proponía que los conceptos que las personas corrientes tenían de los grupos sociales eran estereotipos: imágenes mentales que son incompletas, tendenciosas, insensibles a la variación y resistentes a informaciones opuestas". Concepción que, aunque ella misma tendenciosa en sus líneas maestras, ha gozado de gran predicamento en la ciencia social progresista y, a su través, en la misma cultura popular. Es evidente que la insurgencia ante el estereotipo encaja con la concepción "progresista" de una sociedad sin clases, sin categorías, una vez que se haya desvelado el verdadero escenario de su construcción social.
No es de extrañar, en consecuencia, que los progresistas de todos los partidos, deseando siempre permanecer del lado de los ángeles, hayan aprovechado el caso del profesor de historia Pablo Gutierrez Vega (de la Universidad de Sevilla), inmovilizado antes de que despegara un vuelo de Palma de Mallorca a Dortmund, para criticar la falsa filosofía del esterotipo, la "inflación del miedo" y el defecto de nuestra vetusta civilización. El caso es que el barbudo historiador, él mismo partidario de los ángeles y de los buenos salvajes (es decir, de los derechos de los "pueblos indígenas"), fué retenido unos instantes debido a las sospechas que despertó su aspecto entre algunos pasajeros impresionables. El viaje se reanudó sin ninguna incidencia posterior, pero el proprio Gutierrez ("Fui humillado y vejado públicamente delante de 100 pasajeros que dieron por buena una sospecha infundada") y muchos medios de comunicación han aprovechado la ocasión para recordarnos los terribles peligros de los estereotipos sociales y el grave trance en el que se encuentra nuestro "estados de derecho", tan pronto a arremeter contra ciudadanos indefensos con la excusa de protegerlos de daños imaginarios.
Como en la repercusión en torno a las últimas leyes aprobadas por el senado norteamericano en la guerra contra el terrorismo, nuestra "civilización" vuelve a escenificar los mismos síntomas de victimismo angélico y eurábigo. ¿Es que tenían derecho los pasajeros del vuelo a Dortumund a sentirse amenazados por un mero "estereotipo", por una simple imagen mental? Contra lo que esteblacía Lippmann, los estereotipos no suelen andar tan desencaminados. Las "imágenes mentales" y las categorías sociales no son siempre simples distorsiones de la verdad. En particular, la "imagen" de los terroristas islamistas formada por jóvenes varones musulmanes no sólo no es falsa, sino que es estrictamente descriptiva -lo que, por supuesto, no establece la norma de que todos los varones jóvenes musulmanes sean integristas a la búsqueda de la shahada. Es evidente que el programa democrático exige tratar a las personas como individuos y, frente al pesimismo de la ciencia radical, las personas de hecho suelen invalidar un estereotipo cuando poseen buena información sobre un particular. Esto es posible precisamente porque la gente no es prisionera de sus imágenes mentales, así como no somos prisioneros de nuestro lenguaje o nuestra cultura.


