Pío Moa finaliza así la última entrada de su bitácora:

(…) Pero siendo el materialismo una actitud del espíritu, decía, no puede prescindir del sentido, y por tanto de la fe. Por ejemplo, el ser humano y su consciencia aparecen para un materialista como el resultado de una evolución imprevisible e innecesaria. La consciencia se presenta como resultado de una acumulación gigantesca de cambios genéticos al azar sin finalidad alguna, y posiblemente no existiría en todo el universo más que en la Tierra. Bueno, pues aun así el materialista tendrá que encontrarle algún sentido: la adaptación al medio… aun si el espíritu humano tiende más bien a adaptar el medio a sus deseos sin sentido. Una forma peculiar de fe, en fin.

Todo el artículo es un compromiso entre materia y espíritu, un híbrido que toma partes del espiritualismo, en particular la "fe", y del materialismo ("cambios genéticos al azar sin finalidad alguna") para formar un conjunto muy poco convincente. Pero Moa malinterpreta la evolución. La teoría de la evolución nunca ha establecido que todos los cambios naturales sean "adaptativos"; el sentido de evolucionar no es adaptarse; la adaptación es -en cualquier caso, una consecuencia secundaria. Lo único que podemos predecir, y siempre como promedio, es la reproducción diferencial de los genes más adaptativos del acervo génico. Existen, en cambio, muchos rasgos humanos para los que no se ha encontrado ningun sentido adaptativo. Steven Pinker señalaba que este podría ser el caso de la música.

Al dividir el mundo entre "materia" y "espíritu", Moa retrocede a un dualismo cartesiano insostenible. El error de Descartes consistió en separar la realidad en dos órdenes (uno pensante, y otro físico) que se comunicaban a través de una misteriosa glándula pineal, o a través de una prodigiosa "armonia preestablecida" -por el diseñador universal, al cual llamamos Dios. Hoy sabemos que la moralidad humana no habita en un mundo aparte, y que las ideas éticas no las segrega la razón pura kantiana, sino que residen en el cerebro -interactuando con el orden social. Antonio Damasio explicó en su obra más conocida el caso de Phineas Gage, que tras una grave lesión en el lóbulo frontal perdió definitivamente su capacidad para la prudencia moral, a la vez que mantenía intactas otras propiedades mentales.

El "espíritu" o "conciencia" no es nada distinto de la red de información neuronal que procesa el cerebro a través del sistema nervioso. El "alma" humana no entra en el cuerpo por ninguna glándula especial o espiritillo ("tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro, que a grandes cosas me lleva" -Cervantes), sino que se forma progresivamente a través del minucioso proceso de división celular que comienza con la fecundación del óvulo. Lo que llamamos "cuerpo", por otra parte, no deja de ser un gran club de células para los genes egoístas. Al menos, esta es la imagen que nos proporcionan las ciencias de la evolución.

El propósito consciente o "sentido" que resulta de este proceso nada tiene que ver, en principio, con la fe -que es un concepto esencialmente religioso, una "forma peculiar de confianza" en el "diseño" (y en la creación) divino del mundo. La "consciencia", adaptativa o no, es un sistema mental gracias al que podemos fomentar nuestros intereses egoístas a largo plazo, en lugar de dejarnos llevar por los intereses inmediatos. Este es el verdadero sentido biológico del sentido. Por eso, como escribía Richard Dawkins, "tenemos el poder de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento". He aquí las bases biológicas de lo que los economistas austríacos llamaron "preferencia temporal", justamente el tipo de previsión consciente que ha permitido construir la civilización, a partir de la biología humana, y nunca contra ella. La vida humana no es tanto "materia que puede escoger" (Lynn Margulis) cuanto que, quizás, materia que puede preferir. La civilización no se opone a la biología por la misma razón que el espíritu no puede rebelarse contra la materia. Nada hay que objetar al sintagma "la espiritualidad de la materia" siempre y cuando se complete con "la materialidad del espíritu".