En la crisis de los cayucos (unos 25.000 inmigrantes ilegales alcanzaron Canarias este año) está poniéndose de manifiesto todos los días la incapacidad de nuestros políticos para pensar -y lo que es peor, actuar- en términos auténticamente políticos y de economía política. A los argumentos dialécticos se responde con argumentos puramente retóricos (las "soluciones imaginativas" de la ministra portavoz), en una absurda "carrera hacia el abismo" sofístico entre gobierno y oposición. Las cuestiones de política económica se encaran como si se trataran de fenómenos morales flotantes (Caldera: "La llegada tan importante de irregulares a través de cayucos tiene más que ver con una crisis humanitaria que con el fenómeno de la inmigración"), capaces de ser conjurados con la música de las buenas voluntades, como Orfeo hacía con Hades y Perséfone. "Progresistas" y "conservadores" parecen compartir los presupuestos básicos de la "visión utópica" (Thomas Sowell). Así, por ejemplo, se apela constantemente al concepto de "catástrofe humanitaria" -culpando indirectamente a la oposición de colaborar tácitamente en la catástrofe, a la manera de los espectadores en el incendio de Nerón.
Otra de las versiones innumerables del "buen salvaje" es el "buen salvaje africano". Según esta narrativa, repetida por partidos, iglesias e intelectuales, el verdadero culpable del retraso africano no es otro que la sombra del imperialismo y el colonialismo occidental. La doctrina solía acompañarse con la noción central del "círculo vicioso de la pobreza": los países pobres no pueden superar su pobreza debido a que no disponen del capital suficiente para ahorro e inversión. Al no disponer de capital, las economías africanas permanecerían atadas a sistemas de dependencia y subsistencia en mercados reducidos. Bajo estos presupuestos, la táctica favorita por los ingenieros del desarrollo se ha resuelto en las políticas de "movilización de recursos" y de cooperación de gobierno-a-gobierno.
Este modelo de "cooperación al desarrollo" (Cumbre del Milenio - Nueva York, 2000, Conferencia sobre financiación del desarrollo - Monterrey, 2002) es compartido por el Partido Popular y el Partido Socialista en España -no digamos ya Izquierda Unida, verdadera experta en desperdiciar recursos de los contribuyentes para desviarlos a sus dictaduras favoritas-, y es invocado estos días como la estrategia adecuada para plantear una "lucha global contra la pobreza" (título encontrado en las páginas del PP que amplía la consigna de Lyndon Johnson, ya de por sí utópica…). En los mismos foros, los administradores, perfectos seguidores de que "otro mundo es posible", también se jactaban de que el gobierno del PP había gastado muchos más recursos (11.700 millones, frente a 6.900) en cooperación al desarrollo que el gobierno del PSOE.Y Mariano Rajoy (ah, si Rajoy fuera liberal…) hacía esta solemne declaración:
Primero, hay que hacer una política europea de verdad, primando en las ayudas al desarrollo a quienes nos ayudan en la lucha contra la inmigración ilegal. Y luego hay que ser mucho más contundente. Y, desde luego, no hay que producir efectos llamada.
"España es el problema y Europa es la solución", escribía Ortega hace varias décadas, y aún hoy muchos consideran que la solución es "europeizar" los problemas. Lo que es lo mismo: pasar de una gestión nacional, pero ineficaz, a una gestión inter-nacional, igualmente ineficaz, pero con mayor posibilidad de "movilizar recursos" y generar un clima de opinión favorable. ¿Acaso los eurócratas preocupados por la "catástrofe humanitaria" se han planteado eliminar la "política agraria común" y las barreras comerciales europeas que imponen un cerco mortal a la economía africana?

