Desde que el jesuita George Coyne, un crítico señalado del Diseño Inteligente, fuera sustituído en su jefatura del Observatorio Vaticano, soplan malos tiempos para las relaciones entre evolución y catolicismo, ciencia y religión, razón y fe. Aunque el depuesto Coyne consideraba "compatible" evolución y creación: "La evolución revela un Dios que hizo un universo con un cierto dinamismo y, en este sentido, participa de la misma creatividad de Dios", sus opiniones se enfrentaban con las del cardenal Schönborn (vía Marta Salazar) y probablemente con la posición del mismo Benedicto XVI. Coyne, hablando de la "neutralidad" de la ciencia y, en consecuencia, negando el conflicto entre ciencia y religión, seguía a su manera la tradición averroísta de la "doble verdad" -una teoría que, según el Diccionario Soviético "es utilizada por la teología y por la filosofía burguesa reaccionaria para defender la religión y luchar contra la concepción científica, materialista, del mundo".

El puesto vacante en el Observatorio Vaticano será ocupado por el argentino padre Funes -jesuita también-, un hombre al parecer de la confianza de Benedicto XVI.

Los antecedentes de la polémica entre Schönborn y Coyne pueden encontrarse en el famoso mensaje que Juan Pablo II pronunció ante la academia pontificia de las ciencias, en 1996. En aquel importante documento, el Papa consideraba la evolución "más que una hipótesis", aunque introducía reservas sobre la evolución "espiritual" de la humanidad y el "salto ontológico" de la persona humana; preguntándose si esa "discontinuidad" no pondría en cuestión las teorías "materialistas" de la evolución.

But in posing such a great ontological discontinuity, are we not breaking up the physical continuity which seems to be the main line of research about evolution in the fields of physics and chemistry?

En julio de 2005 el cardenal Schonborn (autor del catecismo católico actual) escribía un artículo, Finding design in nature, en el que negaba que el Papa hubiera aceptado nunca el "neodarwinismo":

The Catholic Church, while leaving to science many details about the history of life on earth, proclaims that by the light of reason the human intellect can readily and clearly discern purpose and design in the natural world, including the world of living things.

Evolution in the sense of common ancestry might be true, but evolution in the neo-Darwinian sense - an unguided, unplanned process of random variation and natural selection - is not. Any system of thought that denies or seeks to explain away the overwhelming evidence for design in biology is ideology, not science.

Cargado de razón, el entonces director del observatorio Vaticano, padre Coyne -que llegó a intervenir en un espacio de la BBC defendiendo sus puntos de vista "evolucionistas"-, respondía negando valor alguno a las teorías llamadas del "Diseño inteligente", criticando el fundamentalismo "literalista" y remarcando la compatibilidad entre un universo en evolución y la idea del Dios cristiano:

These are very weak images, but how else do we talk about God? We can only come to know God by analogy. The universe as we know it today through science is one way to derive an analogical knowledge of God. For those who believe modern science does say something to us about God, it provides a challenge, an enriching challenge, to traditional beliefs about God. God in his infinite freedom continuously creates a world that reflects that freedom at all levels of the evolutionary process to greater and greater complexity. God lets the world be what it will be in its continuous evolution. He is not continually intervening, but rather allows, participates, loves. Is such thinking adequate to preserve the special character attributed by religious thought to the emergence not only of life but also of spirit, while avoiding a crude creationism? Only a protracted dialogue will tell. But we should not close off the dialogue and darken the already murky waters by fearing that God will be abandoned if we embrace the best of modern science.

El cambio de Coyne por Funes, y la sutil transición entre la doctrina prudente de Juan Pablo II hacia las crecientes asechanzas anti-evolucionistas del cardenal Schönborn, avaladas por el mismo Benedicto XVI, no son buenas noticias para el cristianismo romano. Claro que, tampoco son malas noticias para la ciencia, que continuará su curso con independencia de los juicios morales, religiosos o metafísicos que pretendan limitar su alcance. Como escribía Steven Pinker, en su libro (La tabla rasa), que no me canso de recomendar: "(…) la gente le pide a Dios que no sea verdad. Pero a la verdad no le importan nuestras súplicas, y a veces nos puede obligar a reconsiderarlas con un talante liberador."

Creacionismo católico I