Pocos ejemplos como el del psicópata aficionado al tuning automovilístico Wolfgang Priklopil secuestrando durante ocho años a la joven austríaca Natascha Kampusch (ahora, 18), ilustran mejor metáforas literarias y cinematográficas bien conocidas, como Boxing Helena, o El coleccionista (la propia afectada afirmó que su fuga fué "como una película de acción"). Pero la realidad siempre está delante, y detrás, de las ficciones. Si en la ficción cinematográgica se mutilaba y encajonaba el cuerpo de una mujer, para colmar los deseos inveterados de "dominio masculino", en la realidad extracinematográfica y extratelevisiva (que existe, aunque parezca que no), un aficionado al tuning encerraba a una niña durante casi una década para convertirla en su compañera aparente.

La emisión de una entrevista a Natascha Kampusch en la televisión austríaca ha causado gran impresión y batido récords de audiencia (más de 2.500.000 de personas en la cadena ORF). La imagen de la joven austríaca condensaba y evocaba arquetipos muy poderosos (Caperutica, Hansel y Gretel, el rapto de Europa…), de gran presencia en nuestra historia y en nuestra literatura. No es de extrañar que haya logrado arrancar a la audiencia del aburrimiento masivo.
 
Aunque la emisión de la entrevista ha dejado sin resolver muchas dudas, casi todos los medios destacan la gran fortaleza de Natascha. Ocho años de cautiverio, sometida a un adiestramiento forzoso, si bien no exento de resistencia (la propia joven narró que obligaba al secuestrador a celebrar los cumpleaños, navidades y Pascua) no han socavado su firmeza moral ("Yo era más fuerte que él") o los deseos de libertad ("Siempre pensaba en huir"). Casi una década de condicionamiento skinneriano brutal, no ha conseguido arrebatar a Natascha los sentimientos de socialidad elementales que son la base de la moralidad humana. No consiguieron encajonar la naturaleza humana; como predice la segunda ley de la genética de la conducta: el efecto de criarse en una misma familia es menor que el efecto de los genes. Y de este modo, porque no somos "tablas rasas", fué posible dar muerte al monstruo del centro del laberinto.