Esta es una noticia local, pero fácilmente reconocible en otros lugares. Hace pocos días se inauguró una nueva plaza en el barrio bilbaíno de Indauchu, ante la debida presencia de autoridades civiles y eclesiásticas. La remodelación ha costado al erario más de 4 millones de euros, y su nuevo plan es obra del arquitecto Ander Market, después de ganar uno de esos así llamados "concursos públicos".
 
¿Cuál es el problema? Que la plaza no le gusta a casi nadie. Ni siquiera al alcalde (Iñaki Azkuna), que recalcó en la inauguración, ante el descontento y las críticas, que "hay que ver lo positivo" y "dejar paso a la innovación de ésta nueva época".
 
Aunque siempre se supone que la "gestión pública" se acerca mejor a las necesidades de los ciudadanos, resultados como la desastrosa nueva plaza son demasiado habituales. A diferencia de la gestión privada, además, hay que dar por hecho que nadie podrá exigir cuentas y responsabilidades. ¿Es que aún seguimos los restos de la utopía de Le Corbusier, donde los planificadores de la nueva arquitectura partirían de un "mantel limpio" (tabla rasa) para reformar la vista de nuestras ciudades?. Sin duda, ya no vemos aquellos edificios sin plazas ni lugares de encuentro de la modernidad inhóspita que deseaba reconstruir Buenos Aires y París. Pero la planificación urbana continúa siendo autoritaria e ineficiente.
 
Los ciudadanos deberían dejar de "respetar" tanto las decisiones de sus munícipes por antonomasia y comenzar a exigir un sistema de gestión que se adecúe a sus gustos y necesidades prácticas, no al de los arquitectos o los planificadores de la "nueva época". Steven Pinker escribió: "Si algo resulta visceralmente repulsivo, una democracia debe permitir que la gente lo rechace, sea o no sea racional según algún criterio que no tenga en cuenta nuestra psicología".
 
A mí, y a la mayoría de los bilbaínos, esas farolas nos parecen "visceralmente repulsivas". Obsérvese, sobre todo en la segunda fotografía, la conjunción de pos-modernidad y aggiornamento pos-conciliar.