La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana, de Steven Pinker, es una de las obras de síntesis científica-filosófica más influyentes de esta década. Si hemos de tomar en serio los resultados arrojados por el conjunto de las ciencias cognitivas (neurociencia, neuroanatomía, psicología evolucionista, teoría de la información &c) toda la estructura del saber heredado (que Pinker condensa en el modelo SSSM de las ciencias sociales) queda seriamente dañada y obliga a un replanteamiento de nuestros conceptos sobre la ciencia, la filosofía, la libertad y la naturaleza humana. Cuestionar la idea de “libertad”, por supuesto, no equivale a suprimirla, sino a comprenderla de un modo más profundo -aunque no inaudito, en el sentido de que haya sido desconocido por la tradición filosófica. Baruch de Spinoza escribió hace siglos que “el hombre es libre en cuanto tiene poder para existir y ejercer una acción de acuerdo con las leyes de la naturaleza”.
El proceso está en marcha. Las ciencias biológicas y naturales comienzan a conectarse con la economía y la politica. En 2003 Vernon Smith y Kahneman recibieron el premio nobel de economía por el desarrollo de un ámbito nuevo en los estudios económicos que llamaron, precisamente, “economía cognitiva”. Su planteamiento criticaba las bases de la economía neoclásica basada en un determinado modelo de racionalidad seguido supuestamente por los agentes. Pero he aquí que los operadores económicos no se comportarían siguiendo estrictamente las “curvas de preferencia” descritas por los economistas tradicionales. Estos investigadores introducen el concepto de “racionalidad limitada”, que pretende validarse en la auténtica naturaleza de la cognición humana. Aunque desde algunos lugares se supone que la economía cognitiva rectifica la economía capitalista y refuerza la concepción marxista, creo que el panorama es exactamente el opuesto.
Creo, al contrario, que esta revolución cognitiva impone un severo “mentís” a las metodologías sociologistas -aunque también a las individualistas extremas- que no logren articular bien sus conexiones con las ciencias biológicas. Una economía cognitiva tendería a conectar los hechos sociales e institucionales con el sistema de disposiciones biológicas del ser humano cuando actúa como agente económico; conjuntos de dispociones que sólo pueden encontrar asiento en la racionalidad operatoria e individual y, en particular, en la mente humana.
La concepción materialista marxista del ser humano descansaba, por el contrario, en una visión profundamente sociologista que condensa bien la siguiente frase del Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, de Carlos Marx: ”No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia". Este sociologismo extremo –transformado después en “culturalismo”- fue ampliamente desarrollado por la mayor parte de las corrientes socialistas e “izquierdistas” del siglo XX, desde la escuela de “cultura y personalidad” de Franz Boas y discípulas (Benedict, Mead) hasta el neomarxismo de Marcuse y Horkheimer. Por supuesto, también las concepciones de la “derecha religiosa”, que implican una idea teológica del “derecho natural” muy alejada del tratamiento científico, quedan en general seriamente comprometidas por la “tercera cultura”.
Desde las nuevas ciencias cognitivas, la facultad para formar sociedad, y para comerciar y economizar, son también facultades mentales profundamente arraigadas en la naturaleza humana. La economía, en consecuencia, no es sólo una categoría histórica, planeando por encima de las determinaciones biológicas y las leyes de la selección natural. Existe algo así como un instinto humano de la economía. Nada de esto, sin embargo, equivale a un vulgar reduccionismo, por el que se niegue el papel de las instituciones o de los hechos no mentales en la formación de la economía social -y no ya sólo en la formación social de la economía. El reduccionismo jerárquico o “buen reduccionismo” no destruye las explicaciones culturales y sociales, sino que las conecta con sus dispositivos biológicos y naturales.
Es necesario reconocer que la economía es también una actividad externa. Pero, parafraseando a Pinker: semejante economía externa no podría existir sin la economía interna de los agentes y operadores económicos individuales. El mismo concepto de cultura externa, extrasomática, es “un producto de los deseos humanos”, y no “algo que los configure” –frente al dogmático dictum marxiano sobre la conciencia social. Cualquier institución cultural humana posee raíces psicológicas: “las personas tienen deseos y necesidades, y cuando las culturas se relacionan las personas de una de ellas suelen darse cuenta de que sus vecinos satisfacen mejor que ellas sus deseos”. Por ello John Searle pudo hablar de la construcción de la realidad social, que no cabe confundir con la construcción social de la realidad. Hechos tan importantes como el valor económico, el dinero, el imperio de la ley, etc, tan malentendidos por el sociologismo objetivista, tienen en realidad una estructura inter-subjetiva y mental, “consisten en una comprensión compartida presente en la mente de la mayoría de los miembros de una comunidad”. Mao sólo tenía parcialmente razón cuando apostrofaba que “el poder político nace del cañon de un arma”. Pinker: “La realidad social existe sólo dentro de un grupo de personas, pero depende de una capacidad cognitiva que está presente en cada individuo, la capacidad de comprender un acuerdo público de conferir poder o estatus, y de respetarlos mientras los respeten otras personas.”
Si la concepción materialista marxista arraigaba en el sociologismo, y en consecuencia en las ideas sobre la “tabla rasa”, la concepción individualista-liberal –la “revolución marginalista”- se fundaba en una concepción espiritualista de los agentes económicos compatible con la idea del “fantasma en la máquina”.
El orden económico no se asienta en un orden libre y espontáneamente escogido por los agentes económicos humanos, como si no existiera naturaleza humana. Tampoco descansa en un misterioso superorganismo llamado “sociedad” o “cultura”.
El individuo económico no flota por encima de su estructura cognitiva y sus condicionantes naturales, y por ello las ciencias cognitivas están obligadas a complementar -y en su caso, rectificar- las teorías subjetivistas del valor. En el fondo, poco importa si el planificador se concibe como individuo –individualismo- o como grupo –sociologismo-. La economía trata de planes humanos, pero la habilidad para realizar planes reside en la estructura de la cognición humana individual, no en ningún “fantasma en la máquina”, y ciertamente no en ningún superorganismo llamado “cultura” o “sociedad”. Esto no significa que la cultura y la sociedad no existan, pero sí quiere decir que no existen como superorganismos dotados de substancia y voluntad más allá de la naturaleza humana y el resto de “naturalezas” ecológicas y físicas. Esto significa que los planes económicos humanos no son ilimitados o arbitrarios, sino que poseen límites sociales y culturales, límites ecológico-ambientales y límites cognitivos más o menos precisos, mejor o peor conocidos.
No hace falta aclarar que esto no es más que un borrador. Todavía queda mucho por decir.


Pues dilo, porque es muy bueno este post
Comment by Ignacio — August 21, 2006 @ 9:12 pm
Poco a poco.
OFFTOPIC: ¿Alguien sabe cómo colocar un menú horizontal en la cabecera del blog ? - Sería para organizar mejor la bitácora, con unos botones o pestañas: “Blog”, “Contacto”, “Biografía”, etc.
Me sería de gran ayuda.
Comment by Administrator — August 22, 2006 @ 1:03 am
Como dices tú es un borrador. Las últimas frases de tu post, me recuerdan a Mises. Él habla si es que recuerdo bien, que la economía trata sobre los medios para alcanzar ciertos objtivos o fines.
Comment by Javier Bazán Aguirre — August 22, 2006 @ 2:45 am
Estamos los dos leyendo lo mismo
Buenísimo el post, enhorabuena
Comment by Manderley — August 23, 2006 @ 5:01 pm
Añado que el último libro de Javier Mosterín, “La naturaleza humana”, también invoca a S. Pinker.
Saludos a todos.
Comment by Joaquín — August 24, 2006 @ 12:57 pm
Gracias, otro libro más al carro de la compra.
Comment by Administrator — August 24, 2006 @ 1:46 pm
Después de leer una entrevista a Mosterín en El País, creo que lo mejor será sacar el libro de la caja de compra.
Mosterín lleva demasiado lejos el “individualismo”, y esto hace que no me fíe de todo lo demás. ¿Por qué el concepto de “territorio” es más positivo y real que el de “nación”? ¿Pero qué disparate es este? La nación no es una entidad metafísica, es una entidad histórica y política, con fronteras, instituciones , y diferencias objetivas con otras naciones.
Comment by Administrator — August 24, 2006 @ 1:55 pm
Bueno, hay que decir que Mosterín (cuyas ideas en absoluto comparto) es un naturalista muy reductivo. Él mismo ironiza en el prologo con que tendrá lectores “curiosos o irritados” (porque no deja indiferente). En cualquier caso, es un libro de síntesis, que pretende “fomentar la virtud de la lucidez, que contribuyera a elevar nuestro nivel de autoconciencia de lo que somos”. El último capítulo se titula “una chispa divina” (creo que lo dice todo), sumándose a las visiones panteístas de Russell o Einstein. En cualquier caso, no me apresuraría a retirarlo del carrito, siquiera fuese por vía de polémica.
Comment by Joaquín — August 24, 2006 @ 2:29 pm
Ya, no sé si me hago mayor, pero es leer cosas como que “no existen las naciones” o “no existen las lenguas”, y no poder continuar; algún “marcador biológico” me lo impide.
Ah, y lo de la “chispa divina” ya es definitivo, no es que lo saque del carrito, si podía lo arrojaba más allá del cinturón de asteroides…
Comment by Administrator — August 24, 2006 @ 2:35 pm
Yo también me he leído el libro de Mosterín y no me gustó. Es un batiburrillo, y además me da la sensación de que no aporta nada nuevo. Y claro que hace referencia a Pinker, como que… En fín…
Comment by Manderley — August 24, 2006 @ 3:14 pm